Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

LIBROS

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- A 27 años de su asesinato: los hermanos Vergara Toledo florecen con el despertar de un espacio juvenil que se organiza para avanzar y transformar el tedio en demandas sociales. Por Marco Silva Cornejo
- Educación Superior Pública y Fundamentalismo de Mercado por Pedro Antonio Narvarte
- Comunicaciones, movimientos sociales y resistencia. Por Alex Ibarra

- Sumario completo



Página de inicio

Nuestra pobre democracia. Por Aldo Baeza

Llamamos Tierra a este planeta, cuando en realidad debiésemos llamarlo Océano, considerando el 75% de agua y sólo el 25% de tierra que lo conforman. Las palabras no siempre se ajustan a lo que intentan definir. Fue en el nombre de una cosa llamada democracia que George Bush (hijo), con ese espíritu tan compasivo y sensible que caracteriza a su familia, decidió invadir Irak. En nombre de la democracia se irguió la Concertación, asegurando que recuperarían la democracia secuestrada por la dictadura de Pinochet, que, años antes, decidió bombardear La Moneda en nombre de una cosa que también llamaba democracia.

¡¿Cuál de todas, me pregunto, será la verdadera democracia?!... Es para confundirse, ¿no?

Es en nombre de la democracia que se renueva una elite política, porque la democracia descansa sobre el concepto de soberanía popular. Sin embargo, ¿será democrático que no existan mecanismos para revocar los cargos elegidos por soberanía popular, y que esto atornille al parlamento a personajes como Ena Von Baer, que financió su candidatura con boletas falsas?, ¿será democrático que sigan ahí, tan campantes, votando leyes que los benefician a ellos y sus financistas?...

No quiero pensar que, ya finalizado el espectáculo de las elecciones (el show no se le niega a nadie, eso si que no), ya eliminado todo ese repulsivo plástico/basura que constituyen la propaganda de los candidatos, vuelven a mandar los mismos de siempre, que no son los políticos sino quienes les financian el marketing, los bingos y el circo, porque es muy distinto tener el gobierno a tener el poder. Ya advertía Allende a los miristas: “tenemos el gobierno, pero no el poder”. A este paso, ¿llegará el día en que entren a La Moneda los Ponce Lerou y los Luksic, agarren a patadas a quienes la habitan, y luego declaren lo que piensan: “¡no necesitamos más a estos intermediarios!”?…

¿Será democrático que la democracia se agote en renovar a una elite política?, eso sería reducir a la democracia a un simple medio, y la democracia, tal como se enseña en las catedras de ciencia política, es un fin en sí mismo. Porque claro, la democracia también tiene que ver con la división de los poderes del Estado, con el estado de derecho, con la independencia de la opinión pública, con el funcionamiento de las instituciones, etcétera.

Entonces: ¿es democrático que las instituciones escondan información sobre el financiamiento de campañas políticas?, ¿será democrático que el hijo de Enrique Correa, doctorado en lobby, pase de la Gerencia de su empresa a la Dirección de Comunicaciones de La Moneda, mientras su padre le pinta la máscara al yerno de Pinochet, dueño y señor de Soquimich desde que el suegro decidió privatizarla para dejársela de herencia?, ¿será democrático que el hijo de la presidenta se reúna con el dueño del banco?, ¿será democrático que las instituciones funcionen más para unos que para otros?...

Con tantas evidencias, espero que no llegue el día en que nos dé por pensar que la democracia es sólo un petardo psicológico, una manoseada excusa, una fría estrategia para hacer creer a la gente que está eligiendo algo, que participa en las grandes decisiones del país, cuando en realidad eligen al financista que está detrás del candidato: elegir a la UDI es elegir los intereses de la Isapre Banmedica, por ejemplo. Ojalá nunca llegue el día en que consideremos que la estabilidad democrática se sustenta en la impavidez, en el relajo masivo, y que, bajo ese panorama, la democracia resulte ser sólo un analgésico, una aspirina metafísica destinada a adormecer a la gente y así asegurar la estabilidad social para el funcionamiento del mercado. Al fin y al cabo, a los dueños de Chile les importa bien poco que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea. Ojalá nunca llegue ese día.

Lo que es yo, y contra todas las evidencias, aún creo en el parlamento, creo en los sistemas de partidos, creo en la soberanía popular, en la transferencia de derechos del individuo en beneficio de la colectividad, creo en el hombre como un sujeto histórico capaz de erguir su destino por encima de dictadores, reyes o dioses. Como decía Galeano, creo que somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Creo, en fin, en la democracia. Por eso, me niego a pensar que muchos de ustedes, señores políticos, están cooptados por los grandes grupos económicos, que son trabajadores a sueldo de las Isapres, las forestales o las farmacias. Me niego a pensar que han instrumentalizado la soberanía popular para entregársela a una oligarquía financiera que nadie eligió. Me niego a pensar, señores políticos, que dejarán que arrasen los ríos, los arboles y los suelos. Me niego a pensar que dejarán que nuestros niños y niñas sigan intoxicándose con comida basura. No quiero pensar que les da lo mismo un panorama donde “el 53,5% de los trabajadores chilenos gana menos de $300.000 y el 70% menos de $426.000 líquidos” [1], o donde una profesora que trabaja 40 años educando niños y niñas se jubila con una miserable pensión de 200.000 lucas. Me niego a pensar que nos han vendido una falsa democracia, a la que hoy se le cae la mascara y deja ver a sus secuestradores.

Recuerdo una historia que le escuché a Galeano: El cocinero le pregunta a las gallinas, a los pavos y los faisanes:

-  ¿Con qué salsa quieren que los cocine?

Una gallina se asusta, y reclama diciendo que no quiere que la cocinen. El cocinero replica:
-  Eso no está en cuestión, sólo les estoy dando la opción que elijan la salsa.

Me niego a pensar que acá, en nuestra larga y angosta olla, seguimos eligiendo la salsa con la que somos cocinados...

Si así fuere, entonces sería mejor que dejásemos de hablar de democracia y comenzáramos a denominar a esto como verdaderamente se llama, es decir: una plutocracia (que es el gobierno de quienes tienen el dinero) disfrazada de democracia. Seriamos más sinceros, y la palabra se ajustaría a la realidad. Si es así, temo que llegará el día en que a los dueños de Chile se les ocurra empezar a privatizar las palabras, para que ya nadie reclame que falta democracia.

[1] http://www.fundacionsol.cl/wp-content/uploads/2015/01/Verdaderos-Salarios-2015.pdf

 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2018 Le Monde diplomatique.