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El desafío de un lenguaje inclusivo, una discusión que concierne a la RAE, a las Academias y al mundo hispano. Por Gustavo Gac-Artigas

Dicen las malas lenguas, los lenguaraces y los mal hablados, que la vicepresidenta y ministra de la igualdad del gobierno español, Carmen Calvo, pidió a la RAE adecuar el lenguaje de la constitución española de forma que incluya a las mujeres.

“Representante de un gobierno socialista tenía que ser”, dejó caer alguien. Y más encima mujer, pensó otro con la boca cerrada.

Un escritor prometió renunciar a la Academia si se aceptaba el pedido; personalmente preferiría que siga en la Academia y que la RAE no blinde sus puertas y su mente, se trata de bajar el puente levadizo y no de levantarlo.

Una filóloga, solidaria con su género expresó: “no creo que sea lo primero que hay que hacer, ni lo más urgente” (cierto, total las mujeres han esperado por tanto tiempo que unos siglos más o menos...) para añadir que “tal vez se pueda incorporar un poco de gracia al texto constitucional”.

Graciosa la filóloga, a menos que tras la gracia yazca el deseo de desgraciar todas las desgraciadas partes de viejas constituciones y anquilosadas reglas. Graciosamente le ofrezco mi pluma y un hacha para que vayamos talando los bosques hasta que veamos el árbol, el primero, el de la vida.

Otro, de cuyo nombre no quiero acordarme, creo que era algo así como Poncio, dijo: lo que nos piden es un informe no vinculante, eso podemos firmarlo.

Y graciosamente, como lo pidió la filóloga, se lavó las manos.

El de más allá, Gabriel Gutiérrez Aragón, descubrió el meollo del asunto, “la RAE siempre ha estado en contra del lenguaje inclusivo, porque una cosa es la visibilidad de las mujeres y que ocupen cargos en las instituciones y otra que se fuerce el lenguaje.”

Tan salomónica solución nos conducirá a debatir, ya no sobre el lenguaje, sino sobre el porcentaje de visibilidad y cargos que podríamos otorgar a esas pobres desdichadas. No muchos cargos, no mucha visibilidad, me temo, capaz de que quieran cambiarlo todo.

Y así la discusión, que algunos no quieren sea discusión, sigue su camino y salta de una constitución al mundo. Puede que sea una ola pasajera, piensan algunos, puede que sea un tsunami, dicen esperanzadas las estudiantes universitarias en Chile que hoy exigen poner término al acoso sexual y reclaman una educación no sexista y un lenguaje inclusivo y no dominante. Puede que las “chiquilles”, como las llamó la expresidenta Bachelet, tengan razón y no continúen soportando las reglas graciosamente.

Me pregunto en qué momento el idioma dejó de caminar libremente por los caminos de tierra, de sembrar su semilla en los surcos, de expresar una mirada, un sentimiento, una necesidad, para entrar en los salones de la Academia o fosilizarse en las constituciones. Y no es casual, no es gratuito, las constituciones y las leyes rigen la costumbre para encasillar el comportamiento.

Se reglamentó la vida en un mundo que lucha incesantemente por escapar de las reglas, se reglamentó la belleza en un mundo en el cual la fealdad es hermosa si sabemos mirarla, se encerró el significado de una palabra en una definición de un diccionario, cuando la palabra escapa al encierro, evoluciona y se enraíza en la vida.

No es culpa de la Academia, la misma nació para proteger, garantizar la pureza, reglamentar, sin entender quizás que se protege exponiendo el lenguaje al peligro, a los azares de la vida, al entregar la posibilidad de que una palabra transgreda el género, pierda su pureza, se transforme en concordancia con un nuevo sentimiento que abarque lo establecido, lo que se está estableciendo, lo que vendrá, que nos entregue el uso y el desuso, así perdamos para poder ganar y la norma desparezca en una nueva norma que espera a su vez la superen.

En mi país, el idioma se vistió de caballero, se vistió de indio, se vistió de criollo y se vistió de mestizo, el idioma perdió su arrogancia para transformarse en vida, el idioma se alejó de las planicies del Cid para perderse en el camino de Aguas Santas en medio de los bosques salvajes donde el mapuche resistió por 300 años a la Conquista, pero se dejó conquistar por la palabra, palabra fecunda que da nacimiento a una nueva palabra, desnuda de metal, vestida de copihues y de las hojas hirientes de la centenaria Araucaria.

La Academia invitó a nuestro idioma a sentarse en sus sillones, al analfabeto a escuchar al erudito explicándole lo que decía cuando de sus labios se escapaba un tímido “te quiero” dirigido a Dulcinea, o quizás era una Dulcinea declarando su amor a Elena, o quizás era un hidalgo declarando su amor a otro hidalgo, o quizás el pasar del tiempo hizo que el amor se volviera universal buscando otras palabras para expresar un tronante “te quiero” igualitario frente al cual desde los dientes de los eruditos hasta los sillones de cuero rechinaron clamando al cielo, clamando al infierno: la regla fue violada.

Fue el uso el que iluminó la Academia y enriqueció nuestro lenguaje, fue la vida quien lo defendió del invasor, fue la derrota en su defensa que lo transformó en idioma victorioso, fue el desuso el que incorporó otras palabras para sobrevivir. La palabra se escondió en otros labios, jóvenes labios sedientos de aventura reclamando su derecho a existir hoy, en su presente, este presente que era nuestro futuro donde hay que cambiar no solo la palabra y su significado, sino sobre todo el pensamiento.

Hoy nos encontramos confrontados al futuro del español, ese efímero futuro que será presente por unos segundos en este tiempo infinito mientras se construye un español del futuro al cual ni siquiera puedo imaginar en un idioma que creo infinito en un artículo que es finito.

El futuro de mi español se encuentra en la vida y en la muerte, en el miedo y en el valor, en España, en los Estados Unidos, en Guinea Ecuatorial, en el lejano puerto de Los Boldos en el sur de Chile, en la Terra y en la Finisterra, en la cocina alrededor del fogón en las leyendas de mi abuela, en la ventanilla donde ofrecen una democrática y transversal comida rápida cuando el presupuesto o el tiempo no alcanza para más. El futuro será refinado y chatarra al mismo tiempo, la palabra se hará pueblo y entrará en la Academia si somos capaces de abrir las ventanas en vez de observar desde lejos el paso de la vida y de la muerte, si somos capaces de transformarnos en pueblo, mi querido Sancho.

El futuro del español no debe ocultarse en las estadísticas, las verdaderas estadísticas tienen ojos, tienen brazos, tienen piernas y caminan, tienen alma, son traicioneras te ilusionan y te desilusionan, te pueden ocultar la realidad mientras riéndose caminan dejando atrás los fríos números.

Una buena estadística es aquella que nos deja la duda de su interpretación y no la certeza de nuestros deseos.

Y cuando los artículos nos digan que somos millones digamos: no basta, multipliquemos los millones por el número de ojos, y si somos tuertos multipliquemos nuestra visión por mil para observar la realidad, multipliquemos las páginas escritas por dos así se sea manco como nuestro admirado Manco de Lepanto, imaginemos que las estadísticas tienen piernas y escapan saltando los días, meses y barreras, que coquetas se ofrecen a una u otra interpretación y que a veces los números no tienen alma, que basta un nuevo recién nacido para alimentar el futuro aunque se ignore en qué español ese nuevo ser soñará.

Dice el director de la RAE que la corrección política es la pérdida de la capacidad crítica de la sociedad. Tiene razón Darío Villanueva, falta la capacidad crítica, más aún, para mí lo políticamente correcto es cobarde, oculta la realidad, llama al inmovilismo, oculta el temor a tomar posiciones, y no se trata de cambiar una vocal, ello sería simplista y no es ello el meollo del asunto. Se trata de abrirse a escuchar los vientos del cambio, a entenderlos, o esos vientos que anuncian un cambio nos barrerán.

Al escribir este artículo me encontraba en París y paseando por Versalles una voz me preguntó: ¿se trata de cambiar una vocal, es una moda, algo pasajero? Y al llegar a la Bastilla un recuerdo me respondió, no señor, es una revolución.

Mientras tanto en los salones, en los bares, en los artículos, como decía Soledad Puértolas, y en los congresos, añadiría yo, se instala la discusión sobre los cambios en nuestro idioma, discusión que algunos piensan no interesa a nadie, a nadie, salvo a las mujeres, a los gais, a los trans, a los hombres, a mi pluma, y a mi nieta.

Gustavo Gac-Artigas. Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE).

 
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