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En este numero:

- Querella criminal contra autores del golpe de 1973
- Presentado el libro de Marco Silva “La comunidad como sentido, reflexiones desde la psicología comunitaria y la disciplinariedad militante”
- La Universidad del Mar: un tatuaje social. Por Juan G. Ayala

- Sumario completo



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Falleció el escritor y periodista Ramón Chao

Nuestro mayor homenaje a Ramón Chao, gran escritor, periodista, compañero, y colaborador entusiasta de Le Monde Diplomatique. Nuestras condolencias a su compañera Felisa y a sus hijos Antoine y Manu, así como a toda su familia y amigos.


Mi amigo, mi hermano Ramón Chao por Ignacio Ramonet

El pasado 20 de mayo, a los 82 años de edad y lejos de su Villalba (Lugo) natal, falleció mi amigo, mi hermano Ramón Chao, gallego, rebelde, pianista, escritor, periodista, seductor, voluble, aventurero, y sobre todo, un hombre de un temple poco común.

Además de nuestro antifranquismo, teníamos en común la característica de ser «los gallegos de París», identidad muy singular, y, como periodistas, los únicos españoles que han dirigido prestigiosos medios franceses: Radio Francia internacional (RFI) por él y Le Monde Diplomatique por mí.

Ramón no fue solamente un inmenso escritor, infatigable y obsesivo, que entregaba su prosa veinte veces sobre el oficio –lea El Lago de Como–, pero también un periodista exquisito de los que ya no hay, y un entrevistador fuera de serie como lo certifican sus libros excepcionales con dos monstruos de la literatura: Juan Carlos Onetti y Alejo Carpentier. Es inaudito –y al límite del crimen editorial– que su libro de conversaciones con Jorge Luis Borges no se haya publicado.

En cincuenta años de amistad y complicidad escribimos varios libros a cuatro manos – entre ellos París rebelde: Guía política y turística de una ciudad y el Abecedario (subjetivo) de la globalización. En diversos diarios, entre ellos Triunfo y la Voz de Galicia, publicamos crónicas entrelazadas, es decir, textos escritos por él y firmados por mí, o vice versa. Hasta el punto que mucha gente nos confundía.

Un día, en México, me invitaron a dar una conferencia. Ramón me reemplazó y nadie lo notó. En otra ocasión, en Bilbao, hicimos una conferencia juntos y, antes de empezar, los presentadores le atribuyeron mi biografía a Ramon, y la suya a mí. Obviamente, no hicimos la rectificación… Eso nos hizo reír. Un número incalculable de veces, se me presentó como «el padre de Manu Chao» y a Ramón como «el director del Monde diplomatique”. Nuestra norma era nunca rectificar.

Mientras que Ramón acaba de dejarnos, una señora me escribe para presentarme sus condolencias por «la muerte de mi padre, autor de este libro indispensable Fidel Castro, biografía a dos voces» Todo esto me preocupa. Por lo que tengo en la memoria una famosa novela de Edgar Poe, «William Wilson», en la que dos amigos se parecen tanto y se identifican a tal punto el uno al otro que el día en que uno muere, aquel que queda se da cuenta que no es el otro que ha muerto. Es él.


La redacción en español de Radio Francia Internacional lamenta informar que el periodista y escritor Ramón Chao Rego falleció este domingo en Barcelona a los 82 años de edad. Padre del músico Manu Chao y de Antoine Chao, fue jefe del servicio en español y portugués en RFI.

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Ramón Chao, en 1982, con Pablo Paredes, Víctor Hugo de la Fuente, Vilma Abella, Gustavo Morales, Marisa Coello, Danielle Birck y otros integrantes de Radio Francia Internacional.

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Ramón Chao junto a Liliana Martínez y Víctor Hugo de la Fuente en estudio de RFI


Ver artículo de Ramón Chao sobre sus tatuajes:
https://www.lemondediplomatique.cl/...


RAMÓN CHAO

Nacido en España en 1935, Ramón Chao desarrolló gran parte de su vida en Francia, donde llegó en la década de los 60 para estudiar piano, su primera pasión que abandonó para dedicarse a la radio. Antifranquista convencido, desde París dirigió emisiones radiofónicas en gallego en la época en la que estaban prohibidas por el régimen franquista y fue corresponsal de la revista Triunfo.

Después del piano, la otra pasión de Ramón Chao era el continente latinoamericano y su literatura. En 1982 fundó las emisiones hacia América Latina de Radio Francia Internacional en castellano y en portugués y en 1984 creó el Premio de cuentos Juan Rulfo, un galardón que RFI otorgó durante treinta años consecutivos en asociación con el Instituto de México y la Casa de América Latina en París. Deja en los archivos de la radio un legado de entrevistas con escritores latinoamericanos de renombre como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, reunidas en la serie "Esbozos".

Padre del conocido cantante Manu Chao, a quien acompañó en la aventura del ’Expreso del Hielo’, un tren que en 1993 recorrió las vías férreas abandonadas de Colombia con una tropa de saltimbanquis: el grupo francés Royal de Luxe y una docena de artistas y músicos españoles, argentinos, italianos y colombianos quienes, con la ayuda de un dragón mecánico que escupía fuego y una máquina de nieve artificial, ofrecieron espectáculos gratuitos a lo largo del recorrido entre la ciudad de Santa Marta, en la costa Caribe colombiana y la capital, Bogotá. Fruto de ese insólito viaje es el libro "El tren de hielo y fuego" publicado en 1999 por Ramón Chao.

"Ese viaje con el Expreso del Hielo es muy revelador del espíritu juvenil y emprendedor de Ramón, siempre dispuesto a lanzarse en nuevas aventuras, siempre dispuesto a rodearse de gente joven y a dejarse arrastrar en los proyectos más locos", dice Alexandra Pineda actual jefe del servicio español de RFI.

"Era un hombre que tenía un increíble talento para movilizar energías y sabía encontrar los aliados que hicieran falta. Era muy humano y deseaba atraer a jóvenes para llevar a cabo el proyecto", subraya Alejandro Valente, quien sucedió a Ramón Chao en la dirección de la redacción. Valente destaca los múltiples talentos de Ramón Chao y su enorme capacidad de resiliencia. "Víctima de un accidente cardiovascular en el año 2000, se repuso admirablemente y era una maravilla ver como pudo retomar su vida al igual que antes".

Nombrado Caballero de Artes y las Letras por el gobierno francés en 1991, Ramón Chao dejó como herencia una veintena de obras de variadas temáticas, entre las cuales se destaca una guía de París rebelde, ’Las Andaduras del Che’, ’la Pasión de Carolina Otero’ y ’Después de Franco’.

Políticamente a la izquierda, pro-castrista irredento, Ramón Chao era al mismo tiempo un "bon vivant", amante de la buena mesa y el buen vino y un galanteador inveterado. En RFI, donde dejó su huella, se lo recuerda por su generosidad y su espíritu abierto.


El gran Chao. por Diego A. Manrique

Supe de la extraordinaria trayectoria de Ramón Chao en los años setenta, cuando ambos colaborábamos en el semanario Triunfo. Cargaba con cierta leyenda: el expatriado gallego instalado en París, con una sólida formación cultural. Cosa insólita, Ramón no ejercía de francófono militante. Su primer libro, en la colección Los Juglares de Ediciones Júcar, trataba sobre el cantautor Georges Brassens, del que revelaba algunos detalles inconvenientes.

Ya en los ochenta, con la floración de seminarios y conferencias por todo el país, coincidimos en numerosas ocasiones. Se reveló como un magnífico conversador, que se deleitaba con las paradojas de la vida: como pianista, fue algo así como un niño prodigio; becado por su paisano, Manuel Fraga, viajó a París para ampliar sus estudios con Nadia Boulanger. Los rumores sobre cierta intimidad con el dragón franquista le hicieron un hombre sospechoso entre los círculos del PCE. Pronto comprenderían que su interés por la Unión Soviética era genuino: aprendió ruso, lo suficiente para leer y hablar un idioma que solía resistirse a los españoles.

No presumía de sus relaciones, pero de repente soltaba anécdotas sobre Mario Benedetti o Mario Vargas Llosa, colegas en Radio Francia Internacional. En algún momento, también hablaba de la pasión musiquera de dos de sus hijos, Antoine y Manu Chao. Le hacían gracia hasta los nombres de sus grupos: los Hot Pants, Chihuahuas, Los Carayos.

Se trataban de bandas más o menos punk con querencias hispanas, que pronto se colaron en los ambientes rockeros del barrio madrileño de Malasaña. Una canción, Mala vida, se convertiría en himno underground, dando nombre a locales y recopilaciones discográficas, para asombro de Ramón.

Mala vida pasaría al repertorio de Mano Negra, verdadera levadura para la concienciación del rock en Europa y América. Ramón Chao entendió que aquello era más que un capricho juvenil. Se apuntó a acompañar a los hermanos en su gira por tierras colombianas, dónde se desplazaban en tren, como cualquier circo. Con muchas precauciones: Manu prohibió el uso de drogas, para evitar disgustos con las autoridades.

El libro resultante, Mano negra en Colombia: Un tren de hielo y fuego (1992), reflejaba su paradójica posición como el adulto en la expedición y las peculiaridades de aquella tierra, donde soldados y guerrilleros declaraban una tregua implícita y podían coincidir viendo a Mano Negra en directo. Soldados eran, explicaba Ramón, los que no pudieron esquivar el servicio militar; en la guerrilla se pagaban mejores sueldos.

Cuba era asunto prioritario para Ramón. Su padre había vivido en la Isla Grande y resultaba seductor tanto lo que contaba como lo que parecía sugerir: la tierra de las míticas mulatas. Su amistad con Alejo Carpentier, entonces consejero cultural de la Embajada de Cuba en Francia, le facilitó la introducción en la zona alta de la música y la literatura del Caribe.

Solo o en compañía de Ignacio Ramonet, publicó textos beligerantes sobre Cuba y la globalización. Soportaba con resignación la onda expansiva de la cultura de la fama: en más de una ocasión, le presentaron como hermano -¡e incluso hijo!- de Manu. Tras jubilarse, se sintió liberado y se permitió caprichos simbólicos: cubrió su cuerpo de tatuajes. Bromeaba al respecto: “ya estoy más pintado que Manu. ¡Soy el verdadero hombre ilustrado!”.


Nacido en Lugo, Ramón Chao desarrolló su carrera en Radio Francia Internacional, donde realizó emisiones en lengua gallega, prohibidas por el dictador Francisco Franco

El escritor y periodista Ramón Chao ha fallecido este domingo en Barcelona a los 82 años de edad. Nacido en Vilalba (Lugo) en 1935, desarrolló gran parte de su vida en Francia, donde llegó en la década de los 60 gracias a una beca del Gobierno español para estudiar piano.

Ramón Chao, un padre orgulloso, habla de su hijo Manu, Ramón cree que "el realismo mágico nació en Galicia"

Padre de los músicos Manu y Antoine Chao, los fundadores del grupo Mano Negra, y hermano del teólogo y escritor Xosé Chao Rego, Ramón Chao trabajó en Radio Francia Internacional, emisora en la que fue nombrado en 1968 jefe del servicio cultural en español y portugués.

Una década más tarde comenzó también a dirigir todas las emisiones en esos idiomas de Radio Francia Internacional (RFI). Pese a establecerse en el país galo, Chao mantuvo el contacto con España y Galicia e incluso realizó emisiones en lengua gallega, prohibidas en aquel momento por el dictador Francisco Franco.

Chao fue colaborador de la revista Triunfo y del mensual Le Monde Diplomatique, que dirige Ignacio Ramonet. En 1991 fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés. Entre su bibliografía figuran una veintena de obras entre las que destacan Prisciliano de Compostela o La pasión de la Bella Otero.

Fue además creador e impulsor del premio Juan Rulfo, un galardón otorgado por Radio France Internationale desde 1982 y coorganizado por el Instituto Cervantes de París, la Casa de América Latina, el Instituto de México en París, el Colegio de España, Le Monde Diplomatique (edición española), la Unión Latina y FondaChao.

El Colexio de Xornalistas ha expresado su pesar por la pérdida del periodista lucense a través de un comunicado en el que trasladan "el cariño de toda la profesión" a la familia y amigos de Chao. El alcalde de Santiago, Martiño Noriega, y la portavoz nacional del BNG, Ana Pontón, también han mostrado sus condolencias a través de las redes sociales por el fallecimiento.

Ramón. Por Juan Cruz

Ramón Chao tendría que haber sido ministro de Exteriores, de Vilalba o del mundo. Con dos palabras era capaz de convencer a cualquiera de llevar a cabo un sueño. Era un seductor que iba en moto, como John Berger, de París a cualquier parte, y su destino en realidad era el centro del mundo, donde aprendió a hablar y a tocar el piano: Vilalba, Lugo, donde floreció su carácter, la tierra que amamantó a Álvaro Cunqueiro.

Ramón murió el domingo por la tarde en Barcelona, adonde había ido buscando aire para sus pulmones. Estaban con él su mujer, Felisa, y sus hijos Antoine y Manu Chao, ambos miembros de la mítica Mano Negra, de la que Antoine se desgajó para ser un periodista de la radio francesa, como su padre. Ramón Chao tenía 82 años. Le pregunté ayer a Antoine cuáles eran las asignaturas que cumplió su padre, además del periodismo, el galleguismo y la música. Él añadió, entre admiraciones: “¡Y la cuarta vocación, padre de primera!”.

Era capaz, a una edad ya avanzada, de viajar en moto, en paralelo con Manu, de París al corazón de Galicia, para hablar de sus ancestros, de las revoluciones que entendía pendientes, y de una de aquellas vocaciones: Galicia. Salió de allí en 1956, para estudiar piano en Madrid. Y música hizo que estudiaran sus hijos, con el aprovechamiento ya conocido. La vida lo llevó a Francia, y allí abrazó el periodismo como uno de sus (múltiples) tatuajes. Desarrolló una labor intensa e inteligente al frente de las emisiones en español de la radiotelevisión francesa.

En ese ámbito fue cuando se hizo cargo de lo que podríamos llamar su particular ministerio: estuvo rodeado de personalidades diversas, como José-Miguel Ullán, Severo Sarduy o Emilio Sánchez-Ortiz. Y desde esa plataforma juntó las energías latinoamericanas, que además reflejó en grandes entrevistas que fueron libros o crónicas. Vivió la vecindad plena de energía de Feliciano Fidalgo o la mucho más sosegada de Rafael Conte, y fue un espléndido corresponsal de Triunfo, la revista que hacía crónica de lo que pasaba en la capital de Europa. Leer Triunfo, entonces, era asomarse a una ventana en la que Chao siempre tenía un recuadro.

Por ahí, y por sus libros, supimos de momentos o palabras esenciales de Alejo Carpentier o de Juan Carlos Onetti. Él estaba presente cuando ocurrió la anécdota en la que el extraordinario autor uruguayo, su amigo, echado en la cama de su casa, en la avenida de América, interpeló a una productora del equipo que asistía a Chao para un documental. Arruinado su físico por la edad y porque ya era muy decadente su dentadura, Onetti le dijo a la chica: “Usted me mira porque cree que solo tengo un diente. Le advierto de que mi dentadura es perfecta, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa”.

Su asignatura gallega. Le pregunté a Moncho Paz, joven colega suyo, cómo había mantenido ese vínculo. “Galicia y, en concreto, Vilalba, siempre estuvo presente en su obra. Hace años reconoció en una entrevista: ‘Entré a trabajar en Radio France porque hablaba gallego, pues buscaban a un locutor que se defendiese con soltura en español y portugués”. De todas esas combinaciones nació su inconfundible deje. Al fondo de ese retrogusto que los gallegos tienen por el idioma siempre tenía Chao a una especie de Cunqueiro pugnando por ganarle al español y al francés con los que se había contaminado.

Cuenta Paz, además, que ese gallego siempre vivo “aparece identificado como Reigada en El lago de Como (1983) y sigue apareciendo en libros posteriores: Un tren de hielo y fuego, Mano Negra en Colombia (1994), Un posible Onetti (1994); Prisciliano de Compostela (1999); La pasión de Carolina Otero (2001) y Porque Cuba eres tú (2005), entre otros”.

Fue gallego de tuétano, enraizado en la figura de su padre. A Paz le debo también esta cita de lo dicho por Chao hace unos meses sobre sus tareas pendientes: “Escribir unas novelas sobre el papel de la Tierra Chá [su comarca natal] en la forma de ser del gallego, llegar a tener la gracia de Cunqueiro y dar a conocer la figura de Prisciliano. Es muy importante que tengamos una referencia moral de un gallego histórico, y no de alguien que jamás pisó la tierra de Hispania y no se distinguió en nada”. Se refería, claro, a la pugna por poner a Prisciliano donde otros ponen a Santiago.

Fue un hombre generoso. Con sus hijos, ante todo, como señalaba Antoine ayer. Con ellos y con Felisa hizo un viaje a Tenerife, en 1975. Iba de vacaciones, pero consigo llevaba el magnetófono de la radio y se quería llevar una metáfora grabada de las islas. Se llevó la voz cálida de César Manrique, que luego sería el asombro de Severo Sarduy. Manu y Antoine eran niños inquietos y asombrados.

El padre se hizo años más tarde el seguidor más ferviente de su música sin muros. Su entusiasmo le permitió burlar el tiempo, y la moto, los tatuajes, la música, hicieron que aquel Chao que escribía en el Triunfo del antifranquismo se convirtiera en el más moderno de los seguidores de Mano Negra. En esa crónica familiar Felisa alentó una alegría que a él le ayudó a ser el padre de primera que fue y el amigo que tuvimos.

 
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