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En este numero:

- La batalla de la paz en el País Vasco
- Régimen camboyano impone su ritmo a la juventud
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Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Julio de 2018

El capricho del príncipe

por  Serge Halimi

Después de haber sido cómodamente electo para la presidencia de la República Francesa con la colaboración de la casi totalidad de los medios de comunicación franceses, Emmanuel Macron exige que su mayoría parlamentaria le elabore una ley contra la difusión de “informaciones falsas” en período electoral. Quizás ya esté preparando su próxima campaña. El texto que debería ser votado de aquí a poco revela a la vez la ceguera de los dirigentes frente a las oposiciones que enfrentan y −al mismo tiempo− su disposición a imaginar sin cesar nuevos dispositivos coercitivos para remediarlas. Hay que ser en efecto corto de vista para seguir creyendo que la victoria de los candidatos, de los partidos o de las causas “antisistema” (Donald Trump, el Brexit, el referéndum catalán, el Movimiento 5 Estrellas en Italia) estaría dada, incluso de forma marginal, por la diseminación de noticias falsas por parte de regímenes autoritarios. Desde hace más de un año, la prensa estadounidense se empeña en demostrar, sin pruebas convincentes, que el presidente de Estados Unidos le debe su elección a las fake news fabricadas por Vladimir Putin; Macron parece habitado por el mismo tipo de obsesión.

Al punto tal de esperar conjurarla mediante un dispositivo tan inútil como peligroso. Inútil: consultado al respecto, el Consejo de Estado recordó el 3 de mayo pasado que “el derecho francés ya cuenta con varios dispositivos que apuntan a luchar contra la difusión de informaciones falsas”. En particular la ley del 29 de julio de 1881 sobre la libertad de prensa, que permite reprimir la difusión de noticias falsas, declaraciones difamatorias, injuriosas o provocativas. Peligroso: la propuesta parlamentaria le exigiría a un juez que actúe dentro de un lapso de cuarenta y ocho horas para que “detenga la difusión artificial y masiva de hechos que constituyan informaciones falsas”. Sin embargo, informa también el Consejo de Estado, estos hechos “no son fáciles de calificar jurídicamente, más aun cuando el juez en cuestión debe pronunciarse en plazos tan breves”. Por último, el dispositivo imaginado por Macron refuerza el “deber de cooperación” con las autoridades públicas de los proveedores de Internet y de hosting, porque extiende a toda “información falsa” una obligación que al comienzo apuntaba a prevenir… “la apología de los delitos contra la humanidad, la incitación al odio así como también la pornografía infantil”.

Por su parte, la intoxicación publicitaria, la asfixia financiera de los canales públicos de televisión y el hecho de que los medios de comunicación sean propiedad de millonarios amigos del presidente de la República no son objeto de una propuesta de ley. Y además, ¿por qué reservar una artillería judicial sólo para períodos electorales? Para no ir más allá de las últimas décadas, casi cada guerra −las del Golfo, Kosovo, Irak, Libia− sirvió a la proliferación de mentiras y las manipulaciones de la información. No causadas por Moscú, Facebook o las redes sociales, sino porque los amos de la democracia y del periodismo eran sus autores: los más importantes diarios occidentales, con The New York Times a la cabeza, la Casa Blanca, las grandes capitales europeas. Sin olvidar al gobierno ucraniano el mes pasado, que anunció la falsa muerte de un periodista ruso. Si un juez un día tuviese que atrapar a los criminales que propagaron todas estas falsas noticias, al menos conocería su dirección…

*Director de Le Monde Diplomatique.

Traducción: Aldo Giacometti


Texto en francés:

 
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