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En este numero:

- Obama II
- Coyuntura latinoamericana y mundial. El pesimismo esperanzado
- Los peces chilenos irán a unas pocas manos

- Sumario completo octubre de 2012





Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
Este artículo, aunque está destinado a los lectores de Le Monde Diplomatique de Francia, nos parece muy importante que lo conozcan también los lectores de la edición chilena.
Traducción: Florencia Giménez Zapiola

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Página de inicio >> Octubre de 2012

Sobre la gratuidad de la información y la experiencia de Le Monde Diplomatique
“No hay tiempo”

por  Serge Halimi

Los que desesperan por la falta de atención a su causa, a su actividad, se encuentran con frecuencia con la misma explicación: “No hay tiempo”. No hay tiempo de ahondar en un libro “demasiado largo”, de pasear por la calle o de ir a un museo, de mirar un film de más de noventa minutos. Ni de leer un artículo que aborde un tema que no sea familiar. Ni de militar ni de hacer lo que sea sin ser interrumpido enseguida, en cualquier parte por un llamado que requiere su atención urgente sobre otro asunto.

De alguna manera, esta falta de tiempo es consecuencia de la aparición de tecnologías que nos han permitido… ganar tiempo: la velocidad de los desplazamientos aumentó, la de las investigaciones, la de la transmisión de información y de correspondencia también, a menudo a un costo modesto o irrisorio. Pero, simultáneamente, la exigencia de velocidad no cesó de hipotecar el empleo del tiempo de cada uno de nosotros, y la cantidad de tareas a realizar se disparó. Siempre conectado. Prohibida la distracción. No hay tiempo (1).

A veces también es el dinero el que falta: ya no nos alcanza. Un periódico como Le Monde diplomatique, que cuesta más barato que un paquete de cigarrillos, implica un gasto que para muchos empleados, desocupados, precarizados o jubilados no es despreciable. Estas razones, entre otras, explican la desafección de la prensa paga. Una fracción de sus antiguos lectores la abandona a medida que la ventana de papel abierta al mundo, la espera del cartero o el kiosquero se convierten en una obligación de lectura adicional en un calendario ya sobrecargado –y sobre todo si hay que pagar. Uno de los dueños de Free y de Le Monde, Xavier Niel, anticipa que, en una generación, los diarios habrán desaparecido.

Si el pago se hiciera en pantalla o en tabletas, no habría quizás motivo de alarmarse: una cosa remplazaría a la otra. Más aún, la ciencia, la cultura, los placeres, la información se difundirían más rápido incluso en los lugares más apartados. Por otra parte, muchos periódicos concebidos sin otro proyecto de redacción más que redondear las ganancias (o la influencia) de sus propietarios pueden muy bien sucumbir sin que la democracia sufra la pérdida. Pero las nuevas tecnologías de la información no aseguran al periodismo ni los empleos ni los recursos que la antigua tecnología proveía. Sólo trabajando a título de beneficencia, es decir, obteniendo sus ingresos de otra parte, como la mayoría de los blogueros, la profesión está a salvo de la peor de las amenazas: un futuro incierto Un tren, el metro, un café, un congreso político: antes, en estos espacios, reinaba la prensa. En este momento ¿cuántas personas despliegan un diario que no sea “gratuito”?. ¿Es sólo una impresión? Las cifras se imponen y confirman la realidad de un abandono. En Europa del Oeste y en Estados Unidos, la difusión de los diarios declinó en un 17% en el transcurso de los cinco últimos años. Y el retroceso aumenta. En Francia, en un período de fiebre electoral ya no se recurre a los kioscos; de enero a agosto de 2012, los diarios generalistas acusaron un retroceso promedio de sus ventas en un 7,6% en relación con el año precedente. Aun en el momento de los juegos olímpicos, en julio y en agosto último, L’Équipe, un diario deportivo en situación de monopolio vio bajar sus ventas.

Con la esperanza de frenar este deslizamiento hacia abajo, el periodismo aferrado al contante y sonante multiplica las tapas atrayentes que violan la intimidad de las personas, o los artículos que asustan al comparar lo que sea (incluidas las provocaciones aisladas de los caricaturistas o las reuniones de grupúsculos de integristas) con los “años más sombríos de nuestra historia”. Los canales de noticias siembran aun más confusión. Adivinar qué exageración va a movilizar la atención de los medios, ocultar una información que reclamaría del lector algo más que un “me gusta” al pie de un blog irritado se ha vuelto un juego de niños. La mayoría de los dueños de diarios piensan que aumentando la vulgaridad y el catastrofismo provocarán “buzz” durante algunas horas. Pero, en este sentido, ¿cómo lograr que el lector pague lo que puede encontrar gratuita y profusamente en otra parte?

En particular en la Red. En la actualidad, a los treinta y cinco millones de franceses que leen cada día un diario se agregan o se superponen veinticinco millones de internautas que, todo los meses, consultan al menos un lugar de prensa. Pero los internautas están acostumbrados a creer que el reino de la sociedad sin dinero había llegado –salvo cuando se precipitan para comprar (eso sí, muy caros)–, su computadora, su smartphone o su tableta para consultar por otra parte una prensa que se les ofrece. La audiencia on line no significa pues gran cosa a los que investigan, editan, corrigen, verifican la información. Así se edifica poco a poco una estructura económica parasitaria que concede a algunos todos los beneficios del comercio. Y que factura a los otros todos los costes de la “gratuidad” (2).

Un diario como The Guardian, por ejemplo, se convirtió, gracias a su sitio Internet en el número uno de la audiencia en el Reino Unido y tercero en el mundo, sin que esto le haya impedido perder –al contrario, habría que decir– 57 millones de euros el año último, y dejar sin trabajo a un centenar de periodistas. Pues aunque requiera cada vez más inversiones, el aumento del tráfico numérico de los diarios coincide en general con la reducción de sus ventas en kioscos. Seguramente, cerca de seis millones de británicos leen al menos un artículo del The Guardian por semana, pero sólo doscientos mil lo compran cotidianamente. Esta pequeña población, declinante, es la que financia la lectura gratuita de los internautas. Un día, por fuerza, este viaje se detendrá para todos por falta de combustible.

La publicidad
La apuesta perdida de los editores concierne también a la publicidad. Al principio, el modelo de la “gratuidad” on line imitaba la lógica económica de la radio comercial, después la de esos diarios que los trabajadores precarizados distribuyen al alba a la entrada de las estaciones de metro. Salvo que, en un caso, se sabe desde siempre de qué se trata, de radios privadas (RTL, Europe 1, NRJ, etc.) cuyos programas se filtran entre spots que martirizan los tímpanos. Y, en el segundo, aunque Direct Matin o Metro –el primero propiedad de Vincent Bolloré, el otro de TF1–, tienen como proyecto una sociedad de la gratuidad, la condición es que esta les signifique alguna ventaja. Les basta para eso facturar directamente al anunciante ofreciéndoles a cambio cantidades de lectores o de oyentes.

Con la información on line, se volvió patente que el mismo cálculo es un fiasco. Es en vano que los sitios de prensa tengan éxitos de audiencia, ya que de todos modos la pauta publicitaria sólo les llega a cuenta gotas. Pues su producto se beneficia sobre todo con los motores de búsqueda, convertidos según Marc Feuillée, presidente del Sindicato de Prensa Cotidiano Nacional (SPQN), en “los mega productores publicitarios, que absorben como esponjas la casi totalidad de las ganancias de nuestros anunciantes”. Feuillée precisa: “Entre 2000 y 2010, la cifra de negocios publicitarios de los motores de búsqueda pasó de 0 a 1,4 mil millones de euros, el de la prensa [on line] de 0 a 250 millones de euros (3). Informado en detalle de los gustos y de las lecturas de cada uno de nosotros, capacitado (como Facebook) para vender en seguida esta avalancha de datos personales a los publicitarios que se servirán de ellos para mejor “determinar” a su presa, Google también se volvió maestro en el arte de lograr la “optimización fiscal” en Irlanda y en las islas Bermudas. Esta multinacional opulenta no paga, pues, prácticamente nada de impuestos. Aunque la prensa va mal, la mayoría de los diarios lo disimulan recurriendo un poco más a indicadores adulterados. Así, una parte de la difusión que se dice paga –más del 20% en el caso de Echos, de Libération o de Figaro– es en realidad ofrecida a estaciones de tren, compañías aéreas, especierías de lujo, hoteles, escuelas de comercio, playas de estacionamiento. En cuanto al número reconocido de suscriptores, con frecuencia se desplomaría sin las técnicas dignas del hard discount que difunde, por ejemplo, el jovial director del Nouvel Observateur cada vez que propone 13 números de su revista por 15 euros, con un “reloj de colección Lip classics” de regalo. El dueño de L’Express de bufandas coloridas, mejor: con él, son 45 números por 4 euros, con un “reloj despertador luminoso y sonoro”.

Otras astucias permiten estimular la audiencia de los sitios. Así, cuando un diario que pertenece a Serge Dassault adquiere un sitio especializado en espectáculos o en servicios meteorológicos, es para poder pretender a la vez que cada internauta que compre on line su entrada para el circo, o que se preocupe por el sol durante sus vacaciones sea ipso facto un lector de la “marca” Le Figaro…

Le Monde Diplomatique
Seamos, pues, únicos en nuestra franqueza: desde enero de este año, la difusión de Le Monde Diplomatique en Francia bajó en un 7,2%. La falta de tiempo, de dinero también, cierto descorazonamiento frente a una crisis que se expande tal como lo habíamos anticipado, mucho antes que los otros, pero a la cual no podemos aportar remedio solos, una alteración del orden económico y social que tiene problemas para encontrar una salida política: todo esto ha contribuido a nuestro retroceso.

Al empeoramiento de nuestra situación financiera que se desprende de ésto se agrega una nueva reducción de nuestros ingresos publicitarios. A aquellos de nuestros lectores, numerosos, a quienes este tipo de ingresos indigna, les hemos prometido que no excedería jamás el 5% den nuestra cifra de negocios. En 2012, no alcanzará siquiera el 2%... Gracias a una política intransigente en la tarifa de nuestros suscriptores -no liquidamos nuestras publicaciones y no ofrecemos nada más a nuestros suscriptores sino los periódicos que solicitan-, gracias también a la campaña de donaciones que lanzamos cada año en la misma época y que ayuda a financiar nuestros proyectos de desarrollo), nuestra pérdidas serán modestas. Pero, en 2012, este periódico se va a encontrar en déficit. Y nada garantiza que la tendencia se invierta el año próximo.

Sin embargo, algunos rayos luminosos aclaran este panorama. En los próximos meses se lanzará una nueva edición electrónica. Esto permitirá al lector pasar instantáneamente de un formato que reproduce el diario de papel, su manera de desplegarse, su composición de la página, a otro más adaptado a todas las pantallas. Una edición específica destinada a las tabletas y otras lectoras está también en preparación. Por otra parte, hemos observado que nuestros archivos han suscitado un interés excepcional, las ventas de nuestro último CDRom excedieron con creces nuestras expectativas. Por eso dentro de poco vamos a proponer a todos nuestros suscriptores el acceso instantáneo, por una módica suma, a cualquiera de nuestros artículos publicados entre el nacimiento de Le Monde diplomatique, en mayo de 1954, y el número en curso. En fin, pronto todos, suscriptores o no, podrán acceder durante algunos días mediante una suscripción a nuestro fondo documentario. Estas nuevas prestaciones del sitio Internet, que nosotros esperamos desplegar desde el comienzo del año próximo, requirieron una muy larga y pesada inversión de nuestra parte. Esperamos en fin ingresos regulares. Contribuirán a la defensa de nuestra independencia.

Pero nos hace falta también sostener juntos las ventas del periódico. Esto implica, para empezar que todos conozcan su existencia. Ahora bien, la visibilidad de Le Monde diplomatique disminuye en los kioscos y editoriales a medida que se disgrega la red de distribución. Esclavos de la profesión, situados en el último eslabón de la cadena, sometidos a horarios y a condiciones de trabajo agotadores, en competencia con la prensa llamada “gratuita”, cientos de kiosqueros y de vendedores de diarios cerraron sus negocios en el transcurso de los últimos años (918 sólo en 2011). Sin embargo, es gracias a ellos que se establece el primer contacto con nuestros lectores. ¿Cómo hacer saber de otra manera a los que no están todavía suscritos a nuestras publicaciones que hemos publicado tal investigación, análisis o reportaje?

Cuando se trata de Le Monde diplomatique, la promoción confraternal, por lo común tan entusiasta, de pronto se calla. Así, entre el 19 de marzo y el 20 de abril de 2012 (un período del empleo del tiempo de uno de nuestros pasantes, elegido al azar), las revistas de prensa de Europe 1, de RTL y de France Inter mencionaron 133 diarios, entre los cuales Le Figaro (124 veces), Libération (121 veces), sin olvidar France Football y Picsou Magazine. Le Monde diplomatique no fue jamás citado. Difícil hacer menos para el principal diario francés publicado en el mundo (Cincuenta y una ediciones en treinta idiomas)…

En el fondo poco importa: nuestra red social, es usted. Es pues, a usted que le corresponde en primer lugar hacer conocer este mensual, sus valores, animar su aventura intelectual, sus compromisos. Convencer a su alrededor que no es ni urgente ni necesario reaccionar a todas las “polémicas”, abarcar mucho para no apretar nada, recorrer todo para no retener nada. Y que es bueno –por ejemplo una vez por mes– dejar la habitación donde todos vociferan, decidir que se detengan y que reflexionen.

¿Para qué puede servir un periódico? Para aprender y comprender. Para dar un poco de coherencia al estrépito del mundo allí donde otros hacen acopio de información. Para pensar tranquilamente sus luchas, para identificar y hacer conocer a los que las emprenden. Para no permanecer solidario de un poder en nombre de las referencias que proclama en cuanto sus acciones las traicione. Para rechazar el cerrojo identitario de un shock de las civilizaciones que olvidan que la herencia de “occidente” es el saqueo del Palacio de verano, la destrucción del medioambiente, pero también el sindicalismo, la ecología, el feminismo –la guerra de Argelia y los “portadores de valijas”. Y que el “Sur”, los países emergentes que se deshacen del orden colonial, encierra fuerzas medievales, “elites” `predadoras y movimientos que los combaten– el gigante taiwanés Foxconn y los obreros de Shenzhen.

¿Para qué puede servir un periódico? En tiempos de retroceso y de resignaciones, para despejar el sendero hacia nuevas relaciones sociales, económicas, ecológicas (4). Para aguijonear o fustigar a los socialdemócratas sin aliento y sin vigor. Desde estas columnas fue lanzada la idea de un impuesto sobre las transacciones financieras (5), después la de la limitación de los ingresos (6). Las dos propuestas han avanzado mucho desde entonces y, según algunos relatos periodísticos, nuestro artículo de febrero último sobre el segundo tema habría inspirado a François Hollande en la creación de un impuesto del 75% para los ingresos superiores a un millón de euros. Un periódico puede recordar, pues, que la prensa no está siempre ligada a los industriales y los comerciantes contra los que luchan obstinadamente para salvar el planeta y para cambiar el mundo.

Evidentemente, la existencia y el desarrollo de un diario semejante no pueden depender únicamente del trabajo del pequeño equipo que lo produce, por más entusiasta que sea. Pero sabemos que podemos contar también con ustedes. Juntos nos tomaremos el tiempo que haga falta.

1. Cf. “La tyrannie de la vitesse”, Sciences Humaines, julio de 2012.
2. Véase “L’information gratuite n’existe pas”, http://www.mondediplomatique.fr/carnet/2010-10-07-information
3. Correspondance de la presse, París, 17 de noviembre de 2012.
4. Véase Bernard Friot, “La cotisation, levier d’émancipation”, Le Monde diplomatique, febrero de 2012.
5. Cf. Ibrahim Warde, “Le projet de taxe Tobin, bête noire des spéculateurs, cible des censeurs” e Ignacio Ramonet “Désarmer les marchés”, Le Monde diplomatique, febrero y diciembre de 1997, respectivamente.
6. Véase Sam Pizzigati, “Plafonner les revennos, une idée américaine”, Le Monde diplomatique, febrero de 2012.

*Director de Le Monde Diplomatique Este artículo, aunque está destinado a los lectores de Le Monde Diplomatique de Francia, nos parece muy importante que lo conozcan también los lectores de la edición chilena. Traducción: Florencia Giménez Zapiola

 
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