Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

LIBROS

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- Columnas sobre Chiloé
- Política y cultura: encuentros y desencuentros. Por Bernardo Subercaseaux
- De lo que esta hablando el señor Presidente-empresario no es de una reforma, sino de un ajuste al sistema tributario actual y de un ajuste al sistema de financiamiento de la educación en Chile por Enrique Villanueva

- Sumario completo



Página de inicio

Josie Bliss: La amante birmana de Pablo Neruda después de 88 años. Por Eda Cleary

Josie Bliss, la amante de Pablo Neruda en Rangún durante 1928, se transformó en un sujeto de análisis literario y biográfico infaltable en la crítica sobre la obra nerudiana. De las pocas referencias personales que tenemos por parte del poeta sobre la estadía en oriente, es esta enigmática mujer aquella que sigue alimentando la fantasía interpretativa de los especialistas mundiales en torno a la verdadera esencia de la relación que tuvo con Neruda y la posible influencia de oriente sobre su poesía.

La “pantera birmana”, “la maligna”, “la más bella de Mandalay” o “mi niña amorosa” sigue viviendo a través de los tiempos mucho más allá de la muerte en los extraordinarios poemas del vate que han fascinado a generaciones completas de lectores. Sin embargo, el torrente de ensayos nerudianos, muchos de ellos excelentes, se han basado casi exclusivamente en las breves confesiones que hace Neruda sobre este episodio, dejando de lado un análisis más crítico de lo que pudo haber llevado a esta mujer a la desesperación cuando es abandonada secretamente por su amante sin darle ninguna explicación. La versión del poeta ha sido tan poderosa e influyente, que Josie Bliss ha quedado hasta ahora prisionera detrás de los barrotes de esa imagen: la amante “obsesiva”, “criminal”, la “desdichada” que no habría dudado en matarlo a cuchillazos de no haber escapado a tiempo al puerto de Colombo en Ceylán (hoy Sri Lanka).

Han pasado exactamente 88 años luego de este período en la vida de Neruda. He tenido la fantástica oportunidad de vivir en Birmania (hoy Myanmar), viajar por el país durante meses y conversar con decenas de birmanos, entre ellos estudiantes, profesionales, trabajadores, y dueñas de casa de todas las edades. He recorrido las librerías de Rangún (hoy Yangón) y decenas de puestos callejeros de libros usados y he seguido las huellas del poeta hasta dar con el lugar donde vivió por brevísimo tiempo, antes de irse a vivir con Josie Bliss por ocho meses a las afueras de la ciudad.

He conocido directamente la complejidad de las relaciones sociales en este hermoso país, su historia política y económica y es justamente este aspecto el que me ha dado nuevas pistas para una comprensión más integral de la vida de Neruda en la Birmania colonial, envuelta hasta hoy en una especie de nebulosa romántico-dramática. La verdadera esencia de los hechos acaecidos en torno a la “pantera birmana” solo puede ser descubierta con mayor realismo tomando distancia crítica del verdadero mito que se ha ido construyendo acerca de la estadía de Neruda en el oriente y al mismo tiempo acercándose a la historia de Birmania para alcanzar un punto de encuentro.

Conviene recordar que Josie Bliss es la gran amante sin voz, aquella que va y viene en el mundo poético de Neruda y nutre las fantasías orientales de los lectores occidentales latinoamericanos y europeos. Solo sabemos que era de piel oscura (azul), de pie pequeño, que adornaba sus peinados con flores amarillas, llevaba anillos en los dedos y la boca y fumaba grandes cigarros. Al parecer era oriunda de Mandalay, actualmente la segunda ciudad más importante de Birmania y antiguamente la capital del reino. Como nunca conoceremos su verdadero nombre birmano, ni su edad, sólo es posible deducir -allende lo que nos cuenta Neruda- cual era probablemente su carácter, sus sentimientos, sus pesares y sus ilusiones a partir del particular mundo que la rodeó en la época colonial.

Pero, ¿Quién era Josie Bliss verdaderamente?, ¿existió en el mundo real o fue solo una ficción? , ¿Qué oficio tenía?, ¿Era efectivamente una mujer peligrosa, suicida o enferma de celos?, ¿fue su relación un amor correspondido?, ¿Quién era el joven Pablo Neruda que se relacionó con ella?, ¿Por qué la crítica literaria se contenta hasta el día de hoy con la versión de Neruda acerca de Birmania y Josie Bliss?.

Birmania como premio de consuelo

Durante 1926, Neruda había buscado desesperadamente ser nombrado en algún cargo diplomático para salir de la miseria económica que vivía en Santiago y poder continuar con su labor literaria. Sabía que chocaría con la realidad oligárquica chilena que prefería designar diplomáticos a los aspirantes provenientes de familias de alcurnia y rancios apellidos. Entonces consiguió el apadrinamiento de una conocida e influyente familia santiaguina a través de Manuel Bianchi Gundán, quien había sido diplomático. El joven poeta mostraba tempranamente dotes sociales al saber relacionarse con las personas adecuadas que le ayudarían en su carrera. Sin embargo, entendía que debía aceptar “cualquier destinación” sin hacer preguntas, ya que el sueño de ir a París o a Madrid todavía estaba muy lejos de su alcance.

Como poeta joven con dos importantes publicaciones, que luego se harían famosas: “Crepusculario” y “Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada”, Neruda contaba ya en Santiago con un cierto prestigio y reconocimiento social. Su talento poético era el respaldo que le abriría la oportunidad para conocer el mundo como cónsul. Lo que nunca imaginó es que la estadía en Birmania le depararía amargos momentos de miseria que ya había probado en cités y conventillos de Santiago durante la etapa estudiantil. Pablo Neruda, de 23 años, arribó en Rangún en calidad de cónsul honorario hacia fines de octubre de 1927 luego de una travesía que había comenzado en Valparaíso/Chile el 14 de junio del mismo año para embarcarse desde Buenos Aires/ Argentina hacia el Oriente. Llegó usando su nombre civil de Ricardo Neftalí Reyes en compañía de su amigo de la infancia Álvaro Hinojosa, quien tenía experiencias anteriores en viajes al extranjero pues había estado en Nueva York.

El Neruda joven y las mujeres

Llegó a Santiago desde el sur de Chile en 1921 a la edad de 17 años luego de haber terminado la secundaria en la ciudad de Temuco. Era un chico tímido y más bien introvertido. Ayudado por una modesta mesada de su padre ingresó a estudiar pedagogía en francés en la Universidad de Chile. Alojó en cuchitriles, conventillos y pensiones de mala muerte, donde sufrió grandes aflicciones económicas. Se cuenta que engañaba el estómago tomando interminables tazas de té.

En el Pedagógico entró en contacto con otros estudiantes y formaron círculos literarios que cultivaban una activa vida bohemia en los bares de la ciudad. Su carácter va cambiando y se transforma en un muchacho desenvuelto y extrovertido. Vestía con desplante una extravagante capa larga que marcó su estilo. Eran pobres, pero se gastaban el poco dinero en salidas nocturnas. Luego de tres años dejó los estudios para dedicarse completamente a la poesía. Neruda “no se avergüenza de ser escritor”, como le confesaría a su hermana Laura Reyes en una carta. Era mujeriego y le gustaba viajar. Fue en ese tiempo, donde, entre otras, estableció una relación con una compañera de universidad llamada Albertina Azócar a quien dedicó “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Le propuso incluso irse a vivir con él sin casarse en circunstancias que en esos tiempos el consentimiento habría constituido un escándalo para ella. Albertina finalmente desistió.

A pesar de esta desilusión, no se desanimó y siguió participando en revistas literarias, publicando versos y frecuentando la vida nocturna santiaguina. No obstante, la muerte de algunos amigos poetas devorados por la tuberculosis y las malas condiciones de vida, le sirvieron de escarmiento. No quería terminar de esa manera pues su voluntad de dedicarse por completo a la poesía era férrea. Fue justamente este contexto el que lo sensibilizó frente a la cuestión social, pero no desde el punto de vista político, sino que esencialmente íntimo y humano. Detestaba tempranamente la falta de libertad y la imposibilidad de autodeterminación que significaba la explotación humana y la pobreza.

Luego de cinco años de apoyo económico paternal sin los resultados esperados, su padre le cortó la ayuda recién en 1926. Neruda no comprendía la rabia del padre al verlo desertar de los estudios. Estaba tan convencido de su talento que la crítica paterna le parecía injusta y se alejó de él. Cuando partió a Oriente no estimó necesario acudir a despedirse de la familia para “evitar conflictos”. Pero, después de un breve tiempo en altamar dirigiéndose ya a Rangún, no dudó en escribirle a su hermana Laura, a quien llamaba “conejita”, con el fin de pedirle que intercediera por él ante el padre para que terminase de pagarle las cuotas en la sastrería donde se había mandado a hacer un traje formal bajo el aval de un amigo a quien le caería la deuda en caso de no cancelar lo acordado.

Tempranamente recurrió a la soledad, la pobreza y la desolación como elementos inspiradores de su obra poética. Cuenta Schidlowsky, que cuando Pablo Neruda recibió el primer adelanto del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile para emprender el viaje a Rangún, esa misma noche se farreó todo el dinero con amigos en bares debiendo posponer la partida “porque de pronto les había dado una sed tremenda”. Contrastan estas anécdotas con el tono de sus declaraciones a El Mercurio el 10 de octubre de 1926: “… yo creo que el arte es una cosa seria, no tengo vergüenza de decir que soy escritor, y prefiero a los hombres insatisfechos, aun cuando se hallen entre los criminales”. A los 22 años demostraba una ética rebelde, pero disciplinada a la vez. Detestaba la hipocresía y la pacatería religiosa de los poderosos, pero tenía plena conciencia que los necesitaba como aliados para conseguir buenos contactos.

Neruda era un joven con gusto por la bohemia, los placeres, los amigos, la vida mundana, las tertulias y las mujeres. Pero su meta principal era: ser un poeta fundacional con un nuevo lenguaje que revolucione la poesía moderna y alcanzar a través de ello fama internacional. El Neruda veinteañero tenía ya plena confianza en sí mismo. Por eso no sorprende la audacia de haber tenido las agallas de emprender viaje a rumbos desconocidos, a pesar de haber podido optar por marcar el paso y disfrutar del incipiente éxito en Chile y la admiración manifiesta del público local.

La historia de Josie Bliss estará sometida a esta jerarquía de prioridades que Neruda había definido mucho antes de conocerla a ella y a todas las otras mujeres que vendrían. Sin embargo, no sólo esta prioridad dibujaría el tablero para su “pasión” con Josie, sino que también otros dos elementos propios de un muchacho latinoamericano de su época: los prejuicios raciales y el machismo

Neruda se mostraría rudo, sincero y directo, como se lo contaría a su hermana, en octubre de 1927: “Aquí las mujeres son negras, no hay cuidado, no me casaré”; o bien a su amigo Yolando Pinto el 27 de diciembre de 1927: “Uno… se cansa de ver raras costumbres….de acostarse solo con mujeres de color…”, “… las mujeres, material indispensable para el organismo, son de piel oscura, … de un olor distinto. Todo es encantador la primera semana, pero las semanas, el tiempo pasa…”.

El 12 de diciembre de 1928, le escribió nuevamente a Laura desde Ceylán: “Aquí todas las cabras (muchachas, nota de la autora) tratan de casarme, resisto heroicamente, son demasiado inteligentes, saben demasiado, lo que para mí es un inconveniente”, o bien lo que ya en la madurez recordó en “Confieso que he vivido” y que resultaba un tanto contradictorio con los dichos anteriores: “Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical [….] se acostaban conmigo desinteresadamente”.

Consulado Fantasma en Rangún

Cuando llegó Neruda a Rangún nadie lo esperaba y no tenía donde alojar oficialmente. El y su amigo Hinojosa comprobaron que el costo de los hoteles en Rangún era altísimo, y no es de sorprenderse, ya que en esa época Rangún era uno de los puertos internacionales de mejor infraestructura del sudoeste asiático, solo comparable con los de Inglaterra, y una bullente ciudad cosmopolita, donde convivían mongoles, persas, armenios, portugueses, franceses e ingleses, dispuestos a pagar los precios que se les exigiera para disfrutar y/o establecerse rápido en algún negocio. En Rangún se activaba el mayor flujo de mercancías del comercio internacional de la región hacia las metrópolis coloniales y vice-versa.

(JPEG)

La Bogalay Zay (Antes Bogalay Bazaar Street)

Ante esta situación, Neruda e Hinojosa, deseosos de aprovechar su estadía en Birmania para conocer los países vecinos, decidieron llevar una vida errante para ahorrar dinero alojando en albergues baratos como los del YMCA (Young Men Christian Association) fundado en 1876 por misioneros británicos, o bien durmiendo donde los sorprendiera la noche, ya sea en las pagodas (templos budistas), prostíbulos o fumaderos de opio. Fieles a su plan, viajaron en noviembre de 1927 al sudeste de la India a la ciudad de Madrás, y entre enero y marzo de 1928 a la China y Japón. Luego de estas experiencias, Álvaro Hinojosa decidió separarse de Neruda y seguir su camino por cuenta propia.

El consulado de Chile en Rangún era una especie de oficina fantasma, que no contaba con un lugar físico de funcionamiento. Tenía una sola función, y ésta se realizaba regularmente cada tres meses requiriendo unos pocos días: la tramitación aduanera de la importación y exportación de cargamentos de té que provenían de Calcuta y llegaban al puerto de Rangún para ser despachados rumbo a Chile. El resto del tiempo quedaba entonces a libre disposición del poeta.

Ya solo y librado a su suerte, Neruda decidió arrendar un departamento en Dalhousie Street 295 esquina con Bogalay Bazaar Street (hoy Bogalay Zay Street), dirección que usará en adelante para la correspondencia postal privada. Según las informaciones del Yangon Heritage Trust, dedicado a la conservación del patrimonio colonial de Birmania, el edificio donde vivió Neruda fue demolido a fines de 1928 para ser reemplazado en 1929 por un complejo residencial moderno construido por un comerciante musulmán que puso al inmueble el nombre de “Haroon Soorty Mansion”. Hoy se lo puede apreciar en esa ubicación en evidente estado de decadencia. En el poema “El Viajero” de 1927, el poeta describió así su nueva residencia: “Desde mis ventanas/ en Dalhousie Street, el olor/ indefinible, musgo de pagodas, perfumes y excrementos, polen, pólvora/ de un mundo saturado por la humedad humana/ subió a mí.”

(JPEG)

La Dalhousie Street de los tiempos coloniales es ahora la Maha Bandoola Road. A la izquierda se cruza con la Bogalay Bazaar Street ( hoy Bogalay Zay). Esa es la esquina precisa donde vivió Neruda en el segundo o tercer piso. La flecha indica la numeración 295. El edificio donde residió fue demolido en 1928 para construir el edificio de la foto que existe hasta la actualidad. (Foto cortesía de DOM Publishers).

La residencia en Dalhousie Street 295 será un brevísimo paréntesis en la vida de Neruda. No alcanzará a estar allí más de un mes cuando se produjo el encuentro con Josie Bliss, con quien se irá a vivir pronto. En vistas al inquietante estado en las cuentas de Neruda, esta oportunidad le debe haber venido como anillo al dedo ya que en Junio de ese mismo año se quedaría definitivamente sin dinero. En vano serían las cartas que enviaría al Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile pidiéndoles que le cancelaran sus sueldos impagos, y comprobaba indignado que los editores del diario La Nación de Chile publicaban sus crónicas de viaje sin pagarle un peso, por lo que no dudó en calificarlos como una “tropa de perros”.

Neruda recordará estos lacerantes momentos desde Ceylán y se los contará a su amigo Eandi en carta fechada el 5 de octubre de 1929: “Debo explicarle mi primer cable. Los cónsules de mi categoría —cónsules de elección u honorarios— tenemos un miserable sueldo, el más reducido de todo el personal. La falta de dinero me ha hecho sufrir inmensamente hasta ahora, y aún en este momento vivo lleno de innobles conflictos. Tengo 166 dólares americanos por mes, por aquí este es el sueldo de un tercer dependiente de botica. Y aún peor este sueldo depende de las entradas que se reúnan en el Consulado, es decir que si no hay en un mes dado exportaciones a Chile no hay tampoco sueldo para mí. Es en verdad tan penoso y humillante todo eso: en Birmania a veces estuve cinco meses sin salario, es decir sin nada. Y aun peor: todos los gastos que sean necesarios, escritorio, muebles, franqueo, arriendo de la oficina debo pagarlos yo. Y aún peor: no tengo derecho a pasajes…”.

Estas circunstancias de vida determinarán la visión de Neruda con respecto a Birmania. Despojado de las condiciones mínimas para una vida normal, no logrará entender casi nada del país en donde se encontraba. Proyectaba sus propias tribulaciones en Birmania y la veía meramente como “una grande y desventurada familia humana”. Sólo quería huir, tal cual se lo escribió a Laura a fines de febrero de 1928 desde Shangai: “Yo estoy bastante aburrido de Rangoon y pienso irme de allí en corto tiempo. No te puedo describir el calor que hace, es como vivir en un horno día y noche. Toda la gente termina por enfermarse de malaria, pero por suerte las fiebres que he tenido hasta ahora se fueron pronto. La vida en Rangoon es un destierro terrible. Yo no nací para pasarme la vida en tal infierno……aquí no se sale a la calle sino después de las cinco de la tarde, antes el sol quema como fuego, y a esa hora ya se puede respirar”.

El poeta se enfrascaba en su propio mundo. Un oscuro estado de ánimo lo invadía ferozmente, y sería justamente este espíritu aquel que le daría las herramientas para la búsqueda de un nuevo lenguaje poético que se condensará en los poemas de Residencia en la Tierra. En mayo de 1928, el poeta se lo expresaría así a Eandi: “A veces por largo tiempo estoy así tan vacío, sin poder expresar nada ni verificar nada en mi interior, y una violenta disposición poética que no deja de existir en mí, me va dando cada vez una vía más inaccesible, de modo que gran parte de mi labor se cumple con sufrimiento, por la necesidad de ocupar un dominio un poco remoto con una fuerza seguramente demasiado débil. No le hablo de duda o de pensamientos desorientados, no, sino de una aspiración que no se satisface, de una conciencia exasperada. Mis libros son ese hacinamiento de ansiedades sin salida.”

¿Quién era Josie Bliss?

Luego de la publicación de “Residencia en la Tierra” en 1932, algunos críticos deslizaron la idea que Josie Bliss había sido producto de la imaginación romántica de Pablo Neruda. El poeta mismo pensaba que estas afirmaciones eran producto de las envidias de ciertos críticos locales por su creciente éxito a nivel latinoamericano y en España. Sin embargo, las descripciones precisas que hace de ella y de los lugares que compartieron inclinan la balanza hacia la tesis de que sí existió.

Josie Bliss correspondía a un tipo de mujer birmana, que se relacionaba con el mundo de la dominación colonial, principalmente con hombres extranjeros, desafiando los fuertes sentimientos nacionalistas y de resistencia antibritánica que caracterizaban a los birmanos en esa época. Birmania había librado una lucha sin cuartel durante las tres guerras anglo-birmanas (1824-1826; 1851-1852; 1885) para defender su independencia. En la literatura histórica se ha demostrado incluso que los costos de la primera guerra anglo-birmana causaron tales estragos en la economía de la India Británica, que estuvo a punto de colapsar económicamente. El orgullo y autoimagen birmanos se afirmaba en estos y otros hechos irrefutables de patriotismo.

Los británicos no tuvieron otra opción que ocupar paulatinamente Birmania a medida que iban declarándoles estas tres guerras, hasta que debilitaron de tal manera al país, que éste no pudo impedir la anexión definitiva a la India dejando cientos de miles de víctimas por el lado birmano. La humillación más grande de Birmania fue la reducción a calidad de provincia de la India, teniendo la administración del país a miles de kilómetros de distancia. Además se creó un verdadero apartheid contra la población birmana y por largos períodos no se les permitió educarse, ni adquirir propiedades, ni trabajar en la administración pública, ni formar parte del ejército. Aun así la resistencia birmana nunca fue aniquilada.

Fueron perseguidos brutalmente, muchos pueblos fueron arrasados por el fuego cuando se descubrían o se sospechaba en ellos núcleos de oposición nacionalista. El imperio británico se vio forzado a traer personal de la India , tanto británicos como hindúes, de Nepal unidades especiales de combatientes gurkhas –conocidos por su ferocidad- y algunos hombres de la tribu Karen, que habían sido enemigos históricos de los birmanos, para llenar las filas del ejército y mantener férreo control sobre Birmania. Con ello se dio lugar a la formación de una clase media constituida por las familias hindúes y los “anglo-birmanos” que eran usualmente los descendientes de matrimonios entre mujeres birmanas con británicos de los escalafones inferiores de la administración pública colonial. Baste recordar que durante la época de Neruda Yangón tenía una población de cerca de cuatrocientas mil personas, de las cuales un tercio era hindú o indo-birmana.

Esta población era despreciada por la población birmana educada y temida por los más humildes porque eran los que ejecutaban las órdenes abusivas de los señores coloniales británicos que en su mayoría eran escoceses o irlandeses. Las mujeres birmanas que se casaban con hindúes o británicos caían en el aislamiento por parte de sus connacionales y una prueba de este sentir fue el hecho que luego de la liberación de Birmania en 1948, ellas cayeron en desgracia y muchas terminaron en la más absoluta pobreza al quedarse solas con sus hijos tras la retirada del personal colonial.

Por otro lado, aquellas mujeres birmanas que mantenían relaciones de amantes con británicos o extranjeros de los escalafones superiores y medios de la administración colonial, banqueros, empresarios, comerciantes o aristócratas, lo hacían fundamentalmente para obtener protección y/o ser mantenidas, pero nunca podían aspirar a casarse, pues la doble moral de los británicos de la clase alta o media lo impedía. En los medios birmanos eran vistas con recelo.

No obstante vale la pena entender la posición pragmática de estas jóvenes que estaban condenadas de antemano a la miseria tanto en el mundo birmano como en el colonial. No se trataba de personas desalmadas, sino quizás de mujeres que llevaban una vida fuera de cualquier ideal político o patriótico nacionalista adoptando una estrategia riesgosa de sobrevivencia propia de numerosos países bajo la dominación colonial. La vida de estas birmanas no era fácil, pues la fragilidad de esta opción las conducía a menudo a los mundos prohibidos de los bares, los prostíbulos y fumaderos de opio. Eran unas especies de “geishas” al estilo birmano. Se sabe que los británicos se cuidaban mucho de ponerles casa, pues la condena social del mundo colonial era implacable.

Esta situación les permitió llevar una vida relativamente libre de rutinas y vivir solas cerca de Rangún, aunque en esa época no se estilaba que las mujeres comunes vivieran fuera del alero de sus familias, tradición que hasta el día de hoy se mantiene. A pesar que su “oficio” era conocido, existía una cierta comprensión o ambivalencia hacia ellas debido a que en caso de desgracias familiares, solían servir de pilares solidarios a sus parientes.

Las birmanas amantes de extranjeros occidentales no estaban dispuestas a subyugarse a la oferta de las costumbres convencionales pensadas para ellas. Si se las ve desde un punto de vista moderno, estas jóvenes deben haber tenido que juntar coraje para enfrentarse a un mundo que poco les ofrecía a cambio de aceptar un destino subyugado a la religión, la obediencia y la humildad. Resulta muy ilustrativo que en la religión budista las mujeres ocupan también un lugar secundario. En la gran pagoda Sandamuni de Mandalay, por ejemplo, no tienen acceso a rendirle homenaje al gran buda pegándole una lámina de oro en el cuerpo, ya que este privilegio queda reservado exclusivamente a los hombres.

En conversaciones con birmanos, me han contado que durante la colonia los británicos eran llamados los “white-Indians” y los hindúes los “black-indians”. A la lengua inglesa se la llamaba “the slave-language” y se resistieron durante casi un siglo a aprender esa lengua como símbolo de su resistencia. En contraste a esta conducta, las mujeres birmanas amantes de británicos pudientes debían aprender un poco de inglés y adaptarse a los gustos de sus protectores. Una vez que los amantes concluían sus misiones en Birmania, generalmente ellas ya habían logrado reunir un cierto patrimonio que les permitía llevar una vida independiente.

Quizás Jossie Bliss pertenecía a este tipo de mujeres, pues ella usaba un “nombre de calle” inglés y llevaba la moda inglesa, cuestión totalmente inusual para una birmana común de la época.

Un elemento importante en la vida de mujeres como Josie era la presencia de numerosas muchachas casaderas británicas o extranjeras europeas en la Birmania colonial, que -dentro de la lógica patriarcal imperante en la época- venían a las colonias como ”última chance” para encontrar marido luego de haber “fracasado” en el “mercado matrimonial” de los países de origen. Se trataba generalmente de chicas audaces, complacientes a veces, dispuestas a todo para conseguir sus metas. Manejaban a la perfección el cuidado de las apariencias y los códigos de la doble moral británica a diferencia de sus secretas enemigas birmanas. Estas “señoritas” inglesas no dudaban en buscar oportunidades para sondear sus posibilidades y poner a prueba las dotes conquistadoras con varios pretendientes a la vez, dando lugar a una batalla soterrada, a veces intrigante, donde las birmanas estaban condenadas a perder el juego.

El personaje de “Elizabeth”, la chica inglesa casadera que llega al pueblo de Kyauktada al norte de Mandalay a buscar marido- en la novela de George Orwell “Días en Birmania” (1934), ilustra magistralmente este fenómeno de los viejos tiempos coloniales.

Siguiendo el itinerario descrito minuciosamente por Schidlowsky e interpretativamente por Olivares, es posible determinar con cierta precisión que se encontraron hacia fines de Abril de 1928 y convivieron hasta principios de diciembre del mismo año, cuando él decide partir de viaje por dos meses nuevamente a la India. Fueron en total ocho meses de relación. En “Confieso que he vivido”, Neruda recuerda de esta manera el encuentro con Josie: “…me adentré tanto en el alma y la vida de esa gente, que me enamoré de una nativa. Se vestía como una inglesa y su nombre de calle era Josie Bliss. Pero en la intimidad de su casa, que pronto compartí, se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong y su recóndito nombre birmano...”.

En esta primera aproximación a Josie, Neruda marca nítidamente el tipo de vínculo que establecería con ella. No se denota complejo al tratarla como parte de “esa gente” poniéndola en una categoría neutra, sin nombre ni nacionalidad. Es una “nativa”, no una mujer birmana, su nombre real no interesa, basta con el de la calle. Los elementos exóticos y “deslumbrantes” de los nativos prevalecen por sobre lo personal y lo particular de esta amante. Jamás se aprenderá su nombre birmano, ni se interesará por lo que hacía en la calle. Por ahora, sólo quisiera subrayar, que el amante Pablo Neruda no correspondía con los cánones de los amantes británicos, protectores y proveedores de sus amantes birmanas. Él era un extranjero, con aspecto más bien de hindú (Olivares), cuya vida difícilmente pudo haber sido dilucidada con claridad por los “nativos” como llamaba Neruda a los birmanos, ya que era un diplomático pobre, cuyo estatus probablemente tendía a desorientar a los que lo rodeaban en cuanto a su verdadera condición económica.

Josie Bliss decidió relacionarse con Neruda sin saber quizás quién era realmente y qué podía esperar de él. Pronto se vio no solo conviviendo con Neruda en su casa, sino que sosteniéndolo también. Esta insólita constelación, la fue involucrando, tal vez, en un vínculo romántico un tanto confuso, difícil de manejar y totalmente desconocido para ella. El poeta acabó invirtiendo radicalmente los “términos de intercambio” de la relación, dando espacio a un enmañarado juego de pasiones y expectativas. En este contexto, conviene considerar el rol que debe haber jugado la fuerte tradición birmana de solidaridad, de la cual Josie hizo gala al compartir con Neruda lo que tenía. Podría decirse que esta convivencia había nacido del quiebre, por parte de ella, de lo que acostumbraban las mujeres de sus círculos.

En la literatura disponible se ha afirmado que Josie Bliss y Neruda compartieron un “bungalow”. Construir una casa sólida y/o arrendarla era en esa época privilegio de pocos. En Junio de 2014, la revista online “Intemperie” publicó un artículo, donde se relata que la cama donde dormían los amantes era de material ligero, afirmando que “alrededor del catre de campaña, manchado por la lluvia, hay (habían, nota de la autora) granos de arroz mojados por las goteras” (Valdovinos, 2014), lo que indica que la vivienda que compartían no era precisamente sólida. Con seguridad debe haberse tratado de una vivienda típica birmana, existente hasta el día de hoy, montada en altura sobre gruesos pilares de bambús, paredes y techos de coirón, que es un tipo de caña de hojas muy resistentes al clima tropical. Su característica fundamental es que se seca rápidamente luego de las lluvias torrenciales durante las épocas de Monzón. Usualmente tienen una puerta ancha y ventanas que se mantienen abiertas para que pase el viento y refresque el ambiente de los intensos calores y humedad, sobre todo durante la noche. La vegetación que las rodea son los cocoteros, las palmeras de nuez de betel, palmeras oleíferas y los árboles que dan la flor nacional amarilla y deliciosamente perfumada de Birmania que es el “padauk” (teperocarpus macrocarpus) con que las birmanas suelen adornar sus peinados. A estos datos se suman lo que Pablo Neruda versificó en su poema “El Tango del Viudo” cuando recuerda nostálgicamente la familiaridad con que escuchaba orinar a Josie Bliss al fondo de la casa. Inicialmente la convivencia con Josie Bliss fue un súbito e inesperado golpe de suerte al encontrar una persona que lo acompañara y protegiera. Y así lo expresará en “Juntos Nosotros” refiriéndose a ella como “mi niña, mi partidaria, mi amorosa”. Faltaban solo algunos meses para que “su partidaria” fuera vista por Neruda como “la maligna” del poema “Tango del Viudo”, cuando huye de la “deshabitada”, indicando esta última palabra seguramente el vacío por no ser “habitada” por él.

Los poemas que publicará Neruda en “Residencia en la Tierra” expresarán la feroz ambivalencia que caracterizaría la frágil relación con Josie Bliss y que terminará de una manera muy peculiar para ella. A esto se agregaría la difícil comunicación en inglés, una lengua que ninguno de los dos dominaba. Sus rutinas se limitaban a intensas sesiones de sexo y pasión, a escuchar melodías del músico norteamericano Paul Rebeson en gramófono, mientras ella fumaba grandes cigarros y se servían vasos de whiskey hasta acabar medio emborrachados.

En sus memorias Neruda recordó que en Birmania la calle era “su ley”. Diariamente deambulaba por el centro de Rangún llevando una vida errante. En esos recorridos jamás aparece en compañía de Josie. Al parecer durante el día, cada uno iba por su lado para encontrarse luego en la noche.

Josie Bliss: una pasión poética.

A Josie Bliss se la conoce fundamentalmente a través de los versos que Neruda escribió estando en Oriente: “Juntos Nosotros”, “Monzón de Mayo”, “Entierro en el Este”, “La Noche del Soldado”, “El Joven Monarca”, “Josie Bliss” y “Tango del Viudo”, de “Residencia en la Tierra” (1933). A ellos se agregarían más tarde otros tres: “La Desdichada” de “Extravagario” (1958) y Josie Bliss I y II en “Memorial de Isla Negra” (1964).

Al comienzo de su relación con Josie, Neruda pasó por una etapa de euforia y la imaginó como “su esposa, la hija del rey”, la “más bella de Mandalay” . Sintió el “arrullo” al percibir la música que producían las polleras femeninas al caminar cuando cocinan (“El Joven Monarca”). La declaró como su “bienamada”, y no dudó en pensarla “como un mes de estrella, como un beso fijo, como estructura de ala, o comienzos de otoño, niña, mi partidaria, mi amorosa” (“Juntos Nosotros”).

De alguna manera, Josie lo consolaba y le hacía acaso olvidar las extrañas sensaciones de los ritos funerarios birmanos observados desde su balcón en la Dalhousie Street cuando había vivido solo. Aquellos espectáculos vernáculos de las cremaciones nocturnas, con los cadáveres envueltos en muselinas y oliendo a azafrán, parecían alejarse con sus músicas monótonas y danzas misteriosas, “…porque una vez doblado el camino, junto al turbio río, sus corazones, detenidos o iniciando un mayor movimiento, rodarán quemados, con la pierna y el pie hechos fuego, y la trémula ceniza caerá sobre el agua” (“Entierro en el Este”). Pero este alivio, esta dulcificación de su existencia a través de la amante será de corta duración.

El tierno imaginario íntimo se va ensombreciendo paulatinamente, porque sabe que se encontraba en Birmania en calidad de “soldado” haciendo “guardias innecesarias” pues vivía entre “mer¬caderes mahometanos, entre gentes que adoran la vaca y la cobra”, se ve rodeado de “camaradas estúpidos y alegres, que fuman y escupen y horrendamente beben, y que de repente caen, enfermos de muerte” . Las visitas a muchachas de “ojos y caderas jóvenes” que busca en Rangún con “sed masculina y en silencio”, no lograban aquietarlo, sino que en esos encuentros “hay algo de brasa abandonada que se gasta sola, y cae envuelta en ruinas, en medio de cosas funerales” (“La noche del soldado”). En este poema, Neruda, expresa toda su asfixia existencial, la convicción de estar en un mundo sin salida, donde solo pululan individuos supersticiosos, banales, alcohólicos y de horribles costumbres. En sus eternos recorridos por la ciudad, aparecen las citas que solo dejan el vacío amargo del sexo pagado y la decadencia de una vida que se parece a la muerte.

En Mayo, tan solo dos meses después de haber conocido a Josie, se desataron las torrenciales lluvias del monzón, donde aprisionado por el calor, las calles se inundaban quedando como barriales, emanando vapores calientes sin cesar y humedeciendo el aire casi intoxicante. Imaginó al monzón como “un hombre desnudo,… en una batalla levantando su ramo blanco”. Como en un lamento de profunda soledad, se preguntaba: ¿“Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar con tan débil llama y tan fugitivo fuego?” (Monzón de Mayo). Neruda sobrecoge en este poema, porque conociendo su estado anímico, sabemos que se identificaba con el monzón. Los versos denotan desilusión, un agotamiento de aquel que había llegado lleno de sueños a Rangún, pero que sin renunciar todavía, osaba levantar la bandera blanca en medio de una guerra para pedir una tregua. Lo afiebraban las dudas sobre sus verdaderos sentimientos hacia Josie sostenidos frágilmente por lo que el sentía una “débil llama”.

Al mismo tiempo, conviene subrayar, que Josie Bliss nunca apareció mencionada en las cartas que enviaba a los amigos. El mundo con Josie pareciera haber sido uno de carácter severísimamente secreto, íntimo, personal e impenetrable. Solamente las circunstancias que lo rodeaban, eran materia de correspondencia. Contradictoriamente a la felicidad del “Joven Monarca” o al amor descrito en “Juntos Nosotros”, Neruda escribió a Eandi en mayo de 1928, expresándole un ánimo completamente opuesto, en un tono triste y desesperanzado: “quiero salir ahora de un estado de espíritu verdaderamente miserable” y “a veces por largo tiempo estoy así tan vacío, sin poder expresar nada ni verificar nada en mi interior”. La evidente negación de Josie resulta sorprendente en Neruda, quien gustaba de hacer alarde sobre sus aptitudes seductoras. Tal vez, este secretismo le surgía espontáneamente desde sus naturales prejuicios racistas que presuponían el origen “bajo” o “primitivo” de Josie, como muy certeramente lo escribió Hernán Loyola en su libro “Residencia en la Tierra”.

Las rutinas bohemias de Neruda no se interrumpieron al convivir con Josie. Continuó las aventuras amorosas con diversas mujeres, “material indispensable para el organismo” masculino. Y ciertamente las reacciones de celos y desconfianza de Josie emanaban de esta situación, y no de su intrínseco carácter “torrencial” y “furioso” de mujer nativa.

Los círculos donde se movía Neruda, le hacían ver a Birmania como una cárcel, como una especie de condena. En ocasiones la describía como un “destierro” y en otras como un “infierno” y creía que los birmanos estaban “empapados de un pesimismo y angustia atroces”. Veía a los pueblos del Asia subyugados a una especie de existencia divina que emanaba de los dioses, sin poder manejar sus vidas de forma libre y condenados al mundo del pensamiento mágico irracional (Loveluck, 1971), del cual Josie no parecía escaparse.

Esta manera de entender Birmania tenía que ver con su época de manifiesto apoliticismo, tanto en relación a la historia como en cuanto a la obra poética. Refiriéndose al ideal de un proceso creativo, Neruda le escribió a Eandi lo siguiente: “Sólo yo mismo existo entonces, y mis aflicciones, mis felicidades, mis pasiones privadas”. Josie evidentemente no tenía un lugar en ese momento y a lo máximo le servía como elemento de inspiración. Incluso algunos críticos de Neruda deslizaron la idea que ella, con sus celos y carácter torrencial, se había transformado en un auténtico obstáculo para él, cuya consecuencia natural habría sido abandonarla para librarse de este virtual yugo. Pero los porfiados hechos fácticos han demostrado que la huida secreta de Neruda a Ceylán no tuvo ninguna relación con sus celos.

Ni la historia de la fuga ni la del abandono surgieron en el juego de pasiones contra la amante celosa, ya que Schidlowsky comprobó que Neruda se encontraba efectivamente dos meses en Calcuta y no en Rangún, cuando recibió la noticia de su traslado a Ceylán. Es decir tuvo todo el tiempo del mundo, y sin prisas, para planear un breve regreso a Birmania a buscar sus pertenencias y luego partir a Ceylán definitivamente. Por consiguiente, decidió volver a rescatar los borradores de los poemas de “Residencia en la Tierra” que estaban en casa de Josie y emprender su salida secreta dejando todo lo demás, igual como lo había hecho con su familia en Chile al partir a Rangún. No quería conflictos. Al final de cuentas en ningún momento había dejado de ver a Josie como una “nativa”, una “pantera”, una especie de animal exótico, bello pero peligroso, que cuando rugía era preciso eliminar.

Pero, más tarde, en la medida que va escribiendo sus poemas, Neruda oscilaba desde la rabia, la lógica prejuiciosa, y cómo él decía desde “la razón”, al nostálgico mundo de los recuerdos pasionales alojados en el inconsciente, los momentos románticos, la fatal atracción erótica, incluso a veces dejando aflorar ciertos sentimientos de amor, de culpa y de compasión, tan propios del que amó verdaderamente a otro.

En el último poema de “Residencia en la Tierra” referente a Josie Bliss, “El Tango del Viudo”, la amante aparece como un sujeto irracional, furioso, incontrolable, envuelto por una violencia imparable y sin ningún motivo, que de no haber existido, Neruda hubiese podido seguir amándola. La palabra “viudo” denota por lo demás un hombre que ha perdido a su mujer porque ha muerto. Josie sólo fue su “esposa” en el poema “El Joven Monarca” y el poeta decidió “enviudarla” porque estaba seguro que así no volvería a resucitar. Josie ya no era “su partidaria”, era solamente una mujer “maligna”: “…Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,/y habrás insultado el recuerdo de mi madre/ llamándola perra podrida y madre de perros,/ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer /mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre/y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos, mis comidas,/sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún /quejándome del trópico de los coolíes corringhis, /de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño /y de los espantosos ingleses que odio todavía. ( Tango del Viudo)

Muchos años después, en “Confieso que he vivido”, Neruda insistirá en esta versión caracterizando a Josie como un sujeto abandonado a su irracionalidad y por una furia instintiva: "…la dulce Josie Bliss fue reconcentrándose y apasionándose hasta enfermar de celos... A veces, de noche, me despertaba la luz encendida y creía ver una aparición detrás del mosquitero. Era ella, apenas vestida de blanco, blandiendo su largo cuchillo indígena, afilado como una navaja de afeitar, paseándose por horas alrededor de mi cama sin decidirse a matarme. Con eso, me decía, terminarían sus temores. Al día siguiente preparaba curiosos ritos para asegurar mi fidelidad. Por suerte recibí un mensaje oficial que anunciaba mi traslado a Ceilán. Preparé mi viaje en secreto y un día, dejando mi ropa y mis libros, salí de la casa como de costumbre y entré al barco que me llevaba lejos.”

La “otra” Josie Bliss

Josie, aquella mujer “maligna” apareció en Wellawatta en 1929 como un fantasma del pasado, poniendo un súbito fin a la “viudez” del poeta. Este pueblo costero estaba situado en las afueras de Colombo/ Ceylán. Su “esposa” lírica había cruzado el mar con un saco de arroz, una alfombra, los discos de Paul Robeson y un cuchillo afilado en la mano, según los recuerdos de Neruda. Sabemos que en los estrictos tiempos coloniales, ninguna mujer, ni hombre tampoco, ni menos birmana, podría haber puesto ni siquiera un pié en un barco portando un arma mortal.

Josie le tocó la puerta, intentó pedirle explicaciones, pero Neruda se la cerró en su cara y la dejó en la calle, mientras se sorprendía de la furia de Josie por la visita de “dulces” muchachas inglesas a su bungalow. Josie estaba, seguramente, desconcertada, no lograba convencerse de lo que estaba presenciando. Como mujer resuelta que era, decidió estirar su alfombra y dormir en la calle por varios días a la espera de una reacción por parte de su ex amante. Pero los días pasaban sin ninguna respuesta y Fernando Ratnaigh, el vecino cingalés de Neruda que vivía al frente de su casa, se apiadó de ella y la invitó a alojar en su casa. Si Josie hubiese sido peligrosa, salvaje e incendiaria como la presentó Neruda en sus memorias, lo más probable es que este vecino, no se hubiera atrevido a extenderle la mano y ofrecerle su techo. Fernando percibió en esta birmana el profundo dolor y la punzante desilusión que estaba sufriendo. Luego de unos días, ella se tranquilizó y resolvió regresar a su país.

Neruda, permaneció impávido todo ese tiempo. La solidaria conducta del vecino estaba lejos de lo que pensaba el poeta del vecindario en Wellawatta, en su mayoría cingaleses, tamiles y burghers de origen holandés, a quienes había descrito en carta a Eandi como “…hipócritas y enfermos sexuales, cristianos fatales, y perseguidores asiduos de la vida” luego que le criticaran su vida sexual. No dudó en tildarlos como “unos infelices, homosexuales,… que carecían de moral” antes de la llegada de los portugueses.

Este episodio derrumba el imaginario prejuicioso de Neruda sobre su amante. Al seguirlo, Josie, deja de ser la “nativa”, y emerge como cualquiera mujer, que piensa que tiene derecho a una explicación. Seguramente la carta de despedida del “Tango del viudo” nunca existió, porque de otra manera no se explicaría la perplejidad de Josie al comprobar en la práctica que su amante había desaparecido sin dejar huella. Lo más probable es que Neruda haya sido visto por los vecinos cuando entró a la casa de Josie en su ausencia a rescatar los borradores de poemas, ya que en Birmania, como lo he podido comprobar ahora, es difícil pasar desapercibido como persona extranjera.

Tal vez, a Josie se le cruzó por la mente que pudiese haber tenido efectivamente un impedimento, por lo cual prestamente organizó y financió su viaje en barco a la India con el fin de cerciorarse por sí misma de lo que había ocurrido. Buscó la información para ubicar a Neruda, seguramente en medios diplomáticos, y se movió con asertividad en un país extranjero hasta dar con su domicilio. Probablemente jamás pensó que Neruda la iba a recibir de esa manera, echándola a la calle e ignorándola. De lo contrario, no se explicaría el natural hecho que haya llevado un saco de arroz para cocinarle como lo hacía en Birmania, y no como lo señala Neruda porque pensaba que “… no existía arroz sino en Rangún”.

Si hubiese existido la violencia y el odio que atribuía Neruda a su amante en las memorias, Josie no habría cargado con los discos preferidos por ambos para repetir momentos románticos. Al encontrarse sola durmiendo sobre la alfombra en la vereda del frente a la casa de Neruda y presenciando el desfile de mujeres que visitaba a su ex amante que “se acostaban [con él, nota de la autora] desinteresadamente”, toma conciencia de su posición. Acepta la inesperada mano amiga del vecino Fernando y su familia como una muestra de empatía con ella. Poniéndose en su lugar, Josie debe haber necesitado desesperadamente conversar con alguien, compartir su dolor y dilucidar una pronta salida a la horrenda situación. Con esta conducta hace gala de una disposición a escuchar, a detenerse para reflexionar más allá del vínculo amoroso, ahora ya por su propio bien.

En un gesto de singular dignidad, decidió pedirle a Neruda que la fuera a despedir al barco como última señal de su amor marcando la diferencia con el trato que ella había recibido de él. Estaba acompañada de otros pasajeros amigos cuando Neruda llegó, y alejándose por unos momentos de ellos, le dio un último beso de despedida, cuya decencia y sinceridad descolocaría emocionalmente a Neruda, provocándole dudas acerca de sus verdaderos sentimientos: “No podía pedirle que desistiera del viaje, que abandonara conmigo el barco que se la llevaba para siempre. La razón me lo impedía, pero mi corazón adquirió allí una cicatriz que no se ha borrado”.

Neruda pensaba que Josie era ahora la “deshabitada”, pero el volvería una y otra vez a “habitarla” en su obra poética. No fue el caso de las mujeres que él abandonó o a las cuales les fue infiel: “Maruca”, su primera esposa, siendo abandonada con la hija enferma en medio de la segunda guerra mundial; Delia del Carril, la segunda cónyuge, engañada y negada en sus memorias; y Matilde Urrutia, su última mujer, sufriendo la infidelidad del marido ya enfermo y anciano a manos de su propia sobrina.

Josie Bliss, la inmortal.

Josie volvió a aparecer en la obra de Neruda en 1958 en “Extravagario” en el poema “La desdichada”, y en 1964 en Memorial de Isla Negra en los poemas de la sección “Amores”: “Josie Bliss I” y “Josie Bliss II”.

Su lectura es inmensamente reveladora a la luz de la presentación de esta “otra” Josie Bliss que hemos bosquejado tentativamente en este texto.

Habían pasado 29 y 35 años respectivamente desde la aparición de estos poemas luego de la despedida de los amantes de 1929 en Colombo/Ceylán. Nuevamente, Neruda, cercano a los 60 años, ilustró en forma intacta la imagen que creó de Josie, como una nativa “furiosa”, “torrencial” y “rencorosa” e insistió en presentar su tranquilo traslado a Ceylán como una huida desesperada.

La versión que el anuncio de su traslado había sido la carta de liberación de una relación sofocante con la peligrosa “pantera birmana”, seguía incólume en pié en contraste con la banal y cruda realidad de los hechos acaecidos tanto en Wellawatta como en el puerto de Colombo: Josie Bliss se había ido voluntariamente para siempre en una decisión espectacular de amor propio y auto-rescate.

En “La desdichada” Neruda imaginó a Josie esperándolo todavía en una increíble manifestación de vanidad masculina. “La dejé en la puerta esperando/ y me fui para no volver.

/No supo que no volvería. /Pasó un perro, pasó una monja, /pasó una semana y pasó un año./ Las lluvias borraron mis pasos/ y creció el pasto en la calle,/ y uno tras otro como piedras,/ como lentas piedras /los años/ cayeron sobre su cabeza […] y esa mujer esperándome”.

En el mismo tono, Neruda escribió sobre el tema de la amante birmana en los poemas “Josie Bliss I” y “Josie Bliss II”. En el primero se imaginó la muerte de ella y su cremación en el río Irrawaddy “mientras el río murmuraba lo que llorando yo te hubiera dicho”. Aquí cabe la interrogante de qué es lo que le hubiese dicho y por qué lo habría hecho entre lágrimas. En el segundo texto, Neruda recreó otra vez la imagen que había construido alrededor de Josie. La describió como un “rayo” con “rencor de puñal” como la “furiosa mía” e imaginó la existencia de la amante sufriendo por su ausencia en el otro mundo: “Hoy, aún sin mi ausencia, sin sepulcro, abandonada de la muerte, abandonada de mi amor, allí donde el viudo Monzón y sus tambores redoblan sordamente y ya no pueden buscarme tus caderas extinguidas”.

La fuerza e intensidad impresionante de estos magníficos versos, nos podrían hacer pensar que no fue Josie la “deshabitada”, la “desdichada”, sino que él mismo, ya que nunca dejó de pensar en ella ni pudo sacársela del corazón, transformándola de esta manera en una figura poética inmortal.

Josie vuelve a la “Tierra” de “Residencia”.

La aventura de ir a la búsqueda de la “otra” Josie Bliss, más allá de la imagen construida por Neruda, me ha permitido descubrir una extraordinaria mujer birmana enfrentada a las acuciantes contradicciones en una patria ocupada por las fuerzas coloniales británicas. Viniendo de Mandalay, logró instalarse en la cosmopolita ciudad de Yangón desafiando sus propias tradiciones, pero conservando intactos su orgullo, generosidad, intuición y pragmatismo femenino. Se movió en el riesgoso mundo de la dependencia de los favores de otro, pero siendo joven, pudo darse el lujo de vivir sola e incluso viajar a otros países, como lo hizo cuando Neruda la abandonó.

Fue capaz, en una época especialmente marcada por la tradición patriarcal, de auto determinarse y elegir como amante a un hombre totalmente extraño que no correspondía con ninguna de las expectativas de las mujeres de su círculo. Neruda, en cambio, joven igual que ella, no tuvo la fuerza para romper con los prejuicios y sintió miedo de ese deslumbrante amor refugiándose en la construcción de una ficción poética y huyendo a Wellawatta para no enfrentarse con sus propios sentimientos.

El análisis del reencuentro de los amantes en Ceylan nos devela la verdadera esencia de los acontecimientos. Aquí Josie Bliss se encumbró como una hábil figura para transformar una dolorosa traición amorosa en una fuente de sabiduría para rescatarse a sí misma en un momento de iluminación clarificadora. Incluso en la despedida, organizada por su iniciativa, no desistió de un último gesto de profundo amor, logrando dejar marcado para siempre el corazón de Neruda, quien jamás lograría olvidarla. Incluso en 1957 volvió a Rangoon con el fin de saber de ella, pero Josie había desaparecido de la ciudad para siempre sin dejar huellas.

Neruda, por su lado, a diferencia de Josie, había elegido una estrategia de vida en Yangón que pronto se revelaría como equivocada y que lo sumiría en el ostracismo social. En su inocencia juvenil pensó que en el severo mundo colonial británico podía moverse libremente como cónsul desde el mundo de la bohemia y de la vida errante como había aprendido en Chile, cerrándose con ello cualquier puerta para salir de esa disyuntiva. Vivía en la permanente contradicción entre desear la estabilidad, “echar raíces”, como solía decir, y al mismo tiempo disfrutar de una vida poco convencional y libre de amarres. Anhelaba alcanzar la fama a través de su poesía, pero elegía el camino de la espera dramática, la llegada quizás de un “golpe de suerte”, debatiéndose entre la auto conmiseración y la convicción absoluta de su gran talento poético.

La tradición budista de Josie que suponía como virtud la gratitud combinada quizás con el orgullo birmano, la fue haciendo incompatible con una relación evidentemente desbalanceada en el juego de dar y recibir. Probablemente fueron estas las razones que la llevaron a la indignación, a las escenas de celos y a las amenazas en una turbulencia emocional ya incontrolable en la medida que él insistía en la naturalidad de sus incoherentes conductas.

La versión nerudiana de la “pantera birmana” se me cayó a pedazos en una lectura más atenta y analítica de los numerosos textos acerca de su vida y su obra. Sorprendente resulta además la más completa y rotunda cerrazón mental por parte del joven Neruda para intentar comprender donde estaba viviendo.

La época en que Neruda vivió en Birmania, correspondió a un tiempo de gran lucha política anticolonialista. En la década del 20 al 30 se produjeron las más grandes huelgas estudiantiles y portuarias contra la opresión británica. En las universidades y círculos budistas de Yangón y Mandalay emergieron líderes políticos que sentarían las bases para la liberación de Birmania en los años cuarenta con su líder máximo el general Aung San, padre asesinado de la actual líder birmana, premio nobel de la paz Aung San Suu Kyi. Neruda pensaba en términos ahistóricos de Birmania y hablaba que vivía rodeado de Budas de todos los portes y materiales en un cierto tono jocoso, pero no se enteraba que fueron los monjes budistas aquellos que crearon los primeros centros de educación para la juventud birmana ejerciendo gran influencia en la formación del pensamiento independentista. Estos, a su vez, habían sido apoyados por ingleses reformadores que les habían otorgado becas para marcharse a estudiar derecho en Inglaterra. Neruda incluso conoció a líderes como Gandhi y Nerhu, pero solo vio en ellos un parecido “a nuestros dirigentes criollos, maestros en comités y sabios en tácticas”.

Los ritos budistas, las extravagantes costumbres y la gran miseria que lo rodeaba, los creía resultado de un “pueblo pesimista” y abandonado a su suerte. Birmania era para él un “infierno”. Sus prejuicios tendieron más bien a consolidarse y volvió a Chile con el mismo concepto del oriente que había traído consigo cuando llegó, solo que con la novedad de una multitud de imágenes para corroborarlos. La Birmania de Neruda se reducía al pequeño universo conformado por él y Josie, pero irónicamente, cuando intentó destruirlo, esa mujer lo “habitó” para siempre.

Neruda afirmó en las memorias que el oriente no había tenido ninguna influencia sobre su obra. Y bien puede ser cierto, porque resulta evidente que su visión de Birmania era más bien la de un territorio vacío, plano, estático, un lugar de “gente supersticiosa y religiones extrañas”. Por ello se ha planteado la interesante tesis analítica de “Residencia sin Tierra” para referirse a una creación poética carente de vínculo con el lugar desde donde emergió (Kantor, 2004).

Tal vez, ésta sea una explicación de por qué en la Birmania actual sea tan dificil encontrar huellas de la obra de Neruda. La única referencia que encontré fue en el catálogo de la Asociación de Arquitectos de Myanmar sobre protección del patrimonio arquitéctonico colonial de Yangón, como persona famosa que vivió en la ciudad. Tampoco los transeúntes a quienes pregunté si conocían al poeta chileno, me respondieron afirmativamente. En la ciudad hay librerías y numerosos puestos de libros usados a lo largo de la Merchant y la Pansodan Street, pero nunca pude encontrar alguno de sus libros traducido al inglés. Y cabe decir que el pueblo birmano es un gran amante de la lectura.

No es el caso de George Orwell, quien residió en Birmania entre 1922 y 1927 y nació tan solo un año antes que Neruda. Llegó a la edad de 19 años con su verdadero nombre de Eric Blair, en calidad de oficial menor de la policía imperial de la India a trabajar en un pueblo interior al norte de Mandalay. Había venido por la falta de recursos para estudiar en Inglaterra buscando ,como Neruda, una salida a la pobreza. Le pagaban un modesto salario y cuando volvió a Europa no tenía un centavo. Pero su libro “ Días en Birmania” publicado en Estados Unidos en 1934, y rechazado inicialmente en su país, se convirtió en una obra maestra al describir minuciosamente las complejas relaciones de poder en la Birmania colonial, transformándose en una fuente de crítica política a Gran Bretaña. Hoy se lo puede encontrar en todas las librerías de Yangón tanto en birmano como en inglés, así como sus otras obras maestras “La Granja” y “1984”.

Neruda tenía su mente puesta en las grandes ciudades europeas, especialmente en Madrid, donde deseaba lanzar su carrera internacional. Birmania constituyó algo así como el inevitable paso por el purgatorio, para llegar finalmente al público que soñaba y que al parecer entendía mejor.

“Residencia en la Tierra”, sin embargo, alcanzó trascendencia universal no sólo por el innovador lenguaje de su poesía, sino que también debido al uso de escenarios envueltos por el hálito de lo incógnito. La figura de la “pantera birmana” caló fuerte en el público, porque su autor dio en el blanco al centro de los prejuicios occidentales sobre el oriente. Atribuyó a una “nativa” la fogosidad, el salvajismo, la pasión carnal, la atracción erótica y el desenfrenado instinto del placer y dominación, que la convención patriarcal le negaba a la mujer blanca ya que debía mantenerse pura, obediente y virgen para cuando fuera desposada. Los lectores hombres se solazaban con la fantasía erótica de esa exótica mujer, y las mujeres soñaban con las intensas sesiones de sexo descritas magníficamente en los poemas de Neruda, permitiéndoles mostrar libremente su entusiasmo sin temer la condena social.

“Residencia en la Tierra” seguirá siendo una obra cumbre de la poesía mundial y Josie continuará viviendo en ella como lo quiso su creador. La maravilla consiste en que 88 años después podamos releer este libro disfrutando una vez más del talento excepcional de Neruda, pero también rescatando a la “otra” Josie que fue tan extraordinaria como su personaje.

Eda Cleary
Naypyitaw, Myanmar, junio 2015.

(Eda Cleary es socióloga, doctorada en ciencias políticas y económicas en la Universidad de Aachen en Alemania. Es consultora internacional en materias de desarrollo social).


Principales fuentes consultadas:

Aguirre, Margarita: “Pablo Neruda, Héctor Eandi: Correspondencia durante Residencia en laTierra”, Bs. As, 1980.

Arce, Romero: Los libros y los viajes . Recuerdos de Pablo Neruda, 1980.

Kantor, Roanne L.: “Chasing Your (Yosie) Bliss: The Troubling Critical Afterlife of Pablo Nerudas Burmese Lover”. En: Transmodernity 3(2), on-line, 2004.

Loveluck, Juan: Neruda en la Nación (1927-1929) Prosa Olvidada. Diez textos compilados. Anales de la Universidad de Chile, Enero-Dic. 1971.

Loyola, Hernán: “Residencia en la Tierra”, Madrid, 1987.

Montes Brunet, Hugo: “Cartas a Laura”, 1978.

Neruda, Pablo: Confieso que he vivido: Memorias. Seix Barral, 2001.

Neruda, Pablo: „Residencia en la Tierra“ (1925-1932). Libro I, www.literatura.us/neruda/tierra.html

Olivares Briones, Edmundo: “Pablo Neruda, los Caminos del Oriente: Tras las huellas del poeta itinerante (1927-1933)”, Santiago, 2000.

Orwell, George: “Burmese Days”, London, 1987.

Schidslowsky , David: “Neruda y su Tiempo: las furias y las penas (1904-1949) Tomo I”, 2008.

Teitelboim, Volodia: “Neruda. La Biografía”, 2003.

Valdovinos: Mario: http://www.revistaintemperie.cl/2014/06/11/josie-blis-y-pablo-neruda-o-ese oscuro-objeto-de-deseo-por-mario-valdovinos/

(JPEG)

Pablo Neruda en Ceylán, Wellawatha 1929

 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2018 Le Monde diplomatique.