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En este numero:

- Perdón de presidenta Michelle Bachelet y reacción de Aucan Huilcaman
- ¿A quiénes ampara la democracia en Chile?¿A quiénes ampara la democracia en Chile? Por Carmen Gloria Arancibia
- "Reflexión estética contemporánea". Entrevista de Alex Ibarra al filósofo Sergio Rojas

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Latinoamericanismos desde la novela social y las comunidades de público lector. Antonia Viu entrevistada por Alex Ibarra

Entrevista a Antonia Viu (A.V) Docente e investigadora de la Universidad Adolfo Ibáñez. Realizada por Alex Ibarra Peña (A.I) Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada.

A.I: Antonia agradezco te hayas dado tiempo para esta entrevista, es sabido que la vida académica actual deja poco tiempo para actividades intelectuales que no otorgan valores para los criterios de investigación científica estandarizada que invaden a los estudios en las disciplinas humanistas. ¿Qué juicio tienes sobre las exigencias institucionales que determinan el quehacer investigativo y el tipo de escritura de la producción científica?

A.V: Gracias a ti, Alex. Como investigadora, me parece importante que existan criterios objetivos y rigurosos para definir un trabajo de calidad y para que dicho trabajo reciba los apoyos necesarios que aseguren su realización. Sin embargo, no creo que los actuales estándares y exigencias estén asegurando eso necesariamente. La investigación en artes y humanidades se mide hoy desde criterios de productividad que vienen desde las ciencias, que no son los adecuados al tipo de reflexión desde el que mejor podemos contribuir a los debates que hoy importan. El hecho de que cualquier tipo de saber se subordine a una manera de entender el conocimiento, y a un único lenguaje, empobrece mucho los desafíos que como sociedad nos trazamos. Necesitamos recuperar la capacidad de dialogar desde distintos saberes, de entendernos aunque estemos situados en paradigmas diferentes.

A.I: Tu formación académica ha sido constante y cumpliste con las distintas exigencias propias de la exigencia de la especialización. Los comienzos de tus estudios formales en literatura los realizaste en nuestro país que se caracteriza por una mirada geopolítica bastante eurocéntrica, quiero decir con escaso reconocimiento a las producciones locales. ¿Cómo surge tu interés en el estudio de parte de la literatura latinoamericana?

A.V: Tuve la suerte de estudiar en instituciones con culturas y recursos muy diferentes y creo que el contraste me permitió sacar mis propias conclusiones en términos geopolíticos, primero de manera intuitiva, simplemente por el hecho de enfrentarme a distintos latinoamericanismos desde distintas academias. Estudiar e investigar en distintos países y universidades implica la necesidad de resituarse permanentemente y eso a mí me llevó a pensar desde dónde puedo y desde dónde quiero hablar. Mi interés por lo latinoamericano y por Chile en particular viene desde ese lugar, que por supuesto no es un lugar abstracto.

Al comenzar mis estudios a fines de los ochenta efectivamente existía una mirada más eurocéntrica, se hablaba de literatura hispanoamericana y los programas de pre y postgrado tenían un componente importante de literatura peninsular. Hoy eso ha cambiado, pero la globalización impone nuevas restricciones a lo local y aunque la academia hoy se interesa por sujetos, colectivos y producciones que han redefinido nuestra comprensión de lo latinoamericano desde las diversidades y tensiones que nos articulan, también es verdad que los marcos estéticos, culturales e incluso políticos desde los que pensamos esas producciones no suelen ser locales. Mi encuentro con el trabajo de pensadores latinoamericanos, por ejemplo, ocurrió tardíamente, en los cursos de Grinor Rojo en el doctorado en literatura de la Universidad de Chile. Ahí leí por primera vez a Ángel Rama, Antonio Cándido o a Pedro Enríquez Ureña.

Más que pensar en términos dicotómicos lo local por oposición a un afuera definido, en mi trabajo me interesa ver las encrucijadas que articulan ciertos enclaves de sentido identitarios en relación a lo latinoamericano. En un primer momento me interesó la narrativa histórica contemporánea por las propuestas que hace en este sentido, pero hoy me parece un lugar más intelectualizado y por eso me atrae explorar otro tipo de materiales como las revistas, sobre todo desde las prácticas que permiten y desde el tipo de comunidades que articulan.

A.I: Creo que se puede pensar que el interés por la literatura latinoamericana podría ser considerado como motivo para el reconocimiento de los aportes de la literatura comparada. ¿Qué valoración haces de la metodología que presenta este enfoque? ¿Es un ejercicio reconocido y realizado en nuestra academia?

A.V: La literatura comparada no se entiende hoy como hace treinta años o más en que se basaba en comparaciones entre países o en estudios de mitocrítica. Hacer literatura comparada desde Chile hoy supone legitimar una aproximación a lo comparado desde las precariedades de nuestra academia y desde los debates que aquí importan. También implica asumir que lo nacional ya no es un paradigma y por lo tanto no puede ser un eje de comparación. En este sentido, la literatura comparada busca relevar temas que tienen que ver con otros diseños geopolíticos, como la relación entre regiones o áreas culturales, las relaciones sur-sur o los estudios trasatlánticos. También creo que es interesante la plataforma que da la literatura comparada hoy en Chile para el estudio de los soportes en relación con las artes, particularmente para el estudio de prácticas artísticas intermediales contemporáneas.

A.I: Desde una perspectiva personal considero que uno de tus mayores aciertos se encuentra en tus reflexiones acerca de la visión de los Andes en algunos autores. ¿Qué es lo que te seduce de esta figura? ¿Ves en esto una riqueza metafórica y/o utópica?

A.V: Mi interés por Los Andes como área cultural tiene que ver con lo que te decía hace un momento, salir de las lógicas de lo nacional desde las que se ha estudiado la producción cultural latinoamericana. Me han llamado mucho la atención figuras como la del escritor boliviano Jaime Sáenz, por ejemplo. Su novela Felipe Delgado, muy poco conocida en Chile, es interesante para ver cómo se ha procesado la modernidad desde Latinoamérica y particularmente desde los Andes. Uno de los personajes de la novela muestra esto de manera irónica cuando descubre una especie de Aleph borgeano pero no en un sótano de Buenos Aires, sino al mirar desde una ventana la cumbre del Illimani, un cima de los andes bolivianos de más de 6000 metros.

Sin embargo mi aproximación a los Andes es muy parcial, ya que no estudio literaturas indígenas sino lo que los Andes significan como espacio de intercambios en las narrativas de ciertos autores. Creo que escritores como el chileno Manuel Rojas, que atravesó caminando la cordillera, iluminan flujos, intercambios culturales e intelectuales que fueron centrales en la primera mitad del siglo XX. Atravesar la cordillera a pie para él fue además la posibilidad de forjarse un espacio propio. En Rojas la imaginación es una potencia que se expande en un trayecto espacial, en las huellas de un recorrido en el que los cuerpos se encuentran, se abrigan, sangran, pero sobre todo, siguen caminando. En estos tiempos de capitalismo tardío en que la escala de lo global nos excede permanentemente, sorprende volver a Rojas y a la escala de los cuerpos y de las montañas.

A.I: Como me has dicho previamente no eres una declarada especialista en literatura caribeña, no obstante es una literatura que en cierta forma reconoces como importante. ¿Nos puedes dar una opinión sobre la importancia de integrar al Caribe en el estudio de la literatura nuestroamericana? ¿Consideras algunas implicancias políticos-sociales para un país como el nuestro abierto a esta migración y que, al parecer, requiere con urgencia de una visión intercultural que ayude a la integración?

A.V: No soy experta en absoluto, pero respeto mucho la labor que en ese sentido están haciendo académicos como Lucía Stecher en la Universidad de Chile por instalar una línea de estudios sobre el Caribe y formar estudiantes de postgrado en estos temas. Esto no solo porque es fundamental reconocer la importancia del Caribe para la región, sino que como tú sugieres porque el Caribe hoy es mucho más difícil de situar geográficamente debido a los procesos de migración. Evidentemente la literatura es un puente que permite acercarse a realidades culturales distintas pero también advertir de qué manera esas realidades nos implican directa o indirectamente. Recientemente la profesora cubanista Elzbieta Sklodowska presentó en Chile su libro sobre el Período Especial en Cuba, Invento luego resisto, El Período especial en cuba como experiencia y metáfora (1990-2015). Uno de los aspectos que se destacaba por las presentadoras en esa ocasión es que para entender el contexto cubano de los noventa desde aquí es importante advertir que durante ese período Chile funcionó como las antípodas de Cuba en todo sentido. Por otro lado, si uno lee textos como Un pequeño lugar de Jamaica Kincaid y la crítica que hace sobre la devastación cultural y la explotación económica que significa el turismo global en lugares como Antigua, no resulta forzado pensar en lo que ocurre hoy en localidades como San Pedro de Atacama. Para cualquiera que no haya querido ver hasta ahora el dramatismo de la migración caribeña reciente, en ciudades como Santiago esto se hace virtualmente imposible. Hace tiempo que enfrentamos una realidad cultural que supone entender la situación de los países latinoamericanos y de los inmigrantes en Chile. La literatura entrega claves históricas y culturales fundamentales para eso.

A.I: Dentro de tus principales líneas de investigación aparece con claridad como foco de atención la novela social que en Chile, sin duda, tiene un alto desarrollo. Una de tus publicaciones más conocidas refiere al momento histórico de la transición. Dentro de este contexto, ¿podrías señalarnos algunas de las temáticas centrales que aparecen? ¿Qué autores y qué novelas te parecen los más relevantes de este periodo?

A.V: La novela social me parece relevante por la importancia que le doy a visibilizar el lugar de los lectores en el campo cultural de la primera mitad del siglo XX. Una de las cosas que me ha interesado son las narrativas que muestran trayectorias vitales de escritores y escritoras cuyo ingreso a la escritura supuso una formación en gran medida autodidacta como lectores: José Santos González Vera, Manuel Rojas, Oscar Castro, Nicomedes Guzmán, etc. La lectura como una práctica privada pero sobre todo pública, en la calle, fuera de la escuela. Nicomedes Guzmán tiene un cuento que se llama “Una Moneda al río”, en el relato, un hombre compra un libro en una feria y lo mantiene bajo el brazo durante todo el relato. Se devuelve a buscarlo cuando se le queda en la tienda de un sastre que lo había presionado a comprar un traje de segunda mano aunque no tenía dinero para eso. El libro queda sin abrir, el hombre no lo lee y la portada está borrada, pero el personaje comenta que lo siente como un cuerpo querido que se puede abrazar. ¿Cuales son los imaginarios y las emociones que acompañan el encuentro con los libros de los personajes en estas novelas?, ¿qué significa la lectura o la imposibilidad de leer en estos casos? Al considerar a los lectores y las prácticas de lectura, la literatura deja de ser algo que puede estudiarse aisladamente, sin considerar la materialidad de los soportes de lo escrito, sus relaciones con lo oral y lo visual, las bibliotecas, los circuitos intelectuales, el espacio público, etc.

También me he interesado por la narrativa histórica de la transición, particularmente por narradores como Antonio Gil y Jorge Guzmán, porque creo que mostraron una manera de acercarse al pasado que se alejaba de la historia política desde las élites como único eje posible y intentaba rediseñar tejidos sociales y culturales que habían sido profundamente rasgados por la historia reciente. Me interesaba además que lo hacían desde opciones estéticas que los insertaban en una tradición latinoamericana, como el neobarroco en el caso de Gil. La narrativa histórica era importante en ese momento también porque se puede considerar una rama del best-seller y el auge que tuvo como género en muchos casos tenía que ver con la instalación del modelo neoliberal y su manera de procesar el pasado reciente. Autores como Gil y Guzmán tensionaban esta lógica con novelas que no estaban dirigidas a un lector masivo en absoluto pero que se hacían cargo de un relato histórico que en muchos casos limitaba el pasado al consumo e intercambio de próceres. Sería interesante actualizar esta reflexión a partir del caso Baradit y la Historia Secreta de Chile para el momento actual.

A.I: Me contabas que en la actualidad te encuentras en un tipo de investigación distinta a las que hemos venido apuntando en la entrevista. En esta investigación tienen un lugar central tu preocupación por el tema de las audiencias lectoras y la circulación de discursividades y relatos al interior de redes intelectuales. ¿Nos puedes adelantar algunas ideas centrales de esta investigación? ¿Tienes algunas consideraciones en torno a la variable del consumo determinado por la industria cultural?

A.V: Como te contaba, mi trabajo reciente a partir de un proyecto Fondecyt de tres años que estamos realizando con la investigadora Claudia Darrigrandi apunta a la primera mitad del siglo XX y a un concepto que me ha ido pareciendo cada vez más importante: el de cultura lectora. Si bien existen estudios sobre la recepción literaria, otros que identifican comunidades de lectores o prácticas de lectura particulares, la idea de una cultura lectora nos permite destacar el lugar de las tecnologías, los soportes y la importancia de las formas de circulación de lo escrito en el desarrollo de ciertos modos de leer.

Una forma de acceso a la lectura común entre variados públicos lectores a principios del siglo XX fueron los recortes. Los recortes de hecho constituyeron una práctica necesaria en la masificación de la lectura en Latinoamérica y son frecuentes los testimonios de escritores que pudieron acceder a la literatura gracias a los recortes de folletines que coleccionaba alguien cercano. En los cuarenta, hay varias cartas en las que Gabriela Mistral agradece el envío de recortes a sus amigos de Chile porque le permitían mantenerse al día sobre debates y asuntos locales y oficiar como corresponsal autorizada de lo que ocurría en el país mientras estaba fuera.

Desde las primeras décadas del siglo XX, con la irrupción de un número cada vez mayor y más diverso de revistas en todo el mundo y dada la necesidad de informar pero también de explicar eventos que concitan interés internacional y continental, algunos intelectuales latinoamericanos asumen la práctica de los recortes a mayor escala, como editores y muchas veces también como traductores, en revistas que seleccionan y reproducen artículos de otras revistas. Una especie de antecedente del copy-paste, antes de la era de internet.

Aunque el recorte entendido en este sentido está presente en alguna medida en parte importante de la prensa del período, me interesan algunas revistas culturales que realizan una selección de artículos sobre distintos temas entre los publicados en revistas extranjeras, particularmente en la década del treinta. Esta práctica me parece relevante en relación con la creación y consolidación de circuitos intelectuales y de públicos lectores. Fue, de hecho, una forma de democratización de la cultura ya que las revistas de este tipo divulgaron contenidos entre lectores latinoamericanos que no tenían acceso a los textos originales o al idioma en que se publicaban; también funcionaron como una estrategia para rediseñar las formas de inserción de los intelectuales latinoamericanos en debates que no protagonizaron, pero de los que sí formaron parte discursivamente; las revistas de recortes permitieron hacer un editorialismo programático que propagó valores e ideas importantes en el período, como la cooperación intelectual o el americanismo. Esto es particularmente relevante en revistas culturales como la costarricense Repertorio Americano del editor Joaquín García Monge durante la década del treinta y la Revista Babel chilena en su etapa como “revista de revistas” a fines de esa misma década. Esta última fue una revista cultural dirigida por Enrique Espinoza, el editor de origen ruso que llegó a Chile después de una larga trayectoria como editor en argentina.

A.I: Sin duda es importante la circulación de las ideas y por lo tanto las redes intelectuales están llamadas a un compromiso activista y de encuentro. ¿Te parece relevante la instalación de prácticas que consideren lo interdisciplinario? ¿Puedes señalar algunos límites y/o ventajas?

A.V: Me parece muy importante. Al estudiar objetos culturales como las revistas, por ejemplo, se ve muy pronto la artificialidad de ciertos enfoques disciplinarios ya que cualquier mirada que no considere lo histórico, lo cultural, lo estético o lo sociológico resultará reduccionista. Creo que es importante que lo interdisciplinario se apoye desde la institucionalidad de la investigación científica para que encuentre un desarrollo serio y respetuoso de las herramientas metodológicas de cada disciplina, pero abierto a una aproximación plural. Una experiencia que me parece provechosa recientemente desde mi campo, y que puede ser ejemplificadota de una manera de hacer investigación interdisciplinaria, son los seminarios que hemos organizado desde el Centro de Estudios Americanos de la Universidad Adolfo Ibáñez. En uno de ellos, por ejemplo, reunimos investigadores de historia, filosofía y literatura ante un estímulo preciso. La edición que realizaron Pedro Moscoso y Nicolás Fuster de La Hoja Sanitaria, un periódico del Policlínico Obrero de la I.W.W. en Chile publicado entre 1924 y 1927. Se trataba básicamente de reaccionar desde las líneas de investigación de cada uno de los invitados ante el estímulo de este archivo. Desde esta pluralidad de miradas, el archivo se volvió mucho más que una fuente para la historia de la salud en Chile.

A.I: Como esta entrevista es parte de esta serie que he titulado “belleza, chilena” me gustaría terminar la entrevista con una pregunta a un ámbito más cotidiano y experimental en cuanto a la realización de tu carrera profesional hecha desde tu ser mujer y tu relación con la universidad. Hay testimonios, pero también investigaciones que dan cuenta de algunas problemáticas desde el género. ¿Reconoces algunas problemáticas en el ejercicio académico de mujeres que tengan relación con cuestiones del género? ¿Desde tu práctica te vinculas con alguna motivación u orientación cercanas a reivindicaciones liberacionistas desde las perspectivas de género?

A.V: Evidentemente aún existen lógicas de discriminación hacia la mujer muy instaladas, y el campo profesional es un lugar privilegiado para verlas. Aunque yo me siento tremendamente privilegiada en ese sentido respecto de otras mujeres que no han tenido los medios o el apoyo oportuno para alcanzar un lugar menos vulnerable en términos laborales, a diario me molestan pequeñas cosas como entrar a una reunión en que se discute algo importante a nivel académico, ver que a veces soy la única mujer, y que eso parece no incomodar a nadie más que a mí. Afortunadamente esto va cambiando, pero sería necesario tomar conciencia a todo nivel de la necesidad de micropolíticas de la no discriminación que vayan educando y cambiando nuestra cultura. Además, la discriminación de género convive y, lamentablemente, se superpone a otras discriminaciones que también es necesario erradicar.

Desde mi investigación me interesa visibilizar el lugar de las mujeres en contextos compartidos con hombres. Creo que se ha hecho mucho por identificar las prácticas y los circuitos de legitimación para mujeres intelectuales y artistas y las redes de apoyo entre mujeres, como una forma de evitar centrarse solo en las grandes figuras como Gabriela Mistral o Amanda Labarca. Sin embargo, creo que falta entender y relevar vínculos entre mujeres y hombres en el campo cultural chileno y latinoamericano.

Respecto de mi práctica como investigadora, creo que algo muy importante ha sido descubrir formas de colaboración con otras mujeres, y es algo que me interesa potenciar. Creo que en nuestro contexto siempre s necesario tener modelos de mujeres que vivan a diario desafíos como los que uno enfrenta. Cada vez que veo a una mujer que admiro en lo profesional, no puedo evitar pensar en los esfuerzos extraordinarios que todavía suponen ciertos logros para las mujeres.

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