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- La agroecología como respuesta al modelo convencional de producción de alimentos en Chile. Por Rodrigo Mundaca
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LA CONVIVENCIA FRACTURADA (desafección ciudadana, desigualdad y ethos republicano) por JAIME LIZAMA

“No importa lo rico que es un país, sino lo desigual que es” Tony Judt

I N D I C E

PRESENTACION

PARTE I LA MISERIA DE LA POLITICA

1.- Política y desafección ciudadana

2.- Elite, patrimonio y meritocracia

3.- Tecnocracia y Ciudadanía

4.- Itinerario de un progresismo líquido

5.- Tesis sobre el nihilismo neoliberal

PARTE II LA CONVIVENCIA FRACTURADA

1.- La convivencia fracturada

2- El ethos Republicano

3.- Anatomía de la desigualdad

4.- Política de baja intensidad

5.- Formas para salir del sistema

A MODO DE PRESENTACION

Estos textos que aquí presentamos no hablan desde dentro de la política. Más bien son textos que pretenden interpelar a la política chilena de los últimos años. Interpelar o hablar desde fuera de ella, a cierta distancia de su nihilismo o decadencia ya poco menos que inevitable. La política chilena vive en un estado de postración palaciega y de pereza institucional. En primer término, “gracias” a lo que en estos textos hemos llamado el “transversalismo” de la clase política, instituido precisamente a partir de la perversidad duopólica del binominalismo, de suyo profundamente electoral y seudo democrático. En cierto modo, hemos transitado desde el “transformismo” descrito por Tomás Moulian a la consumación elitaria del “transversalismo”, sin que nuestro sistema político se haya movido un ápice.

A partir de aquella constatación, la tan bullada “estabilidad democrática”, no es más que el perfecto protocolo de intereses que cruzan, comparten o gestionan los dos grandes conglomerados políticos (Concertación y Alianza por Chile), para su propio beneficio y poder hegemónico. Así como existe la “colusión” en el mundo de la economía, estas dos alianzas la han llevado a cabo en forma perfecta al mundo de la política.

Atrapada en medio de esta enorme jaula de hierro, la política se vuelve irremediablemente refractaria a todo tipo de participación, de voluntad crítica y de necesidad de renovación y de reformas. El “palacio” y sus pasillos oficialistas, siguen incólumes frente a ese espejo que les devuelve su propia y única imagen, imagen por lo demás absolutamente complaciente.

Hablar de la política sin pretender remediar su ocaso, no significa que queramos su muerte en un plazo breve. Como una parte no menor de chilenos que la vemos, a estas alturas, con cierta displicencia o malestar, no creemos que ninguna “ingeniería” de la ciencia política, (ya sea proclamada por la academia pública o la privada), está en condiciones de recomponer o reparar la irremediable huida de los ciudadanos.

Es más, tenemos la impresión que los ciudadanos, ya sean militantes, simpatizantes o adherentes, resistieron más de cuenta la partida o la fuga definitiva de las “tiendas” binominalistas que simulaban representarlos en forma democrática. Después de más 20 años, una importante “masa crítica” inició el éxodo pos-concertacionista. La política ya se había convertido en el patrimonio de una casta o en eso que suele llamarse “cosa nostra”.

Aquí ya no se trata de esa retórica que habla de la diferencia de la política grande (la de Estado) y de la política chica (la de los partidos), donde ésta última se lleva la peor parte. No. Son los mismos sujetos que operan con la misma asiduidad en ambos casos, por lo que se trata a la postre de la misma moneda de cambio. No existe ninguna posibilidad de redención vendiendo gatos por liebres. A estas alturas es mejor no vender ya nada, o bien no venderse. A no ser que el camino comience a recorrerse de nuevo.

El ciudadano ciertamente está herido y está en retirada, pero no precisamente a los cuarteles de invierno. Tarde o temprano, la ciudadanía termina exigiendo sus derechos y sus prerrogativas conculcadas.

Por lo anteriormente anotado, la miseria de nuestra política está profundamente asociada al modelo social imperante o, dicho de otro modo, al proyecto de sociedad que se ha ido construyendo a lo largo de estas últimas décadas. Una sociedad y una sociabilidad sometida al alarde casi obsceno y demagógico del mercado.

Ese es, pues, el tema de fondo que recorren estos textos, sin pretender establecer en ningún caso una mirada concluyente ni mucho menos académica. Si bien se trata de una mirada crítica, traducen o expresan el aliento de una reflexión que apela a lo ético en su dimensión inquietantemente pública, donde lo público suele perderse o extraviarse en los meandros o en los engranajes de lo privado. Especialmente en estos tiempos donde la línea divisoria, entre lo público y lo privado, ha entrado en franca sospecha y descrédito.

I PARTE

LA MISERIA DE LA POLITICA

POLITICA Y DESAFECCION CIUDADANA

El cambio de paradigma en el mismo seno de la Modernidad, descrito en forma particulamente aguda en la “Sociedad individualizada” de Bauman o “La era del vacío” del Lipovetsky, si bien establecen el alejamiento de lo colectivo o de su difuminación a través de un proceso de profundización de lo individual operado por la era del consumo, no inhabilita que la política tenga sus propias responsabilidades en la declinación abusiva del Estado y la “licuación” de lo público. Si bien en Chile ha habido una importante expansión del consumo, producido no sólo por un modelo económico ultra mercantil, sino por la diseminación al conjunto de la sociedad del modelo cultural del individuo autosuficiente, y autogestionado en tanto consumidor, son el parte responsables de la retractación de lo colectivo y de los lazos comunitarios; en tanto el Estado por si sólo y la elite político-empresarial que lo ha gestionado en las últimas décadas en Chile, ha jugado un rol más que decisivo en el estado actual de la política chilena.

Haciendo un breve recuento de la trayectoria de esta deslegitimización, cabe señalar en primerísima instancia, la demolición y el proceso de demonización que ejecutó y llevó a cabo implacablemente la dictadura militar contra la política y todas aquellas intermediaciones democráticas entre el Estado y los ciudadanos. Durante 17 años había que satanizar la democracia y terminar de raíz el cáncer del protagonismo políticos de los sectores populares. Así como desde fines de los sesenta la izquierda chilena puso en cuestión la democracia “burguesa” o formal, la derecha, dictadura mediante, dictaminó su perversión y su inutilidad social. En gran medida (y eso explica su adhesión ciega y fanática a la dictadura de Pinochet), la derecha chilena y el empresariado entendieron la democracia básicamente como un sistema de “control social”, que provee al Estado los instrumentos y los mecanismos de la coerción para la tranquilidad y el orden ciudadano.

Sin embargo, esta visión coercitiva de las instituciones, se contradice flagrantemente con toda la construcción ideológica que ese mismo estamento socio-económico, realiza sobre las “libertades” individuales. La yuxtaposición de esta suerte de “liberalismo” extremo, por un lado, y el conservadurismo ultramontano, por el otro, conforman el particular ethos ideológico de una clase social que se ha revestido durante estas últimas décadas con el halo globalizador del llamado “emprendimiento”.

En esas condiciones, la democracia no sólo fue instrumentalizada, sino que quedó circunscrita en un estado de sospecha permanente. Dicho lo anterior, la gran paradoja es que ahora la demolición de la política se realiza desde el interior mismo del sistema político. El actual binominalismo de la política chilena, no sólo ha logrado constituir toda la subcultura del “transversalismo”, sino que ha devenido en la estructuración apologética de una casta. Entendiendo por casta una suerte de estamento autocràtico que ejerce por si y para si sus funciones y sus prerrogativas y, consecuentemente, termina instituyendo su propia aureola acotada de privilegios. Por lo tanto, su legalidad no podría no constituirse sobre un fondo de exclusión y de segregación política permanente.

Nuestro parlamento, expresión de la capitalización política de dos grandes bloques o conglomerados partidarios, es producto de esa coexistencia pacífica, empatada y simétrica, que hace que este estamento se vuelve una estructura definitivamente opaca o bien impermeable a los legítimos requerimientos ciudadanos. En la medida que los partidos políticos del binominalismo refuerzan su autoconservación en función de una “legalidad” cada vez más dura, inversamente la “legitimidad” se tiende a transformar en una recusación y una demanda contra ellos mismos.

Durante más de 20 años, la rigidez del sistema político chileno sigue perfectamente incólume. Durante más de 20 años la Centroderecha (la alianza por Chile) y la Centro-izquierda (la concertación por la democracia), han copado y hegemonizado el espacio de la representación ciudadana, clausurando todo posibilidad de representación y participación que esté más allá de sus dominios y de su estricta área de control clientelista. Los ciudadanos que no adhieren a uno u otro de estos dos conglomerados, en la práctica se convierten en ciudadanos de segunda clase: de este modo el mercado electoral y representativo de nuestro sistema político, se ha solidificado en la exclusión, supeditándose a la voluntad “transversalista” de los bloques políticos que han dominado sin ningún contrapeso en el sistema. Fuera de estos bloques, no sólo crece el distanciamiento hacia ellos, sino que la política se transforma en un ejercicio puramente testimonial, como ha ocurrido en general con el mundo y la política extraparlamentaria. Institucionalmente hablando se extiende y se agudiza cada vez más la separación entre la “legalidad” parlamentaria y la “legitimidad” de todo aquel mundo sin expresión ni representación en los espacios de poder.

No es de otro modo como la “estabilidad institucional” del sistema político chileno se ha construido sobre la base a una exclusión autoritaria, sin consideración alguna por las minorías o la diferencia social, que expresan la diversidad de la sociedad chilena. Este cerrojo del sistema ante lo político “otro”, es el centro de gravedad de la desligitimización de un régimen político constreñido y vuelto hacia si mismo, sin lazos genuinos con la ciudadanía. El dato de mayor envergadura de ese proceso de la desafección ciudadana lo constituyó el “desalojo” de la Concertación del poder después de cuatro períodos sucesivos de gobierno. Y se trató precisamente de un “desalojo” en el cual poco tuvo que ver con la “oferta” política de la “Alianza por Chile”, es decir, no se trató que la oposición al gobierno de turno se haya ganado la adhesión mayoritaria de la ciudadanía.

La ciudadanía, en primera instancia, desalojó a la Concertación producto de un “cansancio cívico”, de una indignación soterrada que se había ido acumulando por años de promesas y reformas incumplidas o, al menos, incompletas o insuficientes, sobre todo luego de gobiernos presididos por líderes con claros perfiles “progresistas”. En segunda instancia, si bien la “alianza por Chile” o la “coalición por el cambio” ganó las elecciones para el período 2010-2014, su triunfo electoral tuvo su origen principalmente en el agotamiento de vastos sectores ciudadanos por la política en su conjunto, independientemente que esa desafección no se haya expresado en una cantidad significativa de votos nulos o blancos o bien, más allá de la creciente autoexclusión de la participación juvenil.

Dicho lo anterior, aparece como absolutamente insuficiente la teoría de “la alternancia en el poder” en el sentido que sería éste el mecanismo mediante el cual no sólo la gente demandaría una suerte de credibilidad democrática, sino que la política misma lograría a través de ese mecanismo su “relegitimización” ante una ciudadanía en fuga ya casi irremediable de los partidos “oficiales”.

Sin embargo, “la alternancia en el poder” al interior de nuestro sistema político, aparte de ser una mascarada, no pasa de ser la reproducción o el traspaso del poder entre conglomerados depositarios de la exclusión institucionalizada, por lo que el “recambio” de la dirigencia gubernamental no constituye a la postre ninguna modificación significativa al “consenso” sistémico de la clase política chilena. De esta forma, “la alternancia” se transforma así es el puro ejercicio del derecho a decir “ahora nos toca a nosotros”. La sensación de la ciudadanía es que ocurrida la alternancia, son los mismos personajes políticos los que nuevamente dominan sin ningún contrapeso la escena pública como en un vago, pero no menos escalofriante “deja vu”, donde dichos personajes o “servidores públicos” se reeeligen al eternum.

La sensación ciudadana es que existe, a todas luces, una gran y extendida “colusión” de intereses políticos transversales, los que han vuelto casi imposible y utópica la posibilidad de una reforma sustantiva a ese sistema oligárquico de componendas, premios de consuelo o de favores partidarios, que llevan a cabo la distribución (y la retribución) de las cuotas o parcelas del poder al paroxismo de la obsecuencia y la nula capacidad de autocrítica.

La sensación, entonces, es que la política se transforma en una pura lucha muy bien reglamentada del “poder por el poder”, en un afán por mantener o perpetuar hasta donde sea posible todos aquellos privilegios que supone acceder a los aparatos institucionales.

Lo anteriormente descrito, retrata ha cabalidad la forma como la elite política-empresarial chilena entiende, sumariamente, el ejercicio de la política en la sociedad. La política en este caso tiene un objetivo fundamentalmente instrumental, donde lo prioritario es lograr influencia, control y liderazgo al servicio de una visión hegemónica, donde los ciudadanos son convocados pasivamente para ratificar o dar de legitimidad a un “orden” consensuado y negociado entre las cuatro paredes de los pasillos del poder. Esta instrumentalización es lo que hace que la actividad política sea mirada y observada con la más profunda sospecha, o con esa mueca de sarcasmo que suele adicionar el desprecio, como si ésta se tratara de una actividad que no mereciera el respeto y la valorización de los ciudadanos.

Pues, en efecto, la política debiera ser el instrumento para representar y encauzar a la ciudadanía en sus demandas e intereses. La eticidad de la política está precisamente ahí. Gran parte del alejamiento y la desafección ciudadana tiene que ver con la deflacción de los valores en la práctica cotidiana de la política. Pareciera que la ética fuera un ámbito completamente ajeno a lo público y que los valores son aquellos asuntos personales, por lo general, relacionados con el consevadurismo moral-sexual.

El agotamiento o la crisis del sistema político, debiera implicar también una necesaria revisión crítica a la manera de llevar a cabo un modelo económico-social bajo lo que podríamos llamar “la obscena declinación de lo público”, implementaba de forma implacable en el transcurso de las últimas décadas. Esta implementación se podría perfectamente resumir en una sola frase: la genuflexión del Estado ante el mundo privado. Esta genuflexión no sólo se refiere a que todos los “servicios públicos” se hayan privatizados durante ese período, y que por añadidura este Estado, llamado subsidario, otorgara garantías abusivas al capital y la iniciativa privada y de paso des-regular lo más ampliamente posible las relaciones productivas, sino en desacreditar el hecho mismo de lo “público” como instancia de interrelación entre los ciudadanos y el desprecio por lo que Humberto Giannini tan acertadamente llama la “experiencia común”.

El ámbito de lo público se jibarizó al extremo que lo “privado” pasó ha constituirse en la “medida de las cosas” y en la referencia obligada de la forma de definir y establecer las metas y los propósitos en la sociedad chilena. En cierto modo, la visión de lo societal quedó reducida a su mínima expresión.

A la postre este paradigma de lo privado, vino a poner claramente en tela de juicio nuestro ethos repúblicano, es decir, toda aquella construcción histórica cultural que constituye nuestro “espesor” como país y sociedad secularizada. Estamos cierto que la resistencia a esa visión unilateral y economicista de la sociedad, debe pasar precisamente por recuperar y potenciar nuestro ethos, extraviado en medio del nihilismo político y la liviandad individualista de un “modelo” que vive en las antípodas de lo ciudadano.

ELITE, PATRIMONIO Y MERITOCRACIA

Una de las tensiones fundamentales que atraviesan a la sociedad chilena no podría ser otra que la que se establece entre el propósito ciudadano de la meritocracia, versus la estructura patrimonial que ordena y determina el comportamiento de nuestra elite. Salta a la vista que ambas son fuerzas claramente contrapuestas. La primera, la meritocracia, es un impulso, es un activo que se funda en la movilidad, en la trasformación, en la posibilidad que las cosas puedan ser diferentes, en que el mundo requiere de cambios y puede ser cambiado. En otras palabras, se trata de un ethos social en completa consonancia con la modernidad y propiciada por el progreso y la dinámica de una sociedad abierta y no por el patrimonio asegurado desde la cuna o la familia. Por el contrario, el ethos más propio de las elites es exactamente lo opuesto. Su impulso y fuerza viene de la tradición, de los lazos, de la concatenación de todos los intereses cruzados que constituye eso que llamamos “red social”. Red que se comporta como una coraza o una muralla de contención ante cualquier tipo amenaza a su “sagrada” integridad, es decir, de su identidad consigo misma, de seguir siendo la misma hasta el fin de los días o del juicio final. Eso que solemos llamar de forma elegante “status quo”.

Precisamente unos de los elementos de su cohesión social granítica, es ese rango o de aureola de “sacralidad” que la embarga contra todo lo que huela a laicismo, derechos individuales y prácticas libertarias. Esta supuesta “sacralidad”, está claro, tiene su origen en su alianza con lo religioso, en particular su concubinato con la iglesia católica; su praxis supuestamente depositaria de la verdad revelada, la moralidad y las buenas costumbres. Esta matriz social “sacra” por su propio origen tiende naturalmente hacia el status quo, la conservación o la preservación de los privilegios que se derivan de ese ethos social y cultural chileno, que historiográficamente suelen asociarse a la tradición y a los llamados valores “superiores” de la nación.

En contrapartida, el impulso meritocrático se ha realizado en Chile en una medida importante a través de la Educación Pública, bajo el paradigma de aquello que se ha denominado la “movilidad social”. Gran parte de la construcción de nuestra clase media tiene que ver con ese ethos de origen secular, el que no se haya asociado a ningún principio que esté más allá de la sociedad misma y de sus procesos materiales, es decir, que no ha requerido de la apelación a lo sobrenatural o lo sagrado para la legitimización de sus conquistas simbólicas y materiales. Se trata, como decíamos, de un ethos que está en el corazón de la construcción cultural chilena y no de una mera regalía o subsidio del Estado a los ciudadanos. Asociado a la “movilidad social” que hacíamos referencia, este “constructo” se encuentra en las antípodas del empuje individual mercantil, el cual ha adquirido su propia y singular aureola: la ideología del emprendimiento. Emprendimiento que, por lo demás, la mayor de las veces se encuentra aliado al patrimonio, esto es, a una red muy precisa de relaciones y vínculos, y que escasamente hace referencia a individuos repartidos en toda la escala social.

La meritocracia, en el fondo, es una expresión genuina de “republicanismo”, el cual está en completa sintonía y correlato con nuestro ethos cultural secularizado, muy distante a esa tradición “sacra” y patrimonial a la que hacíamos alusión en líneas anteriores.

En consecuencia, en una sociedad que ideológicamente ha propiciado la devastación de la Educación Pública y dado, en cambio, carta de ciudadanía al imperativo categórico de la construcción individualista, el sentido de lo meritocrático no pasa de ser un puro de juego de palabras o un chiste de mal gusto. En palabras más sencillas, la meritocracia es una proceso social y cultural que involucra al conjunto de la sociedad y no solamente al puro empuje o al ñeque personal de los individuos tomados en forma aislada, en medio de una especie de jungla o campo de batalla, donde por norma las reglas no son precisamente equitativas o más o menos igualitarias.

Así, a este empuje individualista, nuestras elites lo han pretendido convertir (en su particular visión unidimensional), en el paradigma de la modernidad entre nos, a partir de un dejar atrás afanes colectivistas o, lisa y llanamente, el paternalismo del Estado de compromiso. Aquí se localiza, precisamente, el doble juego de una visión fracturada o cínica de la modernidad, que por un lado no pierde de vista el ethos patrimonial de los valores y de los intereses de un sector social y económicamente dominante y, por otro lado, instituye la práctica y el discurso individualista como el paradigma moderno de la nueva forma de relacionarse con el Estado y el mercado. De este modo, esta particular forma de entender la modernidad, puede dejar prácticamente intacta toda la estructura patrimonial y conservadora de la sociedad chilena, no poner en riesgo o en cuestión prácticamente ninguno de sus privilegios. Así, la sociedad heredada sólo contiene la inercia de su perpetuación y de sus mecanismos autocráticos y patriarcales.

De la misma manera, la industria Educacional Superior privada ha terminado por dar el golpe de gracia a lo que se entendía por impulso meritocrático. En efecto, a ese universo privado de educación se ha volcado, con sus redes e influencia, prácticamente la misma élite que domina y controla la mayoría de las instituciones del Estado.

No es de otro modo como la Educación Superior ha sido coaptada para el servicio de esta “red”, de este sistema de influencia que tiene por objeto cruzar y doblar privilegios, de manejar y controlar a su amaño sistemas de enseñanza, acreditaciones, recursos estatales, intereses patrimoniales o inmobiliarios, que en la práctica no tienen nada que ver con el significado de la Educación o el desarrollo personal de los individuos. En el fondo, se trata de instituciones que sólo tienen como fin el lucro, el manejo de recursos o la distribución de patrimonios entre los propietarios, sostenedores o financistas, todo a gracias a los altos costos de matriculas y aranceles que pagan religiosamente los estudiantes privatizados.

En medio de este paraíso de influencias y componendas (para no hablar de conflicto de interés entre lo privado y lo público), está claro que la meritocracia es un puro canto de sirena o más bien su liquidación más absoluta, pues no existe ningún terreno fértil donde pueda crecer o al menos darse la posibilidad siquiera de asentarse. Se podría decir definitivamente que la meritocracia es un cuento de hadas de políticos inocentones o derechamente cínicos, que continúan hablando no a partir de la realidad sino de ensoñaciones del pasado o de teorías individualistas que son edulcoradas a propósito para mantener a raya a la gran galería y así éstos no terminen por rebelarse contra el sistema y la sociedad (anónima) de privilegios.

Por eso mismo, en una sociedad tan elitaria como la nuestra, el conflicto entre el patrimonio y los intereses creados, por una parte, y la posibilidad de ampliar o democratizarlas cuota de poder o de influencia hacia grupos sociales subalternos, por otra, son prácticamente nulas. Esto demuestra que estamos muy al debe de cualquier democratización medianamente genuina, en tanto no seamos capaces de develar o transparentar el despiadado cruce de intereses, de influencias y de poder, que atraviesan todas las esferas de la sociedad chilena. En otras palabras, la antigua “lucha de clases”, ha quedado palidecida ante este nuevo espectáculo de la dominación y el control social en pleno siglo XXI.

Abrir paso a una sociedad abierta, tolerante, no patrimonial y libre del yugo de la dominación privada y de los grupos de poder, es una forma de ampliar de verdad la democracia y no conformarse con la regalías banales del mercado, el consumo y del puro espectáculo publicitario. Exigir mayor democracia y libertad, quizás sea el derecho político más relevante de una “actualidad” fuertemente patrimonial e individualista, por un lado, y profundamente desigual, por el otro.

Dicho de un modo distinto, lo que está en juego en este período histórico, es la vigencia y la permanencia de nuestro ethos republicano, que si bien ha sido prácticamente devastado por la ideología dominante y el modelo económico-social neoliberal, sigue arraigado en vastos sectores ciudadanos, los que llegado el momento apelarán con decisión a ese civismo democrático.

TECNOCRACIA Y CIUDADANIA

(O LA SUBORDINACION DE LA POLITICA)

En el trayecto de la democracia chilena de los noventa y de la primera década del siglo XXI, la relación entre un modo de construir y de ejecutar la política desde un mundo de la experticia, las comisiones técnicas, los contactos de la elite o del lobby, por un lado, y la necesidad de generar formas de expresión y de participación o de influencia ciudadana, por el otro, parecen constituir francamente realidades antagónicas, aun cuando desde el mundo de la política y del Estado, se refieran a ambos como si fueran efectivamente realidades complementarias o, al menos, suficientes y siempre necesarias.

Sin embargo, frente a cada importante acontecimiento político o social, queda demostrado que siempre una de estas instancias constituye prácticamente la lógica del sistema, es decir, su modo operandis y su performance, la cual impregna cada decisión en las distintas instancias del poder político. En tanto, la ciudadanía, o sea la contraparte, sigue el ascenso de la apatía y desafección hacia ese mundo político, gobernado inconfesablemente por la lógica tecnocrática. Esta disparidad o incongruencia de todo el sistema, es lo que vuelve inviable la posibilidad de acceder a una mejor y mayor democracia, pues la lógica a la que hacemos referencia se cierra sobre si misma, o bien establece “instituciones” que son meras réplicas o brazos del aparato que administra, gobierna y controla verticalmente la sociedad en su conjunto.

De este modo, el mundo político suele congraciarse y rendir un peculiar culto al hecho que dichas “instituciones funcionen”, sin molestarse o cuestionarse siquiera, si estas instituciones pasan medianamente la blancura de la democracia. En muchos casos, por no decir en su inmensa mayoría, suelen estar atravesadas por cuoteos partidarios o por el “empate” espúreo entre gobierno y oposición, quedando fuera de todo diálogo una mayoría ciudadana ajena a esa comparsa o contubernio duopólico. Es lo que llamamos el equilibrio de poder perfectamente excluyente de una clase política encerrada entre cuatro paredes.

En general, es el mundo empresarial es el que domina la mayoría de estas instancias; piénsese a modo de ejemplo en la conformación del Consejo Nacional de Televisión. Su presidente es un empresario conservador elegido a dedo, mientras sigue siendo vocero de otras grandes instancias corporativas: el sueño de una elite voraz, irredenta, por lo que se ve, sigue siendo un leit motiv muy asentado en la clase dirigente más tradicional de nuestro país. He aquí, como en tantas otras instancias, la consagración y la legitimización de una “institucionalidad” absolutamente utilitaria o más bien coaptada por los poderes corporativos y los grupos de interés.

En gran medida lo que acabamos de mencionar, se explica por el llamado “transversalismo” de la política chilena, es decir, por el interés común y particular a la vez, que atraviesa en su conjunto a la elite chilena. Este interés compartido y con gran autorreferencia, se relaciona en eso de “ser” parte interesada de los mismos clanes, de vivir en barrios próximos y de inclinarse por gustos gatillados por la opulencia, el status y el patrimonio. Esta “familiaridad” social hace que las “diferencias” políticas de esta dirigencia transversal, sean solamente retóricas o de medias tintas, nunca diferencias de fondo. A no ser que el “fondo” para la elite tradicional sean los “principios” de la moralidad sexual. Y eso sería prácticamente todo.

De una u otra forma, la política chilena de las últimas décadas ha seguido este derrotero transversalista: un camino probablemente muy seguro para que la elite política se siga reproduciendo en forma abusiva, pero extremadamente improductiva para que haya más democracia, más apego o más adhesión a los valores de la participación, de inclusión, igualdad y respeto a las libertades y las minorías.

De este modo, cuando se habla del alejamiento de la política respecto de los ciudadanos, se mencionan por lo general elementos exógenos a ella como los factores de la desafección y de su ilegitimidad creciente, sin mencionar lo que nos parece medular: que la política y la administración del poder se encuentran coaptadas por la lógica tecnocrática y patrimonial, a manos de un grupo o estamento social que se cierra sobre si mismo, sin posibilidad alguna de abrirse democráticamente hacia la sociedad.

A la postre, la política se encuentra subordinada a una hegemonía de lo eficiente, lo instrumental, o lo que se denomina acertadamente como lo tecno-económico. Mientras aquello no se ponga en cuestión, será bastante complejo reposicionar a la política en una lógica más acorde con sus propósitos societales y ciudadanos. Mediáticamente la política aparece con gran presencia pública, pero el poder propiamente tal se ha desplazado hacia lo fáctico y lo corporativo de forma cada vez más descarnada. La miseria de la política actual ha quedado aquí definitivamente consagrada y, en la práctica, casi sin posibilidad de volver atrás. A no ser que existiese una revolución ciudadana.

Así las cosas, la implacabilidad de lo tecnocrático y lo patrimonial, alcanzó durante este último período de la democracia chilena, consecuencias sociales dramáticas, que explican o explicitan en una importante medida el fracaso rotundo de determinadas políticas públicas, solo gestionadas desde principio a fin, por un modelo predominantemente “técnico”, el cual no obstante, en última instancia, está siempre determinado por una invariable performance economicista.

En ese sentido, el Transantiago es la epítome de lo que estamos diciendo. En el fondo, el fiasco del Transantiago para los ciudadanos de la capital, no fue sólo responsabilidad de la Concertación, sino del conjunto de la clase dirigencial chilena, idiotizada por la tecnocracia y las licitaciones al capital privado, sólo diseñadas en función de la rentabilidad económica y las ganancias de corto plazo, sin importar las variables sociales o humanas. En palabras más sencillas, sin importar el factor “humano” o ciudadano.

En otras palabras, aquí no sólo se trató de problemas de diseño y de implementación de una “política pública”, sino que en el fondo se engaño a toda la ciudadanía haciendo pasar un modelo de negocio privado llamado Transantiago, por un modelo que se publicitaba como “público”, el cual en última instancia no tenía por objeto servir a los ciudadanos.

Si bien la responsabilidad política de este engaño pertenece a la Concertación, el conjunto de la clase política y económica en el poder, es responsable de esta verdadera tomadura de pelo y manipulación de marca mayor: el abuso instituido y oficializado desde el poder “tecnocrático-privado”.

El Transantiago fue el síntoma más extremo de que entre las decisiones políticas inconsultas y la ciudadanía, ya se había producido un abismo insalvable. Un vacío de proporciones, que hizo que la concertación se fuera poco menos que a empujones del poder después de más de 20 años. Los ciudadanos en algún momento, más temprano que tarde, pasan irremediablemente la cuenta, expresando no sólo su disconformidad con los gobernantes de turno, sino su oposición decidida contra un sistema que funciona a espaldas de sus intereses y de sus proyectos de vida.

Primero fue el “transformismo”, como tan acertadamente Tomás Moulián describió el travestismo seudo-democrático a la chilena en el período de la transición-transacción. Luego el “transversalismo” simuladamente neutral de las élites, que pretendía consolidar la democracia hasta la ejempleralidad: estos son los paradigmas que por si solos han logrado constituirse en ese terreno resbaladizo que pareciera conducir hacia la nada, hacia el abismo de la total opacidad de la política. Hacia la defenestración del espacio público y del declive ciudadano.

ITINERARIO DE UN PROGRESISMO LIQUIDO

O LOS PASOS EN FALSO DE LAGOS A BACHELET

Si hacemos un poco de historia, el progresismo como propuesta política emergió al interior del debate político de la Concertación a propósito de la disputa expresaba en primera instancia entre “auto flagelantes” y “complacientes”, vale decir, una disputa que se escenificó hacia la segunda mitad de los años 90” entre aquellos que creían que la Concertación había llevado a cabo una transición ejemplar y un desarrollo económico que por si mismo bastaba para mostrar la bondades y el éxito de un modelo societal pro mercado, y un sector, básicamente identificado en la izquierda concertacionista, que entendía que la transición no había resuelto enclaves fundamentales del sistema político. Los que en primera instancia levantaron las banderas del progresismo fueron líderes muy importantes entre los destacaban principalmente personeros del PPD; sin embargo al estar dicha visión crítica de la Concertación asociadas a una matriz progresista relacionada carnal e íntimamente con el “laguismo”, su capacidad de crítica transformadora tendía a diluirse bajo el paraguas de ese “relato”, es decir, un relato marcadamente tecnocrático, impulsado por un líder (Lagos), que parecía supeditar todas la insuficiencias “reales” del sistema mediante la supremacía de grandes relatos modernizadores (País digital, Estado concesionario, etc.).

En otras palabras toda la oferta progresista, asociadas a demandas ciudadanas, (que expresaba un sector no menor de la Concertación), no sólo se vio opacada y virtualmente acotada al patio trasero de la política, ante el mega-relato modernizador del “laguismo”, sino que los líderes más proactivos de esa agenda ( llámense Girardi, Ávila, Ominani), no fueron capaces de romper la camisa de fuerza impuesta por el discurso hegemónico y autocrático de Lagos, y construir de verdad una política transformadora y no una mera agenda que sólo alimentaba el descontento ciudadano, y que siempre terminó golpeándose contra el muro del stablisment.

A simple vista estaba claro que el “laguismo” se articuló para la contención del discurso “auto flagelante” y la reverencia al líder, más allá de la construcción genuina de una política consistentemente progresista y ciudadana. Dicho de otra forma, el “progresismo” que emergió de allí, con toda la retórica de sus líderes más mediáticos, no estaba en condiciones de poner en cuestión las prerrogativas del relato institucional del líder. Resultado de aquello, bien podría calificarse toda aquella discusividad de descontento y de malestar concertacionista, como un “progresismo liquido”, el cual a fin de cuentas nunca atravesó la subalternidad de lo “díscolo”, de decir, la de una trayectoria muy marginal al interior de la práctica política concertacionista. Así, la discursividad del llamado mundo “progresista” venia a resultar demasiado pomposa frente a la precariedad “real” de dicha expresión política en la sociedad chilena.

(Una muestra de esa poca sutileza política es la inclinación virginal, casi eufórica, de la elite por los tics de la “integración” global (OCDE), en circunstancia de la escasa urgencia local por la “inclusión”, entre otros, de los pueblos originarios. El “progresismo líquido” aquí tampoco tiene respuesta o bien su respuesta resultó demasiado licuada).

Consumado y/o clausurado el “laguismo” como una pura vocación presidencialista, el discurso progresista volvió a recobrar un segundo aire, aparentemente mucho más promisorio, básicamente producto del triunfo electoral de Michelle Bachelet en el año 2005. La performance de dicha candidatura apeló efectivamente a un relato sobre lo “ciudadano”, un discurso muy cercano a la gente, donde la racionalidad política siempre ligada a la eficiencia y los acuerdos, se abrió a la emocionalidad de la candidata, en gran medida como consecuencia del liderazgo femenino que tal hecho implicaba. Dicho relato de lo “ciudadano”, al mismo tiempo, presentaba una evidente crítica y distancia de las prácticas cupulares de los partidos del conglomerado oficialista.

La paridad de género, la renovación de la élite, la participación ciudadana, si bien inicialmente establecieron un ethos progresista bastante refrescante, que incluso llegó a opacar por completo el discurso y el liderazgo laguista, no logró con el paso del tiempo construir efectivamente un discurso político de matriz ciudadana, en gran medida producto de la obsolescencia de las cúpulas, la nula renovación partidaria y la insuficiente tenacidad en la profundidad de los cambios y de las reformas requeridas, centrando eso sí su mayor impulso durante el Gobierno de la Presidenta Bachelet, en la reforma del sistema previsional y en el acabado diseño de políticas públicas sobre la llamada “protección social”.

En tal sentido no deja de ser sintomático que una demanda ciudadana que marco a fuego a dicho gobierno, como lo fue el “movimiento pingüino”(año 2006), con toda su vocación de reforma estructural de la Educación, tuvo un correlato en el aparato propiamente institucional (después de una serie de vicisitudes y contingencias), una respuesta de por si muy por debajo de la energía, la audacia y la provocación política de los estudiantes. Esa disparidad o incongruencia entre la “experticia” negociadora de los aparatos institucionales, refractarios a asumir cualquier tipo de riesgos, y la movilización ciudadana que lograba explicitar con la radicalidad de la sencillez, la conflictividad aguda de la Educación Pública en la sociedad Chilena, dejó nítidamente establecido que tanto la impronta ciudadana del “bacheletismo” y los más importantes sectores del “progresismo líquido”, fracasaron estrepitosamente en una coyuntura que a todas luces favorecía de manera inequívoca un desenlace de reforma avanzada, progresista y fuertemente pública. El hiato entre la institucionalidad concertacionista y la demanda ciudadana, alcanzó aquí su momento culminante o, si se quiere, su desarrollo más refractario y opaco, precisamente en el momento en que la “lucidez” y el sentido de la política podía haber reinado a sus anchas.

En esa coyuntura crucial, quedó desoladamente establecido que entre el mundo institucional de la política y los intereses ciudadanos, se había consolidado una separación insalvable. ( el proceso político chileno otra vez quedó atrapado en medio de las instituciones del binominalismo y el duopolio, al servicio de los dos grandes bloques políticos refractarios al cambio).

En resumidas cuentas, desde el gobierno de Lagos hasta el gobierno de Bachelet, la centro-izquierda, en su período más epifánico, fue incapaz de encarnar un proyecto progresista genuino, donde un programa de reformas avanzadas, conformara el relato inequívoco de cambios y transformaciones socio—culturales. La partida o la fuga de muchos sectores de izquierda del conglomerado, no sólo atestigua el sentido de una derrota cultural (más allá de todos los matices políticos), sino el de intentar hacerse cargo, ahora desde fuera, de la incapacidad estructural de la centro-izquierda concertacionista de construir dicho proyecto, el cual ha quedado al debe o a medio camino entre el dilema entre una agenda solamente institucional (la agenda de lo posible) y la agenda del patio trasero de la política (la agenda de lo necesario).

Cabe hacerse cargo aquí, de forma muy sucinta, del modo en que operó, en la esquizoide práctica “progresista” de la Concertación vía Lagos-Bachelet, la llamada “tercera vía” de Anthony Giddens. Pues sabemos muy bien que el paradigma o icono ideológico de ese entonces de Ricardo Lagos, por esta especie de nuevo programa socialdemócrata, fue precisamente su referencia académica obligada a dicho canon, probablemente más motivada por su admiración a Blair, Schroeder o Cardoso, que específicamente por la teoría del sociólogo inglés. Precisamente a partir de esta constatación es que se presume que la “tercera vía” giddensiana, no generó ningún insumo significativo en el programa político del gobierno de Lagos. Más bien operó sobre su propia performance en tanto político vinculado a la globalización o al discurso de la modernidad de los países del primer mundo.

Es decir, operó sustancialmente sobre su propia imagen, su imagen del político que creía estar a la altura de aquellos mandatarios o líderes que abrazaron aquella actualización del pensamiento “progresista”, el cual incluía desde Felipe Gonzalez hasta Bill Clinton. En el marasmo de la “política real”, es decir, en la trama de una contingencia sin fondo ni programa, absolutamente a merced del neoliberalismo, que en su teoría Giddens pretendió discutir y deslegitimar abiertamente, (a la postre con muy escasas consecuencias prácticas o políticas, de hecho después del gobierno de Lagos prácticamente nadie volvió a referirse a la tercera vía), hubo el reflejo de la inercia y la pura complacencia del pragmatismo centro-izquierdista.

De alguna forma el esfuerzo teórico de Giddens, no tuvo un correlato político a la altura, a no ser de ese puro tics de ofrecer a la audiencia o a la opinión pública una izquierda globalizada, moderna, a medio camino de la fatalidad neoliberal y de la inercia socialdemócrata.

De este modo, sólo cabría la posibilidad de poner en cuestión lo que hemos denominado como “progresismo líquido” (vale decir de ese progresismo que transitó desde el gobierno de Ricardo Lagos hasta el gobierno de Michelle Bachelet), siempre y cuando realice un cuestionamiento radical de esa cultura política duopólica y transversalista, que hegemonizó como una jaula de hierro toda la transición, impidiendo en gran medida avanzar en ese camino.

Replantear el progresismo desde una nueva óptica, pasa por entrever la importancia de este discurso de ruptura, el cual debe articularse necesariamente no a partir de una narrativa modernizadora como había ocurrido con el “laguismo” y en parte con el gobierno de Bachelet, sino que bajo la provocación del modernismo, esto es, retroalimentar un propuesta política avanzada no desde lo tecno-económico, sino desde la perspectiva de la ruptura cultural, desde la autonomía y los derechos de los sujetos y la exposición de lo público a su radical transparencia. Es decir, donde lo publico se encuentre muy a buen recaudo de lo privado.

La narrativa “laguista” y el “discolismo” fueron parte de un mismo ethos: la diferencia es que el primero travistió el discurso progresista en una pura maquinaria de la modernización estatal, mientras que los segundos hicieron del progresismo una travesura mediática, un espectáculo para aquellas audiencias proclives al disgusto con el oficialismo integrado a la globalización. En otras palabras, el girardismo y los otros, nunca establecieron en forma decidida y frontal la contradicción entre ambos términos, al contrario, parecía que les acomodaba esta incongruencia o, para decirle más derechamente, esa bipolaridad entre un gobierno que se planteaba como el espejo de la globalización y una disidencia que hablaba a los “patios interiores” de la política, pero de una forma meramente testimonial, esto es, a partir de la pura protesta mediática.

La encrucijada del progresismo en gran medida está en camino de ser resuelta, siempre y cuando los protagonistas históricos de esta ardua disputa abran paso a una reforma profunda de la política, política marcada a fuego por la transición y sus “equilibrios” de poder, y estén a la altura de sus propias contradicciones y logren concebir una praxis de la urgencia acorde con las transformaciones y los avances que necesita la sociedad chilena. Dicha tarea, por cierto, implica desprendimiento, humildad, autocrítica y, sobre todo, la indignación moral necesaria para enfrentar la inercia y el aburguesamiento patrimonial que suele generar una praxis política condescendiente con el status quo y los privilegios propios de la elite durante muchos años.

TESIS SOBRE EL NIHILISMO NEOLIBERAL

1.- Chile claramente es una sociedad desigual. Socio económicamente hablando, más allá de los estudios de mercado y del comportamiento de los consumidores y de otros parámetros, nuestro modo de vida está más o menos estructurado en castas corporativas o grupos de poder. La casta militar, la casta política, la casta empresarial, la casta eclesiástica, entre los más decisivos o dominantes. La estructura de poder y de mando de la sociedad chilena, pasa necesariamente por las pulsiones de estas castas, por sus intereses, sus ambiciones, sus temores o por su capacidad subterránea de mantener en interdicción todo verdadero aliento o afán democrático de los ciudadanos comunes y corrientes. Estar fuera de la estructura de poder, es ser parte de la ciudadanía abierta, ciudadanía la mayor de las veces seducida o condicionada por los aparatos de comunicación masiva y toda su lógica de estandarización y nivelación de deseos. A estas castas algunos suelen denominarlas “poderes fácticos”, como si éstos se superpusieran a una estructura de verdad democrática, la que siempre supuestamente ha estado ahí, para diluir, precisamente, el poder o la dominación. Ni por asomo se ha tratado precisamente de eso, antes bien se ha tratado de mantener la perpetuación de las elites y de su perenne status quo.

2.- Los aparatos institucionales del Estado funcionan (siempre funcionan en un determinado sentido), para que dichas estructuras de poder o de dominación no sufran transformaciones o cambios que la desestabilicen o la diluyan. Más bien, todas las instancias estatales de intermediación o de fiscalización entre los intereses económicos y la ciudadanía, no tienen otra misión que la de no alterar las reglas del juego al servicio de la dominación o del control del capital y del mercado.

Superintendencias, ya sea de isapres, afp u otras, en tanto instituciones “públicas” que se rigen o se limitan a “resguardar” el cumplimientos de reglas (que en general favorecen directamente la rentabilidad privada), efectúan ante la ciudadanía el simulacro de su defensa, la simulación que existe un cierto “equilibrio” de poderes, una cierta voluntad del soberano por preservar lo “general” o el bien común. Lo cual es pura fantasia o, en el mejor de los casos, pura filosofía política siempre fuera de foco, siempre viviendo en la abstracción teórica o ideológica. A la postre, las “instituciones” en la sociedad neoliberal, funcionan al servicio de los grupos de influencia y de poder.

3.- De este modo, la empresa privada no sólo tiene de su lado esta burocracia estatal, que entre comillas la fiscaliza, también suele no cumplir sus propias reglas mediante la estrategia de la “letra chica” u otros actos económicos fallidos, los cuales son la manifestación más concreta y cotidiana de la inequidad de origen de los compromisos o los contratos entre entidades corporativas y los simples ciudadanos. De esta forma, cuando el poder de estas entidades y de sus mecanismos de presión, cae sobre ciudadanos o consumidores, no hay instancia real de defensa para ellos; su bendito derecho a pataleo no es más que eso, un simple arrebato de desesperación que cae, la mayor de las veces, al tacho de la basura o la hoyo negro de los infinitos “reclamos” ciudadanos. El libro de reclamos de Chile de seguro que seguirá creciendo mucho más que la economía neoliberal en vigencia.

4.- La concentración del poder y la desigualdad en Chile ha acentuado hasta la exasperación esta forma de sobrevivencia ciudadana. Por un lado, se nos hace sentir la sensación que, en tanto consumidores, estamos disponibles por igual a todos los supuestos beneficios del consumo masivo, desde el cachivache más insulso hasta las más platinadas tarjetas de crédito. Así vivimos la estúpida ilusión que todo se haya a nuestro bendito alcance.

Todo es cuestión de dar curso a nuestros deseos y anhelos incondicionados de consumo, en función (no faltaba más) de la realización personal más completa. En muchos casos, estas experiencias extremas de consumo, se han visto frustradas y violentadas por las estrategias de las estafas, que suelen ejercerse contra aquellos “clientes” más crédulos acerca de las bondades y los beneficios del sistema. Las ovejas más obedientes son las presas más fáciles y dóciles para el sistema.

5.- Sin exagerar, se podría afirmar que experimentamos una estafa permanente y cotidiana. Sin ir más lejos, los sueldos de los sectores medios y bajos son esquilmados mensualmente por los abusivos descuentos de las AFP y del negocio cotidiano de la Isapres. Sería mucho más probable que el ahorro voluntario y libre de esta institucionalizada coerción, resultaría a fin de cuenta mucho más beneficioso para los trabajadores. Salta a la vista que esta verdadera “expropiación” del salario, es la estafa institucionalizada por excelencia. En palabras simples, AFP o Isapres, hacen un negociado prácticamente a costo y riesgo cero, gracias al robo o recorte legalizado de los sueldos y salarios. Al mismo tiempo, la libertad de elegir aquí no existe, los privados nos “eligen” a nosotros para solventar y sostener este peculiar “emprendimiento”. Dios no ha muerto para estos exquisitos y solazados emprendedores.

6.- El significado profundo de la economía neoliberal radica en este tipo de ejercicio coercitivo (y conste que se dice liberal). Estamos frente al espectáculo de una productividad o performance económica de bajos costos en lo que respecta al capital, pero de altísimos costos en lo que se relaciona con las estructuras sociales y la vida cotidiana. La economía neoliberal necesita de esta esquizofrenia social, de este desquiciamiento que hunde lo social en un hoyo negro y donde la política cumple una función decorativa o bien genuflecta, por no decir derechamente, prostibularia. Pues salta demasiado a la vista que entre lo privado y lo público ya no existe ninguna huella demarcatoria, ningún indicio que hable de una radical diferenciación, ninguna marca que nos señale que son vías en conflicto. Lo público y lo privado van de la mano y suelen fornicar con demasiada frecuencia en esta particular visión de la economía y la sociedad.

7.- La economía neoliberal se ha especializado en la política del chanchullo, (el sustrato oscuro, no explícito, de la relación entre empresa y cliente), la que establece la exquisita perversidad de la “misión” del servicio al cliente y que modela a su amaño una tabla usurera de intereses y comisiones especulativas, sin control ninguno, coludida con la genuflexión sistémica de las instituciones públicas. A la postre, el tímido asistencialismo de los gobiernos de la Concertación (la llamada política social), permite que estas políticas de protección social, no sólo cohabiten en forma condescendiente con esa usurpación neoliberal, sino que la legitimen abiertamente, en la medida que no ocurrió ningún cuestionamiento de fondo a esa letra chica que modela y estandariza el negocio, suponiendo que con ello se iba cuestionar el modelo económico en su conjunto. Se trataba, en forma primaria, de develar la mano negra bajo la cual se encubría el “producto” y la naturaleza del negocio, antes de su exhibición y de toda su pirotecnia publicitaria.

8.- Aquí en realidad se vende todo, la gratuidad es un insulto y un malentendido. Aquí no sólo se ha instituido la miseria de la economía sino también, y sobre todo, la capitulación del discurso sociológico. La sociología como discurso analítico y crítico ha muerto en medio de la maraña de la academia privada y la rentabilidad de las asesorías públicas. En medio, precisamente, de esa zona gris, donde no se sabe dónde comienza lo privado y termina lo público y dónde termina lo público y comienza lo privado. Una equizofrenia que solo sirve al poder y los intereses creados. Así, el insumo necesario para pensar o cuestionar la realidad se ha vuelto escaso, ha desaparecido en gran medida del horizonte cognitivo, donde la mercadotecnia despliega su arrogancia vacía y publicitaria e instituye la verdad práctica y vendible. La capitulación de la inteligencia o de la razón crítica, ha dejado en el completo desamparo el devenir ciudadano y social. El desierto sigue creciendo a costa de la obsesión por el enriquecimiento personal, el nihilismo político y la ganancia desmedida.

9.- La Educación Superior se hizo accesible a todos, como una bendición o maná, gracias al endeudamiento de por vida de los jóvenes. La revolución “pinguina” del año 2006 también se privatizó en medio de la maraña de los ofrecimientos y las promesas mercantiles. Lo que genuinamente más crece en el país es la gran deuda estudiantil masificada, la que se irá transfiriendo irremediablemente a un Dicom universitario de por vida: es la forma como el mercado logra cautivar y someter el futuro de nuestros jóvenes, que en el camino se percatarán que han perdido toda esperanza o la posibilidad de ser mejores sujetos. El Estado y el mercado neoliberal no tienen otra pretensión que liquidar los sueños y los anhelos genuinos de reforma en todos los ámbitos de la vida.

La reforma universitaria y la revuelta estudiantil por una educación pública de calidad, son la pesadilla del neoliberalismo, el recuerdo que existían otras formas de cooperación y de relación entre los individuos y las instituciones. Es el recuerdo de eso que llamamos “republicanismo”.

10.- Regimentar la vida sólo a partir de la economía y de la ganancia, es el círculo perverso del universo neoliberal. Es su razón de ser o su leit motiv, más allá de su espacio de “privacidad” para cultivar su moral, por lo general de un catolicismo revenido, pechoño o simplemente de pacotilla. Lo sagrado, el misterio de la existencia o lo ancestral, están lejos de ese culto relamido para resarcir las culpas o la mala conciencia bajo el alero dominical de la iglesia. El universo neoliberal y sus sostenedores debieran darse por enterado que sus tropelías nunca serán redimidas por ningún cristo, pues hace ya bastante tiempo que el crucificado fue liquidado por la propia institución eclesiástica. El neoliberalismo sólo será redimido por un ejemplar de la especie Karadima y de su clan.

11.- La premisa básica del universo neoliberal es que los negocios están sobre o por encima de los seres humanos. A partir de ahí resulta absolutamente natural que el juego de las decisiones sobre qué hacer o no hacer sobre el desarrollo de las medianas o grandes inversiones quedan bajo la operación de poder de una tríada: el secretismo sacrosanto de lobbistas, empresarios y políticos. Esta componenda o asociación sui generis constituye el “abc” de la capacidad o la voluntad de imposición de un determinado proyecto empresarial sobre los legítimos cuestionamientos de una comunidad o de agrupaciones ciudadanas que se verán afectadas. La alianza sacrosanta cree en su negocio, sabe que las ganancias a corto o mediano plazo estarán aseguradas por las “reglas del juego”.

Para la sacrosanta alianza, el deterioro del medio ambiente, la salud de una comunidad o la sobreexplotación de los recursos naturales, no son más que las externalidades o los costos propios asociados a la naturaleza de los negocios. He aquí donde se expresa con mayor fuerza la especial “humanidad” del universo neoliberal, su entrega incondicional a los valores “supremos” instituidos por el lucro.

II PARTE

LA CONVIVENCIA FRACTURADA

Como lo hemos venido diciendo a lo largo de estas líneas, la aguda intimidación de lo público ha venido de la mano con la pérdida irremediable del significado ético de la política.

Para parafrasear a Tony Judt, “algo anda muy mal” en la sociedad chilena, pues la política o más bien, “la miseria de la política”, es también reflejo, significado o síntoma, de la sociedad en la cual ésta se encuentra inserta. La pura acumulación, la competencia, el exitismo, por un lado, o el endeudamiento, la inseguridad, la exclusión o derechamente la rabia, de vastos sectores sociales, por el otro, dan cuenta de una convivencia fracturada, de un desconfianza casi absoluta hacia aquellas instancias que debieran velar o procurar el bien común. Una sociedad donde se ha instaurado definidamente el cinismo, pues se apela casi candorosamente a los consumidores en general a través de todos los medios, y en forma cotidiana se violenta contra los derechos básicos o la dignidad de las personas en la variedad de los “servicios” a las cuales éstas acceden. Una sociedad que sólo mediante el expediente del ethos del consumo, pretende hacer desaparecer por arte de magia la violenta desigualdad que está instalada en el país, es una frivolidad malsana o de una indolencia profundamente sospechosa.

Durante muchos años hemos venido hablando de que “los pobres no pueden esperar”, y siguen perpetuamente esperando al igual que los personajes de la obra de teatro del gran Samuel Beckett. Sin embargo, tenemos una elite que día a día, que mes a mes y año a año, incrementa su fortuna o, en su defecto, mejora todavía más sus ingresos y no acusa recibo de que hay algo anómalo o impropio en la forma en que ha ido haciéndose a si misma.

Definitivamente, pareciera que nuestra elite está enajenada en la construcción obsesiva de su patrimonio, en un amor enfermizo por la acumulación de sus bienes, independientemente que tenga un fuerte compromiso con su “fe” religiosa o haga aportes significativos a la “caridad” social. No obstante, ambas conductas que parecieran reflejar la “moralidad” y el compromiso con los pobres, no remedian ni muchos menos alteran o dejan sin afecto la indolencia profunda ante la desigualdad y la necesidad de modificar el modelo social y el reparto de la riqueza.

Hacemos caridad y ayudamos a los pobres, pero nada tiene que cambiar, todo tiene que seguir perfectamente igual. Y los pobres no dejan de ser pobres. Al parecer nuestra elite, no está en condiciones de dar un paso hacia adelante, su ortodoxia económica les dice que los pobres y los problemas sociales desaparecerán del país en forma automática, una vez que el “crecimiento” sea sostenido en el tiempo. Con ello nos están diciendo que la economía es la única herramienta “eficaz” para resolver el problema y que todo lo demás es una mezcla de populismo o estatismo disfrazado. En otras palabras, no sólo no están en condiciones de hacerse ninguna autocrítica, sino que creen a pie juntilla que lo que aportan al país es mucho más que suficiente, y que el resto de los ciudadanos debieran estar agradecidos. No saben que están profundamente equivocados.

Por ello mismo, es que resulta inexplicable que una sociedad con altos índices macroeconómicos y que se vanagloria con una “imagen país” absolutamente autocomplaciente respecto de sus “metas” logradas, no existan suficientes hospitales bien equipados, que el equipamiento y la calidad de la educación pública sean un verdadero desastre, que la juventud de clase media o media baja chilena esté sometida por años al flajelo del endeudamiento, que nuestro “justo” sistema financiero sea uno de los más perversos, o que se contamine en forma irresponsable a comunidades enteras, entre otras tantas inequidades, resulta a lo menos cuestionable que si nuestro gran “éxito” económico se ha construido y tiene razón de ser sobre la base de una usurpación de esta magnitud, no sólo carecería por completo de legitimidad, sino estaría sustentada, lisa y llanamente, sin la más mínima base ética. Es decir, estaríamos viviendo bajo un fraude y bajo una gran mascarada. Y, lo que es peor, avalado absolutamente por “nuestras instituciones”.

Por eso, es que decimos que algo está muy mal en lo que hacemos como país y lo que hacemos a nuestros jóvenes y las futuras generaciones. Pero también sabemos que los complacientes de uno u otro lado, nos dirán que todo aquello no es más que producto de los logros del “desarrollo” económico y, en consecuencia, de una modernidad que se ha instalado abruptamente en la realidad del país. De este modo, estaríamos mal o más bien disconformes, no por falta de “bienes” de consumo o de acceso a los más diferentes servicios, sino por excesos de ellos.

En cierta manera, tienen algo de razón, porque la sociedad chilena ha sido tomada presa y colonizada por don grandes estrategias comerciales: la expansión acelerada de los Mall y las cadenas Farmacéuticas. El sentido de la realidad de los chilenos, ha sido determinada decididamente por la presencia omnímoda de estas dos grandes retail, los que logran, gracias a su insistencia paradigmática en la vida cotidiana de los chilenos, la construcción de un imaginario social, de una estandarización de conductas volcadas a la satisfacción corrosivamente individual.

La paradoja de esta estandarización es que se alimenta precisamente a partir de los extremos, pues justo en medio de ambas, (entre el Mall y las farmacias), está el mundo del trabajo o del subempleo, es decir, el stress, la inseguridad, la precariedad o el miedo, sirviendo estos extremos como vías de escape o de salida, de una sociedad y de una cotidaneidad sometida al rigor del consumismo. Así, en vez de construir modernos y equipados hospitales públicos, establecimientos educacionales o grandes y seguros espacios públicos para mejorar la seguridad, la convivencia, la salud o la educación, construimos Mall con el único propósito de satisfacer la obsesión y la acumulación consumista, donde niños y adolescentes son hipnotizados con la comida chatarra. Y se construyen más farmacias para el aliviar en algo el strees o recuperar parte de la seguridad y la salud que se ha ido perdiendo de forma irremediable.

La raíz, precisamente, de nuestra convivencia fracturada, es esa distorsión o falacia estructural de la sociedad chilena. Esa falta absoluta de prioridades es lo que nos está llevando a una sociedad volcada sobre si misma, una sociedad con falta de decencia y de ecuanimidad, una sociedad que se aísla y se mira en la frustración y el resentimiento de los que miran pasar el bienestar y la opulencia ajena, al otro lado de la vereda. Una sociedad con escasos o muy insuficientes lazos comunitarios o de proyectos en común.

En definitiva, es lo que perfectamente podríamos llamar una sociedad ad portas de caer en el “autismo social”, en la incapacidad de entender a los otros y solidarizar con los que están más abajo en la escala social, casi a punto de caer en el vacío o la nulidad marginal, que lleva indefectiblemente a la droga o a la delincuencia. Mientras tanto, la indiferencia institucional, sigue su propio derrotero, sigue cumpliendo su servicio “políticamente correcto”. ¿Será correcto?.

En cierta forma, nuestra sociedad está siendo doblemente asaltada, primero, por una elite indolente, autocomplaciente y presumida y, segundo, por la delincuencia de una juventud vacía y con carencia absoluta de esperanza. Los primeros saben sobradamente lo que hacen, los segundos fueron arrojados a los basurales de la falta de sueños y de la posibilidad de una vida mejor. Los primeros, acumulan “elegantemente” su dinero, los segundos, lo obtienen en el vacío y en el páramo de la violencia. Son, por cierto, los extremos, pero ambos extremos expresan la fractura profunda de nuestras placas tectónicas.

Por eso es que se gastan y se dilapidan millones y millones en campañas publicitarias, millones y millones en largas campañas políticas, millones y millones en todo tipo de comisiones o asignaciones, millones y millones de pesos en lobbistas y asesores, de las más diversas índoles, para seguir ganando influencia y poder al interior de la sociedad. Es decir, para seguir siendo parte de una elite opulenta y jactanciosa, que mira al resto de la sociedad bajo el hombro, a ratos con desdén, a ratos compasivamente, pero siempre como algo muy distinta a ella misma, como aquella realidad que nunca seria capaz de ofrecer a sus hijos o a los amigos de sus hijos.

Así, ese impulso irreprimible por el dinero es consecuencia que a la gente se la hecho creer que Chile está completamente bollante en ese recurso y se tiene la sensación que con cierta pericia embaucadora o alguna habilidad especial en el “emprendimiento” se podría obtener éste a manos llenas. Y el “culto” a esa forma de entender la vida y el éxito en la vida, se transforma en un motor ciego y carente de propósitos, más allá de la satisfacción estrictamente personal y familiar. De esta forma, los “negocios” y la manipulación “gerencial” siguen creciendo y, en la sociedad, crece el páramo, la frustración y el extrañamiento entre los individuos.

El país o nuestra sociedad, no puede solamente entenderse como una gran y gigantesca clientela, que su motivo primero y último sea la adquisición de bienes de consumo. Esa visión de la sociedad como si sólo fuera un gran mercado, es creer que los ciudadanos son unos idiotas, incapaces de desear y de pensar a partir de ellos mismos. Incapaces de ser libres y de tomar sus propias decisiones.

En la sociedad chilena se ha entronizado esa visión “gerencial”, la idea que el poder del dinero o del lucro, es el centro que ordena el sentido de las posibilidad humanas. Es decir, el leit motiv mediante el cual los individuos deben rendir casi una suerte de pleitesía, pues si no se cuenta con él somos prácticamente unos parias. El poder del dinero y el poder de los poderosos, es un relato que golpea sin piedad a una mayoría de ciudadanos, que ya no están dispuestos ni disponibles a ser gobernados de acuerdo a las reglas de las minorías opulentas, que siguen pretendiendo que la marcha de las cosas continúen en forma invariable bajo su control autoritario y mediático.

El punto es que estas minorías elitarias, no parecen proclives a ceder nada de su poder, al contrario, mientras más ven crecer el descontento y la desobediencia a su alrededor, más se creen con el “derecho” de que hay que “reestablecer” el orden y volver a que las cosas vuelvan ser a como “siempre” han sido.

Esa conciencia extremadamente conservadora de lo perenne o lo inamovible, no deja de ser un sentimiento profundamente anti-democrático, que no entiende que la vida en sociedad en un juego de reglas que tienen que ser iguales para todos. La sensación de sentirse superiores o distintos al resto, es seguir completamente ciegos al mundo que estamos viviendo. La realidad del siglo XXI exige que esta mirada ya casi cavernaria termine por ser depuesta.

Como lo dijimos en líneas anteriores, en relación a nuestras placas tectónicas, el temblor social y ciudadano se encuentran a la vuelta de la esquina. Nuestra convivencia fracturada, a partir de esa visión gerencial y mercantil, alejada de toda ética, ha llegado a un punto sin retorno, en la medida en que los responsables políticos, económicos e institucionales de este modelo desquiciante, no sean capaces de entender el sentido democrático y de equidad que porta el descontento y la protesta ciudadana.

El mundo del siglo XXI es otro, y cual más cual menos, todos tenemos el legítimo derecho de vivir en él libre y dignamente.

EL ETHOS REPUBLICANO

Hemos hablado de la jibarización o del deterioro profundo del Estado chileno, pero no en el sentido que haya dejado de ser conservadoramente coercitivo o sólo de su reconversión en “subsidario-concesionario”, sino en su capacidad y en su legitimidad de construcción de lo público y de la experiencia colectiva común. De alguna manera, nuestro “estado” societal actual es su falta casi absoluta de civismo o de lo entendemos derechamente como lo “republicano” en el más estricto de los sentidos. Lo “repúblicano” como nuestro más genuino y peculiar “relato” histórico, el ethos secular chileno que se fue construyendo a contrapelo de lo clerical, lo autoritario y lo conservador.

En efecto, el Estado laico y el Estado docente fue su primera gran realización, que tuvo en Lastarria, en Vicuña Mackenna, Barros Arana y tantos otros, su prefiguración teórica y práctica, hasta su culminación trágica en el gobierno de Balmaceda, que no fue más que la resistencia violenta de las clases privilegiadas, al republicanismo democrático y modernizador, que había cometido el “sacrilegio” de separar el Estado de la Iglesia. En una segunda instancia, el republicanismo tuvo su mejor expresión a través del Estado de compromiso, del “gobernar es educar”, impulsado por el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, y una tercera realización, en el “reformismo social” iniciado por el gobierno de Eduardo Frei Montalva, y que terminó abruptamente con el golpe de estado al gobierno de Salvador Allende.

En otras palabras, el ataque ideologizado y neoliberal al Estado chileno, en estas últimas décadas, es un ataque al sentido de lo republicano, al ethos de lo secular y de lo laico que se expresa en una vocación por lo cívico, la participación activa en la vida pública y en el espacio público. Pues, ese mismo ataque al Estado también lleva consigo el descrédito de la vida colectiva y organizacional, en pos de la privatización o la domicialización de la vida pública, de una vuelta a la valorización conservadora de la familia y del mundo privado.

El sentido de lo republicano y de lo cívico, sin embargo, no ha desaparecido de la sociedad chilena, si bien ha sido sometido a una intensa demolición, permanece como un patrimonio tangible en sus más variadas formas y procesos, pues en el fondo se trata de un “relato” histórico, de un ethos cultural que está presente como memoria y realidad, particularmente en lo que entendemos como espacio público. De este modo, el bellas Artes, la plaza de Armas, el Mercado y la Vega central, el parque forestal, el cerro Santa Lucía, el San Cristóbal, la plaza Italia o los más tradiciones barrios capitalinos, representan a cabalidad esa realidad que da sentido y forma a la experiencia común y la sociabilidad. Así, sin la Universidad de Chile, el Instituto Nacional, el Barros Arana o el liceo José Victorino Lastarria, aquella construcción histórica cultural no habría logrado encarnarse en la sociedad chilena.

Una sociabilidad que por importantes décadas, por lo que hemos dicho, fue patrimonio principalmente de una clase media ilustrada, que hizo del civismo y de la preocupación por lo público su vocación y su destino, pero que pecó de mucha estrechez y limitación social, pues en gran medida el sentido de lo “republicano” (en este período de hegemonía neoliberal), provino con una renovada fuerza y empuje, desde el mundo popular, y no precisamente del mundo que lo portaba históricamente.

No es de otro modo como habría que entender todo lo que ha aportado el concepto de la cultura “huachaca” y la promoción activa de la misma que ha llevado adelante el “ciudadano” Dióscoro Rojas en la preservación y la divulgación masiva del ethos republicano. En otras palabras, el mundo que debió haber salido en su defensa, es decir, la clase media ilustrada, no sólo ha sido desconstruida en este período histórico, sino que ha sido bastamente superada por este nuevo protagonismo popular.

Lo “huachaca”, en su activismo republicano, ha vuelto a reponer en la sociedad chilena y en su sentido, el reencuentro con lo público, un reencuentro que no sólo se vuelve a conectar con lo “ilustrado”, sino a una reeinvención lúdica y hedonista de la sociabilidad.

El rescate “huachaca”, ha venido a poner en el tapete lo festivo de ciertos espacios públicos, a reelaborar lo “republicano” a partir del mundo popular, sin complejos de ninguna especie, con una autonomía que no ha tenido que echar mano a ningún discurso ilustrado, a ningún paternalismo proveniente de las clases “superiores”, sino que asumir a “concho” su propia vocación popular y folklórica; pero este caso muy lejos de los manierismos culturales, los que suelen dictar “cátedra” sobre lo correctamente popular, o lo correctamente folklórico, según su versión conservadora.

En lo “huachaca” está la tradición, pero perfectamente bien podría no estarlo, pues lo festivo es el puro gozo del compartir, de “entonar” la sociabilidad mediante lo que podríamos llamar “ritos” huachacas, los cuales no sólo hacen alusión a tomateras o comilonas, sino que a expresiones artísticas populares. De esta forma, lo “republicano” no ha perdido su sentido, ha perdido eso sí su gravedad discursiva, su aura institucional, su rito casi exclusivamente ligado al pasado.

En otras palabras, mucho más que la mera apelación a lo Patrimonial, lo “republicano” y su revalorización, apela al reencuentro, a la experiencia común, al uso y el abuso del espacio público, ampliando así un ethos que había pertenecido históricamente a nuestra clase media ilustrada, no sin cierto formalismo o civismo, reducido a una experiencia colectiva generalmente seria, cultural, básicamente apolínea.

Es cierto, el Teatro Nacional, el Bafona, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Neruda, por nombrar lo más emblemático, están en el centro de esa construcción simbólica, y que en gran medida fue llevaba a cabo por sectores medios y medios bajos, pero esa misma composición social legitima, si se quiere, una versión más hedonista y dionisiaca de nuestro ethos.

Está ampliación de lo “republicano”, también es posible hacerla extensiva a toda una nueva vocación por lo público, entre las cuales habría que mencionar los “defensores” de la ciudad, los grupos que defienden, reivindican y amplían el uso urbano de la bicicleta, los grupos ambientalistas, o los que usan la calle como soporte y como espacio para desarrollar las más diversas actividades artísticas.

Incluso, siendo un extranjero, el profesor Marcelo Bielsa, en su fructífera estadía en el país (2007-2011), dejó su propia impronta “republicana” entre los hinchas chilenos, basada en gestos y ritos que tenían como destino la gente o la comunidad. Y no se trataba, precisamente, de lecciones de fútbol. Claramente la visión de mundo de Bielsa, entró en conflicto con la visión mercadista y “apatronada” de toda una nueva dirigencia deportiva empresarial. Esto lo grafica perfectamente bien, Marcos García de la Huerta cuando opone la “res pública” a la “cosa nostra”. El punto es que la “cosa nostra” atraviesa con su barbarie impune toda la sociedad chilena.

Todas esas experiencias o actividades apuntan a que los ciudadanos se sientan partes de un colectivo, parte de un ser social que construye comunidad, que interviene y se apropia de su ciudad sin miedo, alegre y placenteramente, confiriendo sentido a la vida en común. De este modo, la sociabilidad no estará vacía ni estandarizada, sino disponible y abierta al encuentro de los ciudadanos. Los “otros” ya han dejado de ser la amenaza constante o la extrañeza de lo que significa ser distintos o diferentes.

En momentos es que la experiencia de lo colectivo y la convivencia social, había sido puesta en cuestión por la ideología individualista, nuestro capital simbólico emergió todavía con más fuerza, no como una mera forma de recrear o recordar nuestro “espesor” cultural, sino que como nuestra peculiar manera de resistencia al dominio y a la alienación neoliberal, y a toda la política transaccional y de cuatro paredes, muy propia de nuestras “instituciones”.

Aunque les pese a los poderosos, los ciudadanos existían, no todos marchábamos hacia los Mall. La fatua fantasía del Mercado que quiere que sólo existan “clientes” y consumidores, se ha ido al tacho de la basura. Existía la plaza pública, existía el reencuentro ciudadano que ha resistido todo el embate ideologizado de lo privado y lo empresarial en casi todos los ámbitos de la vida, reduciendo y empobreciéndola hasta el límite del puro beneficio mercantil.

La demolición del “civismo” y de todo afán por lo colectivo, que comprende la sociabilidad y la participación, no logró consumar el objetivo de la “privatización total”, es decir, de una sociedad básicamente autista, volcada extremadamente sobre si misma. Una sociedad que se pretendía quedar sumida eternamente en la indolencia o en el olvido republicano.

ANATOMIA DE LA DESIGUALDAD

En el chile de hoy, la sociedad se encuentra sintomáticamente fragmentada en dos grandes mundos. El primer mundo pertenece a un sector social que durante las últimas décadas ha logrado construir un significativo patrimonio, influyentes redes sociales y un poder económico muy relevante. Un hecho no menor es que este sector social (que el mercado denomina ABC1 y C2), en forma si se quiere casi automática se identifica política y sociológicamente con la Derecha, más allá que algunos quieran hacer desaparecer por arte de magia las “adscripciones” y las representaciones de lo que llamamos Izquierda, Centro o Derecha. El segundo mundo pertenece a un sector social más heterogéneo y mayoritario, de sectores medios emergentes, bajos y populares (el mercado los agrupa en la nomenclatura C3, D y E), que durante estas décadas, paralelo a un importante acceso a la Educación superior, se define básicamente por su sobreendeudamiento, es decir, donde su construcción de vida necesariamente se sostiene sobre el crédito y la deuda. Estos sectores sociales, por un lado, no tienen una identidad política fuertemente definida y, por el otro, carecen de toda influencia o de redes significativas ante el poder político y económico que dirige el país. Se podría decir que su único gran poder se produce en el momento de las elecciones, pues allí la masividad de su voto adquiere una significativa importancia para la clase dirigente.

Decimos dos mundos o dos Chile, en gran medida contrapuestos, uno viviendo con grandes ingresos y status social, otro en medio de las inequidades producto de un sistema económico que cree que sólo el crecimiento es capaz de superar las grandes brechas y desigualdades sociales. Pero el punto fundamental de esta disparidad y anomalía mayúscula, es que el patrimonio acumulado y atesorado por el este sector social ABC1-C2 está en directa relación con la escasez y la pauperización de los otros, es decir, el patrimonio de las sectores de altos ingresos sólo se explica en la medida en que aquellos sectores sociales C3-D-E vivan endeudados, viviendo a préstamo, en lo posible, durante todo el resto de su vida laboral.

Esta estrategia perversa explica, en gran medida, porqué resulta de suma importancia mantener los sueldos genéricamente bajos a estos sectores, puesto que si obtuvieran sueldos medianos y relativamente dignos, gran parte de ellos dejarían el crédito y el sistema de crédito abusivo entraría en franca decadencia o crisis.

Dicho lo anterior, pareciera que el modelo económico impuesto en el país hace aprox. tres décadas, tiene su razón de ser precisamente en esa manipulación perversa, en esa trampa de poca monta, en ese juego legalmente sucio, pues salta a la vista que mientras no haya un significativo incremento de los salarios de ese vasto sector de chilenos endeudados, éstos continuarán exponencialmente viviendo de las prebendas y de las migajas que ofrece “convenientemente” el sistema crediticio.

Es ahí donde radica el subsuelo de la desigualdad o de la miseria “ética” de la llamada “economía de mercado”, que para sustentar el enriquecimiento y la acumulación de los sectores altos, requiere que el resto se endeude hasta lo indecible, hasta vivir pensando que la única dignidad que tiene es que el “sistema” sea capaz de ofrecerle un nuevo endeudamiento, sin saber que su deuda y el pago permanente y constante de la misma, es lo que hace posible que los ABC1-C2 continúen con su acumulación patrimonial hasta niveles inimaginables.

Si esa lógica sistémica es mayoritariamente cierta, es comprensible entender que los mayores beneficiados de este círculo perverso, es decir, el mundo empresarial, no esté disponible para cambiar ni siquiera un ápice de este estado de cosas. El problema de fondo, sin embargo, es que ese “estado de cosas” se encuentra construido sobre el engaño, la indecencia y la más absoluta indolencia social.

Mientras tanto, el Estado subsidario para redimir en parte sus culpas diseña y ejecuta políticas sociales con el objetivo que hayan menos pobres, pero sin ninguna visión estructural respecto del conjunto de las inequidades que son propias del modelo. En cuanto que se define como subsidario, no tiene ninguna voluntad política de enfrentar o modificar en algo el modelo, pues dar una señal en ese sentido resultaría casi un sacrilegio o un atentado a los “principios” de la economía de mercado.

De esta misma manera es que las llamadas “políticas sociales” no tienen otro propósito que ser un mero colchón de contención, generalmente estacional, frente a todos los desequilibrios o crisis que suele “sufrir” la economía, (desempleo, alza de precios, etc.) dificultades que “curiosamente” repercuten siempre, en una primerísima instancia, en los sectores más vulnerables y de bajos salarios. En otras palabras, el Estado asume, bajo una especie de mala conciencia, que debe propender al gasto social, sobre todo en aquellos ciclos de una economía con problemas, pero no está en condiciones de enmendar rumbos estructurales, a no ser que no toque el modelo mismo, pues el modelo es un asunto de “filosofía profunda”.

Pero he aquí en que consiste la “filosofía profunda” del modelo económico imperante: consiste no precisamente en aquellas generalidades de la “libre competencia”, la iniciativa privada o del emprendimiento, consiste básicamente en que los negocios tengan “rentabilidades”, a lo menos, de 200 o 300%, que las tasas de interés promedios de Bancos y Financieras sean suficientemente altas, que las tasas impositivas de las grandes empresas sean irrisorias, que el retail opere fundamente a través de tarjetas de crédito o que las Instituciones de Educación Superior, tanto privadas como estatales, tengan los aranceles más altos del mundo, que las Afp e Isapres obtengan directamente sus recursos de los salarios de miles de trabajadores. Y que, por otro lado, el salario mínimo sea siempre lo más mínimo posible y que los sueldos de los trabajadores nunca lleguen a subir más allá de lo absolutamente prudente, pues si así llegará a ocurrir habría “desempleo”, inflación u otras calamidades milenaristas.

Lo que no dicen es que esa particular “campaña del terror”, tiene que ver con algo más de fondo, pues si efectivamente se hiciera más justicia con los trabajadores y las familias chilenas, subiendo equitativamente los ingresos, la rentabilidad y las ganancias en los “negocios” serían un poco más bajas a los estándares definidos por el mercado, es decir, que la acumulación, la utilidades y el aumento de la riqueza no serían los que el sistema tiene en su proyección de números y expectativas. En otras palabras, no sería el paraíso prometido de las utilidades.

Se trata, entonces, que los sectores adinerados y de altos ingresos, especialmente los empresarios y sus economistas, entiendan que los índices y los parámetros de sus negocios o emprendimientos, deben ser necesariamente más decentes y ecuánimes, es decir, más apropiados no a lo que supuestamente dicta el mercado, sino a una visión más ética e inclusiva de la sociedad. En otras palabras, que más allá de guiarse por la visión sacralizada del mercado y de sus valores, se trata de responder a estándares mínimos de equidad, ya casi impostergables para una mayoría no despreciable de chilenos.

No establecer esa mínima condición de eticidad, sería demasiado complejo el no enfrentar de una vez por todas el problema de fondo de la desigualdad de la sociedad chilena, y por ende también, el conflicto creciente de su legitimidad, pues seguiríamos aumentando peligrosamente el abismo entre los sectores sociales que necesitan entenderse en un contexto de legitimidad democrática. .

De esta forma, aquellos dos “mundos” que hemos descrito en líneas anteriores, en vez de haber ido acortando la brecha de las enormes diferencias en el ingreso, producto de lo que la élite ha llamado el importante éxito modernizador de nuestra economía de mercado, ha hecho a éstas todavía más profundas, transformando a Chile en uno de los países con las mayores inequidades en la distribución de los ingresos. Es decir, nuestros sectores ABC1 y C2, han continuado indefectiblemente incrementando su patrimonio como en una especie de espuma, en la misma medida que los sectores C3-D-E, ha mantenido sus ingresos sin grandes evoluciones, incluso han ido porcentualmente decreciendo dado el aumento constante del endeudamiento.

Así las cosas, el modelo económico social imperante, tal cual ha sido aplicado en todos estos años, no ha hecho otra cosa que establecer e incrementar una gran línea divisoria entre aquellos chilenos que valoran profundamente el modelo impuesto, debido a los importantes beneficios que a través de él han logrado durante el transcurso de una generación, y prácticamente un 60% de la población que, por el contrario, recibe del “modelo” la parte más ingrata, la zona oscura de la mezquindad, la exclusión o la desigualdad, con un salario promedio que no sobrepasa los 400 mil pesos.

Por todo lo que hemos dicho, resulta prioritario y fundamental pasar de la falacia ya demagógica de la “autorregulación de los mercados”, al establecimiento de reales estándares de equidad. Es decir, estándares de “decencia” para las instituciones públicas y privadas y, al mismo tiempo, estándares de “dignidad” para los ciudadanos. Alcanzar estos estándares de decencia y de dignidad en el seno de la sociedad chilena, implicaría cruzar las barreras de las iniquidades y de los arcaicos desequilibrios socio-económicos y políticos. Para que esto verdaderamente ocurra, se requiere que la clase dirigente chilena en su conjunto le otorgue una básica legitimidad al sistema a través de reformas estructurales impostergables.

Reformas en la institucionalidad económica, reforma tributaria, reforma política inclusiva, Educación pública regida por un Estado docente y no por el mercado o “sostenedores” privatizados; recuperar la visión estratégica del Estado en los recursos naturales del país. Fin, además, de las humillaciones a los ciudadanos y las familias chilenas, mediante el sistema créditos abusivos y usureros y de las altas “comisiones” y del lucro desmedido de las Isapres y las Afp. Abusos que a estas alturas parecen estar rayanos en la pornografía social.

La sociedad chilena requiere poner fin de una vez a todas estas humillaciones, no sólo por un tema de ética institucional, sino por un arcaísmo prepotente y decimonónico, que contracta de forma violenta con los discursos de la modernidad y de los índices macro-económicos supuestamente sobresalientes a nivel global. Ya no es ético ni estético seguir consumando impunemente la fragmentación y la división social.

Como lo dijimos en líneas anteriores, todo esto es posible si la elite y los sectores privilegiados logran entender que el incremento del patrimonio y de las riquezas no debiera sostenerse sobre la base de mercados especulativos y de ganancias desmedidas, pues ello cae directamente en la ilegitimidad. Ilegitimidad que está a la orden del día ante una ciudadanía crítica y muy bien informada sobre los mecanismos y las argucias del poder. Una ciudadanía que ya no se compra el cuento que nuestra política económica es el instrumento supremo y exclusivo que conducirá al país al desarrollo pleno.

Muy por el contrario, ya está enterada que ese “automatismo” economicista, que lleva operando casi cuatro décadas, no conducirá sino ha profundizar todavía más las inequidades y las grandes diferencias sociales.

Así las cosas, ha llegado el momento crucial y decisivo, de dejar definitivamente atrás una etapa histórica que se encuentra en un punto culminante y crítico de “legimitidad”. El modelo de sociedad chilena no puede ser el modelo de una sociedad anónima. La sociedad es una comunidad de ciudadanos libres, donde las instituciones no sólo deben responder a la ciudadanía, sino promover el bien común, la ética pública, el equilibrio social y el civismo inclusivo. A través de ese espacio de convivencia democrática, es que recuperamos la decencia y la dignidad ciudadana de cada uno de los chilenos.

POLITICA DE BAJA INTENSIDAD

Podríamos perfectamente afirmar, que mientras más rodeados de tecnología vivimos y más logramos consumirla, más pareciera que vivimos, como sociedad, de una manera cada vez más elemental, desprovista de contenidos o de valores que den sentido o significado a lo social. O, en otras palabras, como país combinamos “perfectamente” bien una fuerte inclinación por el consumo tecnológico con una estructura social llena de vacíos, inequidades y de abusos sistémicos.

Dentro del ranking latinoamericano, somos unos de los primeros en el consumo de tecnología, pero se trata básicamente del consumo de una tecnología de “bolsillo”, es decir, de un tipo de tecnología sólo al uso de lo puramente individual, productos tecnológicos que van, casi exclusivamente, desde celulares a automóviles. Se trataría de un consumo preferentemente narcisista, o de lo que Marshall Berman llamaba, de manera más general, producto de “una pastoral tecnológica”, es decir, de una forma muy primaria de “fetichización” de la tecnología, convirtiéndola en un proceso suficiente por si mismo. Sin embargo, sin bien a nivel de consumo masivo se ha desarrollado lo que llamamos una “tecnología de bolsillo”, el discurso institucional también hizo lo suyo al asumir una vasta interpretación de esa tecnología, ligándola en este caso a la construcción de un discurso o de un relato de sesgo tecnocrático.

No fue de otro como se articuló lo que la dirigencia política llamó en su momento “País digital”, una especie de gran “pastoral” tecnológica, digitada desde el poder político, que, entre otras lindezas, nos iba a proveer del gran “salto” en la educación que el país estaba requiriendo. Es decir, asumido el fracaso de la “reforma” educativa de Frei Ruiz Tagle, era necesario avanzar mediante una visión más sofisticada, a objeto de superar el retraso en ese campo central de nuestro desarrollo como país.

En otras palabras, mediante ese artificio tecnocrático, el poder político nos quiso hacer creer, que temas centrales de la sociedad chilena, como la Educación, se iban a resolver mediante el puro expediente de la tecnología, a través de la implementación de una gran red a lo largo de todo el país. De esta manera, la “reforma” inconclusa, iba a ser reparada, en el Gobierno de Ricardo Lagos, por este “salto” en el vacío de la tecnocracia, sin importar siquiera todos los problemas sistémicos e institucionales que implicaba abordar una dinámica como ésa. El saltó en el vacío, desgraciadamente, siguió su curso, hasta nuestros días.

Esa visión tecnocrática no sólo eludió o enmascaró aquellas problemáticas, (haciéndolas explotar en medio del gobierno de Bachelet), sino que estructuró una manera “institucional” de enfrentar los problemas sociales. De algún modo, mediante el expediente de la tecnología, la nomenclatura “laguista” pretendió morigerar una cierta visión puramente “política” de la gestión gubernativa. Esto también involucraba, en forma muy sugestiva, una mirada un tanto desdeñosa de la función de los partidos políticos, los cuales no necesariamente tenían que estar en la primera línea de la conducción gubernamental. Podían, incluso, ser visto más como generadores de problemas que de las soluciones.

La elaboración más específica de este modelo de gestión pública, está vinculado a la presencia teórica de importantes figuras intelectuales, entre las cuales cabe destacar la impronta de Fernando Flores, José Joaquín Brunner, Eugenio Tironi y Enrique Correa. A través de estos influyentes personeros se legitimó un discurso que vivía por dentro la “pastoral tecnológica”, es decir, aquella complacencia o prosternación ante el avance tecnológico, especialmente de los medios y de las comunicaciones. Probablemente, se pensaba que asumiendo a cabalidad esa zona de la “modernidad”, el país iría entrar en forma casi natural en el mundo de los países desarrollados.

En cierto modo, se trataba de una “creencia” para seguir coaptando a una elite política muy complacida con los resultados de la Transición política, dejando poco menos que en la prehistoria todos los discursos sociales y los conflictos políticos, semejantes a resabios primitivos de una era que ya había sido sobrepasada y dejada atrás por este proceso modernizador incontrarrestable.

A la vuelta de una década, cuesta creer que este discurso haya sido tan hegemónico durante la segunda mitad de los años 90, y siga, por cierto, incubado en una buena parte de nuestra elite política, que mira la resolución de los conflictos de manera muy acotada, a lo sumo bajo la supervisión de las llamadas “comisiones técnicas”.

Dicho discurso, sin embargo, tuvo en su momento, importantes y significativos contradictores. Cabe señalar en primer lugar, el ineludible texto de Tomás Moulián, “Chile, anatomía de un mito”, el ensayo de Jocelyn-holt, “Chile Perplejo” e incluso un texto sociológico no lo suficientemente valorado en ese particular contexto, como lo fue el libro de Manuel Antonio Garretón “La sociedad en que vivi(re)mos”. Garretón anota en una parte medular: “En síntesis, los problemas fundamentales del país post-transición tiene que ver con la organización de la polis, y la capacidad de conducción y de hacer que en la política se expresen los problemas culturales y sociales” En efecto, para la visión tecnocrática que estamos comentando, no existe prácticamente nada que se pueda expresar desde la ciudadanía hacia el mundo de las decisiones políticas, pues todas las decisiones y las acciones gubernativas se realizan por los expertos o los gestores, casi desde una cierta a-politicidad, siendo, incluso, en el mejor de los casos que así sea.

Pues, como decíamos, se trataba de dejar fuera la política, en el contexto de gobernar hacia el mundo empresarial, demostrando que se sabía mucho de economía, de crecimiento y de negocios, legitimando con ello una camarilla tecnócrata e importantes grupos de influencia supra-partidarios (Expansiva, entre otros).

Bajo este paradigma, el eslogan “Crecimiento con igualdad” resultaba una bonita frase sólo para la “galería”, porque en la práctica el predicado de la “igualdad” era el añadido, el sucedáneo, generalmente ingrato, de una gestión que se ejecutaba en el limbo por parte de sujetos supuestamente “iluminados”, mientras que en los potreros de la administración del Estado, la “chimuchina” política de repartía los cargos al por mayor y al por menor. Construyendo a partir de ahí, los innumerables “patrimonios” de la casta concertacionista.

De este modo, si bien en las grandes instancias de decisión, los partidos de la Concertación tenían prácticamente una nula influencia, en el área de la simple operación clientelista lograba realizar esa “fantasía”, ya bastante menor, por lograr las necesarias y las básicas cuotas de Poder.

En cierta forma, el fracaso político del Gobierno de Ricardo Lagos consistió, precisamente, en ese control “iluminista” que era capaz de lograr en las altas esferas de la decisión política, por un lado, y en el desbande descontrolado de una operación clientelista, sólo bajo la supervisión de partidos políticos funcionando, por decirlo de algún modo, en la “segunda división” de la gestión gubernamental, por el otro. A simple vista, el “modelo” vivía su propia fractura política, promoviendo dos mundos que a la postre iban entrar en conflicto. Parte del conflicto entre los llamados “complacientes” y los “autoflagelantes”, tenía como base esa división de los desempeños y de las capacidades en el gobierno de Lagos, siempre bajo el criterio de la sobre-valoración de la tecnocracia y el desprecio soterrado hacia la política, donde por su propia naturaleza, existe la deliberación y no sólo las certezas y las verdades “técnicas”.

Por lo anteriormente dicho, es que resultó bastante artificial la forma en que se pretendió superar esa fractura, mediante el expediente de la construcción de lo que se llamó el “progresismo”, pues con ello se estaba asumiendo de manera crucial que había que enfrentar las falencias políticas que describíamos a partir del texto de Garretón.

Sin embargo, la formulación de una práctica con ese renovado “espesor”, fue ante todo una expresión de deseos y de buena voluntad, antes que un verdadero cambió o giro en la agenda pública, pues resultaba bastante complejo modificar un paradigma muy caro para los sectores más liberales del “laguismo”. De tal suerte, durante el gobierno de Lagos, nunca hubo un “programa” progresista, ya que esto implicaba necesariamente jugarse a fondo por una plataforma política, y como ya estamos enterados, la política no era la herramienta disponible, sino la excusa o sólo la justificación que iba a dar cuenta, que los problemas sociales e institucionales seguirían posponiéndose o dilatándose con los años. Mientras que (ajena a esas urgencias), la política y sus administradores, ya se había transformado en la plataforma de un nuevo, pero completamente opaco patrimonio privado.

FORMAS DE SALIRSE DEL SISTEMA

Bajarse del automóvil es, de alguna forma, bajarse transitoriamente del sistema. Otra forma: vagabundear por la ciudad sin un sentido preciso, sin ese deseo estandarizado que suele gatillarse desde el dominio y el control mediático. Reinventar la vida cotidiana a partir de la lentitud, donde no debamos responder a ninguna “urgencia”, a ningún particular apuro, ni menos a un apuro por llegar “primero que nadie”.

Detenerse un poco más de la cuenta, mientras miramos lo que ocurre en la ciudad, sin pretender escaparse o pasar de largo, para que nadie sepa o sospeche que estuvimos ahí, fuera de lugar. Nos olvidamos que íbamos hacia un determinado lugar, nos olvidamos que teníamos un compromiso, una hora a la cual llegar y cumplir. Sin embargo, estuvimos dándonos vuelta durante mucho tiempo, estuvimos caminando a la deriva, sin condiciones, sin un destino fijo, sin una pauta o un sendero que llevara algún lado, pero, eso sí, sin la sensación de “estar perdiendo el tiempo”.

Pero claramente perdimos el tiempo, nos fuimos por las ramas y pasamos así la tarde entera. Si se quiere, no supimos como se nos fue la tarde y nos enfrascamos en fruslerías cotidianas.

De eso se trata, de perder el tiempo en lo cotidiano. Dejar por un buen rato, también, la “red” privada narcisista y salir al aire, al aire de lo abierto y de lo público. De ese modo estamos cambiando definitivamente el rumbo.

No hay posibilidad de salirse del mundanal ruido, si uno no toma medidas drásticas. No necesariamente cerrar nuestra habitación por todos lados y que no entre el ruido por ninguna parte.

En realidad no se trata que nos apartemos de lo ciudadano. De lo que queremos alejarnos es de una cierta forma de entender la vida y lo cotidiano, como si esta fuera una pura carrera afiebrada por tener éxito y ganar cualquier estupidez. Queremos apartarnos de una visión que ve la vida como un asunto de avanzar hacia delante y correr hacia una supuesta meta. Y esa meta no es más que la mascarada de un logro personal, pues la meta sigue a otras que nunca terminarán.

Salirse de ese espacio de la rutinización, donde el sistema quiere que todos andemos al mismo ritmo, que todos pensemos igual, que todos hagamos las mismas cosas, en circunstancia que la libertad es que cada uno vaya por su propio camino, que cada uno busque su propia experiencia, sin que la normen y la definan los que siempre controlan la vida de los demás.

Tenemos que tomarnos el derecho de seguir nuestra ruta, seguir el camino del descubrimiento y no dar cuenta a nadie. Lo viejos patrones que quieren controlar la vida deben quedar en el pasado, deben abandonar la pretensión de seguir dirigiendo con el único objeto de que nada escape de sus manos, o que sus manos sigan recogiendo el fruto que no les pertenece.

Por mucho tiempo se ha sido esclavo de las más diversas inquisiciones, ya era hora que le diéramos una vuelta y miráramos la vida sin condiciones, sin esas miradas torvas del poder, que amenaza y suele atemorizar. De eso se trata, en efecto, de mirar el poder con absoluta indiferencia.

En ese replanteamiento de lo cotidiano, es que uno no debe darse por vencido. Por el contrario, mientras por todos lados se intente que haya una regimentación y control sobre los ciudadanos, tenemos que reproducir el camino distinto, el desvío necesario hacia otra forma de convivencia, hacia otra forma de entenderse con los otros.

El camino trillado, el camino que quieren que sigamos a toda costa, ha quedado atrás, ha quedado en la oscuridad de la obediencia y la estandarización. En algún momento, los poderosos y los manejadores del mundo, se quedarán absolutamente solos, no tendrá a nadie bajo sus pies, a nadie que les cante loas o les rinda pleitesías. En ese momento de la libertad y del empoderamiento de los sujetos, el poder por fin caerá por su propio peso. Con ello, sin duda, terminará un nuevo tipo de esclavitud.

B I B L I O G R A F I A

Bauman, Zygmunt La sociedad individualizada, 2001

Giddens, Anthony La tercera vía, 1998

Garretón, Manuel A. La sociedad en que vivi(re)mos, 2000

García de la Huerta, Marcos Pensar la política, 2003

Giannini, Humberto La reflexión cotidiana, 1995

Lechner, Norbert Los patios interiores de la democracia, 1990

Lipovetsky, Gilles La era del vacío, 1986

Judt, Tony Algo va mal, 2010

Moulian, Tomás Chile actual, anatomía de un mito, 1997

Subercaseaux, Bernardo Chile, ¿un país moderno?, 1996

 
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