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Instituciones escolares estandarizadas. Una deuda con la formación de personas. Por Sonia Brito, Luis Reyes y Lorena Basualto

Hace algunas semanas, se informaron los resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), para acceder a la Educación Superior, la cual fue rendida por más de doscientos noventa mil estudiantes. Conocidos los resultados, se evidenció que el puntaje PSU por cada postulante correlaciona directamente con el nivel socioeconómico de su familia, por tanto, una vez más se puede afirmar que esta prueba estandarizada, que pone fin a la enseñanza secundaria, se torna para muchos jóvenes en una crónica de un resultado anunciado.

Ciertamente, desde esta perspectiva, surgen muchos temas que son necesarios reflexionar. Uno de ellos, se refiere a las pruebas estandarizadas como forma de medir el aprendizaje, donde la PSU es una más. Es así, como actualmente, los establecimientos educacionales están agobiados con las múltiples exigencias solicitadas por el Ministerio de Educación, Corporaciones de Educación y Agencia de calidad de la Educación, respecto al rendimiento cuantitativo de los estudiantes. Es así, que anualmente, se aplican pruebas estandarizadas tales como SIMCE y PSU, a nivel nacional y, TIMSS y PISA a nivel internacional, las cuales pretenden medir el rendimiento en algunas materias, tales como, matemáticas, lenguaje y ciencia, asociándose los resultados en instrumentos para medir calidad de la educación. En este paradigma, ¿dónde queda la formación del sujeto educativo?; ¿Dónde se evidencia el rol, las interacciones y los mensajes entre profesores y estudiantes? ¿Dónde queda el desarrollo de otros saberes y experiencias como la creatividad, el pensamiento crítico, creativo, reflexivo, la formación ciudadana y de la persona?

Desde esta lógica, las instituciones escolares están enfocadas en responder a estándares, indicadores y ranking con el consecuente reconocimiento o sanción, referidas a los puntajes obtenidos, mayores recursos desde el estado o desde los gobiernos locales, premios a los colegios de los mal llamados “de excelencia académica”. De ese modo, se va perdiendo la integridad de la formación, donde la preocupación central de los cuerpos directivos, es idear estrategias para subir los puntajes y para que la institución o empresa sea rentable. Entonces, se distraen energías y esfuerzos en estandarizar la cabeza de los estudiantes, entendiendo como buen estudiante, a quien responde mecánicamente a esa racionalidad.

Cabe consignar, que la finalidad de la aplicación de estas pruebas, es comparar la posición relativa de un colegio respecto de otro, o bien de Chile, con respecto de otros países, sin considerar componentes sociales y culturales. Como corolario de lo anterior o, efecto colateral, los establecimientos educacionales y las personas se tornan más competitivas, con menor conciencia de solidaridad y respondiendo a una racionalidad de mercado. Estas sanciones y recompensas, se cruzan peligrosamente con aspectos socioeconómicos, puesto que los colegios empiezan a competir por atraer estudiantes con ciertas características, levantando exigencias sobredimensionadas para lograr el ansiado ingreso, imponiendo pruebas de selección, incluso a los párvulos.

Frente a este panorama, vale la pena preguntarse por el sentido y significado que tiene la educación, para ello, es necesario detenernos un momento para preguntarnos como sociedad ¿Qué tipo de personas queremos formar?, ¿Qué tipo de sociedad estamos pensando?, ¿Qué educación es necesaria para forma un ciudadano ético? Parece necesario, pensar una formación que abarque todas las dimensiones de la persona humana, en ambientes inclusivos y propicios para el aprendizaje del lenguaje, las emociones, los procesos cognitivos y las habilidades sociales. En este sentido, resulta necesario valorizar el documento “La educación encierra un tesoro” (UNESCO, 1990) en donde se señala que la educación, se debe fundar sobre 4 pilares: Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, los cuales evidentemente presentan disimiles niveles de desarrollo, por no decir que algunos de esos pilares están en etapas muy incipientes como lo son, aprender a vivir juntos y aprender a ser. He aquí grandes desafíos a asumir, en relación a la formación de la identidad de las personas; personas que tienen y tendrán que vivir y convivir con otros. El cuestionamiento que surge, es cómo se aborda como país, una formación mucho más integral, desarrollando todos los pilares enunciados por UNESCO. Esto es una deuda que tiene el sistema escolar, tan obsesionado en lograr resultados, puntajes, rankings y estándares, descuidando aspectos esenciales en la formación y desarrollo de las personas, que viven en comunidades al interior de sus familias, jardines infantiles, escuelas y lugares de trabajo.

Watson (1905), ya planeaba a inicios del siglo XX, “dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”. Ese es el conductismo radical que se impone en la educación formal de niños y jóvenes, el experimento, la manipulación, la obediencia por el castigo o el premio o por estimulo. Esto es, la reducción del ser humano a un estímulo respuesta, muchas veces torturando a personas para que se ajusten al molde del deber ser, desconociendo las diferencias y las ricas diversidades, aptitudes y habilidades que se podrían expresarse, enriqueciendo las interacciones y el aprecio por las artes, las culturas, como privilegio de la humanidad.

Junto con esto, ha ido desapareciendo la dignidad, la vocación y el espíritu de servicio en las instituciones educacionales, donde el profesor se ve inmerso en un sistema donde se educa/adiestra para aprender contenidos y mostrar resultados en las pruebas estandarizadas. ¡De esto depende las matrículas y la retención de estudiantes! Y todo esto, se debe lograr con el mínimo de recursos, es decir, con una sala de cuarenta y cinco estudiantes, y un profesor que trata de enseñar entregando su tiempo de descanso para cumplir con las exigencias de los procesos docentes exigidos, corriendo el peligro de convertirse también en un profesional de racionalidad mecánica. Aunque se mantienen erguidos los maestros de la educación que el sistema neoliberal no ha pedido permear ¿No será necesario un cambio? ¿Será posible que se pretenda mejorar en educación haciendo siempre lo mismo, manteniendo los invariables paradigmas?

Ha llegado el momento de soltar las cadenas que aprisionan a la educación escolar, centrada solo en el curriculum disciplinar y, educar desde un aula sin muros al sujeto en formación en su integralidad y, donde se pueda leer un cuento de Oscar Castro, Baldomero Lillo, Saúl Schkolnik o Ana Maria Guiraldes, o poesías de Gabriela Mistral o Jorge Teillier en un día de lluvia o una tarde asoleada, utilizar el tejido cruz como excusa para desarrollar una tarea de alta complejidad, la salida a la feria para aprender matemáticas, cuidar el entorno para aprender ciencias naturales, e interactuar con las personas para aprender a vivir en comunidad y en sociedad. Es necesario, volver al asombro, la sorpresa, la libertad y la interioridad, para Ser, crear, para pensar, para disentir, para argumentar, para soñar que vivimos con otros, como personas y ciudadanos, en un hogar común llamado Chile en el continente americano, en el planeta tierra.

Dra. Sonia Brito Rodríguez
Dr. Luis Reyes Ochoa
Mg. Lorena Basualto Porra

 
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