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En este numero:

- El currículo criminal de la familia Krasnoff. Por Miguel Lawner
- Chavismo y Venezuela hoy. Por Ignacio Ramonet
- Reconocimiento general de la democracia tutelada. Por Felipe Portales

- Sumario completo



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El mejor que vi debajo del larguero. Por José Lizana

Mi infancia la caminé por el Chile gris y decadente de los ochenta. Días en que sentía el escalofrío que produce el miedo y donde la anestesia televisiva invitaba a reír cuando todos estuviesen tristes.

Mis ojos de niño fueron testigos presenciales de algunos sucesos como las protestas, la visita del Papa Juan Pablo II, el paro nacional de trabajadores y obreros de Ferrocarriles del Estado y el proceso eleccionario de 1989 que puso fin a la dictadura de Augusto Pinochet. Entre tantas sombras, el fútbol le entregaba algunas pizcas de alegría al pueblo con una figura que descollaba en el pórtico de Colo-Colo y la Selección Chilena: Roberto Antonio Rojas Salinas, el “Cóndor”.

Este guardavallas marcó una época y sigue estando en mi mente con la tapada a José Velásquez en Lima por las eliminatorias de 1985 o con la muralla que le puso a Müller en el Brasil 0 - Chile 4 de la Copa América ‘87. Tampoco se me olvida la atajada a Ricardo Toro de Palestino en la final del Campeonato Nacional de 1986. Asimismo, el partido en Wembley en 1989, cuando los ingleses no pudieron con nuestra táctica del murciélago. Y cómo no volver a estremecerse con el tiro de Branco y la contorsión felina en aquella fatídica tarde del Maracanazo, el partido en que la conciencia y los espectros de Rojas le dijeron que había que ganar de cualquier forma.

Muchos dicen que el portero truncó a una generación, pero esta camada no tuvo los argumentos futbolísticos para ir al Mundial de México 1986 (Rojas, Hisis, Vera, Aravena, Yáñez y Puebla), cayendo con Paraguay en el repechaje, ni para ganar la Copa América organizada en Chile en 1991 (Pizarro, Rubio, Yáñez, Zamorano). Quizás con Rojas en el Milan o el Real Madrid llegábamos a Estados Unidos ‘94. Además, Fernando Astengo pasaba por un momento estelar en el Gremio y en los años posteriores vino la irrupción de Iván Zamorano en España y el Colo-Colo que alzó la Copa Libertadores de 1991. Quién sabe si se hubiera clasificado con todos estos elementos en su máxima algidez.

El “Cóndor” se equivocó adentro de una cancha de fútbol y pagó. Sin embargo, en Chile recibió la condena más perpetua de todas, porque la sociedad moralista no perdona. Aunque el indulto de la FIFA en 2001 fue un alivio moral a sus 42 años, no fue suficiente para recuperar al gran y extraordinario deportista.

Igualmente, en la despedida de Zamorano, el 23 de diciembre de 2003, recibió los aplausos compensatorios del Estadio Nacional. “Me llama Iván (Zamorano) un día antes y me dice: ‘Espero que juegues en mi despedida’. ‘¿Cómo?, le digo. ‘No traje zapatos’. ‘No te preocupes’, me dijo, ‘tienes que jugar’. Cuando entré a la cancha fue una cosa bonita… sentir los aplausos. Es el reconocimiento de lo que uno hizo dentro y fuera de la cancha. El pueblo chileno es solidario, porque el único perjudicado de toda la historia fui yo”. Para algunos el “Cóndor” fue un héroe, para otros un villano. Para mí, el mejor que vi debajo del larguero.

 
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