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- AYSÉN. Dueñas de casa, pescadores y trabajadores agrícolas entre pobladores querellados por Ley de Seguridad del Estado
- ¡No estoy ni ahí! Por Juan G. Ayala
- La música como movimiento de los sentidos, las emociones y el pensamiento. Alex Ibarra entrevista a Paquita Rivera

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FACUNDO CABRAL IN MEMORIAM ¡¡Han asesinado a otro hermano!! por Gabriel Salinas Álvarez

"Ha de elegir bien su melga quien se tenga por cantor Porque sólo el impostor se acomoda en toda huella: Que siga una sola estrella Quien quiera ser sembrador".

Facundo Cabral siguió la enseñanza de Atahualpa Yupanqui, y sembró mucho, de lo mejor, por cierto, y por muchas partes.

La barbarie ha interrumpido para siempre la siembra de humanidad que este tierno-viejo-fraterno-cantor llevara a cabo durante varias décadas.

¿Qué decir, qué sentir, qué hacer, ante el horror y el daño irreparable?

Las palabras que convendría pronunciar, ya casi no circulan, o han perdido su sentido original, pues no pertenecen al vocabulario "nuestro de cada día". Es que el lenguaje actual está aquejado de raquitismo terminal a causa del virus de la mercadofilia y de los miasmas televisivos, que reservan a la palabra la infeliz tarea de transmitir el miserable narcisismo de los caraduras de la política y los negocios y de los "rostros" de la televisión.

Decir cuánto pesar nos embarga, hablar de lo que perdemos cuando un artista es asesinado, clamar nuestra indignación, todo ello es necesario e insoslayable, pero nuestros dichos desaparecerán, inevitablemente en el océano de deshechos y pacotillas de esta Modernidad de mercachifles neoliberales.

Nos queda, sin embargo, por decir algo que puede ser decisivo, podemos, y debemos decir NO:

NO MÁS aceptación fatalista del horror como si se tratase de un ineludible tributo a pagar, en virtud de no sé qué destino.

NO MÁS complicidad de los gobiernos, de sus policías y sus magistrados con los criminales.

NO más puestas en escena de grotescos simulacros de justicia.

NO más recochineo comunicacional en el que necrófilos ³periodistas² y obscenos opinólogos, banalizan el mal traficando con la verdad.

En esta hora de duelo, ¿qué sentimiento albergar para impedir que la indignación, la desazón, no enciendan en nosotros primarios instintos destructores que nos obnubilen y degraden haciéndonos experimentar odio, rencor y el mismo apetito de venganza, que los criminales?

Es imprescindible y urgente, que erradiquemos de nosotros el sentimiento de impotencia.

La indefensión en que cada uno de nosotros se halla frente a la violencia y al poder de aquellos que la ejercen e imponen por doquier, es dramática y agobiadora. Pero, la impunidad que la perpetúa tiene sus raíces en nosotros, en el miedo nuestro que insidiosa y malignamente nos induce a callar, nos persuade de que no es juicioso ir contra la corriente, nos invita a eclipsarnos cuando se requiere de nuestra presencia. Ese miedo que nos ayuda a comulgar con ruedas de molino, miedo que nos impide ver como el conformismo nos va tornando amnésicos, pusilánimes y cobardes; miedo que, en fin de cuentas, nos convierte en desencantados calculadores.

Este no es un cándido llamado al heroísmo que supuestamente cada quien lleva escondido en su fuero interior; las Rigobertas Menchú, desgraciadamente, no nacen todos los días ni en todas las latitudes. Lo que debemos, y podemos hacer, es vencer los obstáculos que en nuestro espíritu, se oponen a la comprensión de la realidad en que vivimos y que contribuimos a perpetuar, pero que, también podemos modificar.

Es urgente que reconozcamos, en nosotros mismos, los caudales de energía de los que somos depositarios; energías que hoy son despilfarradas en la penosa tarea de subsistir forjándonos ilusorias y devoradoras perspectivas que no conducen a ninguna parte.

Debemos asumir la difícil tarea de descubrir que somos sujetos aptos, no tan sólo para opinar, sino para decidir acerca de cosas importantes para cada quien y para la comunidad. Debemos redescubrir hoy, la tremenda significación de lo que ³osar saber² puede tener para cada uno de nosotros aquí y ahora.

Lucidez y coraje pues, es lo que necesitamos, para comprender que el asesinato de nuestros hermanos no es obra de un sino fatal o de una sórdida intriga de inconfesables motivos.

El asesinato de Facundo Cabral, como el de Víctor Jara, y el de tantos otros "compañeros del alma", son hechos que representan, concentradamente, la esencia del Siglo XX que no termina de morir. Son hechos que, como desgarradores relámpagos, iluminan fugazmente la realidad, mostrando todo aquello que lesiona y ofende a nuestra humana condición.

"En asuntos del cantar, que mire el hombre pa¹ dentro Donde se hacen los encuentros de pesares y sentires; Después, que tire onde tire Con la consciencia por centro".

Descansa en paz hermano.

Gabriel Salinas Álvarez

 
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