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En este numero:

- Transgénicos y el colapso de la apicultura chilena por Lucía Sepúlveda Ruiz
- Por la vida y dignidad de las mujeres y niñas en Chile
- Merluza desaparece de la alimentación de los chilenos mientras se dispara la obesidad. Por Pablo Fernando González

- Sumario completo



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Pedro Lemebel: Cronología encantada de gestos y militancias de la periferia zurda subversiva y homosexual. Por Marco Silva Cornejo

Todo Chile llora a Pedro, con una patita atrás, zurdo y subversivo el duelo, con el malestar de la pluma y un amor que llora a una flor que fue el mejor de nuestros machos.

Pedro, la Yegua, el apocalipsis en desconsuelo, el primero en desfilar su homosexualidad frente al momiaje consertacionista en el teatro Cariola en los noventa, cuando socio-listos y democratacristianos orquestaban la gobernabilidad tutelada de la transición cartucha que nos tiene hasta hoy tratando de de-construir la narrativa de muerte y desigualdad que nos heredara Pinochet.

Pedro, la prosa del amor clandestino y colisa, describiendo a pluma suelta el sexo de travestis bajo las luminarias publicas de un Santiago en ruinas, en el barrio franklin o estación central, en un circo pobre. Siempre la prosa de las periferias en la memoria, siempre niña de canal proleta con olor ternura y labio pintado.

Pedro y su beso a Serrat cuando estábamos en ARCIS, antes de que llegarán los comunistas a gastar los fondos Chavistas en sus campañas parlamentarias, cuando aun pretendían los niños de amaranto ser parte de la gobernabilidad transicional y opaca.

Pedro y la reivindicación del frente y el atentado a pinocho, siempre pasionario el rito de su grito desafinado que inscribía el “Patria o Muerte” con el puño en alto y la patita atrás. Siempre con el pecho ante las balas y los labios rojos, con la consecuencia inagotable de su ritmo y de su marcha, con la ética de los valientes en medio de tanto funcionario que se entrego al mandato del mercado.

Pedro, todo Pedro el verso, yegua la estampa, vino y chela en los bares de Santiago, Pedro loba en celo, gastándose en las veredas de un asfalto sucio que no deja de murmurar sus personajes y su manifestó, su pena de niño sin saber jugar a la pelota, su dolor de militante fragmentado por el estalinismo comunista que le cerró las puertas. Pedro y la herencia digna que nos deja su partida: ronca la voz, rojo el gesto, narrativo el subverso. La métrica de un canto colectivo será la canción de cuna con la que te duermes para siempre, descansando sobre un manto de besos tiernos de tus compañeros, de tus amores, de las letras de tantos que te tejen una cuna tierna para que la tierra te recoja y te proyecta a su vientre, como tiene que ser con los que dejan sabor de valientes.

Marco Silva Cornejo

Mg en Ciencias Sociales Aplicadas UFRO

 
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