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En este numero:

- Estatuto laboral juvenil, un paso más para avanzar al ocaso del derecho laboral en Chile. Por Florencio Pardo Montenegro
- Nicaragua: el ocaso de los dioses. Por Ángel Saldomando
- Chiloé relegado al olvido, Nueva Mayoría se la juega por la industria del salmón. Por Pablo González

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Pedir disculpas públicas. El ritual del management político. Por Luis Nitrihual Valdebenito

Algunos recuerdos vienen a mi cabeza. El primero de ellos es el de mis abuelos recibiendo lentes por parte de candidatos a diputados o senadores. El segundo es el denominado “acarreo” desde el campo a la ciudad realizado por parte de distintos políticos. Seguramente los lectores recordarán más historias de este tipo. Estas prácticas, me aventuro a pensar, son de las más antiguas que existen en el ejercicio de la política contigente. Esa política del “chaucheo”, del puerta a puerta, del ofrecer para no cumplir, de darle un beso al niño de la población, abrazar a la señora del barrio, tomarse fotos con quien no te tomarías nunca, etc. etc. Todo eso, y más, es lo que denomino el ejercicio de la impudicia cotidiana del político.

No quiero decir que abrazar y besar a medio mundo sea un acto poco decoroso por parte de los políticos. Más bien me mueve la convicción de que muchos de esos señor@s nunca estarían en esa población o en ese campo si no buscaran los votos que los llevarán a ocupar un escaño desde donde podrán defender los intereses de aquellos que no aparecen en las fotos, pero que sin embargo son los verdaderos dueños de la política.

Esta situación es tan grosera en Chile que incluso hay quienes son “arrojados” a regiones que apenas conocen para competir y ganar elecciones. “¡No elegí dónde nacer, pero sí dónde servir!” Ese es el discurso para el bronce que repiten cuando son consultados o interpelados por esta verdadera anomalía. Se trata, no cabe duda, de instaladores y admistradores de valores e intereses ajenos a los que, ingenuamente, votaron por ellos. ¿Cómo ganan elecciones si no son conocidos en estas regiones? Con una que otra ayuda, como hemos podido comprobar durante estas semanas. Con algunos correos y llamadas a los señores que no tan ocultamente influyen en los destinos del país. Nadie da dinero desinteresadamente. Eso es claro.

Muchos parlamentarios están dedicados a hacerse del poder del congreso para defender los intereses de la élite política y económica de la cual hemos hablado en trabajos publicados en este mismo medio ( www.lemondediplomatique.cl/El-fanta... ). El caso Penta revela, entre otras cosas, la estructura del poder en Chile. La perfecta connivencia entre mundo político y mundo empresarial fraguada desde hace muchos años. El caso Penta es la forma desnuda de perpetuar(se) en el poder.

Ya hace varios años María Olivia Monckeberg entregó certeros datos sobre la configuración del mundo empresarial chileno. Hugo Fazio también ha hecho lo mismo. El historiador Gabriel Salazar ha mostrado, desde su propia especificidad, como esta configuración obedece a una estructuración de clase presente desde la misma fundación de la república. No es extraño, por tanto, que descrubramos un caso como este. No se trata, por supuesto, sólo de un problema de legalidad. Muchas cosas que se realizan pueden ser perfectamente legales o filolegales pero no necesariamente justas y moralmente aceptables.

Por otro lado, la relación política / poder económico suele darse sólo para un lado. No estoy hablando aquí de la división entre Nueva Mayoría y Alianza por Chile pues no sería raro que políticos de distintos partidos aparezcan luego atrapados en la telaraña del escándalo político. Me refiero a que un candidato común y corriente la tiene bastante más difícil que uno que recibe apoyo del gran empresariado para emprender una candidatura. Entonces, el principio de competencia es una mentira tan grande como suponer que a mayor crecimiento económico, mayor igualdad.

Lo que ocurre con en el caso Penta es un acto de impudicia en su estado puro. Lógicamente también existirán delitos y estos serán sancionados (es de esperar). Pero no podemos perder la memoria repentinamente. Desde siempre hemos sabido que la derecha tiene una estrecha relación con los grupos económicos. No sólo parece, si no que sirve a los intereses de los grupos económicos. Imagino que parte de la Nueva Mayoría también lo hace. Ahora bien, esto en si mismo no es tan cuestionable o extraño como parece. Al fin de cuentas los grupos de poder siempre defienden determinados intereses. Esto es una perogrullada. No es necesario analizarlo mucho. Lo que resulta indignante es la envoltura de democracia y defensa del pueblo en la cual se presentan muchos de estos señore/as.

Quiero en este texto, más allá de lo anterior, plantear lo interesante que resulta el acto del arrepentimiento público mediatizado. A decir verdad tampoco es un hecho novedoso. Ha sido probado por gente del mundo del espectáculo y de la política desde hace mucho. Estos suelen pedir disculpas a “su público” por drogarse, ser borrachos, chocar o matar por accidente. Vienen a mi cabeza varios casos, pero el lector debe recordar muchos otros. Lo más interesante de estos eventos de escarnio y perdón público, es que tuvieron la idea de sentarse frente a una cámara y con lágrimas en los ojos, voz entrecortada y un papel entre las manos, señalar qué nunca más, qué la/os disculpen por favor… Todos tenemos derecho a caernos y levantarnos. Allí aparecen todas esas frases clichés hechas para ablandar el corazón del respetable. Se trata de una mediatización y espectacularización del acto cristiano del arrepentimiento y el derecho al perdón. Donde antes te arrepentías en privado o frente a un cura, hoy los “famosos” lo hacen frente a una cámara.

Se trata del mismo acto discursivo. Afirmaciones del nunca más. Lo fascinante es que varios de los personajes que suelen pedir disculpas públicas luego recaen en sus acciones y/o vicios. Ahora bien, si nos vamos a los resultados de esta versión secular del perdón en realidad nos encontramos que resulta bastante exitosa en una sociedad donde sentirse perdonando o disculpando las acciones de otros es una norma de actuación que encierra toda una ética. Para pocos es aceptable que una persona diga: “no me interesan tus disculpas públicas y no perdono tu actuación” Como nos ha señalado Slavoj Zizek, la tolerancia es la norma de esta sociedad. Ser tolerantes es lo políticamente correcto. De modo que si alguien tiene la “grandeza” de reconocer su error, entonces “debe” ser disculpado. Pues no. Hay que apelar a una ética de la intolencia. No se pueden tomar como genuinas disculpas públicas como las de Iván Moreira sencillamente porque es una puesta en escena mediática de alguien que ya ganó gracias a los favores concedidos.

El manual de los encargados de comunicación política indica que este mecanismo es el apropiado para eventualidades como el destape del caso Penta. De este modo, sentarse frente a las cámaras con los ojos llorosos es un acto tan poco genuino como aquel marido que le pega a su mujer y luego apela al perdón pues lo hizo sin querer. ¿Acaso hay que tolerar la vulneración por amor? No. Entonces, por qué estos señores piensan que la ciudadanía debe disculparlos. Me resisto a esto. Hay que aplicar una lógica de la intolerancia ante acciones de este tipo. Aunque sea un cliché de redes sociales lo repetiré: cuando un atleta es sorprendido haciendo trampa se le retira la medalla y los premios. Así de intolerante debe ser el sistema político en su autoregulación. No basta con decir: lo siento, lo acepto, lo hice por…

Por otro lado, el “raspado de la olla”, el “me tienes castigado” y todo ese conjunto de solicitudes es tan poco dignificantes que ni siquiera me recuerda a las buenas películas de gangster como Casino y otras que los lectores conocen. Se trata de lamidas de bota y llantos de quienes necesitan ayuda para ganar. Esto produce la estrecha relación entre política y empresariado. Produce, en verdad, una sensación de hastío. Cuando esos mismos señores luego se preguntan ¿por qué los jóvenes no votan, por qué no participan? La respuesta es bastante sencilla y radica en esas mismas prácticas cotidianas.

Lo peor de todo –me temo- es que en unos años más esto se olvidará. Hay que recordar que luego del Piñera Gate, Evelyn Matthei fue candidata presidencial. Y todo con pedir disculpas. Qué sencilla es la vida…

Luis Nitrihual Valdebenito

Director del Centro de Investigación Comunicación, Discurso y Poder Universidad de La Frontera www.comunicacionypoder.cl

Temuco, enero de 2015

 
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