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En este numero:

- ¡Sí a las viviendas sociales en Las Condes! pero como política pública, no como medida excepcional y populista. Por Claudio Pulgar Pinaud y Xenia Fuster Farfán
- Colombia: un proceso de paz custodiado por Estados Unidos y diseñado para los agro-negocios. Por Olga L. González
- Esto sí tiene nombre. Por Nelson Soto

- Sumario completo



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Psicología Comunitaria: de las experiencias de participación en el marco de la política pública transicional hacia el compromiso con la transformación del modelo económico imperante. Por Marcos Silva

Diversos autores han venido sostenido durante las últimas dos décadas la complicidad existente entre las estrategias y sentidos de la Psicología Comunitaria y el desarrollo, profundización e impactos de la acción del estado en el marco de la política pública en diversos campos temáticos del quehacer nacional (Alfaro, 2006; Zambrano, 2010)

La estrategia de producción de participación, desarrollo de empoderamiento, profundización democrática, han logrado impregnar de manera funcional en el modelo de desarrollo político y económico, matices y acentos propios de la psicología comunitaria. En este sentido la política pública pareciera ser el nicho desde el que los gobiernos transicionales, definieron los espacios de construcción dialógica entre la comunidad “institucionalizada” y el estado. En este contexto la psicología comunitaria en el marco de la política pública se fue desdibujando de su sentido original para transformarse en la bisagra del estado con el mundo social institucionalizado en el marco de la nueva promesa democrática transicional.

La dificultad operativa de reconocer como motor de dinamismo de los procesos de participación y empoderamiento a la institucionalidad democrática o las organizaciones convencionales de la sociedad civil, es que estas atraviesan por una fuerte crisis de representación y sentido. De esta manera se observa cómo cada día con mas debilitamiento, las Juntas de Vecinos, las agrupaciones culturales institucionalizadas en los gobiernos locales o en el mundo de los espacios regionales, carecen de procesos de movilización de su propio campo social, quedando reducidas a un formato institucional y a un conjunto de actores que en su mayoría no son representativos, de los procesos de construcción comunitaria de sus paños territoriales y o temáticos.

La institucionalidad democrática está en crisis y una de sus razones es la propia instrumentalización que el estado atreves de la política pública hizo del campo institucional y comunitario, subordinando la participación a los formatos y mercados de licitación propios del naciente estado democrático y neoliberal.

Desde la perspectiva descrita, la Psicología Comunitaria ha sido objeto de instrumentalización, transformándose en heredera de los dispositivos técnicos para el desarrollo de procesos de participación en la “medida de lo posible” tan propio de las agendas de los gobiernos de la transición concertacioncita. Para la transformación de esta constatación, resulta necesario tensionar desde los espacios institucionales y desde las periferias sociales, vale decir desde el movimiento social, favoreciendo el desborde sistemático de la frontera institucional, devolviendo a las organizaciones sociales procesos de empoderamiento y autonomía que vayan más allá de los regulados y domesticados formatos de participación que bajan desde el aparato.

La Psicología Comunitaria debe perfilarse como vector de transformación social en el nuevo periodo, revalidando la matriz valorica sobre los sentidos del colectivo y la alteridad, movilizando la practica en la perspectiva instrumental de los recursos pero bajo la comprensión estratégica de la transformación final de un modelo económico, social y cultural cuyo ADN está fundamentado en el culto al individuo y en la dispersión material de los imaginarios colectivos.

Es tarea de los Psicólogos comunitarios del presente dejar de ser vectores de reproducción, comprender que la participación debe desbordar la institucionalidad, asumir que cada acción de trabajo tiene un valor ideológico mas allá de la contingencia y finalmente disponerse en consciencia a servir desde cada espacio de producción a la irritación del instituido, haciendo de nuestra practica un instituyente permanente.

 
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