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En este numero:

- El desafío de Chile. Por Mario Osses
- Vergara Toledo: A 32 años de su asesinato el sentido profundo de su sacrificio al calor de las luchas sociales del presente. Por Marco Silva Cornejo
- En la trastienda del sueldo ético: Peña v/s Goic. Por Humberto Palma

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Los estudiantes: la convivencia democrática como una reflexión constante. Por Rodrigo Escobar San Martín

El anuncio de la Presidenta Bachelet sobre el ingreso al Congreso del proyecto de reforma a la educación superior y su posterior desmembramiento por parte de los distintos actores sociales que convergen en esta materia, ha generado un hito dentro de la sociedad acerca de la educación, pues el consenso es mayoritario, vale decir, tiene un rechazo casi total y transversal. A tal punto que las voces críticas establecen como principal carencia la falta de diálogo. Se está generando un largo y profundo proceso de desangramiento de uno de los bastiones de la lucha social más importante que este gobierno tomó como estandarte para enarbolar su propia bandera. No cabe duda que este proceso era una muerte anunciada –lenta, pero anunciada- de un gobierno que es el fiel reflejo de una elite decadente, sin ideas y sin imaginario de construcción de un proyecto político que sobrepase el mero pragmatismo neoliberal y la instrumentalización técnica que desemboca en un discurso de cifras. No es de mi interés detenerme en esbozar “la crónica de esta muerte anunciada”, sino en profundizar algunos elementos que desde el mundo social se intentan articular en un proyecto democratizador alternativo a la tecnocracia política de nuestro país. Al respecto me parecen interesantes tres diagnósticos que se han hecho sobre los movimientos sociales, específicamente sobre los movimientos estudiantiles.

En primer lugar, ha aparecido un cierto optimismo trasnochado sobre la imperiosa necesidad de un plan de formación ciudadana que intente sopesar y encantar a los jóvenes a participar en la actividad política. Políticos entusiastas y sonrientes alientan en su discurso esta necesidad imperiosa por la cual atraviesa el país, pero más aún es interesante destacar que gran parte de los estudios previos sobre este tema insisten en la tesis de que la juventud (¿posmoderna?) “no está ni ahí” con la política, con el sufragio, ni menos aún con la convivencia democrática. Lo interesante de esta mirada despolitizada de la juventud es que considera dicha carencia con una imagen del tipo de ciudadano que se va a insertar en nuestra sociedad -de ahí ideas intuitivas tan poco brillantes que circulan por los pasillos universitarios y aulas de nuestras escuelas-: un ciudadano pasivo, altamente individualista y carente de visión de un proyecto común. Este discurso enarbola ciertos supuestos a priori que se encuentran circunscritos a juicios de valor acerca de lo que es la juventud. Esta tesis ha sido puesta en duda por la evidencia de nuestra realidad social y política. ¿Acaso se nos ha olvidado que el movimiento estudiantil comenzó de manera tímida y desarticulada en el año 2001 y ahora en pleno año 2016 ha producido una estructura de poder capaz de instalar temas que sobrepasan la educación, tensionando nuestra forma de construcción política a nivel país? Recordemos simplemente que una de las primeras articulaciones construida, reflexiva y sistematizada en una propuesta político-educativa fue hecha por la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES) ¿Qué pasó en el camino (y con esa tesis)?

Este problema nos lleva al segundo punto: la creencia mítica de una juventud incontinente e irreflexiva (bellas y elocuentes palabras para decir estúpida) que debe guardar sus opiniones y menos aún enarbolar propuestas de país. Este caso en particular rememora un amor incondicional hacia la defensa irrestricta de una racionalidad reflexiva adulta propia de la propuesta ilustrada -y de un amor oculto por Kant-. Desde un columnista “ilustrado” como Peña hasta los neokantianos de las cifras (economistas) plantean el paradigma ilustrado como forma y solución discursiva del atolladero en el que nos encontramos como sociedad. ¡Ante el caos, razonad!, ¡Ante los jóvenes, razonad! ¡Razonad… razonad… razonad! Estas frases cortas y simples, parecen más opiniones que fundamentos, dignas de una canción reggaetonera, que enunciados pulcros y depurados propios de la actividad intelectual que profesan. A su vez, demuestran más juicios de valores, denostando a la juventud y su forma de hacer política en desmedro de lo que ellos entienden por una actitud moral superior, y, en consecuencia, que concibe sus principios políticos como superiores.

Los jóvenes deben colocar su interés y foco de atención en la formación y en la disciplina (Kant) para alcanzar la educación y servir de manera digna al país. Involucrarse por tanto en la política no es una cuestión propia de su proceso formativo (neutralidad). Pueden soñar, imaginar, jugar, siempre y cuando estén al cuidado de un adulto que los guíe y forme. Por eso “estos ilustrados” sudan por los asambleísmos y formas de idear políticas distintas a la institucionalidad que defienden. Olvidan que esa racionalidad altamente pragmática es una de las formas de concebir la política, como también acusan una imagen añeja e inocente de que la juventud no es más que un adulto en potencia. Ya Kuhn -en otro lugar- nos hablaba de los paradigmas, las comunidades científicas y las revoluciones, citando como ejemplo el discurso que Max Planck dio al ganar el premio Nobel en el que enfatiza que tras 28 años sus estudios y teorías fueron tomadas en serio, en otras palabras, tuvo que morir toda aquella comunidad científica vieja con su visión paradigmática de la realidad que se situaba como discurso de verdad (Foucault). Y, discúlpeme señor lector, ¡pucha que los políticos gustan de instalar discursos universales de verdad acerca de lo que debe entenderse por (realidad) política! Podríamos preguntar a estos neokantianos – y en clave kantiana- ¿qué entienden por racionalidad y cuáles son los supuestos (a priori) que la sostienen? Me parece que uno de ellos puede ser, a modo de hipótesis, la diferencia de los juegos en su niñez: ante los videojuegos, la pelota y demás; los neokantianos se entretenían con juegos de mesa como el monopoly o al gran Santiago.

Pero no todo lo que brilla es oro. No podemos ser inocentes y objetar ciertas conductas y actitudes contraproducentes para todo movimiento democrático. Volver a las bases del asambleísmo como institucionalidad propia de la democracia es un hecho valiente, pero no carente de dificultades. Para algunos las asambleas, con sus discursos y votación a mano alzada, son un acto de debilidad política más que de fortaleza. Sus argumentos estriban en la desigualdad de capital cultural y en su consecuente capacidad de enarbolar discursos cuyos argumentos persuadan a las mayorías; así también se instaura el miedo que provoca no votar por algún hecho en que la gran mayoría se ha pronunciado debido a su carácter de visibilidad del voto. El primer aspecto es un elemento propio de la democracia y más que debilidad plantea un problema de cómo un poder colectivo se configura y autoinstituye. Esta tensión es propia de un imaginario y construcción de la convivencia democrática, donde diversos argumentos entran en confrontación frente a un gran público que debe tomar decisión. Por otra parte, enarbolar el sufragio secreto como un triunfo de la democracia implica no comprender la esencia de la democracia misma. Ya Aristóteles explicaba que el sufragio pertenecía a un mecanismo de corte aristocrático más que democrático, recordemos que votar individualmente y de manera secreta sería hacerlo por aquello que yo considero lo mejor (aristos). El valor de la mano alzada y la votación asambleísta implica una forma de concebir la convivencia política basada en la transparencia, primando lo público y lo visible: ¿por qué tener miedo hacia el otro? ¿Acaso escondo algún interés particular? Esas dos preguntas son puntos de inflexión constantes en el quehacer político y la convivencia democrática, por esta razón es que la democracia configura un modo de operar que tensiona a todos los participantes de la polis, y sobre todo a la polis misma.

No obstante, estos elementos también guardan relación con ciertas prácticas de nuestro país que Nobert Lechner planteó como el legado de la dictadura, esto es, la cultura del miedo. El miedo encarnizado en el otro no en tanto Otro con el que me relaciono, sino como antagonista. Hoy no es la violencia literal de ese Otro que debe ser exterminado por el bien del país; más bien es una violencia discursiva, de minorías articuladas dentro de las asambleas que instala sus visiones en desmedro de las otras, sea cual fuere el carácter y fundamentos de la discusión, anulando de esta manera toda forma de diálogo e imponiendo prácticas autoritarias y represivas en el actuar. Desde los garabatos, los gritos, increpar al otro por argumentar distinto, llamarlo “facho pobre” al que disiente (cosa interesante, pues esa es una práctica fascista). No incluir a todos los miembros de la comunidad en el proceso de discusión y alentar prácticas radicales sin llevar a cabo un proceso de reflexión y votación, tiene como efecto contraproducente el desgaste de la comunidad. Se aplica la violencia y las prácticas represivas como estatuto legitimo dentro de la actividad política, cosa que por lo demás reproduce aquello que por sobre todo es lo más criticado.

Es tarea de los movimientos sociales y especialmente del movimiento estudiantil, pensar sobre la virulencia que se ha desatado en las tomas de establecimientos. Si la toma se considera un acto legítimo de presión política, se debe reflexionar en su práctica y sobre todo en sus consecuencias. Lo primero es llevarla a votación luego de un proceso de debate, posteriormente dialogar con todos los miembros de la comunidad. En caso de tomarse alguna dependencia, debe primar el cuidado de la comunidad en la que se encuentra, velando responsablemente por el espacio en el cual se desenvuelve junto a Otros (con-vivencia). Hay buenos ejemplos de espacios altamente cuidados que manifiestan un sentido de comunidad y co-pertenencia en proceso de toma. También existe su contrario, donde la destrucción y robos a la comunidad desfragmentan, violentan y estigmatizan el sentido de participación e identidad en un espacio de convivencia plural. Que algunos intenten imponer sus visiones sin mediar diálogo alguno implica reinstalar la visión de unos y otros como enemigos. Imagen que es legado de una visión integrista y homogénea, propia de la actitud y valores promovidos por la dictadura militar chilena y que, lamentablemente, todavía nos pena.

Rodrigo Escobar San Martín
Docente de la Universidad Católica Silva Henríquez

 
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