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Las sombras que rodean a nuestra sociedad. Por Rodrigo Escobar

Existen dos hechos de la semana pasada que llaman profundamente la atención: el cristo roto y las palabras del presidente de las AFPs. Me parece que ambos se encuentran estrechamente vinculados y denotan cómo nuestra sociedad visibiliza y oculta el miedo -instinto tan primitivo- dentro de la política y de nuestra vida cotidiana.

En el cuento la sombra fuera del tiempo del escritor H. P. Lovecraft se narra la historia de un profesor que repentinamente sufre de amnesia y trastornos de personalidad producto de sueños perturbadores que lo asechan por las noches, como si fuesen sombras de lo indecible y lo abominable, abrumándolo progresivamente. Noche tras noche esos sueños se irán convirtiendo en pasajes más claros sobre un pasado remoto. En ese divagar errante en que es llevado a través de sueños aterradores, comienza a preguntarse si acaso es razonable que exista una explicación ante tales perturbaciones que lo asechan. Encuentra dos caminos: la terapia psicológica, que lo ha llevado a construir una personalidad patológicamente extraña, propia de los enfermos. Pero también encuentra válido tomarse en serio sus sueños que no son más que la rememoración de un pasado ominoso, pasado verídico en que halla la fuente de creación de los sueños que lo aterran durante las noches.

Sin contar los detalles de este relato de terror cósmico-fantástico, lo interesante es cómo los sueños no solamente garantizan una estructura temporal que se manifiesta en los planos de la psique durante las noches y que nos hacen preguntarnos conscientemente –de día- sobre el origen de aquellas extrañas sombras que nos perturban mientras descansamos. ¿Cuáles son las fuentes de las que emanan nuestros miedos? ¿Cómo es posible rememorar episodios dolorosos en nuestra vida cotidiana? Y finalmente, ¿cómo estos elementos inciden y persisten en nuestras vidas?

Nuestra sociedad democrática es joven y cargada de perturbaciones en que persisten aún hoy la brutalidad y el terror cultivado por el autoritarismo. Hay dos concepciones patológicas en que podemos visibilizar la cultura del miedo engendrada en la dictadura: la violencia política y la violencia social.

No hemos de olvidar que Pinochet buscaba refundar, cuan si fuera el O’Higgins del siglo XX, la República. Esta refundación fue llevada a cabo a punta del terror y la desfragmentación social que cimentó, de esta manera, una cultura del miedo.

La transición no lo ha hecho mejor, pues sigue los pasos de disciplinamiento y control de la sociedad debilitando el espacio público. En este sentido, se concibe lo público como continuum de adaptación progresiva del mundo social bajo los marcos de seguridad y orden. Es así como uno de los elementos que son resaltados por parte de la sociedad es el deseo de orden y seguridad como fundamento primordial de un marco de convivencia. Este supuesto me parece interesante desde el punto de vista político y económico, porque a diferencia de lo que uno puede pensar, la transición neoliberal no necesariamente ha debilitado el rol del Estado como garante de derechos, sino que ha dado un cambio de dirección: el dinero, las leyes y las reformas se han articulado bajo las premisas de orden y seguridad, teniendo como efecto una mayor entrega de recursos económicos en la formación y equipamiento de las policías y de los tribunales de justicia.

No deja de ser menos sorprendente a qué denominamos criminal y por tanto cuál es la dimensión que se apunta con el dedo a la hora de criminalizar algo. Foucault pone mucha atención a esto en la formulación del discurso, en tanto sistema de pensamiento articulado que promueve ciertas concepciones y prácticas que articulan la realidad. Realidad como construcción discursiva de verdad en que los modos de actuar, sentir y pensar quedan incluidos y excluidos dentro de la sociedad de discurso. No por ello es extraño que ante un escenario neoliberal, con fuertes ribetes autoritaristas, sea reivindicada por una parte de la sociedad la criminalización de algunos y su consecuente justificación de la mano dura. Esta justificación encuentra su nicho en un estado psíquico que demanda seguridad a cualquier precio, considerando actos delictivos a formas discursivas de delincuencia mediatizadas en la construcción de este personaje cotidiano tan particular como lo es el encapuchado.

Hay dos elementos que llaman la atención al respecto: ¿qué representa un encapuchado? Y ¿qué justificación damos del actuar institucional frente a este personaje? La primera pregunta representa aquellos deseos que tiene una sociedad de apuntar con el dedo a sus más íntimos miedos percibiendo, de este modo, formas prácticas de justificación de la violencia. Pensemos brevemente en este supuesto: supongamos que constantemente usted criminaliza a quien se encapucha, un día se encuentra en una marcha, y, producto del uso de bombas lacrimógenas, cubre su rostro para protegerse de los químicos, ¿acaso esto no lo convierte en encapuchado? ¿Se justifica que haya recibido “las caricias” de las Fuerzas Especiales? Si esto le parece descabellado, trate de abstraerse de la siguiente situación: producto de los químicos, una marcha de cien mil personas cubre su rostro como protección ¿Quiere decir que esos cien mil manifestantes deben ir presos fruto de aquel acto? En cambio, la segunda pregunta no es más que la justificación de la represión. Esto denota algo muy interesante: criminalizamos una forma de violencia, mientras que otra es justificada, en otras palabras, miramos desde dos puntos de vista completamente distintos un mismo hecho cargado de violencia. Para algunos es ilegítima, para los otros es legítima. Espero que no se me malentienda, no estoy justificando la violencia, más bien no es justificable ninguna forma de violencia.

Revisando las redes sociales puede verse cómo el reflejo de nuestra sociedad se encuentra trastocada en los miedos y la violencia cotidiana. Una cultura del miedo que vislumbra una y otra vez la violencia como forma de justificación simbólica del llamado al orden. Para nuestra sociedad, el espacio privilegiado que posee la delincuencia –formada, disciplinada y normalizada- es llamativa, pero a su vez plausible: nuestras angustias son externalizadas, se vuelven carne y se viven concretamente en apuntar con el dedo las fuentes de nuestros miedos. Esta identificación con la mediatización de la violencia de las marchas y sus consecuentes resultados inmediatos –agendas cortas, leyes express- permiten observar como aquellos temores son controlados y normalizados por parte de los estamentos oficiales. Nada de diversidad, nada de interpelar al discurso oficial; las diferencias se convierten en anomalías a la norma y deben ser castigadas estas trasgresiones.

Ese mismo día, el presidente de las AFPs empleó palabras mucho más violentas que aquello que repercutía en las calles, sobre todo contra las mujeres, y mi sensación fue que esa violencia estructural, propia del modelo neoliberal, puede ser incluso justificable e incluso catalogada como frases lamentables. Es la diferencia de un discurso que criminaliza sobre todo las manifestaciones sociales y no lo hace al momento de hechos considerados políticos. ¿Acaso ha visto en los medios de comunicación noticias de los movimientos sociales fuera del ámbito delictual? ¿Ha visto noticias de hechos de corrupción y colusión fuera del ámbito político? ¿Será nuestra apatía social? ¿Será acaso nuestra falta de conciencia? George Steiner dice que “la gran mayoría de los actos y gestos habituales se realizan <>. Se ejecutan instintivamente o a través de reflejos adquiridos”. El problema de nuestra sociedad apática es que nuestro pensamiento ha derivado en automatismo “racional económico”, lo importante es producir y por ello se enarbola el trabajo, a diferencia “de aquellos que no trabajan y andan tonteando en las calles”. Este discurso mediatizado es bandera del hombre/mujer de a pie, del intelectual en su claustro universitario y de la clase política. Francamente me parece más relevante aquellos tontos que andan en la calle que el homo economicus, el ciudadano-consumidor, que legitima prácticas autoritarias basadas en una racionalidad costo/beneficio del actuar, validando la represión y la construcción incesante de más castigos, cárceles, e inclusive volver a la pena de muerte, porque, de esta manera, un individuo pensaría mecánicamente en su actuar con los costos que ello significa. Una sociedad extrañamente uniforme ante el discurso de la élite.

Las palabras de Norbert Lechner son bastantes elocuentes para el momento en que nos encontramos: “vivimos la impronta del autoritarismo bajo una cultura del miedo. Y esta herencia persistirá aunque desaparezca el régimen autoritario”. Es por ello que las sombras sobre nuestras vidas cotidianas son el reflejo de nuestra débil convivencia política, y mayor aún en la formación de una cultura democrática con su carácter y convicciones. En ese devenir entre lo consciente y lo inconsciente en que nos movemos como sociedad, cuyos anhelos, deseos; como también miedos y temores, son un buen ejemplo de lo que Freud esgrimió respecto a lo siniestro, en que el conocimiento de lo terrible en el pasado descansa actualmente en lo reprimido. Estos resabios todavía se encuentran enmarcados en una convivencia política débil y con fuertes tendencias homogeneizantes, sin embargo, progresivamente se están articulando nuevas propuestas, nuevos sueños y nuevos desafíos que surgen por parte de las nuevas generaciones. De la erosión y vaciamiento de la vida cotidiana y social amparada en el miedo, hacia “cabros” que no vivieron bajo esa cultura y proyectan nuevas formas de articulación, nuevos escenarios y una nueva dimensión que trascienda una vida en común concebida como obra de todos los miembros de la sociedad. Debemos afrontar nuestros miedos por muy dolorosos que estos sean, porque si no lo hacemos nuestra sociedad una y otra vez reproducirá los miedos y la violencia heredados del autoritarismo. Y ese festín de criminalización de la sociedad es lo que esperan los medios de comunicación y las élites de nuestro país. Un discurso homogéneo que ante cualquier manifestación del mundo social que no pueda controlar, lo convertirá en una praxis cotidiana de violencia. Así ocurre con los mapuches y así parece estar ocurriendo con los estudiantes.

Rodrigo Escobar San Martín
Docente de la Universidad Católica Silva Henríquez

 
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