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En este numero:

- Pobreza y violencia social, una mezcla indeleble del Neoliberalismo. Por Carlos Fernández Jopia
- El regreso de nuestros padres. Por Estela Ortiz Rojas
- Sin licencia para cuidar, el dilema de los padres de un niño con cáncer. Por Álvaro Acuña

- Sumario completo



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El indulto a los criminales de Punta Peuco...

CARTA ABIERTA A LA PRESIDENTA DE LA REPUBLICA. Por Enrique Villanueva

Estimada Sra. Presidenta,

Como ex militares, que nos opusimos al golpe de Estado en 1973, quienes compartimos la prisión con su padre, el general Alberto Bachelet, por oponernos al golpe de estado de 1973, le manifestamos nuestra preocupación por el avance de acciones que alimentan la impunidad, en distintas expresiones, para quienes son autores o encubridores de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura cívico militar.

La derecha, cómplice de la dictadura, ha iniciado una campaña para excarcelar a los pocos asesinos, culpables de cometer crímenes de lesa humanidad, que se encuentran presos y cumpliendo sus condenas en Punta Peuco. El argumento que utilizan en esta oportunidad, es que los reos condenados, con enfermedades terminales, deben terminar de cumplir sus penas en sus domicilios y con sus familiares.

Antes de esta ofensiva, el argumento fue el de la obediencia debida, exculpando en razón de su juventud, grado militar y ubicación en la cadena de mando a oficiales subalternos. A pesar de sus compromisos como agentes del estado, en la comisión de todo tipo de abusos y demás aberraciones cometidas en contra de miles de chilenos y chilenas. Rechazamos estas argumentaciones, porque desde el juicio de Núremberg (realizado entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946) que juzgó a los principales jefes militares y criminales nazis, quedó establecida la responsabilidad personal de los individuos en las acciones que llevaron a cabo.

Por tanto, no hay razón para que, Fernando Mathei, quien fue director del principal centro de torturas de la Fach, la Academia de Guerra Aérea (AGA), no sea juzgado como autor o encubridor de los crímenes allí cometidos. De la misma manera que no hay justificación, para que el ex general Cheyre actualmente procesado por hechos relacionados con la caravana de la muerte, asesinato y torturas, mantenga aún su cargo como directivo del servicio electoral (SERVEL).

No es justificable la protección que han recibido los pilotos de la Fuerza Aérea que bombardearon el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, con el claro objetivo de asesinar al presidente de la republica Salvador Allende, quienes están totalmente identificados pero que gozan de total impunidad. Tampoco es aceptable la situación actual del Ministro de Justicia, quien opinó ser partidario de otorgar beneficios carcelarios a criminales de la dictadura, un ministro cuyo hermano es un oficial del Fuerza Aérea, procesado por el crimen de militantes de izquierda en 1974.

Con esto el gobierno de Chile se desprestigia, porque está actuando de manera contraria a los logros en el campo del derecho internacional, donde la impunidad es una violación a los derechos humanos.

Señora presidenta, manifestamos nuestra preocupación ante la falta de energía para tratar estas situaciones y la falta de convicción, para rechazar la maniobra política que pretende liberar a los criminales de Punta Peuco. Una situación que transforma la impunidad en un conflicto más amplio, de carácter ético, sociopolítico, así como jurídico, que corroe el pilar ético de la democracia y a todas las instituciones del Estado.

En repetidas oportunidades hemos manifestado que el Estado chileno ha cumplido solo parcialmente con los compromisos adquiridos a nivel internacional en cuanto a resolver las violaciones a los derechos humanos cometidos por la dictadura; velar porque se haga justicia, establecer la verdad de lo ocurrido y garantizar la reparación de las víctimas. Hemos insistido en que establecer la verdad, pasa necesariamente por develar el papel de la Doctrina de la Seguridad Nacional como base doctrinaria del terrorismo de estado y de la represión política. Y mantenemos la opinión, que la base de esta doctrina, aún prevalece en la formación de los oficiales de las FFAA y Carabineros en Chile.

Quienes planificaron la represión política, civiles y oficiales superiores, usaron la represión como método de control social, calificando intencionalmente al que piensa distinto, como una amenaza para la nación. Con estos lineamientos estratégicos, los oficiales y suboficiales que la llevaron a cabo, lo hicieron con el objetivo preconcebido de perseguir al enemigo interno; el ciudadano y la ciudadana común, torturándoles, aniquilándoles y haciéndoles desaparecer. Así funcionó la cadena del mando bajo las condiciones de terrorismo de Estado.

Señora presidenta, los militares y civiles que actuaron como agentes del Estado delinquieron de manera consciente, utilizaron la práctica de la desaparición forzada de personas como un método represivo planificado. Ellos sabían que actuando así ejecutaban el crimen perfecto, sabiendo desde el principio que a través de este método no hay víctimas, por ende, no hay victimarios ni delito.

Quien puede dudar a estas alturas y con toda la información recopilada, que durante 17 años, la Doctrina de Seguridad Nacional se aplicó con el total desprecio de las normas democráticas, que los dirigentes políticos de derecha y altos mandos de las FFAA, diseñaron la represión eliminando la independencia de los poderes del Estado, sometiendo, con la complicidad de este, a los organismos del poder judicial al ejecutivo, controlado éste último por una cúpula militar que actuó en base a permanentes “medidas de excepción”, por lo que, las fuerzas armadas y los grupos paramilitares actuaron bajo su absoluto control y dirección.

Señora presidenta, el 11 de septiembre de 1973 nosotros nos negamos a ser parte de todo esto y lo denunciamos, por ello somos testigos de cómo se conspiró en contra el gobierno de Salvador Allende, de cómo se preparó a los grupos de militares que iniciaron la represión y que con sus acciones en un espiral de violencia fueron comprometiendo a toda la institución.

Todos ellos actuaban con la mayor de la violencia, capturando a las víctimas de una manera tal que nadie pudo evitar.

Para ellos la reducción del prisionero se hacia llevándole a un estado inferior que el humano, acentuando su indefensión con grilletes, mordazas y vendas en los ojos, eliminando la línea divisoria entre su yo y el mundo, entre su dignidad y sus victimarios, al obligarlo a permanecer desnudo y violar a las mujeres sexualmente.

Estos señores, los mismos viejos decrépitos que intentan inspirar lastima, arrestaban a personas, las secuestraban, trasladándolas a un mundo clandestino en el que solo ellos imponían las reglas de conducta, en el que reinaban la arbitrariedad y el crimen, eliminando toda ley o regla de convivencia social y humana.

¡Así se aseguraban que la muerte de las personas se realizara en condiciones que aseguraran la impunidad de los hechores!

Señora presidenta, señor ministro de defensa, señores políticos, es en la doctrina de Seguridad Nacional que el hombre y la mujer fueron tratados como seres inferiores, como una cosa, como un animal inferior y a veces, con menos consideración que la cosa, porque en el caso de los desaparecidos, ni siquiera hay derecho a recabar su identidad, cuya desaparición es considerada una mera circunstancia. Una doctrina que en su esencia se mantiene intacta, que al no ser revisada sigue siendo uno de los principales argumentos que justifican la impunidad, sosteniendo el argumento tramposo que las FFAA actuaron para liberar a Chile del marxismo. Una mentira histórica diseñada, junto al Plan Z para justificar la persecución política, la represión y los horrendos crímenes que se cometieron.

Argumento que potencia la impunidad, lo que hace posible que los oficiales y suboficiales de las distintas ramas de las FFAA, Carabineros y de la Policía de Investigaciones, identificados como torturadores y asesinos, aun mantengan los grados militares, influencia y beneficios, dejando abierta la posibilidad de repetir estos crímenes y torturar, sin estar sujeto a pena alguna.

De la misma manera que no es posible mantener en secreto, por 50 años, como lo determino el gobierno de Lagos, los contenidos de las denuncias recibidas por la Comisión Valech y la prohibición de acceso a dichos datos al Poder Judicial El asesinato de 3.197 compatriotas, quienes fueron ejecutados (as) extrajudicialmente. Los 1.102, compatriotas desaparecidos entre 1973 y 1990. Todos ellos y ellas, merecen nuestro respeto, el que se expresa en una lucha tenaz y permanente en contra de la impunidad.

Señora presidenta, entendemos que la justicia es lo contrario de la venganza, por lo que no aceptamos el discurso perverso de la derecha, la que intenta equiparar justicia y venganza, cada vez que exigimos verdad y justicia sin perdón ni olvido, generando las condiciones para que se considere el olvido como una de las bases del estado de derecho. Insistimos en que la impunidad que se está construyendo, al otorgar beneficios a criminales de lesa humanidad, tendrá consecuencias brutales para nuestra sociedad, porque es una ruptura del Estado de derecho y cuestiona gravemente a la democracia. La impunidad lleva a que se repitan una y otra vez las violaciones de los derechos humanos, la impunidad responsabiliza a las víctimas y sobrevivientes y justifica a los agresores, quienes tienen vía libre para seguir cometiendo crímenes.

Le recordamos que Chile es un país herido, que necesita construir su futuro, pero no dando la espalda al pasado, por lo que necesitamos restaurar la justicia y devolver a las generaciones venideras la libertad, un objetivo en el cual su gobierno tiene una responsabilidad hoy, junto al mundo político, el que debe recuperar su conexión con el pueblo y con las formas de vida éticas.

“Del poder de perdonar sin límites surge la impunidad de la delincuencia en todas sus formas, de la impunidad de la delincuencia en todas sus formas, la impunidad de todas las formas de maldad, de la impunidad de todas las formas de maldad, la descomposición de los gobiernos, de la descomposición de los gobiernos la descomposición política de la sociedad" (Jeremy Bentham).

Enrique Villanueva M.


Reflexión sobre el perdón

por Carmen Gloria Quintana

Cada vez que me hablan de perdón, la rabia me toma. Sí, la rabia, pues cómo me gustaría perdonar genuinamente a tantos que nos causaron tanto daño. Pero no puedo, a pesar de que fui educada en la doctrina de la iglesia católica y no soy mala persona, ni estoy llena de rencor ni de anhelos de venganza, como algunos tratan de estigmatizar a los que fuimos víctimas de la dictadura cívico militar chilena. Es más, soy una mujer, esposa, madre de 3 hijas y profesional , que a pesar de todo esto, contenta de estar viva! Hago un poco de memoria para entender mi proceso personal y social hacia la reconciliación que todos deseamos.

A los 5 años de edad sin darme cuenta el Estado ya no me cuidaba, pues se había instalado un dictador por la fuerza de las armas derrocando al Presidente Constitucional Salvador Allende. Aprendí que no debía hablar en el colegio, a no confiar, hay sapos en todas partes-me decían mis padres. Ya el Estado no estaba para proteger, ni cuidar, ni brindar justicia a sus ciudadanos. Había que callar, callar la impotencia de crecer con la censura, con asesinatos de opositores al gobierno, sufrir allanamientos en las poblaciones como Nogales donde yo vivía, callar extraños enfrentamientos que encubrían masacres, presos políticos, torturados y mucha gente saliendo al exilio. Todos opositores a Pinochet. Esto es lo que los tratados internacionales llaman Genocidio o crímenes contra la humanidad. Cuando es el Estado, que usando la fuerza de las armas arremete contra sus propios ciudadanos sea por pensar distinto, por raza o creencia.

A los 18 años de edad, siendo estudiante de la USACH, fui golpeada, rociada con bencina y quemada viva por militares chilenos , a plena luz del día en una jornada de paro nacional. Mi compañero en esos momentos, Rodrigo Rojas, no sobrevivió. Yo resulté con el 65% de mi cuerpo quemado y deformado de por vida.

Tuve que iniciar un camino de reconstrucción personal , donde lo más difícil fue tratar de entender cómo el Estado a través de sus agentes fue capaz de quemar dos personas vivas en pleno siglo XX. Personalmente era incapaz de asimilarlo y esto se me hacía explícito cada vez que un niño me preguntaba ¿qué le pasó señora? Y mi repuesta era tan dolorosa para mí, como para el niño que la escuchaba. Entonces muchas veces cambiaba de tema. Me tuve que someter a más de 40 operaciones con anestesia total, muchas terapias de rehabilitación física interminables, psicoterapias psicológicas para aceptar mi cuerpo dañado y tratar de perdonarme a mí misma por salir ese día 02 de julio a protestar por un Chile para todos y exponerme al riesgo con los resultados que tuve. También perdonar mi sentimiento de culpa de haber causado tanto dolor a toda mi familia. ¡Me sentía culpable por protestar! Me costó entender en mi terapia, que es el Estado el responsable de los crímenes de DDHH, que nadie debe ser sometido a ningún trato inhumano por oponerse o pensar distinto. Tengo que perdonar a muchos que en la época decían « en algo habrá andado » ¡como si protestar fuera un crimen! ¿Cuánto nos deben ellos a los que fuimos jóvenes de los 80 que salimos en masa a protestar por el fin de la dictadura, para que tengan los espacios de libertad que hoy gozan?

Tengo que perdonar por que me ví obligada a salir del país, a Canadá, para continuar mi recuperación médica en un hospital que ofrecía el tratamiento para grandes quemados, sin costo alguno y Canadá ofrecía asilo a toda mi familia que eramos 8. Salimos al exilio, enfrentados al desarraigo, a otra cultura, a otra lengua y a otras costumbres. ¡Uff no fue fácil!! Hoy unos estamos en Canadá otros en Chile, nuestra familia nunca más volvió a estar toda junta. Mis padres anhelan pasar una Navidad junto a sus 6 hijos y 16 nietos antes de morir.

Debo perdonar a los tribunales, pues debí declarar en los tribunales militares infinitas veces, por largas horas. Esos mismos tribunales que incomunicaron en prisión a los testigos claves, entre ellos a mi hermana. Esos tribunales cómplices de los asesinos que se hicieron parte de la version de los militares, donde me acusaban a mí misma de haber causado el fuego que produjo la muerte de Rodrigo y mis lesiones y que por razones humanitarias no se querellaban en mi contra . Tribunales de justicia que en mi caso por 30 años han denegado la verdad y la justicia. Tribunales en que la impunidad era sinónimo de Justicia. Y vuelta a revivir todo nuevamente hace un año, cuando un militar que integraba la patrulla que nos quemó no soporto más y develó la verdad, ratificando mis dichos y además develó los pactos de silencio que existen hasta el día de hoy al interior de las FF. AA.

Debo perdonar al Banco de Chile por despedir a mi marido por casarse conmigo en el año 1993.

Debo perdonar a Enrique Correa cuando al inicio de la transición, me dice en mi cara, que me olvide, que solo habrá justicia en los casos « emblemáticos ». Perdonar cuando me entero que fui engañada por la Comisión de Prisión Política y Tortura o Comisión Valech que nunca me informó, que pesaría un secreto sobre las declaraciones allí consignadas! Todo esto es descrito en psicología y se llama retraumatizar a la víctima!! Pero esto no ha sido todo.

Muchos en Chile no se enteran de la diferencia entre un crimen o delito común y un crimen contra la humanidad, la humanidad es el bien que se protege en este último. El ministro de Justicia considera conveniente legislar en orden a otorgar beneficios a delincuentes condenados, que han atentado contra los DD.HH. Delincuentes que para estar privados de libertad hubo que hacerles una cárcel especial, para que aceptaran ir presos. En circunstancias que en Chile solo un porcentaje mínimo de victimarios cumple pena efectiva. Muchos cumplen penas extracarcelarias. ¿Cómo es posible que se piense en perdonar a criminales contra la humanidad que nunca se han arrepentido? Ni hablar de colaboración activa con la entrega de información sobre los crímenes cometidos por ellos. No resulta entendible cuando el ministro de Defensa les pide información a traves de su ex-juez encargado de solicitarla y no hay colaboración alguna! o la que envían es inconsistente, es más bien una burla. ¿En una institución como las FF.AA. jerárquica no hay información? Se ríen en nuestra cara.

Consideración se debería tener con los familiares de detenidos desaparecidos que son revictimizados por la impunidad biológica. Mueren sin saber la verdad del destino de sus esposos, hijos o hermanos. En una larga agonía de lucha y búsqueda de la verdad. ¿Por qué los gobiernos no han exigido la entrega de toda la información? No se entiende que las FF.AA., que deberían estar subordinadas al poder civil, en la práctica hacen lo que quieren. Incluso se malgastan la plata de todos los chilenos. Tengo que perdonarme por tratar de reconstruir mi vida después de todo y por no luchar todos los días por la verdad, la justicia. Porque las agrupaciones de familiares y ex presos políticos han quedado solos por muchos años en esta lucha. Son ellas y ellos las que han tenido el tema en la palestra y han obtenido los pocos logros que hemos tenido en verdad y justicia

Cada vez que me hablan de perdón pienso cómo me gustaria perdonar genuinamente a tantos que nos causaron tanto daño, pero no puedo. Hay valores que no son transables, nos interesa como sociedad que una tragedia así nunca más vuelva a suceder. Por ello, antes de pensar en perdonar, los victimarios deben hacerse responsables de sus actos, de sus omisiones, arrepentirse genuinamente del daño causado. Entregar información de manera activa de manera de comenzar a reparar el daño. Debemos como sociedad establecer la verdad completa y toda la justicia, nada más y nada menos. Aunque esto implique que las penas sean efectivas de acuerdo a los estándares internacionales de respeto a los DD. HH. Para vivir en un país donde todos podamos ejercer nuestros derechos y obligaciones por igual, donde la Justicia no sea sólo una palabra, donde cada cual tenga lo que le corresponde, con el objeto de restaurar el orden social.

Solo así habrá reconciliación.

Porque el perdón es cuestión individual, de cada persona que vivió el daño. A mi no me lo pidan, mientras no se cumplan requisitos mínimos como sociedad. Y pueda descansar pensando que el Chile que le entreguemos a las futuras generaciones nunca mas vivira el horror de una dictadura!


Manuel Guerrero Antequera

Ronda la noticia que los asesinos de mi padre que cumplen condena en el penal de Punta Peuco pedirán perdón. Dado que tienen acceso a internet, aquí les envío mi respuesta:

Sobre el perdón

Uno de estos días me hicieron una entrevista para el extranjero sobre ‘el perdón’. Hablamos largo sobre temas nacionales e internacionales, hasta que al final la pregunta fue directa respecto a si yo he perdonado. Y ya puesto en el área chica, lo primero que hice fue aclarar que no puedo perdonar a nombre de mi padre, porque eso tendría que hacerlo él, y como él no está, no me corresponde perdonar vicariamente por él. Lo segundo es precisar si yo he perdonado. Y en mi largo proceso, que me ha tomado una vida, energía y reflexión, la respuesta es positiva: sí, he perdonado. Pero debo detallar a quién.

Al primero que me tomó años perdonar fue a mi mismo. El no haber podido hacer más para que mi papá apareciera con vida, entre la mañana del 29 y el mediodía del 30 de marzo de 1985, me tomó tiempo perdonármelo. Muchas veces me han preguntado por si he sentido rabia, y sí, sentí mucha, pero principalmente conmigo mismo. Intenté, a minutos que se lo llevaron, movilizar a la opinión pública llamando a Sergio Campos a Radio Cooperativa para denunciar el plagio. Luego, armar velatones y un largo etcétera frenético, hasta que al día siguiente el director de mi escuela me llevó a un lado por la tarde, para contarme que había aparecido mi papá degollado en Quilicura. No lloré durante meses, porque no me lo podía perdonar. Pasaron años hasta que tomé consciencia que era un niño de 14. Lo abracé, le conversé, lo oí, busqué comprender y lo acogí. No estaba en mis manos salvarlo con vida. Fui la primera persona a quien perdoné. Y así he podido seguir viviendo.

El segundo perdón era más complejo, y aún va y viene. Me ha tomado años de elaboración, y varias de mis opciones y decisiones de vida están marcadas por esa dificultad, a la vez que voluntad, de poder perdonarle: al Partido de mi padre. Mi rabia mayor, luego de a mi mismo, era (es) con el Partido. Porqué no lo cuidaron, cómo dejaron que esto sucediera, cómo ocurrió un crimen tan absurdo, a las puertas de un colegio en pleno estado de sitio. Años me tomó (y me sigue tomando) recuperar el afecto y la confianza. Es curioso, porque no es con una persona en particular, sino con una organización, con una institución, a la cual yo mismo pertenecía en esos años. Cómo el Partido, El Partido, no impidió la muerte de mi padre. Pasó tiempo para que aceptara, en el curso de mi elaboración, que esto no era resorte -necesariamente- de la organización de mi padre. Que hubo compañeros/as que le dijeron que no volviera a Chile. Que hubo otros que le pidieron que se fuera. Que hubo más que arriesgaron sus vidas escondiéndolo. Que la organización son personas, y que también quienes lo protegieron son Partido. Mi proceso de acercamiento/alejamiento/acercamiento/alejamiento (y así en forma periódica), tiene que ver con ese factor (además de diferencias de otro orden). Creo que lo he perdonado. Al menos tengo la voluntad abierta y en proceso permanente de perdonarle.

Más difícil resultó perdonar a mi propio padre. Porque él corrió riesgos a mis ojos innecesarios. Porque se expuso al máximo, porque abusó de su buena fortuna. Porque tenía hijos y quedamos huachos. Porque nunca paró su activismo. Porque otros le sobrevivieron y les miro y veo crecer con sus hijos y nietos y yo no he tenido ese privilegio. Me costó comprender que mi padre no sería mi papá, sino fuese aquél que tomó la opción más dura, porque toda su generación fue exterminada, y él era un sobreviviente que no descansaría de hacer lo que fuera posible por dar con los responsables. Y murió en su ley, porque era coherente al punto de ser un mártir. Hoy lo perdono, y acojo como el joven de 35 años, lleno de sueños, de experiencias crudas y maravillosas, alguien que fue pura intensidad, y que desde su condición de activista permanente me amó al infinito y no me quiso causar daño.

Pero ¿porqué murió José Manuel y mi papá, y no Mónica González? Si el trabajo de investigación y publicación sobre el Comando Conjunto, que gatilló todo lo que vino, lo hicieron entre los tres. Me tomó años perdonarla. Me dolía su sobrevivencia (sin desear un ápice su muerte, sino deseando con todo mi cuerpo y alma que mi padre no hubiese caído). Años viendo su desarrollo como la gran periodista de investigación que es, y a la sombra veía el espectro de mi padre que hizo posible parte de esa carrera, con el sacrificio de validar la información del Papudo, el agente del Comando Conjunto, entrevista publicada a destiempo en Venezuela, y que activó a la DICOMCAR. Me tuve que reunir un día con ella y conversamos horas. Le hice todas las preguntas que traía preparadas durante años de investigación, intentando entender qué pasó. Y descubrí a una mujer valiosa, que le dolía lo ocurrido, y que la historia muchas veces es más banal de lo que uno imagina y proyecta. Y la perdoné. La sigo con atención y me reconforta cuando la veo mantenerse en la denuncia, porque si estamos vivos es para ser coherentes.

Me tomó años luego perdonar a mi familia. Cómo podíamos seguir viviendo nuestra vida cotidiana, con qué derecho, si estaba la ausencia del Manuel. Del hermano, del cuñado. Y cuando fue la detención de Pinochet en Londres, en el FASIC nos reunimos con mi tía mayor, y conversamos con una sinceridad que solo la puede tener gente que se ama incondicionalmente. Y perdoné por mis hijas, para que tuvieran tías, primas, una vida familiar que yo disfruté de pequeño. Y por que no había motivos para seguir cargando con un muerto, si en la familia Guerrero vive mi papá entre todos.

Pero lo que más tiempo me ha llevado ha sido perdonar a Chile. Este país que me quitó a mi padre, que hace justicia a medias, que si no presionamos nos vuelve a dar la espalda. Y viví fuera con la voluntad de nunca más volver. Pero aquí están mis amigos, mis primos, la cordillera y el mar. Y este pueblo también es de resistencia y coraje. Y este país también es mi padre y madre, y mis abuelos, y generaciones de generaciones que se la han jugado en una larga historia social en la que me reconozco en sus flujos y reflujos. Y mi forma de perdonarlo fue viniéndome a vivir a formar mi propio núcleo familiar, a estudiar, trabajar, armar organización barrial, recrear y recuperar amistades y formar nuevas. A intentar comprender lo acontecido en su dimensión humana y social, y ayudarme y ayudar a otros en este proceso, disfrutando en todo lo que se pueda. Tengo la confianza que al nivel y modo que esté al alcance de cada uno, si reforzamos las experiencias positivas y las orientamos en la dirección adecuada, y actuamos con foco en lo que nos ocurre y en los demás, podemos reconstruirnos como personas y como comunidad. Vale la pena. Y las alegrías.

Sí, he perdonado en mi vida. Y ello me ha permitido ir más libre, liviano. Ha sido una elaboración larga, un ejercicio de apuesta por el amor.

¿Y a los asesinos?

Ah, con ellos justicia. Nada más.

Ni nada menos.

Manuel Guerrero Antequera.


Carta a los asesinos de Punta Peuco de un ex preso político
Yo no perdono
Dr. Tito Tricot

Dicen que Dios existe y que es transparente como el agua, que los ángeles son dorados y que el amor nunca se acaba. Ahora dicen que los criminales detenidos en Punta Peuco pedirán perdón por las atrocidades cometidas en dictadura.

A ti asesino, torturador, violador te digo que podrás vivir mil años y no tienes derecho alguno a salir en libertad. Sólo deseo vivir lo mismo para ver el día que te entierren boca abajo para que si alguna noche cualquiera quieres salir te hundas más aún en las profundidades de la tierra. Porque yo no perdono, y si bien es cierto no puedo hablar por nadie más, si puedo decir una palabra por Ignacio, mi hermano de lucha, el comandante Benito, a quien la impenetrable muerte lo sorprendió en una apacible calle de Las Condes, porque la muerte en dictadura es traicionera, tiene ojos de escarcha y manos de granito. Es desalmada y mata porque es su esencia matar, porque es de la esencia de los militares matar.

Por eso, a ti asesino, te digo que podrás pedir perdón pero no te creo, y aunque creyera, yo no perdono. Es que detuviste a mi compañera embarazada de cinco meses. Apenas 21 años tenía cuando un comando de la CNI irrumpió en medio de la noche para cercenarle parte de un sueño compartido; los agentes la llevaron a un calabozo del primer piso de un edificio que resultó ser el cuartel general de Investigaciones. La encerraron en la más absoluta de las oscuridades. A tientas palpó un banco o algo similar cerca de la puerta y ahí se sentó, quedando inmóvil intentando descansar un momento. Reclamaba que estaba embarazada, que necesitaba alimentarse. Nadie la escuchaba, nadie le hacía caso. Era un holograma o incluso menos, un nanofantasma. Al cuarto día la enviaron incomunicada a la cárcel de hombres de San Miguel, y a esas alturas ya tenía síntomas de pérdida, pero al menos por primera vez sintió moverse a nuestro hijo, un destello de ilusión, de que no estaba sola.

Por esto, a ti asesino, te digo que podrás pedir cien veces perdón, mas no lo aceptaré porque yo no perdono. No olvido la noche que me secuestraron entre una docena de agentes armados a los cuales hube de enfrentarme solo. Una vez en el cuartel, quizás cuanto rato más había transcurrido cuando me fueron a buscar a la celda, me vendaron los ojos, me ataron las manos y me condujeron a un lugar desconocido. Sólo recuerdo que descendimos escaleras y entramos a una sala donde hacía mucho calor y se sentía la presencia de mucha gente. Podía distinguir la silueta de algunos zapatos por el breve espacio entre la venda y mi nariz. Me desnudaron, primero la parte superior y, luego, el resto. Comienza el interrogatorio: ¿Dónde está Carreño, quién lo tiene? No tengo idea de lo que hablan, digo. Silencio eterno. Mira conchetumadre es súper simple la pregunta: ¿Dónde está Carreño? Después vienen otras más difíciles, pero esa es la primera, brama una voz aguardentosa. No tengo nada que ver con eso, repito. Siento el primer golpe en los riñones, quedo sin aliento. Luego golpes con las palmas en los oídos, el conocido “teléfono”. Se alejan momentáneamente las voces; más golpes en la espalda y mucho calor. Me tiran del pelo para levantarme. Aún no siento miedo. Espero las preguntas, pero en lugar de éstas recibo más golpes, esta vez en las costillas. Me sujetan entre dos, siento olor a alcohol y sudor. No hay preguntas, solo golpes y el “teléfono” que hace reverberar el sonido y el calor en los oídos. Mucho calor y el olor a transpiración y adrenalina de mucha gente en un espacio cerrado. No tengo noción del tiempo. Quizás han transcurrido solo minutos u horas. No sé. Tal vez he perdido la conciencia. ¿Dónde está Carreño? Insisten. No tengo idea, repito desde mi islote de absoluta soledad. Y truena nuevamente la misma voz: Tu señora está muy mal y va a perder la guagua y por respeto a ella deberías hablar, grita. No sé nada de Carreño, reitero. ¿Y qué diríai si traemos a tu señora embarazada? Sólo reflejaría su calidad moral, digo espontáneamente, sin pensarlo ni un segundo, porque si lo hubiese pensado me hubiera quedado callado. ¿Qué estai hablando conchetumadre, qué me importa tu cagá de moral? ¡Traigan a la hembra de este hueón! Siento pasos y un portazo.

No digo ni hago nada, me mantengo quieto en medio de la habitación rodeado de agentes. O lo que supongo es el centro de la habitación. Sé que si suplico que no la traigan o demuestro signos de debilidad, amenazarán con torturarla para hacerme hablar o sencillamente la torturarán. Es una situación límite sobre la cual uno no tiene el control total, es un juego de nervios de acero. El único problema es que no es un juego y yo no tengo nervios de acero. Aun así, no hice ni dije nada. Nunca supe si realmente alguien salió a buscarla o solamente fingieron abrir y cerrar una puerta. Tampoco sé lo que habría hecho si es que hubiesen traído a mi compañera. Además, ni ella ni yo sabíamos del caso Carreño. Nada teníamos que ver con éste, de manera que nada podíamos decir.

Entonces, más golpes y la orden: ¡lleven a este hueón al subterráneo! Alguien me toma del brazo, me conducen a otra habitación, no estoy seguro si en el mismo piso o si bajamos a un sótano, puesto que estuve vendado todo el tiempo. Me sientan en una silla, me amarran de pies y manos, me ponen electrodos en las muñecas y tobillos. Me aplican inmediatamente electricidad. La corriente es una serpiente que se te mete en las venas, por los poros, los ojos, la nariz, te destempla los dientes y te sale por la boca convertida en un grito desenfrenado que no puedes evitar, aunque quieras. Es que no puedes hacer nada mientras el cuerpo se convulsiona en una espiral de crueles sinfonías. Malditas sinfonías inconclusas. Luego las preguntas, siempre sobre el coronel Carreño y siempre las mismas respuestas: No tengo idea. Y más corriente que sube en intensidad mientras la serpiente se arrastra inmisericorde por los poros, reventando arterias en estallidos naranjas y azules que uno distingue nítidamente aún bajo la maloliente venda. Son estrellas nortinas, relámpagos sureños, temporales porteños, pero expelidos por la fuerza de otro, porque no es tu garganta la que grita. Es un alarido extraño, hermano, vomitado desde la profundidad de tus entrañas, pero por alguien más. Por ello no digo nada.

Me llevan a otra parte, o por lo menos es lo que parece, pues estoy vendado y no puedo ver. Lo primero que me dicen es; ¡Te vamos a sacar la conchesumadre…nos vai a pedir por favor que te dejemos hablar! Comienzan los golpes inmediatamente. Este interrogatorio es mucho más violento o, para ser más preciso, con un mayor grado de histeria por parte de al menos uno de los interrogadores, con gritos, puñetazos, patadas. En algún momento este individuo me saca la venda y me pregunta desafiante: ¿Sabí por qué te saco la venda? Le respondo que no. No me gusta que nadie me reconozca la cara, me dice. ¡¡Mírame bien, soy yo el que te va a dar vuelta, soy yo el que te va a matar!!

Por esto, a ti asesino, y a todos aquellos: autoridades, religiosos, académicos, políticos y otros, les digo fuerte y claro: yo no perdono ni olvido, porque el olvido es otra manera de perder la memoria, y perder la memoria es otra forma de perder la dignidad. Por eso a ti asesino, torturador, violador te digo que podrás vivir mil años y no tienes derecho alguno a salir en libertad

Dr. Tito Tricot Sociólogo Director Centro de Estudios de América Latina y El Caribe-CEALC


El indulto a los criminales de Punta Peuco es una llave para la impunidad. Por Enrique Villanueva

El indulto o la permuta de cárcel para cumplir las penas en sus domicilios a cambio de que pidan perdón y manifiesten arrepentimiento, no es una idea nueva de la derecha de este país, fiel protectora del legado pinochetista. Una derecha que en la voz de la nueva presidenta de la UDI acusa a la Izquierda de haber destruido la democracia en nuestro país, intentando cambiar la historia y ocultando su participación en el golpe cívico militar de 1973 y como principal apoyo de la dictadura.

Es más, hasta ahora, ni en la comisión Valech ni en la comisión Rettig, las Fuerzas Armadas respaldadas por la derecha pinochetista, entregaron la información que permitiera saber toda la verdad para hacer justicia y reparar a las victimas sobrevivientes o a los deudos de los desaparecidos.

En esta oportunidad, algunos de los Oficiales de las Fuerzas Armadas comprometidos en crímenes de lesa humanidad y presos en Punta Peuco, van a la ofensiva, detrás de la iglesia y de las buenas intenciones del cura Mariano Puga, argumentando con su estado de salud para pedir beneficios carcelarios ofreciendo un arrepentimiento público por los pecados cometidos. Ciertamente que para los católicos y cristianos el arrepentimiento es una cuestión central, lo que está por verse es si estos connotados criminales de lesa humanidad, buscan arrepentirse de las barbaridades que hicieron o simplemente pretenden hacer un show para lograr que los indulten o que les permitan cumplir el resto de sus condenas en sus domicilios.

Es necesario señalar que todos los Oficiales de ejército y carabineros involucrados en esta propuesta, presos actualmente en Punta Peuco, planificaron, o dieron las ordenes o asesinaron directamente a personas indefensas, estando la mayoría de ellas detenidas en cámaras de torturas, ubicadas en los distintos regimientos, cuarteles de las Fuerzas Armadas, Carabineros e Investigaciones. Es más, se trata de oficiales superiores y subalternos de las Fuerzas Armadas, algunos de los cuales estuvieron a cargo o formaron parte de las fuerzas de Inteligencia, que es la instancia donde se planificaba y ejecutaba la persecución política, con fiscales militares que decidían sobre la vida o la muerte de personas.

Por lo tanto no basta ni con el perdón ni con el arrepentimiento, lo que se requiere para creer en la veracidad de su solicitud, es que no sólo vean lo que hicieron; perseguir, torturar, violar y asesinar, lanzar los cuerpos al mar o dinamitarlos, como algo detestable y ruin, merecedor del aborrecimiento, sino que realmente ellos lo rechacen en su corazón y den muestras efectivas de ello, lo que solo se materializa entregando la información que poseen, para terminar con el pacto de silencio del cual son parte y ayudar a nuestro país, a finalizar esa larga espera, de más de 40 años, para saber sobre los desaparecidos.

Significa también testificar en contra de aquellos que asesinaron y que hoy impunes, aparecen como prósperos empresarios, políticos, o que aún permanecen en las filas del Ejército, de la Marina de la Fuerza Aérea, de Carabineros e Investigaciones, en servicio activo o en retiro, ostentando grados militares, obtenidos durante los años en que los chilenos y chilenas vivimos bajo una de las más crueles tiranías del continente.

Por lo tanto, el arrepentimiento sin una convicción intelectual de que cometieron crímenes de lesa humanidad y que eso merece el castigo al que fueron sometidos por la justicia, que ello es correcto, necesario y razonable, sin que acepten esto, lo que se prepara es un espectáculo sin destino que solo desprestigia aún más a nuestras instituciones. Pero esta no es una cuestión que se inicia y termina en un acto cristiano de arrepentimiento, lo que está en cuestión es la capacidad del Estado y de un gobierno, encabezado por la hija de un general de la Fuerza Aérea asesinado por oponerse al golpe cívico militar de 1973, para investigar y hacer justicia.

Ningún gobernante, ministro ni parlamentario, tiene el derecho, bajo pretexto de una acción humanitaria, de liberar de sus condenas a quienes fueron los artífices y participes, de crueles asesinatos y acciones calificadas como crímenes de lesa humanidad. Si lo hacen estarán repitiendo el mismo error o engaño que cometieron los gobernantes de la época, cuando liberaron a Pinochet “por razones humanitarias y demencia senil”, basándose al final en informes médicos fraudulentos, para asegurar que el dictador estaba incapacitado de responder ante un tribunal por sus crímenes.

Señora Presidenta, señores Ministros, jueces, parlamentarios de la Nueva Mayoría e independientes, las tropelías que se cometieron en contra de la población, partiendo por el bombardeo a la moneda y el asesinato del presidente Salvador Allende, no fueron casos aislados. La tiranía Pinochetista utilizó la persecución política y el aniquilamiento sistemático como una maquinaria política de poder, para eliminar a toda oposición, para disciplinar a la población en sus términos ideológicos y para transformar las relaciones sociales refundando la nación.

Todos estos señores, hoy ancianos, fueron parte y actores de políticas y prácticas sociales genocidas, cobijadas en la doctrina de la seguridad nacional, que las llevaron a cabo a través del gran invento político que hicieron, para ocultar sus crímenes y justificarlos, “ la guerra en contra del marxismo”, la que fue implementada por las Fuerzas Armadas, Carabineros y la Policía de Investigaciones.

Es aquí donde ha faltado coraje y voluntad política, compromiso con las nuevas generaciones de chilenos y chilenas, para abordar el tema en profundidad y terminar con uno de los principales argumentos que justifica la impunidad: que las FFAA actuaron para liberar a Chile del marxismo, una mentira histórica diseñada, junto al Plan Z para justificar la persecución política, la represión y los horrendos crímenes que se cometieron.

Los gobiernos democráticos hasta el actual, sus ministros de defensa, han sido incapaces de abordar con valentía la esencia de la doctrina de la seguridad nacional, que fue el origen y motor de la represión en Chile, la fuente principal de la intolerancia, que identificó al enemigo interno en el ciudadano y la ciudadana común, calificando al que piensa distinto como una amenaza para la nación. Es inconcebible que sea la misma base ideológica inserta en la Doctrina de la Seguridad Nacional, a 47 años del golpe de Estado de 1973, el eje rector y formador de los futuros oficiales de nuestras FFAA.

Al no hacer esto, se le permite a los oficiales y suboficiales de las distintas ramas de las FFAA, Carabineros y de la Policía de Investigaciones, identificados como torturadores y asesinos, que mantengan los grados militares, influencia y beneficios en las FFAA, alimentando la impunidad y dejando abierta la posibilidad de repetir estos crímenes y torturar, sin estar sujeto a pena alguna.

Con esto, lo que se hace es diseñar un mapa de justificación del horror y de hipocresía para enfrentar la verdad, lo que va generalizando la impunidad en nuestra sociedad.

Enrique Villanueva M

 
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