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Corín

Corín Tellado se va en un día gris, tristemente asturiano, como si el clima nos preparase el ánimo para una gran ausencia, porque esta gran señora de las letras, infatigable trabajadora y amiga de sus amigos deja un vacío que intentaremos rellenar con su recuerdo, con el recuerdo de una mujer y escritora que tiene millones de lectoras y lectores en todo el mundo, y que jamás dejó que el éxito nublara su áurea de buena persona, de persona decente y amorosa.

Gracias a sus miles de novelas millones de personas se acercaron por primera vez a un libro, reconocieron el mensaje esperanzador de la palabra escrita, porque en sus novelas siempre vencían los buenos de corazón, los justos de sentimientos, los honestos de la vida, las humildes capaces de derrotar obstáculos. Muchas y muchos que sueñan con tener la milésima parte de su eco consideraron que sus obras correspondían a un “género menor” porque sus libros de formato pequeño no fueron escritos para adornar los libreros de una sala, ni para lucir empastes a tono con los sillones. Sus libros van en las carteras de las mujeres humildes que cada mañana se dirigen al trabajo, a limpiar las casas de otros, a ser secretarias de empresarios que las ignoran, a atender porterías lúgubres, a velar por ancianos molestos por el sólo hecho de serlo, a pasear niños cambiados por una idea de triunfo, a coser vestidos que lucirán otras, a peinar cabellos que seducirán por la noche, a cuidar enfermos en algún hospital blanco y frío. Corín Tellado entendió muy temprano que la literatura tiene una capacidad de evasión temporal que, lejos de ser condenable, como han propuesto tantos panfleteros, permite, luego de las horas de evasión, regresar a la dura realidad con una sonrisa que nos hace fuertes. Esa es la gran misión de la literatura y Corín Tellado cumplió a cabalidad con ella.

Me faltarán los encuentros con ella, siempre casuales, en la inauguración de alguna librería gijonesa, o simplemente paseando bajo los arcos de Marqués de San Esteban cuando la ciudad libre de festejos es tan nuestra, tranquila y apacible como el vino que en más de una ocasión bebimos hablando de hijos y de nietos.

Hace once años, en el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón se congregaron cuarenta escritores y escritoras de todo el universo hispanohablante para rendirle un merecido homenaje y decirle gracias Corín, por todas esas lectoras y lectores que conseguiste para nosotros, y ella lo tomó con una modestia que la hacía huir de las ceremonias. La gran señora de las letras, la gran dama de las novelas de amor nos deja una mañana gris, y en el cielo encapotado se escribe la palabra tristeza. Adiós amiga, y gracias por la infinita ternura que nos diste.

Luis Sepúlveda, Gijón, 11 de abril de 2009

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