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En este numero:

- Malala, la niña más fuerte que el miedo
- Gobierno-Pueblo mapuche: El “orden” se impuso
- Syriza y los escollos del poder

- Sumario completo septiembre de 2015





Sobre el autor

Maximiliano Salinas C.
Académico de la USACH. Presentación del libro Lo que puede el sentimiento. El amor en las culturas indígenas y mestizas en Chile y América del Sur, siglos XIX y XX. Santiago: Ocholibros, 2015. Biblioteca Nacional, 23 de Julio de 2015.
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Página de inicio >> Septiembre de 2015

Un tiempo duradero:
La historia del amor en Chile y América del Sur

por  Maximiliano Salinas C.

La historia deja de ser amorosa al ser cautiva del tiempo lineal de Occidente: tiempo de guerras y desigualdades. Las “matáncicas de la histórica”, dice Violeta Parra (Mazúrquica modérnica). Ester Huneeus hace decir a un niño burgués: “Tengo tantas ganas que haya una guerra tremenda en la historia de Chile” (Marcela Paz, Papelucho historiador, 1957). Expresión desatinada! Esa historia arrastró a los pueblos indígenas y mestizos a la condición de adversarios. Para los monarquistas católicos fueron los indios subversivos o impúdicos, “promaucaes o libertinos” (F. X. Ramírez, Coronicón sacro-imperial de Chile, 1805). Para los republicanos liberales los mestizos fueron los rotos de m…oledera, condenados por alzados. En la época victoriana, los británicos aseguraron que los rotos eran el “azote de Chile”. Cien años más tarde hubo que tomar medidas genocidas contra ellos (H. Rumbold, Le Chili. Sur le progrès et la condition générale de la République, Paris, 1877).

Hoy tenemos que desprivatizar la historia cautiva del tiempo lineal. Esta historia se convirtió en un tiempo vacío, muerto (no tiempo, “no tengo tiempo”). Desbocado hacia un futuro inexistente, se vuelve precipitado, golpeado, en un desvivirse atormentado. Es el mundo de lo acontecido, de lo cariacontecido. Es la historia donde especialmente las mujeres lo pasan mal, sufren o hacen sufrir. Tiempo artificioso, no se atreve a amar y reír con ganas, pues está sometido al “imperativo capitalista del crecimiento” (Byung-Chul Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, Barcelona: Herder, 2015, 133. Sobre la imposición del ritmo frenético del no-tiempo: Chilenos: estresados, somnolientos y mal alimentados, La Tercera, Santiago, 19 de julio de 2015).

La historia oculta de los pueblos indígenas y mestizos se instala en otro tiempo. Duradero y saludable. Se vive apacible, descansa en sí mismo. No se avalanza sin freno hacia un futuro objetivo, sino que circula reiteradamente sobre su propio y cuidado eje. Busca un estilo de vida atento, generoso, de mutuo y paciente entendimiento. Por eso es acogedor, alegre, de risa franca. Un tiempo lleno, vivo, que “tiene todo el tiempo del mundo”. Subsiste en un eterno presente.

Es el tiempo milenario de la comunidad de los pueblos y de la Tierra, más antiguo que la Antigüedad y muchísimo más que la Modernidad. Los fundadores de este tiempo: los pueblos indígenas. Sus herederos: los pueblos mestizos. Un tiempo que no necesita ser producido o salvado por las instituciones de poder. Este tiempo no se fabrica. Se cultiva, y brota, y fluye. La Tierra misma regenera y sana el tiempo. No tiene por qué someterse al imperativo capitalista del crecimiento, sino al principio de la Vida.

En 1854 un violinista judío visitó Chile y lo describió en estos términos: “El idioma chileno propiamente tal, es sumamente suave, y en los cumplidos ningún pueblo alcanza el vuelo y la finura de la cortesía chilena. El más humilde mulero saluda a menudo con un ‘me muero de ansia de verlo a usted’ a sus camaradas. Este idioma no conoce palabras injuriosas. […]. El forastero cree haber llegado a una verdadera Utopía, porque se topa por doquiera con abierta hospitalidad, con despreocupada alegría y goce de la vida. Cada día parece una fiesta.” El poeta popular de Melipilla Abel Fuenzalida transportó esta fina cortesía para relatar un casamiento de pájaros en 1969: “El zorzal llegó cantando / de las afueras de Renca, / al verlo dijo la tenca / ‘de menos te estaba echando’. / […]. / Después dijo el anfitrión / con infinita alegría: / yo por vuestra cortesía / siento una honda emoción. / Ya me voy pa la región / de donde hasta aquí he llegao, / tomemos pues con agrao / otro trago de licor, / menta pidió el picaflor / y el cóndor vino litriao.” El cóndor se sirve un vino ahí no más. En cambio, las mujeres mapuches prefieren compartir el corazón del huemul para que sus descendientes alcancen la misma ternura del animalito. Como se observó en 1933: “Se acercaron tímidamente insinuando se les diera algún pedacito del ‘pusho piuke’ (corazón de huemul). ¿Para qué? […]. [Las] madres mapuches contestaron dulcemente ‘para darlo a comer a nuestros niños para que así tengan ellos también el corazón tierno’.”

*Académico de la USACH. Presentación del libro Lo que puede el sentimiento. El amor en las culturas indígenas y mestizas en Chile y América del Sur, siglos XIX y XX. Santiago: Ocholibros, 2015. Biblioteca Nacional, 23 de Julio de 2015.

 
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