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La “clase política”, la “política”, “los políticos” y el Movimiento Social en Chile por César Cerda Albarracín

“La clase política está ciega y sorda”, señalaba el Presidente de Adimark, el sociólogo Roberto Méndez, director del Banco Santander y miembro de la directiva de Renovación Nacional, en una extensa entrevista concedida al diario “La Tercera”, el día sábado 9 de julio. Similares comentarios, había realizado pocos días antes al periódico “El Mercurio” de Santiago del 24 de junio. Méndez, cuestiona el diseño político del gobierno, el desempeño del gabinete y critica a los dirigentes de la Alianza y la Concertación, que en su opinión “están divorciados de la realidad del país”. Por otro lado, el Vicepresidente del Senado y senador socialista por la VI Región, Juan Pablo Letelier, en una entrevista al diario electrónico “El Mostrador” el día 13 de julio, señalaba; “La clase política o comprende la demanda ciudadana o viene el reventón del sistema político”. Por su parte, a raíz de la encuesta de Adimark de comienzos del mes de julio la militante UDI y ministra del Trabajo Evelyn Mattei, exclamaba el día 9 a través del mismo medio, de que; “la ciudadanía esta “cabreada” de la clase política.” Agregaba más adelante: “la clase política debe entender la molestia que existe en la ciudadanía”, la cual se refleja en los bajos niveles de respaldo y aprobación al gobierno, afirmando que este es un llamado tanto a la coalición gobernante como a la oposición. El comentarista, Cristián Warnken, en su habitual columna de opinión de “El Mercurio”, el día 12 de mayo, comentaba que, “La clase política ha privilegiado sus agendas de corto plazo en vez de focalizarse en los temas estratégicos que de verdad importan”.

A los comentarios anteriores, se suman numerosos artículos que circulan por diversos medios de comunicación, como el de Rafael Luis Gumucio, “La clase política dominante y el sistema binominal de elecciones”; o el de “La clase política y los indignados de Chile” de Ricardo Viteri, etc. etc. Al mismo tiempo, en grupos de debate televisivos, periodistas, e incluso en conversaciones académicas, el concepto de la “clase política”, se ha vuelto a masificar, como nunca antes en el lenguaje político nacional, desde hace mas de 20 años. Precisamos que en muchos sectores, unos repiten los conceptos sin saber de su contenido, otros, más agudos y conocedores de su trasfondo ideológico, se encargan de difundirlos en sus análisis y documentos dados las enormes proyecciones políticas que aspiran tener en la sociedad. Lo que queda claro, es que a raíz de las potentes, profundas y extensas movilizaciones sociales que se han generado en los últimos meses, la teoría de “clase política” y la de “los políticos” han cobrado una inusitada actualidad. Las preguntas que caben son: ¿Qué es la clase política?, ¿Existe la clase política? Y si existe, ¿Quiénes la componen, cual es el sujeto de esta clase? Si no existe, ¿Por qué y quienes la utilizan tan ampliamente? ¿Cuales son sus antecedentes históricos?, ¿Existen antecedentes históricos de su uso en nuestro país? ¿Cuando y por qué?

El nacimiento de una teoría y su marco histórico.

El creador de la teoría de la “clase política”, fue el sociólogo y político italiano Gaetano Mosca (1858-1940). Fue el primero que desarrolló, lo que se podría denominar como una moderna teoría de las “elites” o mejor dicho de la clase política, como el prefería llamarlas. Inspirándose en Saint Simón (1760-1825), de quien toma su concepción de las dos clases, la de una minoría dominante y una mayoría dirigida, Mosca creyó haber descubierto la herramienta ideal para destruir el concepto marxista de clases y de la lucha de clases. De hecho, toda su obra pretende ser una refutación al marxismo, al que consideraba como utópico, y se propone oponerle una teoría “realista” en donde intenta comprobar que durante toda la historia de la humanidad, siempre ha existido una minoría dominante.(1) La teoría de la clase política desarrollada por Mosca, surge justamente cuando en el viejo continente, desde comienzos de los años 80 del siglo XIX, se procesaba un acelerado desarrollo de la movilización social y en momentos en que el socialismo ganaba terreno entre los obreros y vastos sectores de los explotados en Europa. Movimientos que se convirtieron, en gran parte bajo la influencia del marxismo, en fuerzas políticas de masas y mientras, los gobiernos burgueses de los países imperialistas se preparaban para la guerra.

Fue en su trabajo, “Elementi di scienza política”, donde Cayetano Mosca desarrolla las ideas principales de su concepción del desarrollo histórico. Es su obra fundamental y se puede afirmar que constituye su verdadero testamento político. Es en este trabajo donde expone su tesis central del significado de la “clase política”, o teoría de las “elites”, concepto este último que popularizó mas tarde el también sociólogo italiano, Wilfedo Pareto (1848-1923), aunque éste nunca reconoció a su verdadero creador, Mosca. No es necesario realizar una exposición exhaustiva del pensamiento de Mosca para desentrañar sus posturas principales, sus objetivos, y también sus repercusiones. Los “Elementos de Ciencia Política”, se publicaron primero en Turín, en 1896. En las dos primeras reediciones de los años 1923 y 1939, el autor hizo notables correcciones. Se volvieron a reeditar en los años 1947 y 1953. Una de las últimas ediciones conocida como, “La clase política”, es un compendio que resume las partes mas importantes de los “Elementi…” realizado por Norberto Bobbio y que publicó el Fondo de Cultura Económica, México, el año 2002 (2).

La tesis central con que Mosca fundamenta toda su concepción del desarrollo histórico, la expone de la siguiente manera: “Entre las tendencias y los hechos constantes que se encuentran en todos los organismos políticos existe uno cuya evidencia es notoria: en todas las sociedades comenzando por las medianamente desarrolladas y que han alcanzado apenas los albores de la civilización hasta las mas avanzadas y poderosas, existen dos clase de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, cumple todas las funciones políticas, monopoliza el poder y goza de todas las ventajas que al poder van unidas. Por el contrario, la segunda mas numerosa, es dirigida y controlada por la primera, de un modo mas o menos legal, mas o menos arbitrario o violento, siendo a su vez, la que proporciona a esta última, los medios materiales de subsistencia y aquellos otros que son necesarios para la vitalidad del organismo político”(3). Lo que queda claro es que la obra de Mosca, pretendía constituir un sistema de postulados científicos con la pretensión de tener validez universal y general.

Para el creador de la teoría de las elites, le es tremendamente confuso determinar históricamente el origen de la clase política. En momentos aparece definiéndolas como “clases guerreras”, que acaparan la propiedad de las tierras y en otras momentos aparece entregando explicaciones donde su papel de elite dominantes, se debe a la importancia del valor guerrero y en otras a la inteligencia. En su concepción teórica, Mosca le asigna un papel conservador a las masas sometidas. Por lo demás, no logra establecer una relación social entre las sometidas y las dominantes, y ello es resultado de que se refiere a ellas solamente con el concepto genérico de sometidas, pero carentes de propósito y de intereses tanto por su condición ni para salir de ellas. En partes del desarrollo de su trabajo, se dejan traslucir aspectos algo similares a línea seguida por Marx en “El Manifiesto Comunista”, con la diferencia cardinal, que su trabajo esta realizado justamente en contra de toda la teoría marxista de las clases y la lucha de clase.

Mosca no se mide en sus diatribas contra la democracia y el socialismo, a las cuales las considera como simples formulas políticas y ocultadoras de unos hechos y de una realidad mas profunda. Respecto al socialismo es mucho más incisivo y directo. Sostiene que; “Ahora en el mundo en que vivimos, solo podrá detenerse al socialismo, si la ciencia positiva logra destruir los actuales métodos apriorísticos y optimistas de las ciencias sociales, es decir, si el descubrimiento y la demostración de las grandes leyes constantes que se manifiestan en todas las sociedades humanas, pone en evidencia la responsabilidad de actualizar su concepción democrática. Con esta condición y solo con ella, los intelectuales se sustraerán a la influencia de la democracia social y constituirán un obstáculo invencible para su triunfo” (4).

Ni que decir tienen todas estas afirmaciones estaban formando, conciente o inconcientemente, los supuestos ideológicos en que se asentaría después la argumentación fascista. Ello es así, desde el momento que esta teoría de la clase política, entrega fundamento “científico” a Mussolini para proclamar la falsedad de todas las doctrinas políticas, asumiendo como eje de la política la violencia y la acción por la acción, como la única visión concreta y que tiene el valor de ser sincera en su descripción del mundo. Contra esa “clase política” fue por lo que luchó Mussolini, y que le sirvió para justificar al fascismo, el que sí estaba por la defensa de la patria cuya base de sustentación era su forma de corporativismo. Mussolini, no hace más que reproducir a nivel propagandístico las tesis que con anterioridad fueron defendidas a nivel científico. Lo mismo había sostenido Hitler, en su verdadero manifiesto, “Main Kamf” cuando escribía que todas las doctrinas, todos los programas son inútiles: el elemento decisivo es la voluntad humana, el coraje viril, la fe sincera.

Se debe señalar que el carácter contradictorio de la obra de Mosca, con sus ataques al socialismo y a la democracia liberal, han creado una imagen extraordinariamente confusa del verdadero significado de su pensamiento. Al lado del Mosca ascético, teórico del elitismo y cuya doctrina, bien podría ser considerada como la formula política mas contundente y clara del régimen fascista, aparece el Mosca liberal, el de la “defensa jurídica”. Confusión que toma desproporcionadas dimensiones en la medida de que el fascismo no se atrevió a asumir públicamente la teoría de Mosca como uno de los fundamentadotes básicos de su filosofía. Esto es lo que condujo justamente a Antonio Gramsci a afirmar que “Los Elementi di scienza política” y esta contradictoria teoría de “la clase política”, “ no es otra cosa que la categoría intelectual del grupo social dominante: el concepto de “clase política” de Mosca es vecino al concepto de élite de Pareto que representa otra tentativa de interpretar el fenómeno histórico”…(…)…”El libro de Mosca es una enorme mezcla de carácter sociológico y positivista con el agregado de la influencia tendenciosa de la política inmediata…”(5).

La conexión entre Mosca y el fascismo, no hay que buscarlas tanto en la utilización que los teóricos mussolinianos hicieron de su teoría, como en la preparación social, en la creación de un ambiente favorable con sus críticas a la democracia y a los políticos, para el desenvolvimiento posterior a la demagogia fascista. Es por ello que, Delle Piane, uno de los biógrafos de su vida, sostiene que: “El temor de Mosca al comunismo lo llevó a apoyar al fascismo como medio de destrucción de aquel, convencido de que una vez derrotado, el fascismo también pasaría y se restablecerían las libertades estatutarias. Ni que decir tiene que fue una postura maquiavélica y equivocada que pone muy en duda su crédito liberal” (6).

En síntesis, desde el punto de vista de su concepción del mundo, la esencia de la teoría de las “elites”, se dirige a fundamentar sociológicamente la actividad sociopolítica e intelectual de ciertos sectores privilegiados de la sociedad y la pasividad de los demás individuos (masas-gobernados). En la historia del pensamiento sociológico, estas teorías se diferencian por el modo en que cada una de ellas fundamenta sus concepciones. Por ejemplo, existen las teorías biológicas, que acentúan los indicios genéticos que supuestamente constituyen la base de la división de los hombres en destacados y ordinarios, activos y pasivos; las teorías psicológicas, que hacen hincapié en las cualidades psicológicas que determinan la exclusividad de algunos y la mediocridad de otros; las psicoanalíticas, en el afán de poder y sumisión; las socio-psicológicas, que se fundamentan en los distintos caracteres de los hombres pero también por factores sociales de su vida; las teoría tecnocráticas, en las funciones organizacionales de los administradores. A pesar de todos los matices en la interpretación de unas u otras cuestiones, lo común a todas las teorías de las elites, son los postulados acerca de la desigualdad natural de los hombres y la existencia de una fuerza social natural superior, ubicada por sobre las masas y de la “clase política” y del dominio inevitable de unos y el sometimiento de otros. También sostienen que existe una pasividad y amorfia en las masas populares y que ellas, supuestamente lejos de ejercer influencia positiva sobre el proceso histórico, poseen fuerza destructora. Estas teorías, muchas de ellas han sido construidas para oponerse al análisis marxista cuyo principio fundamental se apoya en que la existencia de la desigualdad social como resultado de la división de la sociedad en clases sociales, cuya causa principal es la propiedad sobre los medios de producción y las relaciones sociales antagónicas engendradas por ella.

La “clase política” y “los políticos” en Chile.

El historiador Alberto Edwards Vives (1874-1932), es el más destacado exponente de la teoría elitista en la interpretación del desarrollo de la historia de Chile. Constituye su figura más importante. En el campo de la historiografía, construyó las bases de toda una concepción conservadora del desarrollo histórico nacional y es el intelectual que más ha influido en el modelamiento de parte importante del pensamiento político reaccionario chileno y en la creación de los fundamentos en que se han apoyado los más importantes políticos de la derecha tradicional en nuestro país.

El comienzo de su pensamiento político, quedó reflejado en uno de sus primeros escritos, publicado en 1903, “Bosquejo Histórico de los Partidos Políticos Chilenos”. Posteriormente, y sobre todo, bajo la influencia que ejerce en sus concepciones, el filósofo idealista alemán Oswald Spengler (1880-1936), publica en el año 1928, “La Fronda Aristocrática en Chile”. Este trabajo constituye su obra más importante, en donde desarrolla toda su concepción elitista del mundo, en la perspectiva de transformarse en un verdadero manifiesto que estableciera las bases del pensamiento conservador y reaccionario chileno. Spengler, aporta a las concepciones elitistas, elogiando al viejo “espíritu prusiano”, la monarquía, el estamento noble y el militarismo. Más tarde, se transforma en un defensor a ultranza de la dictadura de Ibáñez (1927-1931) de la cual fue su Ministro de Educación.

Lo primero que debemos señalar de manera resumida y que sirve de guía para comprender la esencia de toda la teoría del desarrollo económico, social y político chileno de Edwards, es que en su concepción, los “políticos” y la “clase política”, son la Fronda Aristocrática, los que a través del desarrollo histórico, intentan destruir el “estado en forma” modelado por Portales. Parte sintetizada de su tesis queda expuesta en la siguiente frase:“El peluconismo, esto es la aristocracia por mas de 20 años quieta, obediente, dispuesta a prestar su apoyo desinteresado y pasivo a todos los gobiernos, fue un milagro que inmortalizó a Portales, y el secreto del éxito de aquel hombre extraordinario. Antes y después de ese milagro, la historia política de Chile independiente es la de una fronda aristocrática casi siempre hostil a la autoridad de los gobiernos y a veces en abierta rebelión contra ellos.”(7)

Por su concepción del mundo, a Alberto Edwards no le interesaron las grandes transformaciones económicas ni sociales, como base de las acciones políticas, de los programas, posiciones de los partidos y de la conducta de sus representantes. En consecuencia, su metodología de análisis, careció de historicismo, y consideró las estructuras políticas y las ideas de los hombres desligadas de aquellas bases materiales y de las condiciones históricas que las engendran, ni tampoco tomó en consideración el carácter irreversible y continuo de los cambios de las cosas. En su enfoque de interpretación de la historia, Edwards no puede captar lo que constituye la dinámica de su desarrollo, la formación de sus clases y fracciones, ni comprende el nacimiento de los partidos populares como expresión de niveles mayores y superiores de las luchas sociales, y que sus nacimientos corresponden justamente al desarrollo político de las clases desposeídas. Se refiere a menudo con desprecio del conjunto de las clases populares. Al respecto escribe que: “Ha surgido, en el seno de las sociedades civilizadas el proletariado, es decir, el pueblo, desprovisto de los sentimientos hereditarios y tradicionales de la cultura y que no obedece ya, como los burgueses mismos, sino a instintos materialistas de goce y dominación. El odio y la envidia toman el sitio de las antiguas creencias y de los respetos históricos; el alma social va a perecer, como en Roma, hacia la época del desquiciamiento de la república” (8).

Según Edwards, “La disciplina religiosa, el hábito tradicional de la obediencia, el sometimiento espontáneo a las jerarquías, son fenómenos preburgueses y existen, con mayor o menor fuerza, en todas las civilizaciones y en todos los tiempos” (9) ¿Acaso no encuentra el lector de estas líneas similitudes extraordinarias con la línea de pensamiento de Mosca y de su sistema conceptual? Saque Usted sus propias conclusiones.

A partir de las concepciones elitistas de A. Edwards, y en el transcurso de su posterior desarrollo, tienden a distinguirse claramente dos líneas del pensamiento conservador chileno: “una línea nacionalista, que favorece el sistema de gobierno autoritario fuertemente centralizado y con acceso a la totalidad del poder político, y otra corporativista que pone el acento en el orden corporativo-profesional en vista a sustituir subsidiariamente la acción del estado” sostienen Carlos Ruiz y Renato Cristi, dos de los cientistas sociales que mas han estudiado la historia del pensamiento conservador chileno.(10)

En el año 1965 los continuadores de estas vertientes, participan en la formación del Partido Nacional, donde aumentan enormemente su influencia. Finalmente, después de unos ensayos organizativos, determinan la formación de Patria y Libertad, organización que adquiere un carácter armado, el que ya estaba presente en el proto-facismo de Edwards. Es a través del Partido Nacional y de Patria y Libertad donde el conservatismo nacionalista reaccionario se hace presente en los postulados ideológicos que enmarcan la Declaración de Principios de la dictadura de Pinochet. Otra vertiente del elitismo, el conservatismo corporativista, se asocia a la crisis de 1929, que gatilló la caída de Ibáñez. Se trató de un momento del desarrollo histórico chileno, en donde se generó un vacío direccional en el movimiento de masas, orientadas éstas en una perspectiva nacional-democrática, las que estuvieron expuestas a ser conducidas por líderes carismáticos de tendencia nacionalista y por incipientes movimientos demócratas-revolucionarios como la NAP; PSM; ARS y otros. En los años 60 y comienzos de los 70 del Siglo XX, el conservatismo corporativista se renueva asimilando las posiciones de un grupo de economista afines al neoliberalismo y se hace fuerte en instituciones como la Universidad Católica bajo la conducción de Jaime Guzmán y la revista “Que Pasa”.

Lo que caracteriza a los continuadores del pensamiento político de Edwards es precisamente su oposición al liberalismo y al socialismo y es lo que integra y consolida la orientación conservadora autoritaria y reaccionaria de esa corriente de pensamiento. Edwards dispara la primera andanada antiliberal, apuntando específicamente contra la institución parlamentaria, responsable para el de la crisis social y política en que se encuentra el país a la fecha. Con los historiadores Francisco Encina y Jaime Eyzaguirre principalmente, esta embestida se extenderá mas adelante contra la democracia liberal, y el socialismo (11).

Por su realismo antiintelectual y antidoctrinario, por su influencia nacionalista y pro-fascista que lo confrontarán radicalmente contra aspectos del liberalismo, por su rescate mítico de Ministro Portales, por sus ataques a los partidos políticos y a los políticos, contra esa “fronda” que impide el buen funcionamiento del Estado “en forma”, el pensamiento de Edwards estaba llamado a ejercer honda influencia en los políticos e intelectuales conservadores hostiles a la democracia. El in disimulado pensamiento reaccionario, racista y elitista de Alberto Edwards nutre las páginas de la producción histórica de Francisco A. Encina. Como es sabido, la concepción ideológica de Edwards, fue copiada en toda su extensión por Encina, tal como lo analiza y comprueba el Premio Nacional de Historia de 1972, Ricardo Donoso en su libro: “Francisco A. Encina, simulador”. El mismo Encina que en sus XX Tomos de su Historia de Chile, plagió, copió y extractó páginas enteras, ideas y análisis de la obra “Historia General de Chile” del gran historiador liberal del siglo XIX, Diego Barros Arana.

Consideramos necesario habernos detenido en algunos trazos mas amplios en el análisis de la producción intelectual de Alberto Edwards, dado su significado no sólo como figura política, sino también como personalidad descollante en la teorización y en la entrega de coherencia y fundamento a una interpretación elitista y reaccionaria de la historia de Chile que ha tenido y tiene extraordinarias repercusiones en la vida política y en el conocimiento histórico. No sin razón, uno de los libros que mas se venden y se recomiendan por la historia oficial, son los tres tomos en su versión resumida de la Historia de Chile del gran simulador Francisco A, Encina, plagiador de la concepción reaccionaria y elitista de Edwards.

Justo cuando se desarrollaba una decidida jornada de protesta nacional de los estudiantes, que demostraba extensión y una mayor profundización de la movilización social, día en que las cacerolas salieron nuevamente a gritar, el día 4 de agosto, se dio a conocer la última encuesta del Centro de Estudios Públicos C.E.P., Think tank ícono de la derecha chilena y de la cual muchos de sus miembros se definen como herederos de Pinochet. Ya, en la tarde de ese mismo día, “La Segunda”, propiedad de “Don Agustín”, titulaba: “Lapidaria encuesta CEP” y agregaba: “Profundo deterioro en la evaluación de la Política”. Al día siguiente, el 5 de agosto, “El Mercurio” en su primera página titulaba: “Encuesta CEP muestra abrupta caída en el apoyo al Presidente Piñera, al Gobierno y a toda la clase política”. Ese día, similares comentarios hizo “La Tercera” en sus artículos de fondo.

¿Por que la prensa duopólica insiste en utilizar el concepto de clase política y prácticamente sataniza a “la política” y a “los políticos”? ¿Por que amplios sectores sociales utilizan este concepto? ¿Es que entonces, sí existe la clase política? ¿Quienes utilizan este concepto? ¿Por qué se habla de “los políticos”?

¿Existe la clase política?

En sí, la clase política no existe. Como tampoco existe desde el punto de vista de su ubicación en la estructura social por la sencilla razón de que la clase política no es una clase social. La política y el ejercicio de ella no son cualidad ni atributo ni patrimonio de una clase ni fracción de una clase socialmente determinada. La política es un atributo, un instrumento de convivencia, de trabajo, de opinión que la ejercemos y utilizamos permanentemente todos, y la realizamos todos los seres humanos desde el momento en que vivimos en sociedad. Lo que si existe, es un conjunto de hombres que se desenvuelven con funciones determinadas y precisas en esferas formales del poder, en representación de los intereses de las distintas clases y fracciones de clases que existen en la sociedad.

Este conglomerado de hombres, son elegidos por las clases y las fracciones de clases sociales que se forman en la sociedad para que los representen, las cuales, históricamente, se han organizado en partidos políticos, en sus diversas formas, tipos y modalidades. Justamente estos representantes surgen de los conflictos sociales, de las aspiraciones de las diversas clases y de las contradicciones que se desenvuelven en la sociedad. Estos “funcionarios”, constituyen en sí, una expresión de los conflictos de clase de la sociedad y como tales están mandatados orgánicamente a entrar en los espacios, en aquellos lugares en que se ejerce y se formaliza el poder en la perspectiva de ayudar a solucionar ese conflicto. Se trata de un lugar especial, formal, concreto, en donde se toman, se discuten, se expresan, y se resuelven, aspectos fundamentales del poder y que afectan a parte o al conjunto de la sociedad. Cada decisión que se toma en estos espacios o centros de poder, como es el caso del Parlamento, beneficia o perjudica a la vez a determinados sectores, clases o fracciones de clases.

A partir de ello es que se debe entender que en la historia de las ideas políticas, no se juzgan solamente las ideas en cuanto a los hombres que las engendran, sino también las ideas en cuanto a acciones que se plasman y manifiestan en la actividad política concreta. De ahí surge la responsabilidad histórica, social y política de ese funcionario, desde el momento en que asume también un compromiso social y político con las ideas, intereses y necesidades de las fuerzas sociales a las que debe su representación y su propia condición de funcionario. Del mismo modo, dado los intereses sociales que representan, deben oponerse y rechazar todo aquello que signifique lesionar los intereses sociales de las fuerzas que debe representar. Al mismo tiempo, se debe señalar que por su ubicación y por su función en una parte de la institución central, formal y fundamental del poder en la sociedad, estos funcionarios tienen acceso a condiciones especiales y adquieren relativas autonomías, asumen rasgos y dinámicas propias.

Lo que si existe es la teoría de la clase política, como parte integrante de una concepción del mundo que concibe el desarrollo histórico a partir de elites como señalábamos mas arriba. Esta teoría surge en un determinado momento histórico, caracterizado fundamentalmente por un aumento extraordinario de la movilización social, cuyos actores, se dirigen al logro de transformaciones profundas en la sociedad. Sin embargo quedan abierta las interrogantes: Si no existe la clase política: ¿Por qué y para qué se utiliza? y ¿Quiénes la utilizan?

El trasfondo político de conceptos políticos.

En la utilización actual del concepto de clase política y de la forma despectiva que se hace de los “políticos” y de la “política”, concurren dos formas de análisis que son expresión de dos mundos sociales absolutamente opuestos desde el punto de vista de sus intereses y objetivos. Por un lado, se encuentran los que sí utilizan el concepto clase política, por su concepción elitista del desarrollo histórico, por sus características de clases y por sus intereses, que recurren a reponer el concepto en momentos de un aumento explosivo de la movilización social, al percibir que sus intereses económicos se encuentran amenazados. De lo que se trata es que de esta manera, se puedan generar condiciones subjetivas favorables a la reinstauración de formas de dominio dictatoriales dirigidas justamente en contra de las fuerzas y actores que impulsan la movilización social.

Se pretende, de parte de los intelectuales orgánicos de las fuerzas sociales económica y políticamente dominantes, fundamentar “científicamente” la existencia en la sociedad, de un conglomerado social, los “políticos”, ubicado por sobre de ella, al margen o fuera de sus conflictos y contradicciones y que asumen posiciones de “clase en sí y para sí”. Estos son los sectores, concebidos como la “clase política” o la “fronda” en la conceptualización de A. Edwards, los responsables de los males y de todos los problemas, del desorden social. Estos son los que están en contra de la nación y en contra de su sociedad, en contra del “Estado en forma”. Son “los señores políticos” como acostumbraron y acostumbran a denominarlos los pinochetistas. Así, de esta manera, la operación manipuladora que se dirige a distorsionar la realidad y sus verdaderos conflictos e intereses, permite a la clase y sus fracciones sustentadoras del modelo, figurar como los no responsables de la situación.

Justamente, la conducta prácticamente corporativa del conjunto de los parlamentarios y de la “clase política”, es la que ha generado esta situación. Sin distinción ni diferenciación en sus comportamientos, de los intereses sociales que representan, durante estas dos últimas décadas ha sido asimilada la idea en la inmensa mayoría de la población de que estos funcionarios constituyen un sector aparte. Este hecho, ha sido aprovechado, potenciado y difundido ampliamente por los medios de comunicación, duopólicamente controlados por los sectores mas antidemocráticos del país, aquellas familias dueñas de estos medios, a las que aterroriza cualquiera movilización social.

Pero también por otro lado, se encuentra la amplísima utilización que se hace de éstos conceptos en amplios sectores del mundo popular, por la inmensa mayoría de la población. Se trata de una opinión generalizada, que no es resultado ni de una reflexión profunda ni de un análisis teórico fundamentado científicamente. Se trata de una lectura que se realiza como resultado de la práctica como único criterio de la verdad. La verdad es concreta, bien dicen. Sin lugar a dudas que la enorme movilización social, la reacción, la protesta callejera, es principal y fundamentalmente contra un modelo de desarrollo y su gobierno que hacen crisis, pero también es en contra de aquellos que decían defender los intereses nacionales y que no respondieron a sus compromisos ni con su responsabilidad histórica. Es también contra aquellos, que en sus conductas diarias, y que ubicados en partes formales y decisivas del poder, prácticamente se identificaron y establecieron relaciones de cooperación, acuerdos y de consensos a espaldas del pueblo, con los representantes mas destacados de la intelectualidad y del “elitismo” pinochetista y que cayeron en sus mismas practicas y comportamientos.

La inmensa mayoría de la población no visualiza ninguna diferencia entre los representantes de la coalición heredera de la dictadura y los representantes de los partidos populares históricos. Es más, los visualizan como un cuerpo compacto, con diferencias formales, con espíritu de Fronda en la idea principal de Edwards. Se le ve como pertenecientes a un mundo aparte, con aspiraciones, intereses y vinculaciones empresariales y que han desarrollado una serie de rasgos identitarios. En definitiva, la inmensa mayoría los ve y los asimila prácticamente como una clase política. En vastos sectores de la población, se ha generado la idea de la existencia de un “nosotros” y los “otros”, los políticos. Un nosotros, compuesto por la inmensa mayoría de la población, y un ellos, los que conforman una pequeña minoría, que vive y se desarrolla en un mundo aparte y que solamente recurre al nosotros para capturar votos con actitudes las mas de las veces paternalistas y demagógicas.

Si bien es cierto que esta situación afecta al conjunto de los partidos que conforman la Concertación, especial relevancia y los que más han ayudado a generalizar este concepto, han sido sin lugar a dudas los representantes del Partido Socialista, organización en la que militó toda su vida Salvador Allende, la figura mas recordada, respetada y preciada por la inmensa mayoría del pueblo.

Este Partido, era visualizado por parte importante de los sectores populares como depositario y representante de los intereses de los trabajadores. La sostenida conducta de su dirigencia en estas últimas dos décadas, en oposición a la defensa de sus postulados democráticos, nacionales y populares, defendidos históricamente hasta 1973, ha conducido a un alejamiento permanente de sus filas de muchos de sus militantes, generando al mismo tiempo, un vacío direccional en miles de aquellos que se incorporan a la brega democratizadora. En las filas de este Partido, se ha procesado una aguda diferenciación ideológica, y la mayoría de sus representantes, hicieron suyas las concepciones neoliberales, adaptándola y mezclándolas con ambiguos y poco claros planteamiento ideológicos. Ello es así, dado que durante a lo largo de estos últimos veinte años, sus parlamentarios han concurrido con su voto en el parlamento, a la aprobación de leyes y llegado a acuerdos que en la práctica han dañado los intereses nacionales y democráticos. Realizaron acuerdos explícitos o tácitos, y los ocultaron tras disputas formales y solo retóricas. Así ha ocurrido, entre los muchos ejemplos, con el cobre, con el agua y hasta en la privatización de parte del mar para favorecer a los empresarios salmoneros. En estos años con su apoyo, continuaron más que nunca la aplicación de las políticas privatizadoras. Se privatizaron todas las empresas sanitarias, todos los puertos y muchas otras unidades productoras de bienes y servicios. Sin temor a equivocarnos, se puede afirmar que todo lo que había logrado construir en su lucha el pueblo a lo largo de toda la historia, fue saqueado o terminado de saquear con la práctica y tácita colaboración de parte de los que justamente se dicen representantes de la nación.

Especial relevancia es la percepción y opinión que se ha desarrollado entre los jóvenes. Cerca de 70 % de ellos entre 18 y 29 años, no se encuentra inscrito en los registros electorales. No se inscriben justamente como una forma de rechazo a esa conducta y comportamiento de la “clase política”. No les creen, los rechazan y muchos no aceptan ni a sus partidos ni a sus dirigentes. La inmensa mayoría de los jóvenes no votan, no tienen confianza en el parlamento ni en los parlamentarios. Tampoco creen en las instituciones ni en una institucionalidad modelada e impuesta a sangre y fuego.

Las conductas de la inmensa mayoría de los parlamentarios representantes de los partidos de la Concertación, no han ayudado a educar a las nuevas generaciones. Al contrario. Sus comportamientos no consecuentes, y faltos a la verdad, solo han conseguido dañar los fundamentos éticos en los cuales deben formarse las nuevas generaciones. Desde el punto de vista formativo, la responsabilidad social y política de estos representantes, ha sido nula y en la mayoría de las veces, negativa. Este es uno de los principales daños que le han hecho a las nuevas generaciones. De ahí que los jóvenes buscan y crean nuevas formas de organización, se agrupan en colectivos, por que ven que las antiguas formas de canalización de intereses no funcionan como tales, al tiempo que emergen nuevos líderes.

Los medios de comunicación permanentemente, trasladan, y ubican el ejercicio de la política solamente y casi exclusivamente en los espacios y o centros dende se tranza, se acuerda y se concensúa formalmente el poder; el parlamento. Hoy nos encontramos frente a una nueva etapa de la historia política y social en Chile. Su rasgo característico, es que la política salió de ese espacio restringido, de pasillos y desprestigiado por “políticos” y de una “clase política” que abandonó sus responsabilidades históricas. Hoy, la política se sitúa donde históricamente le corresponde, en la calle, en el movimiento social. Lo que debe quedar claro, es que el conflicto no es en contra de una supuesta clase política, como lo quieren hacer aparecer algunos teóricos del elitismo. El conflicto es y continuará siendo social.

La historia se desarrolla por caminos y toma rumbos casi imposibles de presagiar. En su transitar, abre nuevos caminos. Esos nuevos caminos y su desarrollo se deben a una fuerza que la impulsa y le da vida. Es el movimiento social, máquina transformadora imposible de detener. Desde el punto de vista histórico, muchos de los actores son los mismos. Fueron los mismos que abrieron los caminos que hicieron realidad el sueño del 70, sólo que sus rostros no lo son, son mucho mas los jóvenes. Lo que sí entrega la realidad objetiva que encarna la actual movilizaron social, es que sus luchas son parte integrante de un eslabón de una larga cadena del proyecto histórico democrático, nacional y popular que fuera interrumpido a sangre y fuego, el 11 de septiembre de 1973. La pregunta que cabe es: ¿Quién o quienes y como tomarán la conducción de este inconcluso proyecto?

Notas:

1. Blacha, Luis “¿Elite o clase política?. Algunas precisiones terminológicas”. En: Revista THEMAI, N°12 (segundo semestre, 2005) FLACSO, Argentina.

2. Blacha, Luis, Op. cit.

3. Vega, Pedro “Gaetano Mosca y el problema de la responsabilidad social del intelectual”. En “Estudios políticos constitucionales”. UNAM, México, 2004.

4. Id., pg. 78

5. Gramsci, Antonio “Los intelectuales y la organización de la cultura”. 10.Visión. Buenos Aires, 1972, pie de pagina

6. Citado por Vega, P., Op. cit. Pg. 85

7. Edwards, Alberto “La fronda aristocrática”. Universitaria, Chile, 9 Ed., 1984, Pg. 31 8. Id., Pg. 286-287

9. Id., Pg. 285

10. Ruiz, C/Cristi, C. “El pensamiento conservador en Chile”. Revista “Opciones” N° 9, mayo-septiembre, 1986, Pg. 122.

11. Véase, Ruiz/Cristi, Op. cit.

César Cerda Albarracín Profesor Titular, UTEM Departamento de Humanidades

 
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