Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

LIBROS

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- EL MASTIQUE I Y II. Por Cesar Valdes Monasterios
- Entrevista de Francisco-Javier Alvear a Cristian Castillo Capello, “El Mago Capello”.
- Rigoberta Menchú y la lucha por la igualdad. Por Jaime Valdivieso

- Sumario completo



Página de inicio

TEXTOS SOBRE GRECIA: Llevaré con orgullo el odio de los acreedores. Textos de Yanis Varoufakis, Alexis Tsipras y otros...

KRÖTEN UND SCHLANGEN por Ángel Saldomando

En junio 2011 escribí en Grecia al matadero “A la pregunta de la periodista de euro news ¿hay plan b para Grecia? El director interino del FMI, sonrió enigmáticamente y respondió “Estamos trabajando por el éxito”. Se refería al plan de ajuste, el único posible según la UE y el FMI, con el que pretenden que Grecia, viva o muerta, pague y se limite el efecto expansivo de la crisis por la exposición de bancos franceses y alemanes. Es la condición para darles un nuevo paquete de ayuda y evitar la bancarrota. Con el cuchillo al cuello gobierno y parlamento griego deben capitular frente al ajuste pero la mayoría de la sociedad lo rechaza.“

Y así llegamos hasta aquí, Grecia se resistió, llegó una nueva coalición de centro izquierda, para encabezar una alternativa y llamó frente a las condiciones inflexibles del ajuste a un referéndum que le dio apoyo político mayoritario. Lo que ha ocurrido luego es escandaloso y dramático. Lo que viene si todo continúa igual es que Grecia deja de ser un país y que la unión europea se ha convertido en un apéndice de Alemania.

Kröten und Schlangen, así se escribe en alemán, según la traducción, sapos y culebras. Eso es lo que deberán tragar los griegos por las condiciones impuestas por Alemania y aceptadas orejas gachas por los demás países. ¿Dónde quedó el tándem Francia, Alemania pilares de la Unión europea? No existe, Alemania el dueño de Europa ha impuesto prácticamente todos sus criterios en todas las pulseadas, los demás, incluido el débil presidente francés reducido a un poco decoroso papel, palmeando el hombro de Tsipras como el consuelo de los amigos, cuando aparecen, en el funeral.

La dirigencia alemana, en representación de toda la Europa financiera y conservadora ha hecho gala de una amnesia, un cinismo y una arrogancia histórica inaudita, para defender su posición hegemónica. No solo olvidó que en 1953ª la que era la RFA, le anularon el 62% la deuda de posguerra y le otorgaron facilidades enormes, nunca le pagó a Grecia las reparaciones por la ocupación nazi, (varios miles de millones de euros según diversas estimaciones) además recibió ayuda para la reconstrucción de posguerra estimuladas por su posición geopolítica frente a la unión soviética.

La posición hegemónica de Alemania, ahora unificada en 1990, lograda con un reindustrialización acelerada y con menos gastos ligados a factores geopolíticos, en particular militar, se vio reforzada con la instauración del euro, convirtiéndola en exportadora y acreedora absoluta del continente.

Con Grecia fue todo diferente, a la salida de la dictadura militar griega los grupos de poder continuaron siendo los mismos en la democracia, con ellos Europa hizo buenos negocios pero se acentuaron con la entrada en la UE. Los créditos fluyeron en un momento de liquidez, de diferencias de tasas a favor de los prestamistas especulativas, (esto reconocido incluso por Christine Lagarde en ese entonces ministro de finanzas en Francia antes de ser directora del FMI) El negocio era simple los bancos conseguían fondos baratos del banco central europeo y la reserva federal y lo prestaban mucho más caro a Grecia. Los préstamos de corto plazo aumentaron de 50% entre 2005 y 2007 y más de 33 por ciento entre junio 2007 y agosto 2008, solo un año. Pero la inversión productiva y de largo plazo permaneció estancada durante 12 años y nunca se recuperó. La corrupción y las presiones estimularon el consumo indiscriminado y de lujo, la venta de armas y de todo tipo de activos. Grecia tiene más aviones y submarinos que Inglaterra sin ser una potencia. La chatarra debe estar bien amontonada.

La irresponsabilidad que se le enrostra a Grecia fue la contracara de los negocios fáciles y la especulación, no se escucharon voces en Europa que sugirieran algo distinto. La situación en perspectiva era peligrosa, todos sabían que Grecia corría riesgos de no poder pagar pero los bancos, esencialmente franceses y alemanes, apostaban a que por último los riesgos se los cargarían a la unión europea.

Y ese momento llegó, Alemania ni ayudó ni perdió plata con Grecia, por el contrario ganó pero pasó la cuenta más encima junto con los demás acreedores. Sucedió lo previsto, los bancos fueron salvados por fondos europeos y el fardo solo cambió de hombros, para Grecia fue peor.

Ahora las negociaciones hechas entre la troika y Grecia son una antología del autoritarismo del capital, como lo fueron también los ajustes en América latina. Burócratas que por convicción o por sus altísimos salarios, defienden los intereses de sus mandantes poniendo a su servicio todas las triquiñuelas técnicas e institucionales, se convierten en gurkas. Todos los argumentos de principios que nos enrostran, democracia, desarrollo, probidad, trasparencia, responsabilidad, reglas del juego y un largo etc, a puertas cerradas se van al diablo. (Como han atestiguado funcionarios desbordados por el clima de las “negociaciones”) El lenguaje es brutal, el chantaje la norma y el asedio total para obtener firma de acuerdos sin concesiones. A la vieja Europa conservadora le volvieron a salir los colmillos, ocultados un tiempo por las conquistas sociales y el estado de bienestar.

Las condiciones puestas a Grecia si terminan por imponerse, todo parece indicar que Tsipras las aceptó, pero aun hay obstáculos políticos, hacen de su país un territorio bajo ocupación económica y política y a la zona euro un conjunto de países bajo dictado financiero que habla alemán. Escenarios alternativos hay pero se excluyeron desde un inicio. La Europa plural esta por ahora en estado de coma.

Asombra que un continente, que dispone de recursos humanos y sociales como para oponerse, ha sido sistemáticamente diezmado por los liberales conservadores y una socialdemocracia completamente subordinada.

Lo que ocurra de ahora en mas puede ser un punto de inflexión pero no está claro en qué dirección. Pero arriesguemos la hipótesis que Grecia no podrá pagar, será castigada y rapiñada, y quizá se comience a reaccionar.


¿Qué hay detrás del rechazo alemán a garantizar a Grecia un alivio de la deuda? Yanis Varoufakis

12/07/15

La cumbre de la UE de este domingo (12 de julio) sellará el destino de Grecia en la Eurozona. Cuando escribo estas líneas, Euclides Tsakalotos, mi gran amigo, camarada y sucesor al frente del Ministerio de Finanzas griego se va a una reunión del Eurogrupo que determinará si se llega a un acuerdo de última hora entre Grecia y nuestros acreedores y si ese acuerdo incorpora el grado de alivio de la deuda necesario para hacer viable la economía griega dentro del área Euro. Euclides lleva consigo un plan moderado y bien concebido de reestructuración de la deuda que responde, sin lugar a dudas, tanto a los intereses de Grecia como a los de sus acreedores. (Tengo intención de publicar aquí detalles de ese plan el próximo lunes, una vez despejada la niebla.) Si esas modestas propuestas de reestructuración de la deuda fueran rechazadas, según ha dado a entender el ministro alemán de finanzas, la cumbre de la UE de este domingo tendrá que decidir entre echar a Grecia de la Eurozona ahora o mantenerla en la zona un poco más, en una situación de desjarretamiento creciente, hasta que en algún momento futuro ella misma abandone. La cuestión es: por qué el ministro de finanzas alemán, el Dr. Schäuble, se resiste a una reestructuración de la deuda tan delicada y suave como mutuamente beneficiosa? La columna mía aparecida en el Guardian de hoy [11 de junio] ofrece mi respuesta a la pregunta. Se publicó, por cierto, con un título que yo no había puesto: “Alemania no ahorrará sufrimiento a Grecia: tiene interés en quebrarnos”.

El drama financiero griego ha dominado durante cinco años las cabeceras de los periódicos por una razón: el terco rechazo de nuestros acreedores a ofrecer alivios substanciales a nuestra deuda. ¿Por qué, contra el sentido común, contra el veredicto del FMI y contra las prácticas cotidianas de los banqueros que tienen que lidiar con deudores asfixiados, se resisten a una reestructuración de la deuda? La respuesta no puede hallarse en la teoría económica, porque se halla profundamente anclada en la laberíntica política europea.

En 2010, el Estado griego llegó a la insolvencia. Dos opciones congruentes con la ulterior pertenencia a la eurozona estaban sobre la mesa. Una, la razonable, la que cualquier banquero decente habría recomendado, era la reestructuración de la deuda y la reforma de la economía. La otra, la opción tóxica, era ofrecer nuevos préstamos a una entidad quebrada en la pretensión de que seguía siendo solvente.

La Europa oficial eligió la segunda opción, poniendo el rescate de los bancos franceses y alemanes expuestos a la deuda pública griega por encima de la viabilidad socioeconómica de Grecia. Una reestructuración de la deuda habría implicado pérdidas para los banqueros tenedores de bonos de deuda pública griega. Deseosos de evitar confesar a los parlamentos que los contribuyentes tendrían que volver a pagar por los bancos con nuevos préstamos insostenibles, los funcionarios de la UE presentaron la insolvencia del Estado griego como un problema de falta de liquidez, y justificaron el “rescate” como un asunto de “solidaridad” con los griegos.

Para hacer cuadrar la cínica transferencia de pérdidas privadas irrecuperables sobre las espaldas de los contribuyentes como un ejercicio de “amor severo”, se impuso una austeridad sin precedentes a Grecia, cuyo ingreso nacional –a partir del cual había que sacar para devolver las deudas— disminuyó en más de un cuarto. Basta la pericia matemática de un zagalito espabilado de ocho años para saber que ese proceso no podía terminar bien.

Una vez completada la sórdida operación, Europa tendría entre manos una razón adicional para negarse a discutir sobre la reestructuración de la deuda: ¡ahora tocaba a los bolsillos de los ciudadanos europeos! De manera que se administraron crecientes dosis de austeridad al tiempo que la deuda se hacía cada vez más grande, forzando a los acreedores a ampliar sus créditos a cambio de… ¡más austeridad todavía!

Nuestro gobierno fue elegido con el mandato de poner fin a esa espiral sin esperanza; de exigir la reestructuración de la deuda y un punto final a la paralizante austeridad. Las negociaciones han llegado al punto muerto de todos conocido por una simple razón: nuestros acreedores siguen descartando cualquier reestructuración tangible de la deuda, insistiendo al mismo tiempo en que nuestra impagable deuda sea devuelta “paramétricamente” por los griegos en situación de mayor vulnerabilidad, y por sus hijos, y por sus nietos.

En mi primera semana como ministro de finanzas recibí la visita de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo (los ministros de finanzas de la Eurozona), quien me puso ante una opción descarnada: acepta la “lógica” del rescate y olvídate de exigencias de reestructuración de la deuda o tu acuerdo de crédito caerá –con la consecuencia tácita de que los bancos griegos serían clausurados—.

Luego vinieron cinco meses de negociaciones bajo condiciones de asfixia monetaria y un pánico inducido pánico bancario supervisado y administrado por el BCE. El mensaje estaba en el aire: a menos que capituléis, no tardaréis en enfrentaros a controles de capitales, cajeros automáticos a medio funcionamiento, un prolongado cierre bancario y, finalmente, Grexit.

La amenaza del Grexit ha seguido el curso de una montaña rusa. En 2010 puso el temor de Dios en los corazones y en las mentes de los financieros, en la medida en que sus bancos andaban rebosantes de deuda griega. Incluso en 2012, cuando el ministro de finanzas alemán, Wiolfgang Schäuble, decidió que los costes del Grexit era una “inversión” que valía la pena como vía para disciplinar a Francia y a otros, la perspectiva seguía resultando aterradora para casi todo el mundo.

Cuando Syriza llegó al poder en enero pasado, y como si de confirmar nuestra tesis de que los “rescates” no habrían tenido nada que ver con ayudar a Grecia (y todo que ver con blindar a la Europa septentrional); como si de confirmar esta nuestra tesis se tratara, una amplia mayoría en el Eurogrupo –tutelada por Schäuble— adoptó el Grexit, ya como su resultado de preferencia, ya como arma optativa de combate contra nuestro gobierno.

Los griegos se estremecen con toda la razón ante la perspectiva de abandonar el euro

Los griegos se estremecen con toda la razón ante la idea verse amputados de la unión monetaria. Salir de una moneda común no tiene nada que ver con un simple desacoplamiento, como el que hizo Gran Bretaña en 1992, cuando Norman Lamont cantó celebérrimamente de alegría en la ducha mañanera luego de que la libra esterlina abandonara el Mecanismo de Tasa de Cambio (ERM, por sus siglas en inglés). Y es que Grecia no tiene una moneda cuyo acoplamiento al euro pueda ser interrumpido. Tiene el euro: una moneda exterior plenamente administrada por un acreedor hostil a la reestructuración de la deuda insostenible de nuestra nación.

Para salir, tendríamos que crear de la nada una nueva moneda. En el Irak ocupado, la introducción de nuevo papel moneda llevó casi un año, unos 20 Boeing 747, la movilización de la potencia militar estadounidense, tres empresas de imprenta y centenares de camiones de gran tonelaje. A falta de una infraestructura así, el Grexit montaría tanto como anunciar una enorme devaluación con 18 meses de anticipación: una receta para la liquidación de todo el stock griego de capital y su transferencia al exterior por todos los medios disponibles.

Con un Grexit que venía a espolear el pánico bancario inducido por el BCE, nuestros intentos de volver a poner la reestructuración de la deuda sobre la mesa de negociaciones caían en oídos sordos. Una y otra vez se nos decía que eso era asunto para un indeterminado futuro que seguiría a la “culminación con éxito del programa”: un estupendo Catch-22, porque el programa jamás podría culminar con éxito sin una reestructuración de la deuda

Este fin de semana se llega al clímax de las conversaciones, y mi sucesor, Euclides Tsakalotos, busca de nuevo poner el caballo por delante del carro: convencer a un Eurogrupo hostil de que la reestructuración de la deuda es una condición necesaria de la reforma con éxito de Grecia, no una recompensa ex post por haberlo conseguido. ¿Por qué resulta tan arduo entender algo tan obvio? Yo veo tres razones.

Europa no sabe como responder a la crisis financiera. ¿Debería prepararse para una expulsión (Grexit) o para una federación?

Una es que la inercia institucional es difícil de romper. Otra, que la deuda insostenible da a los acreedores un inmenso poder sobre los deudores, y el poder, como es harto sabido, corrompe al más pintado. Pero es la tercera la que a mí me parece más pertinente, y en realidad, la más interesante.

El euro es un híbrido entre régimen de tasa de cambio fija, como el ERM de los 80 o el patrón oro de los 30, y moneda estatal. El primero depende, para mantenerse unido, del miedo a la expulsión, mientras que la moneda estatal entraña mecanismos de reciclaje de excedentes entre los Estados miembros (por ejemplo, un presupuesto federal, bonos comunes). La Eurozona se halla en un punto intermedio entre ambos casos: es más que un régimen de tasa de cambio y es menos que un Estado.

Y hay fricción. Luego de la crisis de 2008/9, Europa no supo cómo responder. Tenía que prepararse a fondo para al menos una expulsión (es decir, para el Grexit) a fin de robustecer la disciplina? ¿O proceder, en cambio, a una federación? Hasta ahora no ha hecho ninguna de las dos cosas, y su angustia existencial no deja de crecer. Schäuble está convencido de que, tal y como están las cosas, necesita un Grexit para despejar el aire de una u otra forma. Y hete aquí que, de repente, una deuda pública griega permanentemente insostenible, de no existir la cual la perspectiva del Grexit se desvanecería, ha cobrado una nueva utilidad para Schäuble.

¿Qué quiero decir con esto? Fundado en meses de experiencia negociadora, mi convicción es que el ministro de finanzas alemán quiere expulsar a Grecia de la moneda común para instalar el temor de Dios en los franceses y obligarles a aceptar su modelo de una Eurozona disciplinaria.

Yanis Varoufakis, exministro de finanzas del gobierno griego de Syriza, es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Fue recientemente profesor invitado en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su libro El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012.

Traducción para www.sinpermiso.info: Antoni Domènech


Por dónde pasa la solución verdadera de la crisis griega

Salir del euro. por Costas Lapavitsas*

Los acreedores de Grecia, con Alemania a la cabeza, dicen querer salvar a Atenas de la bancarrota, pero lo que buscan realmente es destruir el proyecto político de Syriza. El mal de fondo es la errónea concepción de la unión monetaria europea; abandonarla es una de las opciones que maneja el gobierno griego.

Desde 2010, surgió la perspectiva de un default griego y una salida de la Unión Económica y Monetaria (UEM). Desde el punto de vista de la teoría económica, el problema es cristalino: una economía débil, caracterizada por importantes fallas institucionales, se incorporó a una unión monetaria estructuralmente disfuncional. Esta se dotó de una divisa no solamente fuerte, sino intrínsecamente problemática. En un contexto tal, no hay más que dos salidas: o la UEM se reforma de una manera profunda, o Grecia debe encarar un default y una salida. La disfunción del euro se explica ante todo por la política alemana que apunta a comprimir los salarios, lo que le permitió a Berlín aumentar su ventaja competitiva y convertirse en uno de los principales prestamistas de Europa. Al adoptar esta política, Alemania redujo su propia demanda para captar mejor las riquezas provenientes del exterior; una política cuyos costos los pagó la población, pero que ilusionó a los grandes exportadores y los establecimientos bancarios.Para los otros países miembros, la opción alemana tuvo el efecto opuesto: un alza del déficit y de los préstamos. Allí reside el desequilibrio fundamental de la UEM, disimulado a comienzos de los años 2000 por la disponibilidad de liquidez a bajo precio que facilitó el consumo y la inversión en el sector de la construcción. Pero la crisis mundial de 2007-2009 sacó a la luz el hiato y provocó el derrape de la zona euro. Habiendo registrado el principal deterioro en términos de competitividad, Grecia resultó ser el país más vulnerable de la región. Pronto se encontró confrontado a una deuda astronómica de 300.000 millones de euros y a enormes déficits a nivel del presupuesto y de la cuenta corriente: más del 15% del producto interno bruto (PIB). Una moneda fuerte acababa de destruir a una economía débil.Sin embargo, el destino de Grecia estaba sellado después de 2010, cuando la Unión Europea eligió la austeridad como principal solución a sus dificultades. ¿La receta? Cercenamiento de salarios, recortes presupuestarios, alza de impuestos, reformas favorables al mercado e institucionalización del rigor a través de los tratados (en particular el “Six Pack” y el “Two Pack” (1)).

Desde un punto de vista estrechamente alemán, la austeridad presenta la ventaja de hacer que los países que registran déficit carguen con el peso del ajuste, preservando al mismo tiempo los intereses de los grandes bancos y los exportadores. Los actuales dirigentes alemanes parecen estimar que la austeridad consolidará su posición dominante dentro de la Unión. Sin embargo, desde el punto de vista de la UEM, semejante política deprime la demanda y contrae la economía, sin ofrecer a los países deficitarios la menor perspectiva de una vuelta de sus cuentas a terreno positivo y, por lo tanto, de un pago de sus deudas. En otras palabras, se trata del método más eficaz para provocar el derrumbe de la UEM a medio plazo. Por último, desde el punto de vista griego, la austeridad resulta ser desastrosa, dado que la contracción de la actividad y de los ingresos encierra al país en una situación de débil crecimiento, desempleo masivo y deuda monumental. La política alemana lleva a la UEM al fracaso; pero mucho antes habrá arrasado a Grecia.

El gobierno de Syriza, electo el 25 de enero de 2015, evalúa desde hace mucho tiempo las implicaciones de las políticas europeas. Durante los cinco meses que siguieron a su acceso al poder, Syriza intentó obtener el fin de las medidas de austeridad, un alivio de la deuda, así como un programa de inversión susceptible de dinamizar la economía. Costaría imaginar una respuesta más cruel que la que dieron los acreedores en junio: según ellos, Grecia debe registrar un excedente primario (2) del 1% del PIB en 2015, del 2% en 2016, del 3% en 2017 y del 3,75% los años siguientes. Ni siquiera hicieron mención a un alivio de la deuda ni a un programa de inversión serio. En síntesis, la austeridad más dura y por mucho tiempo.

Oscuro porvenir

En semejante contexto, el futuro de Grecia se anuncia oscuro. El crecimiento promedio de los cinco próximos años podría alcanzar el 2%, con fluctuaciones importantes. Probablemente el desempleo se mantenga muy elevado, sin que se pueda proyectar un cambio en la evolución de los ingresos, cuya caída superó el 30% para amplias franjas de la sociedad. De esta manera, una población ya mayor, aplastada por la deuda, tendría que ver que su juventud –especialmente la mejor formada– tomara el camino del exilio. No cuesta imaginar la situación de fragilidad geopolítica en la que tal escenario hundiría al país: pronto Atenas quedaría relegada a la insignificancia histórica.

Si la Unión Europea insiste en imponer sus políticas, la supervivencia del país pasará por un default y una salida de la UEM, primeros pasos hacia la reactivación del aparato productivo griego, la dinamización de las inversiones y la restauración del Estado de bienestar. Así, Grecia quedaría liberada de la trampa del euro y podría proyectar un proceso de transformación social, caracterizado por el crecimiento económico y la redistribución de las riquezas. Tal ambición, es evidente, chocaría con poderosos adversarios, tanto en el plano interno como dentro de Europa. No solo requeriría una determinación de hierro, sino también el apoyo de la población.

La única fuerza política capaz de colocar a Grecia en este camino se llama Syriza. Desde hace mucho tiempo, la posición oficial del partido es que se puede proceder a cambios radicales sin abandonar la UEM. Pero la actitud inflexible de los acreedores llevó al partido y a sus votantes a revisar su análisis. La idea según la cual el chantaje de los acreedores debe llevarnos a considerar el default y la salida del euro gana popularidad entre los trabajadores, los pobres y dentro de las clases medias inferiores.

Se puede prever una oposición importante de los estratos superiores de la sociedad, que hasta ahora salieron en gran medida indemnes de la crisis. Estos últimos ven sus posiciones defendidas desde la derecha por la Nueva Democracia, desde la centroizquierda por el Partido Socialista (Pasok) –dos partidos que se dividieron el poder durante décadas–, y desde el centro por To Potami (“el río”), recientemente surgido en el tablero político gracias a generosos apoyos financieros. La elite no tiene la más mínima visión de futuro para el país: se contenta con poner en práctica la hoja de ruta de los acreedores. Las divisiones sociales inherentes al euro resurgieron de forma aguda en el transcurso de la crisis y estas tensiones resultarán decisivas en el período que se inicia.

Una salida de la UEM no sería nada parecido a una fiesta. Pero la historia y la teoría monetaria permiten trazar las grandes líneas de una estrategia, que se puede resumir como sigue.

En un primer momento, Atenas suspende su participación en la UEM sin invalidar su adhesión a la Unión Europea. En efecto, los tratados prevén la salida de la Unión; ahora bien, lo que se aplica al todo (la Unión) se aplica necesariamente a la parte (la UEM).

Grecia interrumpe el pago de su deuda pública en el exterior, es decir, principalmente, con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE). El país podría elegir seguir honrando sus compromisos ante los acreedores privados, de manera tal de facilitar su ulterior vuelta a los mercados. Atenas propone una conferencia internacional a fin de obtener una reestructuración de su deuda, incluida la vinculada con el FMI. El gobierno se dedica a pagar al conjunto de los agentes domésticos.

Recuperar soberanía económica

El país retoma el control de su Banco Central, el que abandona el Eurosistema, pero no el Sistema Europeo de Bancos Centrales. Se nacionaliza el sistema bancario y surgen nuevos establecimientos, sanos. El Estado organiza la reestructuración de los préstamos efectuados por empresas y particulares en dificultades (en especial en el ámbito inmobiliario), cuyo monto no dejó de crecer durante la crisis para superar los 100.000 millones de euros. Además, establece un control de cambios y de las transacciones bancarias, como hizo la Unión Europea en Chipre en 2013, pero sin vaciar los depósitos, los que se convierten al nuevo dracma a una tasa de uno a uno, del mismo modo que los préstamos bajo la ley griega.

El nuevo dracma se devalúa, probablemente mucho, durante las primeras semanas, antes de estabilizarse tras varios meses en torno a una reducción del 10 al 20% de su valor inicial (sabiendo que la cuenta corriente ya está prácticamente en equilibrio y que el Estado habrá dispuesto un control de cambios). Los trabajos empíricos muestran que el impacto sobre la producción y el empleo será positivo, mientras que la inflación no debería conocer sino un modesto aumento.

La satisfacción de las necesidades de los grupos más vulnerables de la sociedad en productos básicos –principalmente combustible, alimentos y medicamentos– se eleva al rango de prioridad. Debería bastar con un mínimo de preparación para evitar tener que recurrir a las libretas de racionamiento.

Nadie niega que un default y una salida del euro tendrían un costo social alto, en particular en los primeros momentos. Pero se trataría de una prueba temporal, que no justifica que el país entero acepte la austeridad que exige mantenerse dentro de la UEM.

Seguramente el período de ajuste de algunos meses hará que la economía entre en recesión. Luego, Grecia puede esperar una recuperación del crecimiento, gracias a la liberación de una demanda doméstica hasta ahora comprimida y gracias a la movilización de recursos que la austeridad había dejado de lado: trabajadores, fábricas y equipamiento. Sobre esta base, Grecia estaría en condiciones de reformar su economía y su sociedad a la vez, en especial operando un desplazamiento de las actividades de servicios hacia la industria y la agricultura. Al restaurar la soberanía monetaria del país y su capacidad para generar su propia liquidez, un default seguido de una salida de la UEM efectivamente autorizarían a Atenas a proceder a transformaciones tan profundas. Por lo demás, el país recuperaría un margen de maniobra presupuestaria que le permitiría relanzar la inversión pública y sostener su equivalente privado.

Por supuesto, tendríamos que defender el nuevo tipo de cambio, pero los recursos movilizados no se parecerían en nada a los que requiere la rigidez de la UEM. Sin contar que los acontecimientos monetarios de este tipo suelen generar nuevas oportunidades para la actividad económica.

En el momento actual, el costo de la austeridad se apoya en gran parte en los asalariados, los jubilados, los pobres y las clases medias bajas. Un gobierno de izquierda aprovecharía una salida para trasladar esa carga a los hombros de los más favorecidos y transformar la relación de fuerzas dentro del país.

Sin dudas, el episodio reduciría el poder de compra de la población a través de un encarecimiento de las importaciones. Pero también aplastaría el valor real de los créditos inmobiliarios y otros préstamos. La reanudación de la actividad económica después de la conmoción inicial favorecería a los trabajadores al proteger el empleo y facilitar un aumento progresivo de los salarios. Por añadidura, la política del gobierno permitiría la redistribución del ingreso nacional de manera tal de mejorar la situación de los más pobres. La activación del mercado interno beneficiaría a las pequeñas y medianas empresas.

En el bando de los perdedores, estarían los bancos y los grandes patrones, que dirigieron al país a lo largo de décadas antes de llevarlo a la ruina. A su lado, estarían los acreedores europeos, comenzando por el BCE, cuya exposición al dispositivo de ayuda de emergencia (Emergency Liquidity Assistance) actualmente supera los 90.000 millones de euros.

Grecia se encuentra en una encrucijada: su economía se desmoronó, su sociedad sufre, sus instituciones renguean y su posición geopolítica nunca fue tan mala desde hace décadas. En el corazón de una Europa en crisis, se distingue por la magnitud de la debacle de sus elites. Las fuerzas sociales, a partir de ahora en condiciones de hacer que el país vuelva a retomar la delantera sacándolo de su letargo, se encuentran en lo bajo de la pirámide social y apoyan a Syriza. Por lo tanto, es crucial que el partido aproveche esta oportunidad histórica.

La entrada en la UEM resultó ser un error considerable para Grecia. Pero el país todavía puede seguir un camino diferente. Haciéndolo, ayudaría a Europa a librarse de un sistema monetario tóxico que sólo sobrevive gracias al apoyo de los sectores políticos y económicos dominantes. El continente se asfixia y tiene que recuperar fuerzas. A menudo Grecia desempeñó un rol histórico desproporcionado en relación con su tamaño; parecería ser que se presenta una nueva oportunidad.

Las notas son de la redacción LMD.

1. Véase Raoul Marc Jennar, “Golpe de Estado europeo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2012.

2. Saldo presupuestario antes del pago de los intereses de la deuda, o, para retomar la expresión del economista Paul Krugman, “el conjunto de recursos que un país está en condiciones de transferir a sus acreedores” (New York Times International, 28-2 y 1-3-14).

*Economista, diputado de Syriza para Le Monde Diplomatique Traducción: Bárbara Poey Sowerby


Texto del blog de Yanis Varoufakis en el que anunció su dimisión como Ministro de Finanzas de Grecia.

"El referéndum del 5 de julio quedará para la Historia como un momento único cuando una pequeña nación europea se levantó contra la esclavitud de las deudas.

Como todas las luchas por los derechos democráticos, este histórico rechazo al ultimátum formulado el 25 de junio por el Eurogrupo llega con un gran coste asociado. Por lo tanto, es esencial que el gran capital concedido a nuestro Gobierno por el espléndido voto del NO se invierta en un SÍ a una apropiada resolución, a un acuerdo que implique una reestructuración de la deuda, menos austeridad y una redistribución a favor de las necesidades y reformas reales.

Poco después del anuncio de los resultados del referéndum, se puso en mi conocimiento la preferencia de algunos miembros del Eurogrupo y algunos participantes de mi... ausencia de las reuniones, una idea que el primer ministro calificó de potencialmente útil para alcanzar un acuerdo. Por esta razón, hoy me voy del Ministerio de Finanzas.

Considero que es mi deber ayudar a a Alexis Tsipras a explotar el capital que el pueblo griego nos concedió a través del referéndum de ayer.

Y llevaré con orgullo el odio de los acreedores.

Nosotros, los de la izquierda, sabemos cómo actuar colectivamente sin importarnos los privilegios del cargo. Apoyaré totalmente al primer ministro Tsipras, al nuevo ministro de Finanzas y a nuestro Gobierno.

El esfuerzo sobrehumano para honrar a los valientes griegos, y el famoso OXI (NO) que le concedieron los demócratas de todo el mundo, acaba de empezar"

(JPEG)

Federica Matta, OXÍgeno 6 de julio 2015


Alexis Tsipras, Primer Ministro de Grecia y lider de Syriza escribió en Le Monde Diplomatique, en marzo de 2013, sobre la deuda y las propuestas económicas. Un texto que cobra actualidad tras el referéndum en que el pueblo griego masivamente apoyó las propuestas del gobierno:

El 27 de febrero de 1953 la República Federal de Alemania se hunde bajo el peso de las deudas y amenaza con arrastrar a todos los países europeos en la tormenta. Preocupados por su propia salvación, sus acreedores –entre ellos, Grecia– toman nota de un fenómeno que sólo ha sorprendido a los liberales: la política de “devaluación interna”, es decir, la reducción de salarios, no garantiza el pago de las sumas adeudadas, sino más bien lo contrario.

Reunidos en Londres en una cumbre extraordinaria, veintiún países deciden reconsiderar sus exigencias teniendo en cuenta las capacidades reales de su aliado para hacer frente a sus obligaciones. Reducen la deuda nominal acumulada por la República Federal en un 60%, le conceden una prórroga de cinco años (1953-1958) y un plazo de treinta años para pagar. También establecen una “cláusula de desarrollo” que autoriza al país a no dedicar al pago de la deuda más de una veinteava parte de sus ingresos de exportación. Así, Europa acaba de hacer lo contrario del Tratado de Versalles (1919), colocando los cimientos del desarrollo de la Alemania Occidental de posguerra.

Es precisamente lo mismo que propone hoy la Coalición de la Izquierda Radical griega (Syriza): proceder a contrapelo de los pequeños tratados de Versalles que imponen hoy la canciller alemana Angela Merkel y su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, a los países europeos endeudados e inspirarnos en uno de los mayores momentos de clarividencia que haya conocido la Europa de posguerra.

Los diferentes programas de “salvataje” de los países de Europa del Sur fracasaron, cavando pozos sin fondo e invitando a los contribuyentes a que traten de volver a llenarlos. Arribar a una solución global, colectiva y definitiva al problema de la deuda nunca fue tan urgente. Y no se entiende cómo un objetivo así pueda ser eclipsado para garantizar la reelección de la canciller alemana.

En tales condiciones, la idea que propone Syriza de una conferencia europea sobre la deuda, basada en el modelo de la Conferencia de Londres sobre la deuda alemana en 1953, representa, desde nuestro punto de vista, la única solución realista y benéfica para todos: una respuesta global a la crisis crediticia y al comprobado fracaso de las políticas desarrolladas en Europa.

Lo que pedimos para Grecia, entonces, es lo siguiente: la reducción significativa del valor nominal de su deuda pública acumulada; la prórroga para el pago de la deuda, a fin de que las sumas conservadas sean afectadas a la recuperación de la economía; el establecimiento de una “cláusula de desarrollo”, de modo que el pago de la deuda no ahorque la recuperación económica, y la recapitalización de los bancos, sin que los montos en cuestión sean contabilizados como deuda pública del país.

Estas medidas deberán apoyarse en reformas que apunten a una distribución más justa de las riquezas. En efecto, terminar con la crisis implica romper con el pasado que permitió generarla: trabajar para la justicia social, la igualdad de derechos, la transparencia política y fiscal, en suma, para la democracia. Un proyecto de tales características sólo podrá ser implementado por un partido independiente de la oligarquía financiera, ese puñado de empresarios que tomaron al Estado como rehén, de corsarios solidarios entre sí y exentos de impuestos, de dueños de la prensa y de banqueros entrometidos (y en quiebra), sobre quienes pesa la responsabilidad de la crisis y se esfuerzan por mantener el statu quo. El informe anual de 2012 de Transparency International así lo esclarece cuando designa a Grecia como el país más corrupto de Europa.

Esta propuesta constituye la única solución, a menos que nos contentemos con el aumento exponencial de la deuda pública en Europa, donde ya supera, en promedio, el 90% del Producto Interno Bruto (PIB). Lo que nos hace optimistas es que nuestro proyecto no puede ser rechazado, pues la crisis ya está corroyendo el núcleo duro de la Zona Euro. La única consecuencia de su postergación es acrecentar el costo económico y social de la situación actual, no solamente para Grecia, sino también para Alemania y el resto de los países que adoptaron la moneda única.

Durante doce años, la Zona Euro –inspirada en dogmas liberales– funcionó como una simple unión monetaria, sin equivalente político y social. Los déficits comerciales de los países del Sur eran la imagen invertida de los excedentes registrados en el Norte. Además, la moneda única sirvió a Alemania, al “enfriar” su economía luego de la costosa reunificación de 1990.

Pero la crisis de la deuda desestabilizó este equilibrio. Berlín reaccionó exportando sus recetas de austeridad, lo cual agravó la polarización social en los Estados del Sur y las tensiones económicas del centro de la Zona Euro. Ahora aparece un eje Norte-acreedores/Sur-deudores, nueva división del trabajo orquestada por los países más ricos. El Sur se especializará en los productos y servicios con fuerte demanda de mano de obra con sueldos básicos; el Norte, en una carrera por la calidad y la innovación, con –para algunos– salarios más elevados.

La propuesta de Hans Peter Keitel, presidente de la Federación Alemana de la Industria, en una entrevista en el sitio de Internet de Spiegel, que apunta a transformar a Grecia en “zona económica especial” (1), revela el verdadero objetivo del memorándum (2). Las medidas previstas por ese texto, cuyo alcance se extiende al menos hasta 2020, terminan en un estrepitoso fracaso, que ahora reconoce el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero, para sus autores, el acuerdo tiene la ventaja de imponer una tutela económica a Grecia, colocándola en la categoría de colonia financiera de la Zona Euro.

Así pues, su anulación constituye el paso previo a cualquier salida de crisis: lo mortal es el remedio, no la dosis, como sugieren algunos.

También habrá que preguntarse por las otras causas de la crisis financiera en Grecia. Las que llevan al despilfarro del dinero público no han cambiado: por ejemplo, el costo por kilómetro de rutas construido más alto de Europa, o la privatización de las autopistas disfrazada de “prepago” de nuevos ramales... cuya construcción ha sido interrumpida. La profundización de las desigualdades no puede ser reducida a un efecto secundario de la crisis financiera. El sistema fiscal griego refleja la relación clientelista que une a las élites del país. Como un colador, está acribillado de exenciones y favores ilícitos hechos a medida para la corporación oligárquica. El pacto informal que, desde la dictadura, une al empresariado y a la hidra de dos cabezas del bipartidismo –Nueva Democracia y Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok)– sella su sostenimiento. Es una de las razones por las que hoy el Estado renuncia a obtener los recursos que necesita mediante impuestos y prefiere reducir continuamente los sueldos y pensiones.

Pero el establishment –que sobrevivió por poco a las elecciones del 17 de junio (3), sembrando el miedo respecto de una eventual salida de Grecia de la Zona Euro– vive gracias a la asistencia respiratoria de un segundo pulmón artificial: la corrupción. La difícil tarea de quebrar la connivencia entre medios políticos y económicos –una cuestión que no concierne sólo a Grecia– constituirá una de las prioridades de un gobierno popular conducido por Syriza.

Reclamamos, por ende, una prórroga del pago de la deuda para cambiar a Grecia. Sin ello, todo nuevo intento de saneamiento financiero nos convertirá en Sísifos condenados al fracaso. Con la diferencia de que, esta vez, la tragedia ya no concierne sólo a la antigua ciudad de Corinto, sino a toda Europa.

NOTAS:

1. “BDI-Chef will Griechenland zur Sonderwirtschaftszone machen”, Der Spiegel Online, 10-09-12, www.spiegel.de.

2. N. de la R.: Acuerdo firmado en mayo de 2010, que impone la austeridad a Atenas, a cambio de su “salvataje” financiero.

3. N. de la R.: Con el 29,66% de los votos, el partido Nueva Democracia (derecha) se vio obligado a formar una coalición con el Pasok (12,28% de los votos) y la Izquierda Democrática (6,26%). Syriza, que quedó segundo, registró un resultado del 26,89% (diez puntos más que en la elección legislativa de mayo de 2012), y el partido de extrema derecha, Amanecer Dorado, un 6,92% (un retroceso del 0,8% respecto de mayo de 2012).

Texto publicado en la edición chilena de Le Monde Diplomatique marzo de 2013


COMPROMISOS, PRINCIPIOS Y RELACIONES DE FUERZA

Syriza y la deuda alemana

Por Renaud Lambert* (publicado en LMD marzo de 2015)

Deudas odiosas, ilegítimas, “vicios de consentimiento”... sobran los ejemplos históricos y los fundamentos jurídicos para justificar una suspensión o una supresión de los pagos de deuda que agobian a un país. Sin embargo, la aplicación del derecho depende a menudo del poder de negociación de las partes.

Hubo un tiempo en que los Estados se liberaban fácilmente de la carga de la deuda. A los reyes de Francia, por ejemplo, les bastaba con ejecutar a sus acreedores para sanear sus finanzas: una forma incipiente, pero común, de “reestructuración” (1). El derecho internacional privó de esa salida a los deudores y agravó incluso su situación al imponerles el principio de continuidad de los compromisos.

Aunque los juristas se refieran a esta obligación por medio de la fórmula latina –Pacta sunt servanda (“Las condiciones deben ser respetadas”)–, las traducciones más diversas han circulado en el transcurso de las últimas semanas. Versión moralizadora: “Grecia tiene el deber moral de pagar su deuda” (Frente Nacional). Versión nostálgica de los patios de recreo: “Grecia debe pagar, son las reglas del juego” (Benoît Coeuré, miembro del directorio del Banco Central Europeo). Versión insensible a la susceptibilidad popular: “Las elecciones no cambian nada” a los compromisos de los Estados (Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas alemán) (2).

La deuda helena roza los 320.000 millones de euros; en relación con la producción de riqueza, subió un 50% desde 2009. Según Financial Times, “pagarla requeriría que Grecia funcionara como una economía esclava” (Londres, 27 de enero de 2015). Pero los “principios” no siempre coinciden con la aritmética. “Una deuda es una deuda”, insiste la directora del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde (Le Monde, París, 19 de enero de 2015). Dicho de otra manera: no importa si Grecia puede o no pagar: tiene que pagar…

Deudas odiosas…

La doctrina Pacta sunt servanda no tiene sin embargo nada de granítico (3): “La obligación que formula el derecho internacional de pagar las deudas no fue nunca considerada como absoluta y con frecuencia se vio limitada o matizada”, precisa un documento de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) (4). Denuncia de deudas “odiosas” –préstamos realizados a un poder despótico (5)–, deudas “ilegítimas” –contraídas sin respetar el interés general de la población (6)– o “vicios de consentimiento”, no faltan argumentos jurídicos para justificar la suspensión de pagos o incluso la supresión de una parte o de todos los créditos que agobian a un país. Comenzando por el artículo 103 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que proclama: “En caso de conflicto entre las obligaciones de los miembros de las Naciones Unidas en virtud de la presente Carta y sus obligaciones en virtud de cualquier otro acuerdo internacional, prevalecerán las primeras”. Entre éstas se encuentra en el artículo 55 de la Carta el compromiso de los Estados de favorecer “el aumento de los niveles de vida, el pleno empleo y condiciones de progreso y de desarrollo en el orden económico y social”.

Un joven griego de cada dos está desocupado; el 30% de la población vive bajo el umbral de la pobreza; el 40% pasó el invierno sin calefacción. Una parte de la deuda fue generada bajo la dictadura de los coroneles (1967-1974), durante la cual fue cuadriplicada; otra parte fue contraída en perjuicio de la población (puesto que apuntó particularmente a reinyectar dinero en los establecimientos de crédito franceses y alemanes); otra más proviene directamente de la corrupción de dirigentes políticos por parte de transnacionales –como la sociedad alemana Siemens (7)– deseosas de vender a Atenas sus productos, a veces defectuosos; por no hablar de la ignominia de bancos como Goldman Sachs, que ayudó al país a disimular su fragilidad económica... Los griegos disponen de mil y una justificaciones para recurrir al derecho internacional y aliviar el peso de una deuda cuyo carácter odioso, ilegítimo e ilegal podría ser establecido por una auditoría. Pero la aplicación del derecho descansa con mayor frecuencia sobre la naturaleza de la relación de fuerzas entre las partes.

En 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España pretextando una explosión a bordo del USS Maine, que fondeaba en el puerto de La Habana. “Liberó” a Cuba, transformándola en protectorado y reduciendo la independencia y la soberanía de la República cubana al estado de mito (8), según el general cubano Juan Gualberto Gómez, que había participado en la guerra de independencia. España exigió entonces el pago de las deudas que la isla tenía “contraídas con ella”; en este caso, los gastos de la agresión. La Corona se amparaba en lo que Coeuré habría llamado sin duda las “reglas del juego”. Como recuerda la investigadora Anaïs Tamen, “la exigencia española se apoyaba en hechos análogos, particularmente en el comportamiento de sus antiguas colonias que se habían hecho cargo de la parte de la deuda pública española que sirvió a su colonización”. Hasta Estados Unidos había “pagado más de 15 millones de libras esterlinas al Reino Unido al acceder a la independencia” (9).

Washington no lo entendió así y propuso una idea aún poco difundida (que contribuiría a fundar la noción de deuda odiosa): no se puede exigir de una población que pague una deuda contraída para someterla. La prensa estadounidense se encargó de transmitir la solidez de esta posición: “España no debe mantener la menor esperanza de que Estados Unidos sea tan estúpido o pusilánime como para aceptar la responsabilidad de sumas que sirvieron para aplastar a los cubanos”, proclama el Chicago Tribune el 22 de octubre de 1898. Cuba no pagaría ni un centavo.

Algunos años antes, México había tratado de desarrollar argumentos similares. En 1861, el presidente Benito Juárez suspendió el pago de la deuda, en gran parte contraída por los regímenes precedentes, entre ellos el del dictador Antonio López de Santa Anna. Francia, el Reino Unido y España ocuparon el país y fundaron un imperio que entregaron a Maximiliano de Austria.

Deudas sostenibles…

Al igual que la URSS, que en 1918 anunció que no pagaría las deudas contraídas por Nicolás II (10), a principios del siglo XXI Estados Unidos reiteró su demostración de fuerza en beneficio de Irak. Algunos meses después de invadir el país, el secretario del Tesoro, John Snow, anunció a través de Fox News: “Con toda evidencia, el pueblo iraquí no debe ser agobiado por las deudas contraídas en beneficio del régimen de un dictador ahora prófugo” (11 de abril de 2003). La urgencia, para Washington, consistía en asegurar la solvencia del poder que instaló en Bagdad.

Surgió entonces una idea que sorprendería a los defensores de la “continuidad de los compromisos de los Estados”: el pago de la deuda resulta menos una cuestión de principio que de matemática. “Lo más importante es que la deuda sea sostenible”, aventuró un editorial de Financial Times el 16 de junio de 2003. La lógica le convino a Washington, que renunció a referirse al concepto de deuda odiosa: las cifras hablaron, y Estados Unidos se aseguró de que su veredicto se impusiera a los ojos de los principales acreedores de Irak, con Francia y Alemania a la cabeza (3.000 y 2.400 millones de dólares, respectivamente, de títulos en su posesión). Apurados por mostrarse “justos y flexibles”, estos últimos –que se negaban a una quita mayor al 50% del valor de los títulos que poseían– concedieron finalmente una reducción del 80% de sus créditos.

Tres años antes, ni la ley de los números ni la del derecho internacional habían sido suficientes para convencer a los acreedores de Buenos Aires para dar muestras de “flexibilidad”. Sin embargo, al momento del default, en 2001, la deuda argentina, que alcanzaba los 80.000 millones de euros aproximadamente, resultaba insostenible. Por añadidura, esta deuda provenía de préstamos realizados en gran parte a la dictadura (1976-1983), y se la había calificado con el título de deuda odiosa. No importaba: los acreedores exigían ser rembolsados, sin lo cual prohibirían a Buenos Aires el acceso a los mercados financieros.

Argentina se mantuvo en su posición. Se le auguró una catástrofe pero, entre 2003 y 2009, su economía registró una tasa de crecimiento que osciló entre el 7% y el 9%. Entre 2002 y 2005, el país propuso a sus acreedores cambiar sus títulos contra otros nuevos, de un valor un 40% inferior. Más de las tres cuartas partes aceptaron, refunfuñando. Más tarde, el gobierno volvió a lanzar nuevas negociaciones que, en 2010, desembocaron en un nuevo cambio de títulos para el 67% de los acreedores restantes. El 8% de los títulos en suspensión de pagos desde 2001, sin embargo, no ha llegado todavía a un acuerdo. Los fondos buitres se dedican en la actualidad a hacerlos pagar, y amenazan con conducir a la Argentina a un nuevo default (11).

Los acreedores aceptaron pues de mala gana la pérdida de valor de los títulos que tenían. Fue el caso de la conferencia internacional realizada en Londres entre 1951 y 1952, cuya finalidad fue alivianar la deuda de la República Federal de Alemania (RFA). Los debates de esa época recuerdan los que hoy tienen como objeto a la Grecia contemporánea, comenzando por la contradicción entre “principios” y sentido común económico.

“Millones de dólares están en juego”, informaba en ese entonces el periodista Paul Heffernan, que seguía los debates para The New York Times. “Pero no se trata únicamente de una cuestión de dinero. Las conferencias del palacio de Lancaster House van a tratar sobre todo uno de los principios vitales del capitalismo internacional: la naturaleza sacrosanta de los contratos internacionales” (24 de febrero de 1952). Con estas preocupaciones en mente, los negociadores –principalmente estadounidenses, británicos, franceses y alemanes– comprenden también las de Alemania. En un correo del 6 de marzo de 1951, el canciller Konrad Adenauer reclama a sus interlocutores “tener en cuenta la situación económica de la República Federal”, “en particular el hecho de que el peso de su deuda aumenta y de que su economía se contrae”. Como resume el economista Timothy W. Guinnane, todos concuerdan pronto en que “reducir el consumo alemán no constituye una solución válida para garantizar el pago de su deuda” (12).

Finalmente, el 27 de febrero de 1953 se firmó un acuerdo. Este preveía una reducción de por lo menos el 50% del monto prestado a Alemania entre las dos guerras mundiales; una moratoria de cinco años para el pago de las deudas; una prórroga sine die de las deudas de guerra que podrían ser reclamadas a Bonn, lo que llevó a Eric Toussaint, del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), a estimar la reducción de las deudas alemanas en un 90% (13); la posibilidad para Bonn de pagar en su propia moneda; un límite al importe consagrado al servicio de la deuda (el 5% del valor de las exportaciones del país) y a la tasa de interés aplicado para Alemania (también el 5%). Y eso no era todo. Deseosos “de que un acuerdo como este sea el preludio a un esfuerzo tendiente a estimular el crecimiento alemán”, precisa Heffernan, los acreedores facilitaron a la producción alemana los mercados que necesitaba y renunciaron a vender sus propios productos a la República Federal. Para el historiador de la economía alemán Albrecht Ritschl, “estas medidas sacaron de apuros a Bonn y sentaron las bases financieras del milagro económico alemán” (14) de los años 1950.

Desde hace varios años, Syriza –en el poder en Grecia después de las elecciones del 25 de enero de 2015–, movido por las mismas preocupaciones, solicita el beneficio de una conferencia de esta naturaleza. Dentro de las instituciones de Bruselas, sin embargo, parecen compartir el sentimiento de Leonid Bershidsky: “Alemania merecía que se aligerara su deuda, no así Grecia”. En una columna de opinión aparecida el 27 de enero de 2015, el periodista del grupo Bloomberg despliega su análisis: “Una de las razones por las que a Alemania Occidental se la benefició con la reducción de su deuda es que la República Federal debía convertirse en un bastión de primera fila en la lucha contra el comunismo. (…) Los gobiernos de Alemania Occidental que se beneficiaron con estas medidas eran resueltamente antimarxistas”.

El programa de Syriza no tiene nada de “marxista”. La coalición reivindica una forma de socialdemocracia moderada, todavía común hace algunas décadas. De Berlín a Bruselas, parecería, sin embargo, que se ha vuelto intolerable.

1. Me baso aquí en las investigaciones de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff citadas por Fakir, Amiens, suplemento de enero de 2012.

2. Respectivamente en LCI, el 4 de febrero de 2015; en The New York Times International, el 31 de enero y el 1 de febrero de 2015; y en la British Broadcasting Corporation (BBC), el 30 de diciembre de 2014.

3. Lo que sigue fue extraído de los trabajos de Eric Toussaint y Renaud Vivien para el Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), www.cadtm.org

4. UNCTAD, “The concept of odious debt in public international law”, Discussion Papers, N° 185, Ginebra, julio de 2007.

5. Véase Eric Toussaint, “Una deuda ‘odiosa’”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2002.

6. Como en el caso de Francia. Véase Jean Gadrey, “Faut-il vraiment payer toute la dette ?”, Le Monde diplomatique, París, octobre 2014.

7. Cf. Damien Millet y Eric Toussaint, La Dette ou la Vie, Aden-CADTM, Bruselas, 2011.

8. Citado por Richard Gott en Cuba. A New History, Yale University Press, New Haven, 2004.

9. Anaïs Tamen, “La doctrine de la dette ‘odieuse’ ou l’utilisation du droit international dans les rapports de puissance”, trabajo presentado el 11 de diciembre de 2003 durante el Tercer Coloquio de Derecho Internacional del CADTM, en Ámsterdam.

10. Los famosos préstamos rusos, reservados por muchos ahorristas franceses y finalmente pagados por un monto de 400 millones de dólares, a partir de un acuerdo entre París y Moscú, en 1996.

11. Véase Mark Weisbrot, “La justicia de los buitres”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2014.

12. Timothy W. Guinnane, “Financial Vergangenheitsbewaltigung: The 1953 London debt agreement”, paper N° 880, Economic Growth Center, Yale University, New Haven, enero de 2004.

13. Conversación con Maud Bailly, “Restructuration, audit, suspension et annulation de la dette”, por Eric Toussaint, 19-1-15, www.cadtm.org

14. Albrecht Ritschl, “Germany was biggest debt transgressor of 20th Century”, 21-6-11, www.spiegel.de

* Jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique, París.

Traducción: Florencia Giménez Zapiola


El desafío de la izquierda griega Tomar el poder sin perder el alma. Por Baptiste Dericquebourg* (publicado en LMD en junio de 2013)

En julio de 2013, Syriza tiene su primer congreso como partido unificado. Propulsado por las elecciones legislativas de mayo y junio de 2012 al rango de corifeo de la oposición de izquierda a la política de la “troika”, la coalición de la izquierda radical goza de una posición única en Europa. Con ella, una fuerza política progresista se encuentra a las puertas del poder. Pero este desarrollo ambiguo, al mismo tiempo victoria y derrota frente a los conservadores de la Nueva Democracia, la enfrenta también a los problemas de la expansión de su base electoral y militante, y de la búsqueda de alianzas. Problemas tanto más urgentes puesto que, para la dirección del Syriza, el gobierno tripartito surgido de las urnas en junio de 2012 no iba a sostenerse más que algunos meses y, por lo tanto, ya tendrían que haber tenido lugar unas nuevas elecciones.

A partir del día siguiente de las legislativas, el jefe del grupo parlamentario Syriza, Alexis Tsipras, desencadenaba una polémica al declarar: “En estos tiempos de crisis, tanto la resistencia como la solidaridad son necesarias, pero la solidaridad es más importante”. Era el punto de partida de la línea “solidaridad” decretada por la dirección, que consiste en desarrollar acciones por todos lados para que ningún ciudadano se vea privado de alimentos, medicamentos, techo, etcétera. Principal partido miembro de la coalición, el Synaspismos orientó en particular los esfuerzos de sus seguidores hacia la formación de bancos solidarios de medicamentos.

Los objetivos de esta nueva estrategia eran múltiples. Por un lado, conquistar la ola de nuevos seguidores. Con un promedio de edad relativamente elevado (sobre todo en el seno del Synaspismos), sin una implantación fuerte entre los obreros y los agricultores, sin relevo sindical, el Syriza no tenía en efecto una verdadera tradición militante. Al contrario, el Partido Comunista (Kommounistiko Komma Elladas, KKE) controla uno de los tres principales sindicatos, el Frente Militante de Todos los Trabajadores (Panergatiko Agonistiko Metopo, PAME), y el Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok) utiliza las otras centrales para fines clientelistas. “Hasta la primavera pasada, el Syriza no había realizado ninguna acción concreta –recuerda una militante–. Ahora bien, son dos cosas totalmente distintas querer hacer algo y saber cómo llevarlo a cabo”. Intentando así rivalizar con las iniciativas por demás mediáticas del partido neonazi Amanecer Dorado, que en ese momento organizaba ollas populares “para los griegos” y donaciones de “sangre griega”, y aferrándose a las numerosas acciones espontáneas de solidaridad, la coalición esperaba establecer contacto con aquellos a los que la crisis había alejado de la política.

Pero colocar a la solidaridad por delante de la conflictividad vuelve a desplegar la imagen de un partido como “remedio para la crisis”, lejos del perfil radical que busca distinguir al Syriza del viejo electorado del Pasok, ahora marginado. Con la esperanza de conseguir una mayoría parlamentaria, el partido reflexiona acerca de las maneras de conquistar a las clases medias que aparecieron después del final de la dictadura de los coroneles, en 1974.

Necesariamente esquemático, el retrato robot de un miembro de este electorado se caracterizaba por los siguientes rasgos: más bien conservador, relativamente entrado en años, propietario de un bien inmueble comprado a crédito, de profesión ligada al turismo, a la construcción inmobiliaria o a la función pública y violentamente desestabilizado por la crisis actual, pero de todos modos muy apegado a la pertenencia de Grecia a la Unión Europea.

Frente a los discursos de los “dos extremos”, retomados una y otra vez por los medios, referidos al Amanecer Dorado y al Syriza, la Coalición sintió entonces ánimos de tranquilizar. Tsipras apoya públicamente todos los movimientos huelguistas, pero adopta un tono mesurado frente a las acciones que considera “radicales”, y toma distancia ante las que inspiran a los partidos de extrema izquierda y a los grupos anarquistas. Así, luego de la intervención de desalojo de la Villa Amalia, una casa ocupada ateniense, en diciembre y enero pasados, se abstuvo de condenar el accionar de la policía.

El Syriza quiere mantener la posibilidad de una alianza con la centroizquierda, e incluso más allá. Por el momento, ningún sondeo le da la esperanza de llegar solo al poder; por lo que se trata de encontrar aliados capaces de volver creíble la idea de una coalición gubernamental. Aunque pretenda juntar a “toda la izquierda”, la organización en realidad está aislada. El KKE rechaza cualquier discusión con los “oportunistas” que aceptan las reglas de la Unión Europea y su moneda única. A su derecha, la Izquierda Democrática (Dimar), un desprendimiento socialdemócrata del Syriza resueltamente favorable a la Unión Europea y al euro, hizo su entrada en un gobierno que ratifica el memorando de la “troika”. En estas condiciones, formar un gobierno no significaría necesariamente tomar el poder. Por el momento, la dirección busca superar la oposición izquierda-derecha por medio de la constitución de un frente anti-memorandos capaz de incorporar, por ejemplo, a los Griegos Independientes, un partido de derecha nacionalista y conservador pero que se opone a los memorandos. Desde marzo pasado, Tsipras asegura que desea un gobierno de unión nacional, con la izquierda y el Syriza como “corazón” del movimiento. Es decir: una mayoría que no excluye a la derecha.

Esta estrategia tiene una fuerte oposición en el seno de la coalición. El ala izquierda criticó desde el primer momento una estrategia “electoralista”; desea al contrario ver emerger un “Syriza de las luchas”, capaz de agrandar su electorado acercando a sus posiciones a los ciudadanos víctimas de la crisis. Por lo que durante estos últimos meses se ha presenciado un doble movimiento: mientras la coalición se transformaba en partido unificado, se cimentaba un “ala izquierda” en desacuerdo con lo que esa misma ala percibe como un giro derechista. Durante las conferencias panhelénicas de la coalición, que, en diciembre de 2012, lanzaban las bases de un partido unificado, una moción disidente que alcanzó el 25% de los votos juntó a la corriente de izquierda del Synaspismos y la DEA, entre otros. Este grupo reivindicaba la formación de un gobierno “únicamente de izquierda”, una posición clara acerca de la anulación de los memorandos y de la deuda, y la consigna “ningún sacrificio en nombre del euro”. La tendencia mayoritaria prefiere decir: “El euro no justifica todos los sacrificios”…

La crisis chipriota y la publicación a cargo del Partido Progresista del Pueblo Trabajador (Anorthotiko Komma Ergazomenou Laou, AKEL), partido hermano del Syriza, de un estudio que propone la salida de la moneda única como respuesta a las medidas de la “troika” exacerbaron las críticas internas contra una posición globalmente favorable al euro. Parece en efecto cada vez menos realista imaginar que Grecia obtenga de Alemania y del Banco Central Europeo (BCE) el permiso para llevar a cabo el plan económico del Syriza en el seno de la eurozona. La tendencia minoritaria no va a bloquear la unificación de la coalición en los próximos meses, pero presiona a la izquierda radical para que precise su programa político y su estrategia.

Va a ser necesario despejar la sospecha del doble discurso. El programa de compromiso inicial, vago en sus términos y en sus objetivos, le dejaba a cada uno de los partidos miembros una relativa libertad de interpretación. Desde la primavera pasada, esta situación dio lugar a las declaraciones más contradictorias y desorientó a una parte del electorado. El 5 de diciembre de 2012, Tsipras afirmó ante la Cámara de Comercio heleno-americana que la anulación de los memorandos era necesaria. Cuatro días más tarde, el diputado de La Canée, miembro del Syriza, explicaba que el objetivo era llegar a una “renegociación de los acuerdos de préstamo y a un cambio de la política económica interior llevada unilateralmente”, sin mayores precisiones (1). Cuando, el 17 de abril, Tsipras evocó una “suspensión” de los memorandos, una polémica inmediata, dentro y fuera de la coalición, lo obligó a disculparse por haber tenido un “lapsus” y a reafirmar su intacta voluntad de “anularlos”.

Las mismas contradicciones aparecen en lo que concierne a la cuestión de la deuda: ¿qué proporción del monto total debería quedar anulado por una conferencia internacional? ¿Cuál sería la suerte reservada a los bancos? El programa mismo (acerca del cual hasta los cuadros del partido confiesan sus imprecisiones, prometiendo sin cesar nuevas propuestas más convincentes) exhibe esta ambigüedad: proclamando una voluntad revolucionaria de dejar atrás al capitalismo, el conjunto de las medidas propuestas tiende más bien hacia una política de recuperación keynesiana, con un apoyo del Estado a los pequeños productores, agricultores o artesanos. Se promete la nacionalización de las empresas de importancia estratégica, pero no se excluyen nuevas privatizaciones. En cuanto a los objetivos ecológicos, todavía se encuentran en el estadio de principios generales: es cierto que promover una caída del crecimiento en un país en plena recesión sería todo un desafío.

Finalmente, Tsipras desplegó a lo largo de estos últimos meses una intensa actividad para dar a conocer y hacer reconocer a su partido como un interlocutor serio en el extranjero. Si algunos de sus viajes, como el de Argentina, por ejemplo, fueron percibidos como señales a favor de una anulación de la deuda, el que lo llevó a Estados Unidos y la entrevista con el ministro de Economía alemán, Wolfgang Schäuble, resultaron más inquietantes.

Es por eso que al Syriza se lo ataca por estar al mismo tiempo demasiado a la izquierda y demasiado a la derecha. La coalición radical debe enfrentar constantemente el temor de sus electores –y sobre todo de la juventud urbana que lo plebiscitó la primavera pasada– de verlo transformarse en un nuevo Pasok: los socialistas habían llegado al poder en 1981 con un programa radical del que no llevaron a cabo prácticamente nada. Víctimas de la crisis, algunos jóvenes, hostiles al Pasok “de sus padres”, parecen decepcionados por la actitud reservada del Syriza durante las luchas de estos últimos meses.

La historia reciente de la coalición muestra dos de las principales dificultades que debe enfrentar la izquierda cuando se acerca al poder. La primera: ¿cómo sostener una política resueltamente de izquierda en un contexto en el que la soberanía nacional está limitada? El problema de una reconquista de la soberanía nacional concierne desde luego a las relaciones con la Unión Europea y con el BCE, los muy limitados medios de los que dispone un gobierno de la zona euro para enfrentar las deslocalizaciones o un derrumbe de su sistema bancario (2). Al pronunciarse por su permanencia dentro de la zona euro, ante lo grandes que aparentan ser las pruebas que debería superar tanto en el caso de una salida forzada como en el de una salida voluntaria, el Syriza está obligado a encontrar cuadros que hagan que sus socios y sus adversarios acepten sus políticas, como la tan deseada conferencia internacional acerca de la deuda de los países del sur de Europa.

Segundo desafío: el de las movilizaciones populares, que justamente podrían servir de base para la reconquista de la soberanía nacional. Los cambios políticos en América Latina se apoyaron en una intensa movilización de sus habitantes. ¿La estrategia actual del Syriza se apoyará en un sostén de ese tipo en el caso de una victoria electoral?

Notas:

1. Le Journal des rédacteurs, Atenas, 9-12-2012.

2. Como podría haber sido el caso en diciembre de 2012, cuando en unos pocos días más de 17.000 millones de euros fueron transferidos a bancos extranjeros.

RECUADRO Syriza en cifras

Partidos de la vieja coalición: Synaspismos, heredero del Partido Comunista griego del interior (eurocomunista); Izquierda Obrera Internacionalista (Diethistiki Ergatiki Aristera, DEA, trotskista); y la Organización Comunista de Grecia (Kommounistikí Orgánosi Elládas, KOE, maoísta); así como también algunas otras formaciones de menor amplitud.

Cantidad de miembros declarada: 30.000.

Resultados en las elecciones legislativas de 2012:
-  mayo de 2012: 16,78%
-  junio de 2012: 26,89%

*Profesor de letras clásicas en Atenas.

Traducción: Aldo Giacometti

Texto publicado en la edición impresa de Le Monde Diplomatique del mes de JUNIO 2013


 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2018 Le Monde diplomatique.