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SIMCE, PSU. El cálculo y la organización del sistema educativo chileno desde la mirada Foucaultiana. Por Bruno Lucero Hernández.

Durante los recientes meses de octubre y noviembre surgieron muchas columnas de opinión que abordaban el tema del SIMCE y la PSU. En general, se trataba de las eventuales bondades y deficiencias de la estandarización, categorización numérica y ranking en la educación. Mientras que por otro lado, en protesta por el sistema evaluativo SIMCE, aproximadamente unos 12 colegios de la región metropolitana se abstenían de responder dicha prueba. Los estudiantes argumentaban que con esta evaluación sólo se consigue separar a las personas. La explicación se basa justamente en las consecuencias de segregación que provoca una evaluación dirigida a categorizar colegios y a rankear profesores y estudiantes.

En este texto se pretende poner en conexión la conceptualidad Foucaultiana ligada a la estadística en el contexto de los dispositivos de seguridad (cálculo, rango, probabilidad, etc.) con las instancias de medición a las que están sujetos los profesores y estudiantes de este país.

El concepto, el autor.

Foucault, en su afán de comprender las modalidades y tecnologías de poder que se han desplegado históricamente en la gran Razón de Gobierno occidental (gubernamentalidad)[1], investiga cierto dispositivo de control basado principalmente en el cálculo y la medición estadística de la población, al que llama Dispositivo de Seguridad. Dicha tecnología aparece en el autor como dispositivos de control y administración de la población que son claves para el despliegue de la sociedad occidental, de sus instituciones y sus órdenes democráticos.

Adelantándonos, podemos decir que el interés de la razón gubernamental (gobierno de la población) está puesto no en la supresión de problemáticas que dificultan el buen vivir, sino más bien en la administración y conformidad (“lo razonablemente aceptable, lo esperable”) estadística de dichas problemáticas sociales jamás reducibles a cero.

“Por lo tanto -nos dice el autor- se trabaja no sólo sobre datos naturales sino también sobre cantidades que son relativamente reducibles, pero nunca por completo. Como jamás se las puede anular, se trabajará sobre probabilidades…el buen ordenamiento de la ciudad, será justamente eso: tener en cuenta lo que puede pasar.”[2]

El hecho de trabajar sobre cantidades reducibles, sobre “cantidades negativas” (sujetos que no logran aprobar pruebas estandarizadas), no implica necesariamente la reducción de dichas “cantidades negativas”. Como dice Foucault, uno de los rasgos de la Seguridad es trabajar con los datos de la realidad sin reducirlos por completo, manteniéndolos en circulación como probabilidades. En este sentido, podemos especular que dichas pruebas de medición no tienen por objetivo la reducción de las “cantidades negativas”, sino más bien la mantención de ellas para el juego probabilístico legitimador de la razón gubernamental. En otras palabras, se intenta disminuir las “circulaciones negativas”, en nuestro caso los sujetos e instituciones educativas reprobantes, pero nunca a reducirlas absolutamente.

“Se trata simplemente de maximizar los elementos positivos, que se circule lo mejor posible, y minimizar, al contrario, los aspectos riesgosos e inconvenientes como el robo, las enfermedades, sin desconocer, por supuesto, que jamás se los suprimirá del todo.”[3]

Así, tenemos que el SIMCE y la PSU, como tecnologías que levantan información de los sujetos y sus conocimientos, se presentan en el sistema educativo como el primer aparato de seguridad de la razón gubernamental. Lo anterior, al levantar como diagnóstico las cantidades de estudiantes eventualmente reducibles, probabilísticamente separables y políticamente atendibles. De esta manera, este tipo de evaluaciones logra, más allá de la segregación evidente, presentar la propia legitimación de la razón de gobierno. Esto, al presentar públicamente las “cantidades negativas” que las políticas públicas educacionales deben atender. En otras palabras, la razón de ser y el sentido de acción de gobierno se ve sostenido, producido y habilitado por el levantamiento estadístico que la propia razón gubernamental lleva a cabo con estas mediciones.

El dato cuantitativo, el margen de error aceptable y la verdad numérica será el rostro científico de este juego de especulación probabilística que vendrá a determinar, a través de actos de subjetivación y producción discursiva, el devenir de cierta naturaleza humana de la población: lo que digan esas cifras, corroboradas estadísticamente por la comunidad científica, será, a nivel de la representación de la realidad, la verdad de las cosas de la naturaleza humana. El rango, cuestión primordial a la hora de disciplinar y segregar a la sociedad, será el artilugio elemental para sostener una competitividad consolidada de un modo pulcro y legítimo entre los sujetos. De esta manera, tenemos que la disciplina recompensa por los ascensos y castiga haciendo retroceder y degradar: El rango por sí mismo equivale a recompensa o castigo. La importancia del rango en lo que a utilidad para el ordenamiento utilitario de los cuerpos respecta, puede ser evidenciada en la siguiente cita:

“Al organizar las ‘celdas’, los ‘lugares’ y los ‘rangos’, las disciplinas fabrican espacios complejos: arquitectónicos, funcionales y jerárquicos al mismo tiempo. Son espacios que establecen la fijación y permiten la circulación; recortan segmentos individuales e instauran relaciones operatorias; marcan lugares e indican valores; garantizan la obediencia de los individuos y también una mejor económica del tiempo y de los gestos…El rango en el siglo XVIII, comienza a definir la gran forma de distribución de los individuos en el orden escolar.”[4]

El ranking, como tecnología económica de los cuerpos abre la puerta, por un lado, al ordenamiento sistemático y jerárquico de los espacios y sujetos que habitan la población educativa y, por otro, a la legitimación científico-estadística de la segregación social. Los elementos capitalistas totales como competencia, valor, obediencia y producción, quedan abalados por la tecnología del rango que, al ordenar sofisticadamente los cuerpos y las mercancías, facilita la función de sistematización y distribución de estos y además sostiene la fluidez ideológica solapada de la libre competencia, el emprendimiento y la representación individualista del mundo.

Así, por una parte ¿es viable pensar los dispositivos de evaluación actual en la educación chilena como tácticas gubernamentales de segregación y distribución utilitaria de los estudiantes y profesores? Y por otra ¿tiene sentido especular sobre las intenciones latentes de objetivación y utilización de la población educativa en pos del cumplimiento de objetivos políticos gubernamentales de legitimación de sí, basadas justamente en dicho levantamiento de “cantidades negativas” por positivizar?

El caso.

“No bastó con sacrificar el sano desarrollo intelectual, social y emotivo de los niños, sino que además fue necesario establecer un juicio constante a los profesores en función del buen o mal desempeño SIMCE de sus estudiantes, provocando con esto una constante competencia por los incentivos salariales, en vez de crear un clima de confianza y cooperación mutua”.[5]

Lo que se pone en duda en esta cita local, es el sentido del proceso educativo al que están sujetos nuestros estudiantes y profesores en Chile. De cierta forma, se supone que dicha pretensión ya no avanza hacia resultados concretos de calidad en los actores del sistema educacional. Más bien, queda en convicción que la sacralización del SIMCE pone de relieve el vacío existencial del resultado y la ganancia mercantil; pone en evidencia la idea de que al final del día lo que importa es sacar adelante el negocio educativo, la estabilidad de las cifras, aunque estas no siempre sean favorables.

No obstante, si bien se está de acuerdo con este diagnóstico que dice alusión con el sentido mercantilista del sistema educativo, urge poner de manifiesto cierta justificación sacro de la prueba estandarizada. Y es que justamente dicha evaluación actúa como una tecnología de control, como un mecanismo de seguridad que distribuye, ordena y pone en circulación competitiva constante a los sujetos de la población. En otras palabras, el SIMCE y la PSU funcionan como artefactos tecnológicos que aseguran el juego de control infinito de la población en base a la presentación pública y continua de un cálculo anual de probabilidades.

En este sentido, la virtud o indecencia de las cifras no tiene importancia si se piensa que el objetivo gubernamental es la mantención y circulación de las cantidades negativas de la población. Que las cifras resultantes de una prueba no sean favorables es motivo para cambiarlas, y que lo sean, es motivo para mejorarlas: en ambos casos hay objetivos gubernamentales por cumplir, objetivos legitimadores de la razón de gobierno. Sin embargo, lo que acá interesa es esta necesidad gubernamental de control y gestión que se basa justamente en un eterno cálculo de probabilidades.

“Lo que caracteriza en esencia el mecanismo de seguridad -nos dice Foucault- es creo, la gestión de esas series abiertas y que, por consiguiente, sólo pueden controlarse mediante un cálculo de probabilidades.”[6]

El poder gestionar las cantidades de datos, el poder administrar anualmente las series abiertas de sujetos en competencia educativa, es lo que despliega este mecanismo de seguridad. La intención es que a través de estos juegos probabilísticos, los acontecimientos humanos pronto sean gestionables como elementos dinámicos de una multiplicidad de individuos que tienen una mera subsistencia biológica. La vida de la población, sólo será posible dominarla en base al juego probabilístico de distribución y ordenamiento estadístico que anualmente presentan los expertos educacionales. El control sólo se hace posible objetivando en tablas estadísticas la existencia de la vida humana.

De esta manera, la acumulación estadística anual se presenta como una de las estrategias que hará posible este devenir político de seguridad. Tal producción y registro estadístico, va a ser una de las maniobras bases para la implantación del control y representación de lo social. Así, de lo que se trata es de integrar numéricamente al sujeto en el juego diario de la vida política y económica. Integrarlo, pero a la vez afectarlo, modificarlo y condicionarlo. En definitiva, la idea es crear a través de estas técnicas estadísticas un medio ambiente casi natural, en donde las decisiones de la autoridad adquieran sentido y estatuto de verdad: El número registrado y desarrollado por la institucionalidad toma veracidad y acredita la decisión de la autoridad pública.

Son estos dígitos supuestamente imparciales los que van a venir a transformar, positiva o negativamente, las condiciones ambientales que van a influenciar el sentido de vida que desarrolla, padece y promueve esta multiplicidad de individuos llamada población. De ahí la importancia extraña de sólo tener los datos, de poner al levantamiento de la información estadística como fin último. En relación a esta idea, es ilustrativa la opinión de Mario Waissbluth respecto de cómo pruebas estandarizadas como el SIMCE y la PSU, se han transformado en el objetivo total y técnicamente perturbado de la razón gubernamental.

“Doy también por sentado -nos dice Waissbluth- que “calidad” no es de ninguna manera “SIMCE + PSU”. No niego la necesidad de que se hagan, como en todos los países, algunos test estandarizados, pero transformarlos en el objetivo y fin de la educación ha sido desquiciamiento tecnocrático purificado”[7].

En conclusión, la tecnocracia basada en el despliegue vacío de los datos estadísticos producidos en dichas pruebas estandarizadas, se desarrolla como un nuevo y sofisticado castigo (la cuadrícula, el ranking, la segregación). Sin embargo, insisto: ¿es el castigar, el separar, el fin último de la sacralización de estas pruebas estandarizadas?, ¿no tendrá más sentido pensar esta tecnología como la depuración fina (el diagnóstico) necesaria para el control social de la población?

Bruno Lucero Hernández. Sociólogo. Magister en Ciencias Sociales mención en política. Universidad ARCIS.


[1] Por ahora, pensar abstractamente en la idea de una razón de ser y actuar de un gobierno, de una “razón gubernamental” como lo llama Foucault en “Seguridad, territorio, población”. Aquí, el autor hace en parte la historia de los dispositivos y mecanismos de control social, deteniéndose específicamente en el de Dispositivo de Seguridad, como producción y encausamiento de relaciones sociales basadas en la administración, el cálculo y la gestión de la población. Dicho encausamiento es visto en Foucault como cierta racionalidad de gobierno asociada al modelo capitalista en sus instancias de liberalismo y neoliberalismo. La gubernamentalidad entonces, se presenta como un modelo de gobierno de la población, como un paradigma que instala como eje programático el control y la administración de esa amalgama de cuerpos llamada población.

[2] M. Foucault. “Seguridad, territorio, población”, FCE, año 2006. Argentina. Pág. 39

[3] Ibídem.

[4] M. Foucault. “Vigilar y Castigar. El nacimiento de la prisión”. FCE, Argentina 2008. Pág. 170-171.

[5] http://www.educacion2020.cl/noticia/relatos-del-simce

[6] M. Foucault. “Seguridad, territorio, población”. FCE, Argentina 2006. Pág. 40.

[7] http://voces.latercera.com/2013/12/02/mario-waissbluth/innovacion-educativa-radical/

 
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