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En este numero:

- MODATIMA – TIL-TIL
- Araucanía: cuando la militarización del territorio es entendida como respuesta política por Marco Silva Cornejo
- La república de las dos Floridas: Amelia. Por Patricio Núñez Henríquez

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Discurso de Gabriel Boric en cambio de mando de la FECh 2012

Compañeros:

Son días intensos los que nos tocan vivir. Días en que nuevamente, después de mucho tiempo, vuelve a rondar en el aire esa indescriptible sensación de ser dueños de nuestros destinos, en donde nos reconocemos con nuestros pares, y donde nuestros proyectos individuales, vuelven a fundirse en proyectos colectivos que se enriquecen con las particularidades de cada uno de nosotros.

¿Qué es lo que ha cambiado? ¿En qué momento pasamos del Chile de la apatía, de ese Chile opaco del “no estoy ni ahi”, al Chile de las marchas multitudinarias, llenas de colores y alegría?

Los procesos sociales, sabemos, no se producen de un día para otro. No podemos atribuir el origen de lo sucedido este año a generación espontánea ni a meras casualidades. Es necesario realizar una genealogía del malestar para tratar de comprender donde estamos, y por qué hemos llegado hasta aquí.

Y es que como movimiento estudiantil somo herederos de luchas pasadas que nos constituyen, no nos inventamos cada año con el recambio de nuestros dirigentes. El movimiento estudiantil tiene historia y por ende, debe tener memoria, para así poder extraer de las experiencias pasadas los aciertos y los errores. Aprender de nosotros mismos.

En ese sentido, nos sentimos herederos de las luchas por democratización de los 90”s, de la pelea por dignidad que constituyó el mochilazo de los secundarios el 2001, y por cierto, de la revolución de los pinguinos del 2006, de la que tantas lecciones hemos sacado. Pero por sobre todo, nos sentimos parte de la tradición de lucha de los movimientos sociales que a lo largo de la historia de Chile, siempre han bregado por mayor justicia y equidad, y a partir de su organización y movilización, han ido permanentente corriendo las barreras de lo que en cada momento histórico se ha querido hacer entender como posible.

Somos en definitiva, parte de un proceso diálectico, en permanente evolución y transformación. Somos continuidad y somos cambio, somos historia y somos futuro.

Ahora, pensando en particular en este 2011 muchas veces me he preguntado por la esencia de este movimiento. Y a partir de esta reflexión, bien vale señalar que en ningún caso pretendo estampar verdades incuestionables, sino humildemente, aportar elementos para el debate sobre la comprensión del período que nos toca enfrentar.

En esa lógica, es que creo que el movimiento de este año viene a señalar el fin de una manera de comprender la política. Aquella que nos decía que ésta era patrimonio exclusivo de políticos profesionales, donde las decisiones se tomaban en cuatro paredes blindadas, y en la que el ciudadano común y corriente no debía tener injerencia en la discusión sobre hacia dónde y cómo avanzamos como país. Esta política, muchas veces falsamente disfrazada de técnica para aislarse de la comprensión de las mayorías, fue sustentada por una elite que se creyó autosuficiente, y prescindió de la gente salvo cuando había que convocarla a elecciones periódicas que daban una fachada democrática al actual sistema. “La fiesta de la Democracia” le llamaban cada 4 años al rito de votar donde había muy poco que decidir.

Me atrevería a decir, que fue esta lógica la que caracterizó la eterna transición de nuestro país. La exclusión política de las grande mayorías del país.

Y es contra esa exclusión contra la que también nos revelamos hoy. Porque si miramos con atención, nos encontramos con un fenómeno paradójico que da cuenta de las transformaciones que está viviendo nuestro país, que es que en nuestra sociedad, tanto los personajes políticos clásicos, como sus partidos, y además las instituciones, se encuentran hoy en una profunda crisis de prestigio. Sin embargo, a la par que desconfiamos de los elementos tradicionales de la vida política de nuestro país, hemos vuelto a salir a la calle, hemos vuelto a organizarnos, hemos vuelto a creer en la acción colectiva como forma de transformar la realidad. Ya no somos indiferentes.

Pero este fenómeno que describo sigue siendo muy débil, por varios motivos. En primer lugar, pese al cambio cultural que se está comenzando a gestar, las defensas del viejo orden siguen siendo poderosas. Así lo notamos cada vez que escuchamos a un político o un tecnócrata señalar que “los estudiantes tiene un gran mérito, haber puesto a la educación como tema central en el debate país, ahora deben dejarnos a nosotros resolver el problema”. No entienden que este movimiento ya no está disponible para ser la carne de cañón que se gasta en las calles para instalar temas y después delegar las transformaciones sin más en los mismos de ayer. De la experiencia del 2006 y la tan tristemente famosa foto de los brazos en alto, aprendimos que la clase política busca procesar la protesta social mediante la división y desgaste de sus actores, para después terminar realizando ajustes de carácter neoliberal al modelo. Sean profundizaciones o parches, la estrategia del gatopardo siempre es la misma. Cambiar algo para que todo siga igual.

Otro elemento de debilidad al que nos enfrentamos es que la institucionalidad de nuestro país está diseñada para excluir a las mayorías de la vida política, además de poner severos obstáculos para poder avanzar en trasnformaciones sustativas de la misma institucionalidad. La ley de Partidos Políticos, el Sistema Binominal, los Quórums contra-mayoritarios en el Congreso son solo ejemplos de esto. En el fondo, es un bóveda cerrada por dentro, que a partir de un cuidadoso diseño ha logrado mantenerse esencialmente intacta desde su creación. Y era que no… al final del día solo es posible comprender la Constitución de 1980 en un contexto autoritario.

¿Cómo enfrentarnos a esta cerrazón instucional? Sin duda alguna el movimiento social en Chile debe avanzar hacia un nuevo proceso constituyente, y afortudamente son cada vez más las voces que lo plantean. El cómo abordar este desafío es una tarea pendiente para todos nosotros. Por ahora, de las pocas certezas que tenemos es que los diferentes movimientos sociales deben trabajar en la recomposición del tejido social en nuestro país, y avanzar hacia una articulación conjunta que nos permita dar el salto desde las luchas sectoriales a las luchas propiamente políticas. Pondremos todo nuestro esfuerzo en avanzar en esa dirección.

Ahora bien, las debilidades no están solo afuera, sino que también dentro de nosotros como movimiento. En este sentido es importante que para volver a avanzar, todos quienes fuimos participes de lo sucedido este año nos detengamos un segundo y realicemos una autocrítica constructiva. ¿Qué nos faltó para ganar? ¿Cuáles fueron los errores que cometimos?

Es preciso comenzar esta autocrítica señalando lo obvio. Este movimiento fue posible gracias al trabajo, en muchos casos anónimo, de miles de personas que a lo largo de todo Chile, en la periferia de las ciudades, en la regiones olvidadas, se movilizaron durante más de seis meses. No todos tuvieron las cámaras que tuvimos aquí en Santiago, pero sin duda fueron parte de la columna vertebral de esta movilización. En ese sentido, tanto los errores como los aciertos deben ser evaluados colectivamente.

Quizás el principal error que cometimos, fue nuestra incapacidad de consolidar alianzas. Porque si podemos decir con orgullo que en un momento todos los actores, profesores, rectores, secundarios y universitarios, estabamos detrás de un mismo objetivo, al final de este año ya no podemos decir lo mismo. Y aquí sin duda que las responsabilidades son compartidas. Pero más allá de esto, lo importante hoy es que seamos capaces de volver a dar vida a un movimiento social unificado, en donde todos sus actores sean protagonistas, y en donde los intereses particulares de cada uno de nosotros esté supeditado a nuestros objetivos comunes. En ese marco es que a la brevedad debemos avanzar hacia acuerdos programáticos que nos den una plataforma unificada para enfrentar el próximo año.

La unidad va a ser un factor clave en donde se va a jugar buena parte de nuestras posibilidades de consolidar avances concretos en educación. Porque frente a la demostrada intransigencia del gobierno, solo nos queda fortalecer nuestros lazos en todas sus dimensiones. Unidad entre universitarios y secundarios, unidad entre académicos, estudiantes y funcionarios, unidad entre establecimientos de Santiago y de regiones, unidad entre estudiantes de instituciones estatales y privadas.

Y sobre este último punto bien vale detenerse.

Sabemos que entre las Universidades Privadas y Estatales existen grandes diferencias y que por ende corresponde que tengan un trato diferenciado por parte del Estado. Sin embargo, estas diferencias no deben obviar que hoy cerca del 70% de los estudiantes de la educación superior se concentra en el sector privado, y durante el año que termina nos hemos sorprendido gratamente al constatar que nuestras demandas tienes más puntos de convergencia que divergencias. Mayor regulación, acreditación en serio, fin al lucro, incluso aportes basales para las universidades del estado, son temas en los que hemos estado de acuerdo. Pero no es suficiente. No es suficiente porque aun existen instituciones en donde la organización está prohibida y donde por ende sus alumnos aun no tienen una voz que los represente. Es por esto que desde la CONFECh debemos ser capaces también de convocar a estos estudiantes que viven en carne propia las contradicciones más violentas de este sistema mercantilizado, potenciando y colaborando cuando lo requieran en su organización.

Dicho esto, me parece importante romper con el mito que pregona que el actual sistema de Educación Superior responde a una política de continuidad que se remonta desde mediados del siglo XIX. Porque si bien es cierto que el sistema chileno ha sido históricamente de provisión mixta (pública privada), la gran diferencia que existe entre sus bases históricas y el presente, es que éste tenía en sus orígenes y durante su desarrollo, una hegemonía pública que irradiaba a todo el sistema.

Y en algún momento hubo un viraje.

Un viraje que transformó radicalmente el rumbo de la educación chilena, y con ello, la forma de entender el desarrollo del país mismo. No señalo ninguna novedad cuando fijo como época de esta transformación la década de los 80, en particular en el Decreto con Fuerza de Ley N°1 de 1981 que trajo consigo el cercenamiento de las Universidades Estatales y la liberalización en la creación de nuevos Centros de Educación Superior desde una lógica de emprendimiento privado. Esta reforma, no está demás decirlo, sólo era posible (al igual que tantas otras de la época) en un contexto autoritario y donde no era posible la deliberación pública.

¿Que fue lo que cambió con esta reforma? ¿Qué perdimos?

En concreto, lo que se perdió, fue la posibilidad de control democrático de la educación. Porque de ahi en adelante, la manera predominante, de manera ascendente, que tiene la sociedad para incidir en el proceso educativo, es mediante el mercado. ¿Qué significa en concreto esto? Que frente a proyectos como el de Alicia Romo, Rectora de la Universidad Gabriela Mistral (“Ay Lucila, por qué te Engabrielaron”), la sociedad no tiene nada que decir. Entonces tenemos que frente a una Universidad que prohibe la formación de Centros de Estudiantes y Federaciones porque a su dueña le molesta la idea de “representación”, donde el ingreso de homosexuales no está permitido porque su dueña los encuentra “raros”, salvo claro, que “no tengan pretensiones”, donde la carrera de Medicina está descartada porque a su dueña no le gusta la sangre, y donde la mujeres no pueden usar faldas cortas ni los hombres pelo largo por una extraña mezcla de estética y moral (declaraciones a la revista El Sábado), no hay mucho que hacer.

¿Como es esto posible?

Ella se escuda en su derecho de propiedad, que hoy por hoy, tiene una clara preeminencia sobre la dimensión pública de la Educación.

Pero este caso es solo la muestra de un exceso, y lo que nos importa aquí es la esencia del problema.

En definitiva, después de 1981, y bajo el amparo de la Constitución del 80, se comienza a instalar en Chile una hegemonía privada de la matrícula, y la educación pasa a ser concebida con un bien de carácter privado de rentabilización, asimismo, privada. Se va perdiendo paulatinamente el fin social de la educación.

Ahora bien, me gustaría hacer una pequeña pero importante prevención. He dicho en esta intervención que el que la política pública respecto a educación que tenemos hoy sea parte de una continuidad histórica es un mito, y que en la década de los 80 hay un quiebre radical con el sistema anterior. Sin embargo esto no implica que yo pretenda aquí hacer una defensa de la vieja Educación Pública del siglo XX. Porque ésta sin duda también tenía sus defectos, principalmente en términos de cobertura y elitización y entrar a defenderla desde una perspectiva nostálgica de que “el tiempo pasado siempre fue mejor”, implicaría un desarme respecto al presente.

Llevándolo a términos más concretos los estudiantes que nos hemos movilizado los últimos años en la Universidad, no lo hemos hecho por una defensa corporativa de la Universidad de Chile por la Universidad de Chile. Defendemos a la Universidad de Chile, y en definitiva a la Educación Pública, porque creemos que es el espacio desde donde forjar la creatividad social, y desde ahí pensar y dialogar sobre un modelo de desarrollo nacional en virtud del interés común, proceso que hoy está exclusivamente entregado a centros de pensamiento unilaterales que no tienen ningún tipo de control democrático.

Ya no basta la apelación a la tradición y a la historia para argumentar a favor de la Educación Pública. Como una vez me dijiera un profesor a propósito del conflicto de Derecho el año 2009, “la tradición no consiste en ocupar el viejo sombrero del abuelo, sino en comprarse uno nuevo, como alguna vez hizo el abuelo”.

Y esa es la gran tarea que tenemos hoy como institución. Dar cuenta al país de los motivos por los que una Universidad como la nuestra no puede ser empujada hacia la competencia por recursos, como si fuera una empresa cualquiera que debate su existencia en los vaivenes del mercado. Y para eso requerimos abordar cambios pendientes desde nuestra casa de estudio.

Como han señalado estudiantes e incluso académicos de todos los sectores, el 2012 no podemos comenzar como si nada hubiera pasado este año. La Universidad debe procesar la movilización de la que fuimos parte, y ser protagonista de los cambios que se vienen.

Si este año fue el de los diagnósticos, el que viene debe ser el de las soluciones. Y aquí será vital el rol que juguemos como Universidad.

Debemos poner toda nuestra capacidad creativa en función de la transformación social, partiendo por los cambios en educación. Si junto a los compañeros secundarios decimos desmunicipalización, debemos inmeditamente responder que sistema escolar proponemos, si decimos que no nos gusta el actual sistema de acreditación, debemos acto seguido proponer un mecanismo diferente, si decimos que el actual financiamiento es privatizador es imperativo que presentemos nuestra alternativa. Y en este proceso de generación de propuestas, los académicos deben jugar un rol fundamental. Ya no basta con que sean espectadores que se enorgullecen de la movilización estudiantil, los necesitamos, a nuestro lado, construyendo día a día los cambios hacia los que avanzamos. La nueva normalidad de la que tanto se habló durante la campaña, debe hacerse carne desde lo cotidiano de la vida universitaria, fomentando el debate triestamental, avanzando en reformas participativas en las mallas curriculares, profundizando los incipientes cambios en los sistemas de acceso a la Universidad, haciendo, en definitiva, que seamos escenario de los cambios que hoy proponemos.

Ya en la recta final de este discurso, no puedo dejar de hacer mención al quienes somos. Porque mucho se ha especulado por la prensa, y cual concurso por ponerle el cascabel al gato, se no ha etiquetado de ultra, de anarquistas, de apolíticos y de cuanto epíteto le pueda ocurrir al columnista del momento. Lo cierto es que la respuesta es mucho más simple.

Como Creando Izquierda, somos un proyecto que intenta aprender de los éxitos y fracasos de quienes nos han antecedido en la lucha por una sociedad más justa y democrática. Y hoy, ante las nuevas condiciones impuestas por el neoliberalismo, ante los profundos cambios del mundo y de nuestro país, creemos que la izquierda debe reimaginarse. Nos negamos a aceptar que el actual es el mejor modo de organizar la vida humana, pero también a creer que los modos para transformarla fueron todos ensayados.

Nuestro proyecto ha venido construyéndose con aciertos y errores, en el difícil andar del movimiento social y popular chileno de las últimas décadas, desde distintos frentes sociales, como el poblacional, el sindical, y por supuesto, el estudiantil.

En ese andar, siempre hemos bregado porque la gente tome el desafío de la política en sus propias manos, y también por convocar más allá de los mismos convencidos de ayer. Sabemos que en este esfuerzo no hemos sido los únicos, y que experiencias como la nuestra se replican también desde diferentes frentes. Esperamos, y trabajaremos por, en el mediano plazo, converger con todos quienes creen que otro Chile y otro mundo es posible, porque sabemos con certeza que no somos suficientes, y que hoy, particularmente hoy, caer en sectarismos identitarios es solo agua para el molino de quienes quieren mantener las cosas tal como están.

Para finalizar quiero agradecer a todos quienes han hecho este movimiento posible. A los compañeros de regiones, universitarios y secundarios, que ante la indeferencia de los grandes medios fueron un pilar central que le dio el carácter nacional a esta movilización. A la mesa saliente, por el esfuerzo puesto en el día a día de este año que jamás imaginamos. En particular al Pancho y a la Camila, al primero porque es de quien he aprendido el coraje y los valores que me darán sustento en el año que se vienen, y a la segunda porque es sin duda alguna el referente de una generación que decidió de una vez por todas tomar el presente en sus manos, y con quien espero trabajar codo a codo durante los días porvenir. También a los estudiantes de la Universidad de Chile, que nos dieron la confianza para encabezar esta Federación, confianza que entendemos no como un cheque en blanco, sino como un mandato de responsabilidad, honestidad y convicción en que debemos seguir trabajando por la transformación de este país.

Muchas gracias.

19 de dciembre de 2011

 
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