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En este numero:

- Hacia una política de reconocimiento. Por Carlos Fernández
- El enigma Chávez. Por Gabriel García Márquez
- Individualismo, ciencia ficción y proceso constitucional. Por Marco Silva

- Sumario completo



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Ecce homo. Por Juan G. Ayala

Según cuenta San Juan 19.5, Poncio Pilato dirigiéndose a la poblada le gritara, “ecce homo”, ¡he aquí al hombre!, en una clara actitud de desprendimiento de responsabilidades, actitud tan romana en tanto desde el realismo y concretitud que la caracterizaba, separaba a Roma de un problema político y muy enojoso que no traía ningún rédito a las arcas imperiales, ni tampoco un valor simbólico que prestigiara a los invasores por sobre los invadidos.

Roma siempre guardó distancia de los logros alcanzados por los griegos, quienes llegaron a tal grado de abstración alfanumérica y de lenguaje, que pretender superarlos no era práctico ni prudente, por tanto prefirieron dar un sentido de perfecta organización a todo lo que hacían, siendo el derecho y la ingeniería sus conquistas mayores, sustentadas ellas en la permanente campaña militar y expansionista. Tanto al ejercicio del derecho como de la ingeniería les era propio, la necesidad de estructurar y reducir al mínimo posible, el azar y la libre interpretación.

El quehacer de los magistrados y de los ingenieros, se concebía como la mejor manera de preservar a Roma en su vocación de eternidad, fue por tanto “ecce homo”, solamente la expresión de un deseo de despejar lo que podría corromper ese orden buscado. Sin embargo como la alocución refiere al hombre, abstraído de su encarnación de sujeto, resulta ser que toda la Humanidad es la interpelada, y específicamente la mancillada y violada en su integridad. Hoy en día a cada violación de derechos debiéramos gritar ¡Ecce Homo!, no importando que si la intervención pictórica que la aragoneza Cecilia Giménez hiciera, constituye o no un desastre artístico, un acierto turístico, un paleativo al aburrimiento de cibernautas cesantes, o un incentivo cuasi animista que acreciente la profesión de fe.

El valor de lo ocurrido en el santuario de Nuestra Señora de la Misericordia de Borja, pasa primero por lo inmisericorde que es nuestra actitud con los demás, y paradojalmente representa una oportunidad para analizarnos críticamente, repensando nuestros órdenes y prioridades socio afectivas y socio políticas, de resultas una improvisada “artista”, nos da la oportunidad para que desde la ruptura de un orden compositivo, podamos mirar un nuevo orden social y humano.

Juan G. Ayala, Profesor Departamento de Estudios Humanísticos, Universidad Técnica Federico Santa María

 
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