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- LE MONDE DIPLOMATIQUE Nº 197 en quioscos - Sumario AGOSTO 2018

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Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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China-Rusia. En los tiempos de la rivalidad revolucionaria...

por  Serge Halimi

Incluso los mejores especialistas pueden equivocarse. El libro del periodista François Fejtö comienza “17, de octubre de 1961: una fecha que recordarán los autores de manuales de historia”. Efectivamente es una fecha que ha permanecido, pero por otra razón que la que él imaginaba. Ahora ese día se asocia principalmente con la matanza de decenas de manifestantes argelinos por la policía de París, mientras que, en su trabajo sobre el “gran cisma comunista” China-URSS, el fin de una hegemonía, publicado en 1964, Fejtö cree que esa fecha marcó “el fin de la hegemonía soviética sobre el Movimiento Comunista Internacional”. En la tribuna del XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en presencia de la prensa occidental, el Secretario General Nikita Jruschov se sintió obligado de atacar a los comunistas albaneses, en ese entonces pro-chinos.

Décadas más tarde, dos cosas destacan de esta gran pelea, que incluso degeneró en enfrentamientos armados entre los dos Estados en 1969. En primer lugar el olvido: nadie evoca hoy el conflicto ideológico chino-soviético, que sin embargo rompió el movimiento comunista y durante un cuarto de siglo transformó las relaciones internacionales. El segundo aspecto es el secreto: el deterioro de las relaciones entre los dos principales partidos comunistas en el mundo -y entre los Estados que conducían- comenzó en 1956. Sin embargo, su carácter público, los detalles de los desacuerdos que se ampliaron, solo estallaron cinco años después. Hasta el 17 de octubre de 1961, señala Fejtö, “ambos lados se esforzaron por mantener su disputa en una especie de clandestinidad. Las críticas, los reproches y quejas las expresaban en un lenguaje críptico, con el mínimo de transparencia necesaria para que las personas a las que se dirigían no malinterpretaran el significado de la advertencia”.

Los chinos atacaron el “revisionismo” de los líderes yugoslavos con más vehemencia desde que Moscú y los partidos pro-soviéticos retomaron su apoyo a Tito. Y los soviéticos apuntaban a los albaneses porque sabían que estaban alineados con Pekín. Sin embargo, la disciplina colectiva (y la inexistencia de Twitter...) permitía todavía que incluso un discurso del líder soviético, en febrero de 1956, ante una reunión de delegados comunistas petrificados, en el que detallaba los crímenes atribuidos a su predecesor, José Stalin, pudo permanecer en secreto durante varias semanas. La autenticidad de dicho discurso fue incluso cuestionada por algunos de los que lo habían escuchado o leído, y que evidentemente no podían haberlo olvidado.

La denuncia del estalinismo por parte de Jrushchov abrió el expediente de quejas chino-soviéticas. Mao no aceptó que una decisión de esta importancia, que todo el mundo podía imaginar las consecuencias que traería para todo el movimiento comunista internacional, fuera de resorte único del partido soviético. Además de que las críticas al “culto a la personalidad” no parecen urgentes, especialmente en China, que temía que la denuncia de Stalin debilitara a todos los líderes comunistas que lo habían apoyado, en otras palabras, casi todos los que le sobrevivieron.

Sin embargo Mao no había alineado su estrategia con los generalmente desastrosos consejos de sus camaradas soviéticos. Stalin, aunque reacio ante los que podían desafiar su autoridad, contó sonriendo, en 1948, que los chinos no habían tomado en cuenta cuando “les dijimos brutalmente que en nuestra opinión, la insurrección china no tenía ninguna posibilidad de éxito y que, por lo tanto, debían buscar un modus vivendi con Chiang Kai-shek, entrar en su gobierno y disolver su ejército. Hicieron todo lo contrario, y hoy todos pueden verlo: están golpeando a Chiang Kai-shek “.

Además de “la cuestión de Stalin,” título de un artículo del Partido Comunista Chino (PCC), publicado el 13 de Septiembre de 1963, en el que detalla sus diferencias con el PCUS, el principal desacuerdo entre las dos organizaciones era la coexistencia pacífica. También en 1956, en el XX Congreso del PCUS, el dirigente soviético, según los comunistas chinos, tenía “puntos de vista erróneos sobre el imperialismo, la guerra y la paz”.

¿Cuáles? Después de haber superado su miedo al aislamiento, característico de la época estalinista, Moscú imaginó que la atracción del modelo soviético, real en ese tiempo, podría incorporar, sin confrontación con el imperialismo, a nuevos estados a su campo. Las armas nucleares, que “no hacen ninguna distinción de clases” hicieron a los soviéticos responsables, conjuntamente con Estados Unidos, de la paz mundial. Lo que pareció confirmarse en 1962 con la crisis de los misiles en Cuba.

Mao rechazó este análisis, descrito como “revisionista”, estimando que dado que “las fuerzas socialistas han adquirido una superioridad abrumadora sobre las fuerzas de los imperialistas”, hay que beneficiarse de esa situación.

Debido a su temor ante los “tigres de papel” (el imperialismo y los reaccionarios), y también a su cercanía con los líderes occidentales, Jruschov amenazaba con “paralizar” los movimientos revolucionarios en el Tercer Mundo. En cuanto al terror de una guerra nuclear, Mao lo había relativizado en 1957: “Si una mitad de la humanidad fuese aniquilada, quedaría otra mitad, pero el imperialismo sería completamente destruido y no habría más que socialismo en todo el mundo. Medio siglo o un siglo después, la población aumentaría nuevamente e incluso más de la mitad. ¿Realmente lo creía o quería que los “imperialistas” lo consideraran inflexible en caso de un enfrentamiento? Poco importa hoy. Especialmente desde que Rusia y China también se han reconciliado en este punto, han hecho un gran esfuerzo para garantizar que la perspectiva de “socialismo en todo el mundo” no haya avanzado mucho en los últimos años...

*Director de Le Monde Diplomatique.


Au temps de la rivalité révolutionnaire…

Par Serge Halimi

Même les meilleurs spécialistes peuvent se tromper. Le livre du journaliste François Fejtö commence ainsi : « 17 octobre 1961 : voici une date qui sera retenue par les auteurs des manuels d’histoire. » Elle a été retenue, mais pour une autre raison que celle qu’il imaginait. Désormais, ce jour est surtout associé à l’assassinat de dizaines de manifestants algériens par la police parisienne, alors que, dans son ouvrage sur le « grand schisme communiste », Chine-URSS. La fin d’une hégémonie, publié en 1964, Fejtö estimait qu’il marqua « la fin de l’hégémonie soviétique sur le mouvement communiste international ». À la tribune du XXIIe congrès du Parti communiste de l’Union soviétique (PCUS), en présence de la presse occidentale, le secrétaire général Nikita Khrouchtchev s’était en effet senti obligé de pourfendre les communistes albanais, alors prochinois.

Quelques décennies plus tard, deux choses frappent à propos de cette grande querelle, qui a dégénéré en affrontements armés entre les deux États en 1969. L’oubli, d’abord : nul n’évoque plus guère le conflit idéologique sino-soviétique. Il déchira pourtant le mouvement communiste et, pendant un quart de siècle, transforma les relations internationales. Le secret, ensuite : la dégradation des relations entre les deux principaux partis communistes de la planète – et entre les États qu’ils dirigent – intervient à partir de 1956. Mais son caractère public, le détail de tous les désaccords qui l’amplifièrent, n’éclateront que cinq ans plus tard. Jusqu’au 17 octobre 1961, relève Fejtö, « les deux parties s’efforçaient de maintenir leur dispute dans une sorte de clandestinité. Les critiques, reproches, griefs, étaient exprimés en un langage cryptique, avec le minimum de transparence indispensable pour que les personnes visées ne se méprennent pas sur le sens de l’avertissement ».

Les Chinois pourfendent donc le « révisionnisme » des dirigeants yougoslaves avec d’autant plus de véhémence que Moscou et les partis prosoviétiques ont renoué avec Tito. Et les Soviétiques ciblent les Albanais parce qu’ils les savent alignés sur Pékin. Néanmoins, la discipline collective (et l’absence de comptes Twitter…) permettait encore que même un discours du dirigeant soviétique détaillant, en février 1956, devant une assemblée de délégués communistes pétrifiés, les crimes attribués à son prédécesseur, Joseph Staline, demeurât secret pendant plusieurs semaines. L’authenticité de son réquisitoire fut même mise en doute par certains de ceux qui l’avaient entendu ou lu – et qui ne risquaient pas de l’avoir oublié.

La dénonciation du stalinisme par Khrouchtchev ouvrit le dossier des griefs sino-soviétiques. Mao n’acceptait pas qu’une décision de cette importance, dont chacun pouvait imaginer les conséquences pour l’ensemble du mouvement communiste international, relevât du seul parti soviétique. Outre que la critique du « culte de la personnalité » ne lui paraissait pas urgente, en particulier en Chine, il redoutait que la dénonciation de Staline affaiblisse l’ensemble des dirigeants communistes qui l’avaient soutenu – autant dire presque tous ceux qui lui avaient survécu.

Mao s’était cependant gardé d’aligner sa stratégie sur les conseils, généralement désastreux, de ses camarades soviétiques. Staline, bien que peu disposé à la contestation de son autorité, s’en amusa lui-même en 1948 lorsqu’il confia que les Chinois n’avaient pas obtempéré quand « nous leur avons dit brutalement qu’à notre avis le soulèvement de la Chine n’avait aucune chance de réussir et qu’ils devaient, par conséquent, rechercher un modus vivendi avec Tchang-Kaï-chek, entrer dans son gouvernement et dissoudre leur armée. Ils firent le contraire, et aujourd’hui tout le monde peut le voir : ils sont en train de battre Tchang Kaï-chek ».

Outre « la question de Staline », titre d’un des articles du Parti communiste chinois (PCC) détaillant, le 13 septembre 1963, ses divergences avec le PCUS, le désaccord principal entre les deux organisations portait sur la coexistence pacifique. C’est également en 1956, lors du XXe Congrès du PCUS, que le dirigeant soviétique avait, selon les communistes chinois, « formulé des vues erronées à propos de l’impérialisme, de la guerre et de la paix ». Lesquelles ? Ayant surmonté sa hantise d’un encerclement, caractéristique de la période stalinienne, Moscou imagina que l’attrait, alors réel, du modèle soviétique pourrait faire tomber, sans affrontement avec l’impérialisme, de nouveaux États dans son escarcelle. L’arme nucléaire – qui « ne fait pas de distinction de classe » – rendait par ailleurs les Soviétiques coresponsables avec les États-Unis de la paix du monde. Ce que la crise des missiles à Cuba parut leur confirmer en 1962.

Mao rejetait cette analyse, qualifiée de « révisionniste ». Il estimait que, puisque « les forces socialistes ont acquis une supériorité écrasante sur les forces des impérialistes », autant qu’elles en profitent. Or, en raison de sa crainte des « tigres de papier » américains, mais aussi de son entente suspecte avec les dirigeants occidentaux, Khrouchtchev menaçait de « paralyser » les mouvements révolutionnaires du tiers-monde. Quant à la terreur d’une guerre nucléaire, Mao l’avait relativisée dès 1957 : « Si une moitié de l’humanité était anéantie, il en resterait encore une moitié, mais l’impérialisme serait complètement détruit et il n’y aurait plus que le socialisme dans le monde entier. Un demi-siècle ou bien un siècle plus tard, la population augmenterait à nouveau et même de plus de la moitié. » Le pensait-il vraiment, ou voulait-il que les « impérialistes » l’imaginent inflexible en cas d’épreuve de force ? Peu importe aujourd’hui. D’autant que, réconciliées également sur ce point, la Russie et la Chine ont énormément œuvré pour que la perspective du « socialisme dans le monde entier » n’avance pas beaucoup ces dernières années…

S.H.

 
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