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Memoria y paisaje: un rincón del Maule. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra

(JPEG) Fotografía Diego Daly

El impacto del paisaje en la memoria es un hecho innegable: sonidos, sabores, recuerdos, nostalgias, etc. Algo de placer esconden los viajes aunque no siempre por la novedad que se presenta gratuita a un ser abierto y dispuesto a la experiencia. El paisaje de nuestro territorio es una donación de belleza, recorrer caminos perdidos, entrar a pueblos polvorientos, disfrutar algún marisco o pescado en su sabor bruto sin el abuso gourmet, mirar las estrellas, ver romper la ola en una roca, escuchar el graznido de algún pájaro, encontrarse con personas no agobiadas por el apuro, escribir algún poema, sentir la presencia de lo trascendente en el sentir la totalidad embriagados.

Volver a Llico fue un acto transgresor, no fue un viaje de consumo, fue posible como fruto del trabajo. Esta experiencia del trabajo vinculada al disfrute, al goce, se aparta de las condiciones que limitan al trabajo a las situaciones de explotación comunes en nuestra sociedad neoliberalizada. Sin duda, recibimos una bendición, como tantas otras que van apareciendo en la vida cotidiana cuando somos capaces de detenernos a contemplar y cuando no negamos la generosidad propia del ser humano que asume la importancia de la vida colectiva por sobre la vida individualista que nos han impuesto la modernidad capitalista, ajena en extremo al colectivismo de los pueblos originarios. ¿Cómo no ser conscientes de la vida colectiva que nos entregaron nuestros padres? ¿Cuánta responsabilidad tenemos en la negación de esta herencia cultural? Es necesario recuperar la experiencia colectiva del “don y la reciprocidad” practicado por nuestros ancestros habitantes originarios de estos territorios.

Vale la pena explicitar más este hecho. Hace unos meses realizamos un trabajo en el excepcional hotel Puerto Viejo de Llico pactada en una economía alternativa a la economía monetarizada. Se nos ofreció un trueque, otro vestigio de prácticas ancestrales en nuestros modos de vida. Al interior de la geografía maulina recurrir al trueque no es extraño, por ejemplo los médicos aceptaban como formas de pagos aves domésticas, las cosechas de los campos de pequeños agricultores eran pagadas con los mismos frutos cosechados, el intercambio de productos, en las escuelas cambiar frutas por panes. Sin ir más lejos, este verano adentrándonos en la zona cordillerana maulina de Vilches, hemos experimentado el placer de la visita conversada bajo una ramada o un corredor de adobe y tejas, junto a un mate o a un trozo de sandía con harina tostada y la retribución de ésta con huevos, pan amasado, chancho en piedra y miel; todo fruto de la producción doméstica. Así es como no podemos dejar pasar el hecho del encanto del progresivo y promisorio encuentro con el “Buen vivir”, también concepto ancestral de nuestras culturas originarias.

Llico y el hotel Puerto Viejo ofrecen lo necesario para el descanso y el goce. La pequeña caleta prodiga frescos peces de rocas, exquisitos mariscos como los locos, nobles vinos maulinos del secano costero, verduras y frutas frescas. El hotel Puerto Viejo aporta con una variada carta de comidas y de vinos; destaca la atención acogedora y los distintos servicios que ofrece como la posibilidad de ver una impactante puesta de sol desde el piletón de agua caliente mientras las gaviotas planean alrededor y la brisa marina se suma al hogareño olor de la leña que completa la experiencia.

La historia cuenta que al final del siglo XIX el presidente Balmaceda quiso instalar un destacamento militar para defensa del territorio ocupando la zona Vichuquén y Llico. La revolución de la época esfumó este proyecto de militarización. Sin embargo, la instalación sirvió para uso comercial siendo un lugar de carga para trigo y sal. Cercano a Llico se pueden visitar las pequeñas plantas de sal que son el sostén económico de varias familias y que siguen comercializando en su forma granulada y en su forma de espumilla. También se dice que este emplazamiento habría sido habitado antes de la colonia, incluso por la ocupación del inkario, no sabemos si este hecho tenga que ver con el cultivo de la quinoa que se observa.

Hay una reserva natural custodiada por la Conaf llamada Laguna de Torca, en la cual se puede apreciar distintas aves, algunas en peligro de extinción, especialmente cisnes y garzas; y en fauna zorros culpeos, quiques y coipos. En la misma reserva se puede observar el descubrimiento científico que frena el crecimiento de la dunas, en este caso, con una plantación de eucaliptus.

Lamentablemente poco bosque se observa en esta zona de la región, kilómetros y kilómetros de pinos rodean la zona. El escaso tránsito de vehículos hace sospechar que los caminos trazados son más bien transitados por camiones cargados de metro de ruma. El Puerto Viejo que nos despojaba del trigo hoy sirve como estímulo para la inspiración poética, no olvidemos que estos territorios conforman gran parte de la estética de Pablo de Rokha.

Este viaje es un transitar por nuestra memoria a través de los paisajes, prácticas, sabores, el encuentro simple en la palabra, la música se encuentra en todo: cantos de pájaros, olas rompiendo, viento entre los árboles, pasos en la arena. Las tensiones de nuestra historia aparecen como “venas abiertas”, la modernidad ejerciendo una cosmética que no logra ocultar el subsuelo que pervive como forma auténtica de existencia.

Puerto viejo cansado
tu alma permanece quieta
la belleza cuando es
no desaparece apresurada.
El viento pone a prueba
tu nobleza
las gaviotas te celebran en coro
la voz de una musa
fragmentada en la arena.
Cae el sol lentamente
ocaso del día repitiéndose
reiteración casi precisa del reloj
sin ceder al apuro
dándonos el deseo utópico
en el horizonte volviendo al descanso.

Paquita Rivera.
Alex Ibarra Peña.
Colectivo Música y filosofía:
“desde la reflexión al sonido que palpita”.

 
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