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Un abrazo a nuestr@s niñ@s. Por Aldo Torres Baeza

“Esos niños están muy solos”[i], así se llama la nota, la escribe Gabriela García. Ahí, la periodista relata el abandono de niños y niñas en el hospital San José. Cuenta que los niños nacen, nacen para ser abandonados en heladas e indiferentes paredes de un Hospital. Pasan meses hasta que los tribunales les pavimenten algún destino. Mientras tanto, Eduardo Jaar, sicoanalista del Hospital San José, decide regalares un abrazo, un abrazo con brazos que son brazas, las primeras brazas en abrazos de fuego. Así, quizás, la bienvenida al mundo es un poquito menos fría.

“Diego nació el 22 de junio a las 10:02 de la mañana. Pesó 3.055 gramos y midió 50 centímetros. Su madre no quiso amamantarlo. Tampoco lo vistió. Fueron las matronas las que le pusieron un pilucho donado. Dos días después del parto su madre accedió a visitarlo. Se sentó al lado de la cuna. Lo miró de reojo. Pero no lo tomó en brazos. Apenas la mujer recibió el alta médica, se fue del hospital. Sin Diego”.

Y ahí se quedó Diego, abandonado en un frio Hospital, como se quedan muchos otros niños. Eduardo Jaar, especialista en la siquis infantil, lleva 14 años observando el comportamiento de los bebes. De tanto mirar, de tanto abrazarlos, ya sabe que una adecuada contención en los primeros seis meses de vida es determinante en su desarrollo. “Según el médico, la soledad que experimenta una guagua abandonada, a la que nadie toca ni arrulla en sus primeros meses de vida, tendría un impacto muy severo en su desarrollo síquico futuro: desde gatillar una depresión o un trastorno de personalidad hasta cuadros de autismo o comportamientos delictuales”.

Como médico, como político, Salvador Allende entendió que una optima nutrición resultaría decisiva en la formación de los niños, por eso creó la JUNJI en 1970. Hoy, sin embargo, hemos pasado de la desnutrición a la obesidad infantil. Y así como antes la carencia a solucionar era la falta de comida, hoy, quizás, es la falta de afectos. Bien lo sabe el doctor Jaar. Bien lo saben las educadoras y técnicas de los jardines infantiles. Para niños que no tienen nada, ni nadie, un abrazo de “las tías” es decisivo en su formación.

Pienso en la labor del doctor Jaar, pienso en la labor de las educadoras y las técnicas. Pero también pienso en todos nosotros, en todos los demás. Y me pregunto: ¿qué hacemos los adultos, todos los adultos, por los niños y niñas más desprotegidos del país? Galeano lo resume así: “Niños son, en su mayoría, los pobres; y pobres son, en su mayoría, los niños. Y entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende”. Niños víctimas de un sistema que multiplica a los pobres, pero que después prohíbe la pobreza. Contra todo, contra todos, ellos, los niños, los niños pobres, se las arreglan para aparecer debajo de un semáforo o en la entrada del metro, en medio de pasos apurados y ojos que no ven, buscan que un calendario o un parche curita se transforme en una moneda. El metro escupe y escupe gente. Los niños sueñan con el día en que, por fin, puedan comprarse los celulares, las zapatillas, o los autos que desfilan ante sus ojos. Victimas de un sistema que genera pobres que después prohíbe, y de una cultura que obliga a tener cosas, y una realidad que las prohíbe.

Víctimas esos niños, niños abandonados, niños pobres, los niños de abajo, de bien abajo. Pero también los otros niños, los niños de la “clase media”, arrinconada por las deudas y paralizada por el miedo y la inseguridad, y en la atmósfera de ese miedo educa a sus hijos. Miedo a no parecer lo que se exige, miedo de perder el trabajo, de no pagar el colegio, el dividendo, el auto y el plasma. En ese miedo crecen los niños de la clase media. Apenas pueden, sus padres le dan la iniciación a la vida, ahí, bien cerquita de las pantallas, comienzan los niños a preparar los ojos para asimilar todo tipo de violencias y frustraciones, entrenándose para presenciar la vida en vez de hacerla. A los pocos años, el niño creerá que la vida es eso que sucede en el marco de la pantalla, y no eso que está detrás de la ventana. Esa huella en el alma será irreparable. Pronto llegará la graduación como niños: el ansiado cumpleaños en el Mc Donald, su estomago, su pequeño estomago, ya estará preparado para tragar plástico disfrazado de comida, ese insulto a la comida de las abuelitas, esa aberración que llaman comida rápida.

A esas alturas, ya serán victimas del zapping y del fast food. Pronto del shopping.

De la mano de sus padres, como quien los conduce al matadero, cambiarán los paseos por el parque por los paseos detrás de las vitrinas, cambiando arboles por maniquís, y el oxigeno por el aire acondicionado. Y así se convertirán en mirones profesionales, ansiando algún día tocar lo que está detrás de la vitrina. Entonces estarán listos, cuidadosamente envueltos en papel de celofán, preparados por sus propios padres para ser tragados por las fauces del sistema: ya serán fotocopias del consumidor ideal, expertos en el arte de lustrar el metro cuadrado, deambulando entre las deudas y la farmacia, entre el plástico de las tarjetas y el plástico de la comida.

Aristóteles hablaba de la mimesis, decía que el primer signo de educación es la imitación. ¿Qué hacemos los adultos que imitarán los niños?, ¿qué ejemplo le estamos trasmitiendo?, ¿con qué moral podemos contarles cuentos de gallinas o pollitos, cuando tenemos a las gallinas y los pollitos sometidos a los peores suplicios?, ¿cómo podemos contarle el cuento de la Caperucita, cuando arrasamos todos los bosques? No podemos seguir engañándolos, con poco que les expliquemos, los niños comprenderán que se vive un feroz despilfarro en el mundo, comprenderán que es evitable la irracionalidad del consumo y su posterior desastre ecológico, la pobreza, la injusticia social, la violencia estructural de las sociedades, y un triste etcétera.

Y en fin, ¿qué mundo les heredaremos a los niños y niñas?...

Según revela la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (Cepal) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), en Latinoamérica y el Caribe sobreviven alrededor de 81 millones de niños pobres. Niños se reclutan para las guerras. Niños les disputan la basura a los cuervos en los grandes basurales. “Mucho antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando gasolina o pegamento”. Son niños los que se abandonan en los Hospitales. Convencido de la importancia, el doctor Jaar los abraza. Pero debiésemos darle un abrazo común, un abrazo entre todos, y, así, darles otra bienvenida al mundo. Quién les dice a esos niños, niños abandonados, niños solos: “sabes, tú eres único, único e inigualable. Nunca existió otro como tú, con esa forma de pegarle a la pelota, con esa habilidad con las manos. Eres un milagro. Si te esfuerzas, si tienes constancia, puedes llegar a ser un Beethoven, un Whitman, una Gabriela Mistral. Yo te acompaño”. Por eso es clave, y urgente, heredarles una educación de calidad. Esa es nuestra labor, ese es el modo en que los niños podrán modificar sus realidades. Pero no esa educación que procrea el mal -la victoria sobre sus compañeros y la competencia, por ejemplo- al enseñarlo como el bien. Necesitamos una educación que compense la iniciativa individual y el trabajo en equipo. Como lo expresó Sábato en La Resistencia: “Es urgente encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla. ¡Lo que podría ser la enseñanza si en lugar de inyectar una cantidad de informaciones que nunca nadie ha retenido, se la vinculara con la lucha de las especies, con la urgente necesidad de cuidar los mares y los océanos!

Pero antes, debemos comprender nosotros, los adultos, lo que hacemos con el mundo. Somos nosotros quienes estamos desorientados, luego solo heredamos nuestra desorientación. Abrazando a los niños, el doctor Jaar nos orienta. Debemos desaprender para aprender. Reaprender muchas cosas, lo que significa gozar, por ejemplo. Del mismo Sábato: “Estamos tan desorientados que creemos que gozar es ir de compras. Un lujo verdadero es un encuentro humano, un momento de silencio ante la creación, el gozo de una obra de arte o de un trabajo bien hecho. Gozos verdaderos son aquellos que embargan el alma de gratitud y nos predisponen al amor”.

[1] Nota de Gabriela García: http://www.paula.cl/reportaje/estas-guaguas-estan-muy-solas/

 
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