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El feminismo como motor de cambio: Chile y Estados Unidos. Por Gustavo Gac-Artigas

Nos enfrentamos a una nueva era, hermosa y resistida era por lo que hace temblar los sacrosantos fundamentos a los que estamos acostumbrados, era que nos confronta, que desafía a una cultura establecida, que remece y al mismo tiempo llama a la reflexión, al diálogo, pero sobre todo a lo concreto, al cambio de la costumbre, del dogma, de lo establecido, de la forma de expresarse y de pensar, era donde el movimiento por la conquista de la igualdad de la mujer recorre el mundo.

Desde un comienzo, desde aquella época de los grandes simios en que el macho alfa dominaba al grupo nuestra sociedad se construyó machista dando por sentada la superioridad de un género sobre el otro. Incluso la Real Academia de la Lengua Española (RAE) hasta hace muy poco definía “sexo débil” como “conjunto de mujeres” y “sexo fuerte” como “conjunto de hombres”, y durante años se aceptó como una verdad que, aunque a algunos, algunas (¿algunes?) molestaba, se consideraba una verdad universal, y la Real Academia de la Lengua Española reflejaba el uso de la lengua y la costumbre, hasta que..., hasta que el feminismo soltó sus amarras y salió a caminar por el mundo.

No es la primera vez, pero nunca había estado presente con tanta fuerza, tan enraizado en aquellas que exigen dejar de ser consideradas ciudadanas de segunda categoría. Quizás nunca antes ellas, ese en realidad sexo fuerte, había cuestionado tan fuertemente a la sociedad y sus arcaicas reglas, nuestras reglas.

A nivel mundial el #MeToo o #No es No, comenzó a invadir las redes sociales y las marchas, y el debate sobre el feminismo pobló las sobremesas, las conversaciones, a veces en lenguaje incomprensible en el seno de las familias, y el mundo opinó: tienen razón, pero dentro de ciertos límites, quizás exageran, se salieron de los límites (¿cuáles?), no es una batalla entre sexos (y jamás fue planteado así), hay que reglamentar las relaciones entre profesores y alumnas en las universidades, hay que cuidar las expresiones y el lenguaje, pero sin que ello implique la libertad académica, tenemos que cambiar el comportamiento frente a la mujer, hoy nadie se puede oponer. Pero expresándose así el mundo trata de impedir o limitar el cambio resguardando la dignidad del homo alfa.

Como todo movimiento, surgió de un hecho concreto que sirvió de detonante y ello nos lleva a los dos países que mencionamos en el título: Chile y los Estados Unidos.

Los Estados Unidos, sin remontarnos mucho en el pasado, nos entrega dos ejemplos de presidentes en clara utilización de su poder, económico en uno, político en otro, que hicieron uso de su posición y enfrentan, o enfrentaron acusaciones de mujeres que se sintieron acosadas y abusadas. Ambos tan lejanos políticamente, tan diferentes, pero que, sin embargo, se encontraron en su actuar, ¿uno más sucio que el otro? ¿Cómo entender que algunas mujeres, pese a lo repugnante del acoso, puedan seguir adorando, aplaudiendo, idolatrando a un abusador? Habría que preguntarles a las mujeres humilladas, aquellas que fueron sometidas a la agresión sexual indefensas frente al poder de dos machos alfas a la cabeza de la primera potencia del mundo o de un imperio económico. Habría que preguntarles a sus esposas y a sus hijas, víctimas de segunda mano de la agresión, ofensa de segunda mano tan peligrosa como la primera.

Hoy en los Estados Unidos el escándalo saltó a la luz pública cuando un zar de Hollywood fue desenmascarado por el abuso cometido en contra de actrices cuyo futuro dependía de someterse a sus oscuros designios. Ello destapó la olla: si actrices por todos admiradas hablaron, yo también tengo derecho a hablar, y uno tras otro fueron saliendo a la hoy día incómoda luz de los reflectores: actores consagrados, directores, y el libreto comenzó a repetirse, mea culpa, mea culpa, si ofendí a alguien fue sin quererlo, sin darme cuenta de que mis deseos eran para ellas acoso cuando pensaba honestamente que respondían a mis requerimientos, que el toquetearlas era parte de nuestro comportamiento social, que su cuerpo antes de pertenecer a la pantalla me pertenecía, regla admitida por ellas y por nosotros, que éramos solicitados, que los favores concedidos, un papel secundario o de primera línea, eran premios y no apremios y aquella que se negara era expulsada del paraíso del mundo del espectáculo.

Al ser ese mundo el que aparecía tras los pesados cortinajes, más interesante que el simple cotilleo de la vida de sueños, las denuncias pasaron de una ola a una tormenta, se convirtió en la espera de ¿quién será el próximo en salir a la luz?, ¿quién será la próxima en decir “yo también”? Y al mirar la pantalla no podíamos impedirnos pensar, y este, ¿será o no será un acosador?

Pero poco a poco la noticia dejó de ser noticia al igual que el estremecimiento que nos embarga tras cada nueva masacre de estudiantes y no se discute el fondo del problema: la posesión de armas de guerra, y los rostros de las víctimas se borran de la memoria, las candilejas palidecen. Nos acostumbramos, y nadie se mira a sí mismo, la sociedad no se cuestiona, y ese “yo también” no se convierte en un nosotros también somos parte del problema. Y de ello ya no se habla porque implica un cambio de sociedad y ello es peligroso; sigamos en lo contingente.

En Chile, surgió en el estudiantado, perdón, el estudiantado es muy general, no, surgió en las estudiantes universitarias, jóvenes cansadas de los abusos, de que sus denuncias por acoso sexual a un profesor se tradujeran en un tibio llamado de atención, en una suspensión temporaria, en un vamos a investigar que sonaba más bien a: quizás la falta no es tan grave y se exagera, estamos hablando de un distinguido académico.

En la Universidad Austral de Chile, en la lejana Valdivia, las estudiantes se tomaron la universidad, primero una facultad, luego un instituto y así fueron sumando fuerzas, haciendo valer sus derechos, haciendo oír su voz, no aceptando medias tintas. Y en Santiago las estudiantes se tomaron la escuela de derecho de la Universidad de Chile, reclamando terminar con una educación sexista y contra las “arbitrariedades” —qué elegante, débil y falso suena, casi como evitar decir dictadura y hablar del gobierno militar—, contra los atropellos a su dignidad y contra el acoso sexual del que son víctimas. Frente a una estudiante con escote un profesor se permite decir, “señorita qué hace con ese escote, ¿usted viene a dar una prueba oral o a que la ordeñen?” y lo considera un buen chiste, una broma que no ofende, casi un piropo.

De la Chile se saltó a la Universidad Católica, y las estudiantes se tomaron la casa central, el corazón administrativo y no salieron hasta que el rector se reunió con ellas y se comprometió a hacer cambiar las cosas, bajo la vigilancia de ellas, y el rector lo sabe.

De las universidades saltaron a las calles, cual lo hicieran años antes para exigir la gratuidad de la educación, y hoy la educación superior es gratuita hasta para los alumnos provenientes del séptimo decil en la escala de ingresos de la población chilena en un momento en que en los Estados Unidos las deudas de los estudiantes superan el 1.5 billones de dólares hipotecando su futuro y acentuando la desigualdad en la educación superior. Primero fueron cientos, luego miles, luego decenas de miles, y no fueron gritos y consignas, fueron motor de cambio, señal de nuevos tiempos.

Como vemos la diferencia entre ambos países radica no en la violación de los derechos, en el acoso sexual, en la violencia física o verbal —en ambos casos es la misma e igualmente dolorosa— radica en que quienes alzan la voz y las banderas no son las noticias sensacionalistas que desaparecen en una semana, menos aún las declaraciones de políticos oportunistas que se apropian de un sentimiento, de un momento para salvaguardar su poderío, ese poderío que es parte del problema.

No, son aquellas jóvenes que están estudiando y preparándose para cambiar el mundo, aquellas que se cansaron de ser seres pasivos que acatan, aquellas que, respaldadas por aquellos que comienzan a verlas de otra manera y a respetarlas (“no es no”) no están dispuestas a dejarse manipular y continuarán, nos guste o no, haciendo avanzar los cambios para construir otra sociedad.

Comenzaron solas, pero como la expresión de una crisis social, reventaron el absceso del conformismo frente a la injusticia y hoy nos hacen interrogarnos.

Los escritores debemos interrogarnos y tratar de ver qué hay en este movimiento feminista y si nuestras plumas serán capaces de reflejarlo.

Las academias de la lengua debemos interrogarnos y ver qué cambios están sucediendo y cómo se reflejarán en el lenguaje. Debemos entender que ese “sexo débil” lo que muestra en realidad es nuestra debilidad y a veces resistencia al cambio y debemos buscar las maneras de asimilar ese nuevo lenguaje que surge en las marchas y en las gargantas agarrotas de las víctimas so pena de quedar fuera de la historia.

Las universidades deben interrogarse sobre qué tipo de enseñanza quieren impartir. Deben examinar las razones de las universitarias del fin del mundo cuando protestan contra una educación homofóbica y sexista, y decir como ellas que no basta reglamentar las relaciones entre los administradores, decanos y profesores con las estudiantes, que hay que crear los canales, hay que dar garantías para que las estudiantes que fueron vejadas en sus derechos, acosadas sexualmente, intimidadas con la amenaza de una mala nota o lo que es peor con el ofrecimiento (velado o no) de una buena nota es decir, facilitarles o destruir su porvenir, puedan hablar. Hay que otorgar las garantías para que, sin vergüenza, sin temor la mujer acosada levante su voz, señale, hay que darles la garantía de que se investigará y se sancionará a los infractores, hay que pasar de la tinta al hecho. En el “No es No” el abuso y la violencia de género no tienen cabida, ni en la sociedad ni en la educación.

Las estudiantes en los Estados Unidos deben preguntarse si llegó el momento de hablar, de no esperar que sean otras, las estrellas de cine que denuncien. Deben entender que hay que apoyar a las que hablan, que hay que hacer pública la denuncia, y que una estudiante violentada son todas, que lo que pasa en la universidad no debe quedarse encerrado en una torre de cristal, que el “No es No” es “No, Nunca Más” y que el acoso es inaceptable.

El actuar y sus protagonistas mostró la diferencia entre uno y otro país, la rebeldía mostró la diferencia, el regarse como pólvora en los recintos universitarios y calles de Chile (a 52 días de iniciado el movimiento se mantienen tomadas 17 universidades de las más importantes del país), el no dejarse recuperar, el exigir la igualdad en un mundo de desigualdad, el lograr que el paso del tiempo juegue a su favor y no en contra, que no adormezca, que al contrario, despierte, pero sobre todo la diferencia se encuentra en que no se redujo a la valiente denuncia de unas pocas estrellas del celuloide, que se hizo carne más allá de la imagen y que con las estudiantes marchando en las calles el feminismo se hizo pueblo.

Poco a poco, a las estudiantes se han sumado las mujeres que creían que el abuso era normal, que el silencio era una regla, que les pasaba a todas, aquellas que pensaban que no tenían otra opción que aceptar al violador, al abusador. Se vieron reflejadas en otras, aquellas que podrían ser sus hijas, se dieron cuenta de que no estaban solas, y, sobre todo, de que una sociedad no es inmutable, que los tiempos están cambiando, que lo que antes era aceptable u ocultable hoy es condenable y punible.

¿Nosotros?, nosotros esperemos que ellas nos reconozcan como sus iguales y que ambos sexos, en todas sus manifestaciones, seamos capaces de construir el porvenir en una nueva era, hermosa era de igualdad, gracias a ustedes, las estudiantes feministas de Chile, de los Estados Unidos, del mundo y en la próxima conversación de sobremesa guardaremos silencio para que la voz de las mujeres, la voz de la vida truene en lo que será esta nueva sociedad, pésele a quien le pese.

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Gustavo Gac-Artigas. Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), finalista Premio International Latino Book Award 2018 por Y todos éramos actores, un siglo de luz y sombra, traducido por Andrea G. Labinger: mejor libro de ficción en traducción del español al inglés.

 
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