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Reseña de el libro “El pueblo sin atributos”. Por Antonio Almendras

“El pueblo sin atributos”.
La secreta revolución del neoliberalismo.
Wendy Brown.
Malpaso Ediciones. Barcelona, 2016.

(JPEG) “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso."
Walter Benjamín.

Wendy Brown – siguiendo a Foucault - conceptualiza al neoliberalismo como un “orden de razón normativa que cuando está en auge, toma la forma de una racionalidad rectora que extiende una formulación específica de valores, prácticas y mediaciones de la economía a cada dimensión de la vida humana.”

La línea argumentativa que atraviesa el texto nos plantea que la racionalidad neoliberal disemina el modelo de mercado a todas las esferas y actividades –incluso aquellas en las que no se involucra el dinero– y reconfigura a los seres humanos de modo exhaustivo como actores del mercado siempre, solamente y en todos los lados como homo oeconomicus.

Quién y qué es el homo oeconomicus, qué lo mueve y lo recompensa, en qué contexto opera y su relación consigo y con otros dependen de la forma de la vida económica en una época y lugar precisos. La perspectiva de análisis que instala Brown nos plantea -problematizando y enriqueciendo el análisis de Foucault- que a lo largo del esquema de la llamada comúnmente economía clásica y de la economía neoliberal Foucault sostiene como una constante la noción que el homo oeconomicus es un hombre de interés o, como él explícitamente lo plantea, “un sujeto de interés individual dentro de una totalidad que se le escapa y que, sin embargo, funda la racionalidad de sus decisiones egoístas”. De acuerdo con Foucault lo que define al homo oeconomicus es que lo guía el interés y su acción tendrá valor multiplicador y benéfico. Por su parte, Brown no cree que el “interés” capture de modo adecuado el éthos o la subjetividad del sujeto(a) neoliberal; este sujeto(a) está tan profundamente integrado(a) en la meta sobrevenida del crecimiento macroeconómico que puede sacrificar fácilmente su bienestar por estos propósitos mayores. Además, la idea y la práctica de la autorresponsabilidad –forzar al sujeto(a) al emprendimiento, esto es, a convertirse en un inversor y proveedor responsable de sí mismo- reconfigura el comportamiento correcto del sujeto(a) de uno movido naturalmente por intereses de satisfacción – en la economía clásica - a uno forzado a participar en una forma particular de autosubsistencia que se empalma con la moralidad del Estado neoliberalizado y la salud de la economía. Por consiguiente, y de acuerdo con el particular punto de vista de Brown, el neoliberalismo no solo difiere del liberalismo económico clásico en que deja de haber lo que Smith llamó una “mano invisible” que forja/ría un bien común a partir de las acciones individuales y egoístas. Por el contrario, la noción de individuos que buscan naturalmente sus intereses se ha reemplazado con la producción a través de la gobernanza de “individuos” responsables que autointervienen de modo adecuado en un contexto de vicisitudes y necesidades macroeconómicas que convierten todas estas inversiones en prácticas especulativas. El homo oeconomicus se hace, no nace, y opera en un contexto lleno de riesgos, contingencias y cambios violentos potenciales, del estallido de burbujas y el colapso del capital o de la moneda a la disolución completa de la industria.

Planteado de otro modo, en vez que cada individuo busque su propio interés y genere sin querer el beneficio colectivo, esto es, entender en la lógica smithiana que la sumatoria de los egoísmos individuales es socialmente responsable; lo que deviene es el proyecto del crecimiento macroeconómico y la mejora del crédito a lo que los individuos neoliberales se ven atados y con lo que debe alinearse su existencia como capital humano si desean prosperar. Hoy cuando los individuos, las empresas o las industrias constituyen un peso sobre este bien, más que una contribución a él, pueden abandonarse o reconfigurarse “legítimamente” a través de recortes, despidos, subcontratación, trabajo colectivo obligatorio o la relocalización de la producción en el extranjero. En este punto, la idea del interés se ha desvanecido y, en su punto extremo, la reemplaza la idea del sacrificio, muy en consonancia con Byung-Chul Han cuando nos plantea en “La sociedad del cansancio” que una de las características de la sociedad del rendimiento es “la fatiga de ser uno mismo”, al aseverar que lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna.

Otro aspecto relevante a destacar en términos del rendimiento analítico que exhibe el texto de Brown, es comprender que uno de los efectos importante del proceso de neoliberalización en curso es la derrota del homo politicus, que ya estaba anémico durante los procesos de desmantelamiento de los Estados de Bienestar de la post-Guerra, una derrota con consecuencias gigantescas para las instituciones, la cultura y los imaginarios de la democracia.

La conquista del homo politicus en manos de la racionalidad neoliberal contemporánea, la insistencia en que sólo existen actores racionales de mercado en cada esfera de la existencia humana, es completamente novedosa según Brown, de hecho, revolucionaria, en la historia de Occidente. Visto que el homo politicus se desvanece y la figura del capital humano[1] toma su lugar, ya no todos tienen derecho a “buscar su propio bien de modo propio”. Ya no existe la pregunta abierta de lo que uno busca de la vida o de cómo desearía confeccionar el yo. La hegemonía del homo oeconomicus y de la economización neoliberal de lo político transforma tanto al Estado como al ciudadano cuando ambos se convierten, en identidad y en conducta, de figuras de soberanía política a imágenes de empresas financializadas. Este proceso de conversión, a su vez, lleva a cabo dos reorientaciones importantes. Por un lado, reorienta la relación del sujeto(a) consigo mismo y su libertad. Más que una criatura de poder e interés, el yo se convierte en capital en el que invertir, mejorado de acuerdo con criterios y normas especificados así como con contribuciones disponibles. Por otro lado, esta conversión reorienta la relación del Estado con el ciudadano. Los ciudadanos ya no son en el sentido más importante elementos constitutivos de la soberanía, miembros de públicos o incluso portadores de derechos. Por el contrario, como capital humano, pueden contribuir al crecimiento económico o ser un lastre para él, pueden invertirse o liquidarse dependiendo de su potencial para la mejora del PIB. Brown aseverá que Foucault, no comprendió hasta qué extremo podía llegar la gobernabilidad en un régimen neoliberal, un extremo que se expresa en la fórmula de máxima gobernanza a través de la máxima libertad individual. En lugar de la promesa liberal de asegurar al sujeto(a) políticamente autónomo(a) y soberano(a), el sujeto(a) neoliberal no recibe garantía alguna de vida (por el contrario, en los mercados, algunos deben morir para que otros vivan) y, por consiguiente, está tan atado a fines económicos que es potencialmente sacrificable a ellos.

Planteado de un modo ligeramente distinto, Weber y Marx asumen un exterior político y un interior subjetivo que no tiene armonía con el capitalismo: una vida política que por lo menos incluye la promesa de libertad, igualdad y soberanía popular y una figura de la persona unida a ideales de valor, dignidad, autodirección e incluso ternura. Precisamente este exterior y este interior es el que la configuración de los Estados, los ciudadano y las almas de la razón neoliberal lleva a cabo a partir de la imagen del homo oeconomicus, y la eliminación del homo politicus, amenaza con extinguir.

Brown disecciona con angustiosa precisión el presente al explicar con notable agudeza la forma en que el neoliberalismo configura y reconfigura una y otra vez cualquier principio o valor democrático que subyace al Estado, la sociedad y la producción de subjetividades al anclar el mundo de la vida al único principio operativo posible, la reproducción de los principios de mercado en todas las esferas vitales, reduciendo el valor de la vida humana a su dimensión unidimensionalmente económica.

Conforme los parámetros económicos se convierten en los únicos parámetros para toda conducta y preocupación, la forma constreñida de la existencia humana que Aristóteles y, más tarde Arendt designaron como “nuda vida”[2] y que Marx llamó vida “confinada por la necesidad”, esta forma limitada y este imaginario se vuelven ubicuos y totales a través de las clases.

Con el neoliberalismo el mercado se convierte en el sitio de “veridicción”[3] y lo hace en cada área y tipo de actividad humana. Por consiguiente, los principios de mercado enmarcan cada esfera y actividad, desde ser madre/padre hasta aparearse, desde la educación hasta la criminalidad, desde planificar la vida hasta planificar la muerte. Consistente con el argumento anterior la racionalidad neoliberal elimina lo que estos pensadores llamaron “vivir bien” (Aristóteles) o “el verdadero reino de la libertad” (Marx), con lo que no se referían al lujo, el ocio o la indulgencia sino, más bien, al cultivo y la expresión de capacidades diáfanamente humanas para la libertad ética y política, la creatividad, la reflexión irrestricta o la invención.

Dado este desesperanzador e iluminador a la vez panorama que nos retrata Wendy Brown aquellos que queremos superar el neoliberalismo tendremos que ser capaces de generar prácticas solidarias capaces de establecer lazos fraternales que nos permitan la libre circulación de pensamientos, discursos, pasiones y cuerpos que se politicen ilimitadamente, para evitar la muerte del homo politicus.

Antonio Almendras.
Magíster en Ciencia Política.

[1] “Medida del valor económico del conjunto de habilidades de un empleado”. El concepto de capital humano reconoce que no todo trabajo es igual y que la calidad de los empleados se puede mejorar mediante la inversión en ellos. La educación, la experiencia y las habilidades de un empleado tienen un valor económico para los empleadores y para la economía como un todo.

[2] Nuda Vida: puede ser interpretada como un concepto científico o médico: la vida desprovista de toda cualificación, lo que tiene en común la vida humana con la de un caracol o una planta. Enseguida se percibe que se trata de una idea filosófica-teológica, que subyace a su posterior apropiación médica y política. Su genealogía va desde Aristóteles hasta Deleuze, con su afán de elaborar un concepto de “inmanencia” que abarque plenamente la vida.

[3] Término acuñado por Foucault para la producción y circulación de verdades que son establecidas, antes que fundacionales, pero que, de modo importante, rigen.

 
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