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- Comisión Ética Contra la Tortura exige abrogación de ley que clasifica como secreto por 50 años los archivos Valech e impide la acción de la Justicia
- Propuestas por el derecho a la salud
- Sobre el feminismo universitario. Por Camilo Carrasco Medina

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Por una izquierda comunal y de lucha Por Rodolfo Quiroz

¿Es coincidencia que en un par de semanas hayan salido más de 300 mil personas a las calles de todo el país y que en medio de esas protestas se haya suspendido el uso de lacrimógenas por tres días? ¿Alguien alguna vez se había planteado esa posibilidad? ¿Es acaso regular que cada vez las marchas sean más numerosas al mismo tiempo que se radicalizan las expresiones de violencia deslegitimando la autoridad? ¿alguien recuerda la última vez que un 21 de mayo la columna de carabineros de la intersección de Pedro Montt con Francia, haya tenido que retroceder y que más aún, dichas protestas interrumpieran el desfile de la fiesta oficial? Y si seguimos en Valparaíso, ¿alguien recuerda un 1 de mayo donde las organizaciones sociales de base, con sectores de trabajadores y estudiantes en conjunto de sus familias, se hayan tomado la plaza Victoria para abrazarse y seguir más firmes en sus luchas, como ocurrió este pasado 1 de mayo?

Sin duda son preguntas que tienen diversas respuestas, pero que juntas y proporcionadas dan cuenta de que algo se sacude en la política chilena y avanza con y sin izquierda. Lo decíamos hace unos meses, “vientos magallánicos comienzan a despejar Chile”, “lo importante es ponerse de pie”. Y en efecto, parte de una izquierda más atenta comienza a despertar después de su extendido y melancólico letargo. Comienza a mirar más allá de su ombligo, sintonizando su esencia de lucha y compromiso con las mayorías y diferencias oprimidas. En ese marco, saludamos al conjunto de organizaciones políticas y sociales que hicieron de este 21 de Mayo una clara manifestación de descontento popular, así como el reciente Movimiento Amplio de Izquierda (MAIZ).

Desde nuestro frente, estamos convencidos que el debate está abierto, no hay ideas descartadas, pero tampoco hay que asumir que nacimos hoy día. Tenemos una historia de la cual aprender y socializar. Para que los nunca más puedan tener sentido y las luchas de aquellos que hoy en día no nos acompañan puedan ocupar el sitial que corresponde. Por ello que buscamos atesorar un debate profundo, en cuanto a la realidad que enfrentamos, sincero, con nuestras banderas y convicciones ideológicas, y fraterno, porque sólo la unión hace la fuerza y verdad victoriosa.

El origen de estas palabras proviene de aquella juventud organizada que recién despierta y no conoce lo derrota, más solo la carga en su historia. Estamos en aquella militancia extraparlamentaria, invisible, voluntariosa, inquieta de ideas y llena de energía revolucionaria. Porque para nosotros la Revolución no es una idea a la cual hacemos fraseología, sino es un punto de inflexión teórica - praxiológica para avanzar en las posibilidades de libertad de los pueblos.

Dicho esto, planteamos que estamos en un período fundacional, confuso e inestable, y en consecuencia, no tenemos certezas respecto al rumbo más correcto. Sólo sabemos de que si seguimos solos y no nos organizamos de manera conjunta, este sistema político va a seguir ultrajando la dignidad de muchos y consolidando los privilegios de muy pocos.

Creemos en la lucha de clases como contradicción central de la sociedad y su historia, siendo el capitalismo la celda del hombre y la condena de la naturaleza, y por consiguiente, el camino a la destrucción de lo que conocemos. Como dice Boaventura do Santos en alusión a Walter Benjamin, la revolución ya no es el motor de la historia, sino el freno del abismo, a propósito de la contaminación mundial de los ecosistemas naturales y las guerras nucleares. No obstante, sabemos que la sociedad tiene más complejidades que estos principios, y solo haciendo más preguntas podemos encontrar salidas a nuestros problemas.

Durante las últimas dos décadas la izquierda viene fragmentada desde dos frentes, principalmente. La parte más reformista a caído una y otra vez buscando candidaturas, validando esferas netamente institucionales que carecen de una movilización social permanente. Por el otro lado revolucionario, las organizaciones no han podido salir de la lógica del grupúsculo y aún, con fuerte convicción ideológica, muchas veces se ven pobres del acontecer político nacional. Al medio existe un tercer frente de escasas pero pujantes organizaciones que buscan combinar ambas modalidades, pero que recién se abren en ello y por tanto, aún no conocemos sus frutos. Con todo, la suma de este diálogo inconexo, reflejo del arco izquierdista y las propias restricciones del sistema político chileno(1), ha condicionado que los bloques políticos oficiales sigan siendo los dominantes.

La izquierda no ha encontrado su propia estrategia de poder. Ahora bien, si se trata de la instancia política institucional, consideramos que las condiciones con que opera la izquierda –fragmentada- no son las mismas con las que operan sus adversarios: la Concertación y la Alianza. Es decir, queremos entrar a la división A cuando nuestros jugadores llevan veinte años jugando en la B. ¿Qué queremos decir con esto? La izquierda reformista no se ha percatado que ha entrado una y otra vez a una cancha que no es equitativa, y ciertamente, es muy proclive a la derrota. Por otra parte, no ha entendido que lo que viene desde abajo tiene otro ritmo, y que si realmente queremos gatillar un movimiento político izquierdista con fuerza social, no podemos pensar que todas las esferas político-institucionales son iguales, algunas evidentemente son más necesarias y urgentes que otras, al menos por ahora.

¿Frente a la fragmentación, izquierdas comunales? Frente a esta arena política –no poder luchar todas las esferas políticas de igual a igual-, creemos que para comenzar a contrapelo de los bloques dominantes, hay que ubicarse en una cancha donde nuestros jugadores corran al mismo ritmo que sus adversarios, es decir, que puedan mostrarse como una alternativa válida y vigorosa. ¿Cuál es esa cancha? Creemos que es La Comuna, ello porque puede ser la unidad operativa donde efectivamente puede concretarse una rearticulación seria de la izquierda chilena.

Evidentemente no con la lógica meramente electoralista: “Tenemos que aspirar a elegir alcaldes y un gran número de concejales” (2) , como plantea el señor Arrate. Si planteamos la comuna es para entenderla como el lugar donde se pueden fortalecer nuestros trabajos y llegar a reconocer nuestros rostros haciendo política-social.

Es esta la principal gravitante que tienen los cuadros de las izquierdas. Si bien existen trabajos sociales y políticos, no existen las instancias donde puedan mirarse los unos con los otros, y constituir plataformas sociales capaces de vincular áreas programáticas. En este marco es donde proyectamos la comuna, como una instancia mediadora para la activación concreta de las políticas y solidaridades entre las diversas colectividades de izquierda, ya sean reformistas como revolucionarias, y mixtas.

En el papel suena simple, en la realidad muy difícil. Las fuertes desconfianzas, los sobre acuerdos, los panfletos y también unas que otras maquinarias, se han preocupado de cancelar esta necesidad de articulación política. Ahora bien, creemos que una comuna puede condicionar ciertas ventajas a este problema, ello porque indica una articulación de base superando los posibles acuerdos meramente electorales. Es decir, acá no podemos inventar acciones y propósitos imaginarios supuestamente de izquierda, acá participan aquellos que son parte del territorio comunal y se han preocupado de hacer suma para las demandas populares, ya sean de corte reformista o revolucionario y mixtas.

En Chile existen 346 comunas, ¿será que en una de ellas podamos vernos las caras, sacar las mediocridades partidarias y concretar un ejercicio de poder popular? ¿Cómo podríamos ser opción de un proyecto país, si no somos capaces de organizar y gobernar una comuna? En ese sentido, creemos que la única opción donde la izquierda puede disputar de manera más equitativa, es la comuna. Por tanto, hay que concentrar la fuerza y pensar aquellas comunas que efectivamente quieren dar una pelea transformadora. Durante las últimas décadas ha sido la derecha quién ha asumido con mayor altura la estrategia político territorial. Evidentemente tiene recursos y mecanismos de cooptación para hacerlo. No olvidemos que fue este impulso el que hizo de la UDI el partido con mayor representación política del país.

Que no se vaya entender que estamos diciendo que la comuna, por si sola, es la solución a los problemas de la izquierda. Lo que estamos intentando plantear es que la comuna sugiere ventajosas posibilidades para abrir una experiencia de ejercicio popular, que aúna la fraternidad militante izquierdista, capaz de afrontar la tan anhelada unión. Efectivamente, es solo una parte del largo camino organizativo que se deberá desarrollar, si es que efectivamente queremos llegar al Socialismo.

Ahora bien, que novedad podría traernos una lucha política comunal. En términos teóricos, nos daríamos cuenta que el espacio comunal lejos de ser una estructura neutral, puede constituir condiciones transformadoras para la vida social y la política. Veamos con detención.

En primer lugar, se podría aumentar el nivel de coordinación política de las organizaciones sociales, planteando un gobierno comunal abierto a sus demandas y la coordinación de ellas. ¿Cuál es el principio? La comuna izquierdista premia y promueve la solidaridad y la organización de sus vecinos. Este nuevo enfoque, que dicho sea de paso, cuenta con los recursos para hacerlo, podría dar un nuevo impulso a las organizaciones sociales: consultas populares vinculantes a los temas político-sociales, presupuestos participativos tal como en Porto Alegre, mayor reconocimiento a los sectores sociales defensores de los intereses clasistas, reivindicativos o culturales, con sedes y proyectos de articulación barrial, entre otras acciones. Es decir, la tarea estaría proporcionando cultura organizativa y de vocación popular. La comuna desde abajo pero mirando hacia arriba.

Ejemplos concretos de estos principios podemos vincularlos con el acceso público de infraestructura deportiva. Numerosos municipios han instalado estas infraestructuras en la vía pública. Este hecho que parece ser inocuo del punto de vista político, también puede orientar una subversión social constituyendo el deporte como derecho. Hacer de ello una práctica comunal que fortalezca la asociatividad deportiva de sus redes sociales, puede ser un sello fundamental de este nuevo sentido organizativo. Se trata de consolidar comunas activas en la socialización de sus espacios públicos: apertura con ferias libres, incentivar encuentros sociales y culturales, abrir espacios para la organización de los jóvenes, entre otras modalidades. En definitiva, contribuir a una sensibilidad política mediada por el espacio organizado de aquellos que quieren y están por un proyecto democrático y popular. El ejemplo del deporte y otras instancias públicas, tan solo es uno, entre muchas otras esferas a subvertir. Obviamente que esta lucha, la socialización del espacio comunal, no es la solución de las mayores contradicciones que sufre la clase trabajadora y la sociedad oprimida en su conjunto, como decíamos anteriormente. Tan solo es una respuesta a la cuestión político institucional de la izquierda. Ello porque entrega condiciones para su rearticulación, al mismo tiempo que puede dar ciertos sentidos de organización popular.

Otro ejemplo concreto de aquello, esta al interior del debate de un Plan Regulador Comunal (PRC). Este instrumento normativo que tienen todas las comunas define condiciones de uso de suelo del límite urbano, que para ser aprobadas, deben, por ley, pasar por un consultivo ciudadano. En efecto, es una instancia con directa competencia política y de alta producción ideológica, ya que se juegan la localización de los circuitos productivos y comerciales y servicios sociales de la comuna.

Encabezar una articulación política que al menos, pueda posicionar un sentido democrático y popular a los Planes Reguladores en comunas como Santiago, Ñuñoa o Valparaíso, no es solo un potente camino para desarrollar fraternidad de aquellos sectores más organizados, políticos, sociales y culturales que encabezarían las comunas izquierdistas. Es también una posibilidad concreta para tensionar los intereses del capital, en estos casos, mayoritariamente inmobiliarios.

Una comuna que haya tenido claro esta perspectiva, podría estar libre de centrales hidroeléctricas, sin siquiera haber tenido que hacer movimientos y marchas. El uso de suelo que fija el PRC es un instrumento legal reconocido por la ley. Los usos pueden ser excluyentes e incluyentes, por tanto, pueden dar luz verde o roja a las ocupaciones económicas de distinto tipo, llámese energéticas, turísticas, industriales, inmobiliarias, entre otras. En otras palabras, entrar a disputar un PRC desde un sentido territorial izquierdista, no solo podría articular más fuerza entre la izquierda, sino que también puede ser un escenario para sensibilizar y ejercitar ideas socialistas y libertarias, capaces de dar sentido a los sectores populares y contener a la fuerte investida ultra liberal, en este caso mediado por la localización de negocios capitalistas.

Este es el sentido de la apuesta comunal, una constatación de que el pueblo puede organizar y tomar sus propias decisiones. Desarrollar al menos una experiencia victoriosa con estos propósitos, es una de las posibilidades concretas para compensar la escasa experiencia política que ha tenido la izquierda durante estos últimos años. Evidentemente que no hay duda que el logro de aquello deba también ser el resultado del combinado de luchas políticas y sociales que están en correlato nacional. No obstante, una comuna izquierdista, sería un buen pulso de ellas mismas, es decir, un reflejo del grado de organización de aquellos sectores sociales y políticos que tensionan al sistema económico ultra liberal.

Percibimos que es un tema escasamente discutido desde la izquierda, en términos de rearticulación y menos aún, en cuanto condiciones para un proyecto socialista. ¿Cómo desde una comuna se podría ser anticapitalista y de corazón socialista? Más que hacer frente a este dilema, la cuestión comunal está ligado al corazón de la vida política del país. Ello porque es en el poder comunal donde se ejercita la soberanía popular que aún no ha sido borrado por la oscura Constitución que tenemos.

Por ello que necesitamos victorias y lo que planteamos, es que a nivel comunal es donde pueden conseguirse. Hay comunas donde la organización popular es alta, pero que no tiene vocación de poder. Por defecto, hay otras comunas donde el nivel de organización popular es pobre, pero la vocación de poder es alta. Un ejemplo que contradice y muestra un camino, es la situación de Peñalolén, donde en las últimas elecciones municipales el Movimiento de Pobladores en Lucha (MPL) pudo elegir un concejal (3), haciendo efectivo que las demandas sociales pueden tener un correlato institucional sin perder proyección popular.

Desde un sentido más simbólico, cabe señalar que tomar posición institucional de un municipio conlleva en primer lugar el máximo reconocimiento popular. Ello porque el alcalde y los concejales son las autoridades políticas más cercana a la vida social. Su gestión implica el examen del espacio público y la coordinación de estrategias que colaboren al bienestar social de la comuna.

Otro aspecto y no menos significativo, respecto a las ventajas que implica una lucha comunal, tiene que ver con la atomización e inestabilidad financiera de la izquierda extraparlamentaria. En la mayoría de los casos, no contamos con los mecanismos de financiamiento suficientes y peor aún, estamos atomizados por el tiempo y el grado de autogestión que implican nuestras tareas. Al no ser profesionales de la política, debemos transar una buena cuota de tiempo al suministro de las economías personales, que en muchos casos, muy poco y nada ayudan a resolver el estrés organizativo. Esta es una tarea fundacional entre la izquierda extraparlamentaria, reconocer sus cuadros políticos y buscarles a ellos las dietas suficientes para su vida. Nuestras organizaciones izquierdistas han puesto más corazón que razón a esta pregunta. Ya es tiempo de profesionalizar el trabajo político de aquellos militantes que se encuentran en la esfera más productiva del accionar organizado. En ese sentido vemos que la representación de dirigentes comunales es una vía valida y sumamente necesaria para avanzar en esta dirección.

Apuntes para la izquierda

Así con todo, saludamos las distintas propuestas al interior de la izquierda y planteamos la cuestión comunal como un lugar clave para avanzar en sus proyecciones. Lo que por ningún motivo se debe entender que la discusión de la izquierda se reduzca a esta propuesta. La izquierda comunal puede llegar a ser una rearticulación concreta de la izquierda con sus diferencias. El principal problema es que necesitamos que las experiencias organizacionales -políticas y sociales- puedan cruzarse sin entorpecer sus propias permanencias. Más que pactos y acuerdos lo que necesitamos de inmediato es hacer praxis conjunta. Buscar y diseñar instancias de trabajo político donde puedan convivir mundos izquierdistas distintos es la tarea.

“La experiencia de los pueblos latinoamericanos les ha enseñado que la concentración de los poderes en manos del Estado, cuando este no es suyo, solo refuerza la máquina de opresión de la burguesía. Debilitarlo hoy, restarle fuerza económica y política, no puede, pues, sino interesar al más alto grado al movimiento popular, siempre cuando ello implique la transferencia de competencias, no a la burguesía, sino al pueblo”(4) alerta Ruy Mauro Marini.

Creemos que es esta la dirección más sensata sobre una Asamblea Constituyente, que quizás puede ser una instancia provechosa, siempre y cuando seamos capaces de asumirla como un proceso y no un fin. Como el espacio político capaz de echar andar el diseño y la apuesta del proyecto socialista. Son las ideas mejor argumentadas y las experiencias concretas de victorias las que harán que el camino tenga tenacidad. Una tarea importante que debe volver a levantar la izquierda es rearticular su calibre intelectual y ponerlo en sintonía con las graves problemáticas sociales. Actualmente se están desarrollando experiencias formadoras, en distintas escalas, pero escasamente conexas.

Los caminos electorales lo único que han hecho durante estos últimos años ha sido validar la política imperante, groseramente inconexa con las demandas populares y sus tragedias sociales: endeudamiento, condiciones laborales infrahumanas, estrés generalizado, violencia multidireccional, criminalización de la protesta, discriminación racial y sexual, sueldos decadentes y precariedad de la vida, entre otros.

A un año de la elección de tres diputados comunistas, podemos distinguir que sus intervenciones no han sido más que intenciones ocupando una escasa influencia sobre las problemáticas sociales de este último año: tanto la negociación del sueldo mínimo como el ajuste de los empleados públicos estuvo por debajo del nivel inflacionario; las condiciones mínimas de seguridad laboral siguieron entregando, en promedio, el fallecimiento de un trabajador diario; el terremoto del 27 de Febrero humilló solo a los más pobres y otros los sumó en este tramo –350.000 nuevos pobres- activando circuitos de capitales; el precio de los alimentos y combustibles han tenido las mayores alzas del último lustro, lo cual replica en las economías familiares más vulnerables; el transporte público superó los índices latinoamericanos de mayores costos y peor aún, discrepa de otorgar un servicio de calidad. En suma, la elección de los diputados comunistas valida la crisis de representación política que vive el país, ya que de ninguna forma su nominación ha significado una posibilidad de apertura política y social y avance de las demandas populares.

Si bien es muy simbólico que después de 37 años vuelvan filas comunistas al Congreso, también es cierto que la fuerza y representación política de estos diputados muy poco tiene que ver con el resurgir de los sectores y demandas populares que hemos visto en que lo va del año. Las movilizaciones de Magallanes fueron de carácter territorial y transversal. Por otra parte, la coyuntura actual muestra que el problema de la educación pública se levanta desde los estudiantes y colegiados universitarios y el Patagonia Sin Represas demuestra el descontento popular y la sensibilidad por una democracia más real a partir de una demanda popularizada en lo ambiental. Todas estas movilizaciones tienen el común denominador que los partidos políticos no tienen correlación con su fuerza social.

Y es que efectivamente estos últimos veinte años el Parlamento ha sido el mejor escenario para pervertir las ganas de hacer un Chile más justo, cosa que paulatinamente comienza a socializarse con mayor nivel de aceptación. Por ello cae la suspicacia en torno a querer ser partícipe de este espacio que tanta amargura nos ha traído. Más aún en este contexto de crisis económica, cuando nuevamente la burguesía enviste sobre las conquistas sociales y los pueblos tanto desde organizaciones locales como nacionales comienzan a levantarse. Europa y África han dado el inicio a nueva coyuntura organizada: indignaos y rebelaos.

Con Allende pero sin la derrota. Del punto de vista simbólico también acusamos ciertas inquietudes respecto al sentido político que adhieren las organizaciones izquierdistas sobre Salvador Allende. Difícilmente alguien podría desestimar su lugar clave dentro del proceso popular en Chile, así como sus nobles ideas y propuestas. Sin embargo, por otro frente, creemos que también enmarca la figura de la derrota y en cierta parte, la humillación de nuestro pueblo. Ello porque mucho se habla del gran hombre inmolado y el sangriento abuso de la dictadura, pero muy poco se dice del golpe moral y emocional de nuestra clase trabajadora tras el 11 de Septiembre de 1973.

Nos referimos al hecho de que las matracas también fueron clasistas al interior de la represión. Fue en los campamentos, en las fábricas, en los sindicatos, y en las geografías de los más pobres, donde la brutalidad tomo mayor envergadura. Fueron sus hogares donde mayoritariamente rompieron puertas por la noche y se les dijo, “nunca más se les ocurra ponerse de pie”. Se ultrajó la dignidad de un pueblo que no siempre pudo autosignificarse de su proceso y entender el ruedo de la historia.

Las izquierdas tanto reformista como revolucionaria, también son responsables de estas tinieblas. Porque a diferencia de los cuadros y militantes comprometidos con el proyecto de la Unidad Popular que pudieron irse como exiliados, la mayor parte de nuestra clase golpeada no tuvo ninguna posibilidad de mirar hacia arriba, quedaron solos, desamparados en la insensibilidad de la barbarie.

Y es esta situación la que el pueblo no le perdona a la izquierda, que solo se remite a decir que luchó en la dictadura y que fue golpeada en el terror, pero se le olvida que su principal tarea antes que luchar contra su adversario, es simplemente estar ahí, desde y por los más humildes, explotados y marginados del sistema capitalista. En cierta forma, a esta altura de la historia, la bota militar ha sido más consecuente que el mismo proyecto de la izquierda, pero claro, desde la vereda antagónica. Reconocer nuestras deudas y problemas, es avanzar para hacerle frente. No solo nos derrotaron, también perdimos el horizonte que encarnó la Unidad Popular, pese a todas sus críticas y contradicciones. Por tanto, ponemos en duda el legado allendista: la nacionalización del cobre fue un proceso político de más de medio siglo, iniciado mucho antes que la propia carrera política de la Unidad Popular y Salvador Allende; el socialismo a la chilena fue un experimento fracasado que concibió la entrada del neoliberalismo al mundo.

Si bien no se puede responsabilizar a Allende de la brutalidad política derechista e imperialista que asesinó a la mejor generación de revolucionarios chilenos del siglo XX, tampoco se puede desconocer su grado de representación del proceso derrotado y lo más importante, la escasa autocritica del cómo se defienden los intereses del pueblo. En ese sentido creemos que el único Allende que hoy en día nos sirve, es aquel que se atreve a desheredar políticamente a su hija por traición al pueblo; aquel que moviliza a médicos reactualizando las tesis socioeconómicas de la salud al 2011; aquel que arma un diálogo amplio entre las izquierdas chilenas; aquel que marcha con los trabajadores clasistas denunciando a la dirigencia de la CUT; aquel que anima la protesta popular y que busca terminar con el saqueo y la destrucción de nuestros ambientes naturales; aquel que también se inserta en las comunidades mapuches y problematiza sus demandas desde un proyecto país, en fin, ese es el Allende que puede aportar en algo, no el héroe que promete grandes alamedas, sin ningún aprendizaje para la defensa de los intereses del pueblo.

La experiencia de la Unidad Popular de muy poco nos alimenta sino las pensamos desde una lectura crítica que tensione la historia a partir del pantano en que estamos. Los héroes son para los que dominan, lo que necesitamos son legados históricos codo a codo con las poblaciones, estudiantes, gays, mujeres, abuelos y trabajadores del Chile de hoy, no el romántico que pudo avanzar para luego ser ultrajado. Y eso codo a codo ya existe, la protesta social crece, la militancia izquierdista comienza a buscar su camino, lento pero seguro, pero ojo, no se puede seguir en el chip de la derrota. La izquierda chilena debe superar la mochila de Allende, sino seguiremos llorando y alzando castillos que son más burgueses que verdaderamente del pueblo.

Por ello, si hay que recomponer legados, creemos que hay tres personajes que también pueden aportar con lo suyo. En primer lugar, destacamos la obra y pensamiento de Luis Emilio Recabarren; no sólo por ser el gran agitador y dirigente de la clase trabajadora, sino por su incansable lucha por hacer de la educación un puntal para una sociedad sin clases, relevando la cultura y la dignidad entre hombres y mujeres. Por ese mismo impulso, y soldado número de uno de la táctica izquierdista chilena, también destacamos la obra y pensamiento de Clotario Blest, siendo un ejemplo del cómo se debe ejercer una apropiación directa para los derechos de los trabajadores. Y por último, saludamos la coherencia de Miguel Enríquez, que hizo de la rebeldía una cotidianidad organizada, que errónea o no, jamás claudico en su lucha por su pueblo que lo vio caer en eras de un país más justo y solidario. Coherencia de la cual muy pocos pudieron hacerse cargo.

Entonces, si hay que reconocer legados políticos a este nuevo imaginario de rearticulación no cerremos las puertas. Por cierto, Salvador Allende es un icono de ideas altamente universales, dignas y propias de la izquierda, pero para abrir un horizonte amplio y profundo, con altura de miras, debemos aventurar no uno sino cientos de legados políticos e históricos, cientos de legados que por pena del derechismo y alegría de la esperanza, sobran en las filas del pueblo chileno.

Concertación y Alianza: el pacto de la desesperanza Un obstáculo central es creer que se pelea contra la derecha y ponerse en sus tiempos cuando ni siquiera hemos posibilitado una estrategia desde la izquierda. El señor Arrate, con respecto a la llegada del Presidente Sebastián Piñera llego a decir: “todo cambio profundo que contravenga las bases del actual modelo será postergado o terminará en una simple corrección destinada a sostenerlo”. Si bien concordamos con su análisis, agregamos que está situación no empezó con Piñera, sino con Alwyn hace ya veinte años.

Es la Concertación la que se preocupo de cautelar las lógicas neoliberales. Más aún, les dio un grado de legitimidad con la “reforma” constitucional de Ricardo Lagos. Gobernaron en complacencia de los privilegios de los sectores más derechistas del país, profundizando la obra dictatorial que subyuga a la gran mayoría de chilenos, que no tiene voz ni voto de sus condiciones de vida, de sus deudas o aspiraciones políticas.

La Concertación abandonó, si es que alguna vez tuvo, la tarea de democratizar el país y los derechos sociales, validando la exclusión mediante el sistema de mercado. Transo la dignidad de un pueblo por la posibilidad de estar en el poder. El descalabró superó cualquier límite para la tolerancia.

Por ello creemos que pactar con la Concertación, cualquiera sea su distinción, es no querer asumir un horizonte propio de largo aliento. No se trata de tener prejuicios, pero después de estos años de penumbra no podemos flagelar la memoria. Más aun cuando el pueblo demostró que la Concertación no es su proyecto y se “atrevió” a dejar en la Moneda a un empresario multimillonario, autor participe de las actuales normas de vida que anulan la libertad de los más humildes. Sentarse y dialogar con la Concertación es abandonar un proyecto socialista que tensione los intereses del capital, lo que vendría siendo seguir pisoteando la derrota, pero de manera aún menos digna.

No compartimos la idea de que “es evidente que lograr acuerdos con todos aquellos que se reclaman de izquierda está fuera de las posibilidades”(5). El problema está definido por el orden de las ideas propuestas. Como podríamos hacer acuerdos cuando el horizonte aún es insospechado y si aún los acuerdos no tienen pies ni cabeza.

Pero más allá de esto, criticamos la idea porque pensamos que cualquier organización que se dice ser de izquierda debe aspirar a un proyecto social amplio, capaz de revertir el sistema capitalista imperante. El renunciar a este propósito es disociarse del ideal de izquierda, y por tanto, según nuestra visión, creemos que todos los que se reclaman desde la izquierda se deben integrar a posibles acuerdos. Pero para que ello ocurra, dichos acuerdos deberán tener ropaje y asumir veracidad histórica.

La instrucción del cambio

Según nuestra pequeña experiencia política, el gran enemigo del pueblo chileno no es la Alianza ni la Concertación, el gran enemigo que nos corrompe es la ignorancia sistemáticamente validada y dirigida por las clases dominantes hacia el pueblo, que ha hecho un sentido común dócil e insensible de lo político.

Por ello que dentro de cualquier ideario izquierdista deberían tronar fuertes las palabras de Luis Emilio Recabarren cuando en Rengo, a propósito del centenario nos advertía: “Hagamos nacer entre el pueblo el amor por la instrucción”. Y es que el fracaso educacional chileno no es una coincidencia o una mala gestión ministerial. Es sin duda, el triunfo político e ideológico de la derecha que con su ágil empleado concertacionista, logró anular el tiempo de la instrucción y hacer del conocimiento pleno, un privilegio (uso) más para la burguesía, al igual que en la mayor parte de la historia de Chile.

Creemos que este punto, no puede pasar por el alto en la discusión de un horizonte izquierdista. Hay que reconstruir la pasión militante por las ideas y la cultura en todas las direcciones. Es vergonzoso que tan escasos mundos políticos de la izquierda no hayan dado una batalla frontal a la televisión chilena, que todos los días embrutece a nuestros padres, envenena a nuestros niños y jóvenes y naturaliza las tragedias sociales. Más aún cuando vemos una izquierda que no forma militantes pensantes, activos del tráfico de ideas, capaces de sustentar una conciencia crítica propia. Y en consecuencia, dejamos acá un punto dorsal de nuestra tarea de hacer izquierda. Hay que plantearse el principio educativo como agenda política. El conocimiento debe ser desarrollado en todas las direcciones y ejercido como un arte de la dignidad humana en perspectiva contra hegemónica.

Jamás la humanidad había contado con las posibilidades de educarse como las de hoy. Una hora por el internet pueden significar el acceso a lecturas y conocimientos que por siglos fueron socialmente excluidos. ¿Cómo puede ser que muera Gonzalo Rojas, y millones de niños y jóvenes, adultos y ancianos jamás nunca han sentido un silbido de sus versos? “El mayor y más violento desarrollo de la educación de la cultura, de la moral, del sentimiento de solidaridad, serán los factores -virtudes determinadas e ineludibles- que precipitarían «a la sociedad nueva» a la perfección de su sistema, sin dejar lugar, a ningún momento de vacilación, de caos, ni de desorden de ninguna naturaleza” (6) decía Luis Emilio Recabarren. Es una tarea titánica, pero que solo la izquierda puede y debe desarrollar si es que pretende constituir un horizonte de largo aliento: si no lo logramos, por más que la izquierda pueda triunfar electoralmente, tendrá muchas posibilidades que vuelvan a ultrajarla.

Palabras Finales

A estas alturas, existen numerosos registros que evidencian el fuerte y decidido pacto político entre los bloques dominantes y la obra pinochetista. Leyes, reformas, acuerdos, arrestos, fraudes y algunos MUERTOS también, ayudan entender el coordinado y estrecho orden que gobierna la política de estos últimos veinte años. En cierta forma, al parecer, nos acostumbramos que fuera así, total, así es la “hegemonía”, ¡Gramsci tenía toda la razón¡.

Y sí, quizás por ahí está el golpe más duro y efectivo que hemos recibido, nos anularon la moral más elemental de todas, la puntal básica de cualquier corazón libre, la indignación que nace de la sensibilidad humana. Tal cual, durante los últimos veinte años hemos perdido la sensibilidad política de los fenómenos sociales, eso que tiene que ver cuando la situación es grave, impugnable y muchas veces intolerable. Se trata de la misma sensibilidad que el Ché le adelantará a sus hijos en su carta de despedida: “Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”(7). He aquí una clave para entender cómo fue posible que Pinochet tuviera un funeral con honores militares validado por el gobierno de Michel Bachelet, y está misma no tuviera problemas para seguir sonriendo.

Hoy en día al parecer, estamos recuperando la sensibilidad revolucionaria, esa que nos moviliza y nos permite levantar la mirada. Ya no por Pinochet y sus abusos (aún vigentes), ahora se trata de nuestras propias vidas, con sueños y esperanzas concretas. En la comuna, en la escuela, en la casa, lo importante es romper el circuito inmovilizante y buscar la expresión organizada. Quizás las palabras de la estudiante Paulina Rubilar pueden ayudar a esclarecer el camino. Luego de recibir el impacto de una lacrimógena en las protestas de Concepción, desde el hospital declaró; “A los estudiantes y obreros de Chile, les envío toda mi fuerza y convicciones, y los animo a seguir dando la pelea contra esta bestia mediática que planea su nuevo golpe en Aysén y en todo Chile. Los llamo a creer, a ser fuertes, a persistir. Ganaremos, como sea, pero ganaremos”(8), luego cerraba con la bajada de “Mujer, Estudiante y Militante de la vida feliz”. Hay que seguir el espíritu de Paulina, una izquierda de lucha y militante de la vida feliz.

Rodolfo Quiroz rodolfoqr@gmail.com

NOTAS:

1) Basadas principalmente en la Constitución Política de la Dictadura: sistema binominal, representación política centralista, ley antiterrorista, entre otras.

2) Jorge Arrate (2010), página 24, Un Horizonte para la Izquierda.

3) Lautaro Guanca, actualmente dirigente del movimiento político Igualdad.

4) Marini, Ruy Mauro (2008): Cuadernos Clacso (I-VI). Pensamiento Crítico Latinoamericano. Aún Creemos en los Sueños.

5) Jorge Arrate, pagina 6, Un Horizonte para la Izquierda.

6) Luis Emilio Recabarren, 1921, Proyecto de Constitución para la República Federalista de Chile. En: http://www.salvador-allende.cl

7) Ernesto Che Guevara, carta a sus hijos.

8) Declaración Pública de Paulina Rubilar, estudiante de Sociología de UDEC, 13/05/2011.

 
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