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En este numero:

- Ocupación y depredación irresponsable del territorio. Habitar con responsabilidad. Por Manuel Marchant
- Alrededor de mil personas vinculadas al mundo del pensamiento, las ciencias, la cultura, las artes y la educación firmaron una “Carta Abierta al Presidente de la República” en favor movimiento estudiantil
- Allende y la necesaria verdad histórica. Por Ricardo Klapp

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Retrato de Mujeres pioneras, testimonio de lo esencial. Por Pedro Celedón

En Chile en las últimas cuatro décadas, uno de los ámbitos artísticos más generosos y de mayor flexibilidad es el cine documental, el cual, realizado en diferentes formatos, lenguajes y soportes técnicos ha sido capaz de acoger narrativas que combinan sin falsos pudores, temáticas, estructuras e incluso inserciones paralelas en el mundo propio de la exhibición cinematográfica, el aula de clases y los espacios consagrados a las artes visuales. Esta tolerancia a los discursos y permeabilidad a diferentes audiencias, lo ha hecho capaz de transitar desde su esencial cometido de testimoniar una realidad en forma tan contundente como lo hacen entre otros los trabajos de Patricio Guzmán (La Batalla de Chile, La memoria obstinada), los de Carmen Castillo (La flaca Alejandra, Calle Sta. Fe), hasta abordar narrativas en las que la libre imaginación del realizador construye poemas visuales , como los cortometrajes Historias de hielo de Ignacio Agüero, o El tren del desierto de Cristian Leighton, películas construidas sobre territorios de ficciones sostenidos en el alma de imágenes con vocación de archivo y en ello, capaces de documentar el testimonio histórico de una situación, a la vez de hacerla transitar a los reinos de la fantasía y la imaginación

El género documental en estos cuatro últimos decenios han construido una “familia” numerosa, compuesta por obras que dan cuenta de haber sido capaces de trascender la eficiente comunicación con su momento de creación, de instalarse como sólidos pilares de la reconstrucción de una memoria obstinada y necesaria, incluso ante hechos en que se ha invertido enormes esfuerzos para borrar. El festival Fidocs que cumple este año 16 ediciones es una de las demostración concretas de la fuerza de sus recursos.

Trabajos tan recientes como disimiles entre los que me permito señalar El punk triste de Mario Navarro, Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán, Calafate zoológicos humanos de Hans Mülchi, o El Mocito de Marcela Said, tienen en común el que aun permaneciendo fieles al esencial que desea cada uno contener, son construido desde el filtro ágil de la mirada de su realizador. Esto en un equilibrio que logra conjugar la poética de la imagen con el alma de un discurso testimonial, siendo cada uno en ello emotivamente objetivo. Son a todas luces puesta en imágenes de realidades que se han registrado (acogidas más que capturadas) sin alterarlas, sin fabricar “verdades” que antepongan una hipótesis a lo demostrable según los antecedentes que nos proporcionan. Construyen en ello un espacio de convergencia equilibrada entre deseo y memoria; ciencias sociales y poesía; pasado y presente, generando una acción similar a la de los traductores que modifican la música, la cadencia, la respiración de un lenguaje, sin alterar la fuerza viva que acuñan las palabras de origen.

Es en este contexto que es necesario insertar de lleno el documental Retrato de Mujeres pioneras de Isabel Burr Raty, un espacio de 67 minutos en el cual se entretejen tres fuentes de inspiración simultaneas: la primera da cuenta de una acción teatral que surgió del encuentro con mujeres que han participado en la fundación de ciudades, en medio de paisajes en los que todo indica que ni la creación de la divinidad, como tampoco la de la humanidad ha llegado a su séptimo día; la segunda y troncal de este documental , es el paisaje humano y geográfico de un fragmento del extremo sur de Chile (y con ello del mundo) en claro peligro de extinción por anegamiento, producto del diseño de una mega represa que nutriría con energía eléctrica parajes lejanos ; la tercera hebra narrativa, delicada, asimétrica en el empleo de tiempo para desplegarla, subterránea y esencial como las raíces de los alerces, da cuenta de la reflexión desde el arte de una realizadora que se enfrenta a sus propio origen de familia belga, que un día cruzo el océano para cristalizar en América sueños hasta ahora imposibles.

Si leemos Retrato de Mujeres pioneras en forma fragmentada, reconocemos las huellas de una investigación teatral iniciada el año 2005, uno antes del registro documental. La cámara da cuenta de esta aventura desde uno de los extremos de la ficción cinematografía, la animación: ante una sala vacía la actriz busca un recurso que la revitalice. Deshace su espacio cotidiano, crea un nido con sus mascaras e inicia un viaje que la hará desprenderse incluso de la ley más democrática de esta tierra: la gravedad. Impulsada por los recursos narrativos del cuento, viaja desde la urbe al extremo sur para encarnar en una camioneta que profundiza en el paisaje y nos introduce de lleno por las tierras donde según Neruda, “se rompe el planeta”. La cámara se pone entonces al servicio del paisaje, “de la geografía jurásica” y va construyendo una historia que recupera parte de la memoria de sus habitantes.

Nos introduce en un notable encuentro con Evas en un Edén nerudiano, allí, “ En el extremo de Chile (donde): el mar y el fuego, la ciencia de las olas, los golpes del volcán, el martillo del viento, la racha dura con filo furioso, cortaron tierras y aguas, las separaron: crecieron islas de fósforos, estrellas verdes, canales invitados, selvas con racimos, roncos desfiladeros, en aquel mundo de fragancia Rhodo fundó su reino” y unas veces atrajo a Eva con esperanzas, otras las ayudó a evitar ser las sirvientas de sus hermanos, otras fueron raptadas con su consentimiento e incluso algunas compradas, según se dice. Allí, en la Patagonia, tras “la espada encendida” se nos presenta en el documental a la Eva sin tierras, con poca vida por delante y una historia de colonizaciones por detrás. Luego vendrán Evas intelectuales, Eva viuda tres veces, Eva partera, Eva historiadora, madre de diez hijos, dueña de bar, maestra de parvularios…

El portal de estas visiones y figura aglutinadora del documental lo habita Eva Marina. Marina del Carmen Verdugo, nacida en Antuco en 1913, colonizadora de tierras en parajes en que se confunde Argentina y Chile. Su majestuosa presencia tiene en el documental un tratamiento familiar y épico al mismo tiempo, extraña confluencia de antinomias que logran construir una imagen en la cual se dignifica lo cotidiano y lo esencial, en donde el cuerpo casi centenario de un ser refleja en su sinergia el pulso vital de varias generaciones. Su entorno inmediato, poblado solo por objetos útiles, da cuenta del cumplimiento de una norma que se mantendrá en todas las entrevistadas: son mujeres que han puesto piel a la sentencia heiderina de que solo podemos hablar de habitar, cuando se conjugan al mismo tiempo las acciones de cuidar y cultivar un territorio.

Heidegger define con palabras en forma magistral aquel acto indispensable que no implica solo ocupar, construir o vivir en un lugar determinado, sino trascender con él, en él. “El habitar es la manera en que los mortales son en la tierra”, asociándolo Heidegger a antiguas voces góticas en que permanecer y residir se emparentan con estar satisfecho (en paz): llevado a la paz, permanecer en ella. Sin duda las protagonistas de este documental encarnan ese estado de hermandad entre el ser y el territorio.

Narrativamente desde el primer encuentro con Eva Marina, Isabel Burr va alternando en su edición a personas, paisajes, poblados, interiores, exteriores, tiempos, imágenes de su realizadora, música y palabras, espacios íntimos o colectivos, de trabajo o de baile, centros juveniles, juntas de vecinos, extrayendo de cada uno el guiño justo que aporta a la historia sin ilustraciones ni clichés.

Las Evas entrevistadas testimonian desde la pureza de lo vivencial, dan cuenta de la inscripción de la historia humana en un territorio tan poblado por la vegetación que tuvieron que diseñar espacios con el fuego. De manos que fabrican camisas para los hombres con los cuales se casan (o juntan) a los 14 años, como luego lo hacen para sus hijos y nietos. Manos que también fabrican herramientas que doblegaban a la tierra, sutiles bordados para embellecer mesas y ventanas. Que aprendieron a disparar un fusil, hacer parir a un animal, faenar su carne y reconocer el cómo murió.

Son la memoria y la matriz del sueño de nuevos poblamientos. De conquistas territoriales que podían originalmente quedar a cuatro o cinco días a caballo del último pueblo. Todo en ellas da cuenta de la búsqueda de oportunidades, de la necesidad de sentir propio el suelo que las sostiene, de conocer el beneficio de sus hierbas, de saber plantar con la luna llena. Dan testimonio categórico de esa fuerza milenaria por poblar la tierra, del viaje mítico que acompaña el origen de tantas culturas y civilizaciones. Son testimonio igualmente de violencia, soledad y silencio. De marginación de toda historia oficial, de un analfabetismo que lucha por construir pueblos con una escuela como epicentro, de cuerpos humanos fundidos en el de sus caballos, de olor a mate, de la música fundacional del viento y de la lluvia.

El documental tiene luego un giro. Retoma el testimonio de la teatralidad dando cuenta del despliegue de la obra de teatro - que montada en Santiago de Chile el 2006 y actuada hasta 2009- viaja ahora al encuentro del entorno que la inspiró. En pocas imágenes deja testimonio de los instantes en que la actriz realiza la convocatoria para participar en un espectáculo en que el público es la matriz del discurso y desde donde han surgido los personajes que la protagonizan. Luego se nos ofrecen fragmentos de lo que fue una acción teatral que emparenta el gesto artístico con los rituales arcaicos de señalizaciones de identidad, de preservación de la memoria de una comunidad. Queda claro que la obra supo absorber el aliento del imaginario local, a la vez que colonizar territorios para el arte haciendo vivenciar teatro a comunidades en donde nadie recuerda que antes hubiera llegado.

El documental aquí devela su estructura interna. Todo en esta obra sigue el ritmo de un espiral que va construyendo un coro que avanza sobre fragmentos de discursos, transformando todas las voces en una sola voz, las memorias en una sola narración, los gestos aislados en sentido común y luego en mascaras: ancestrales guardianas de los arquetipos y guía en la representación creada, actuada y finalmente editada por otra mujer.

El 2010 vendrá un gesto no documentado en esta obra: el encuentro entre esa misma comunidad de Aysen, con la cinta que nos convoca, cerrando un ciclo de 5 años de investigación en un arte que se emparenta con la etnografía, en su trabajo con lo esencial.

Pedro Celedón
Dr. Historia arte contemporáneo. Prof. Titular Facultad Artes. Pontificia Universidad Católica de Chile

 
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