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A 50 años de la UP. ¿Memorias de la compensación o crítica de las memoria? Por Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R.

Apostilla. Vivimos una época intensamente memorial. Contra todo tiempo digital, la obsesividad por el pasado se impone contra la proyección del futuro y las pacificaciones mediáticas. Aquella profecía vulgar que, a nombre del cambio demográfico-generacional, sugiere mitigar ("más no olvidar o dejar de condenar") las imágenes de muerte que aún nos asedian, ha develado sus primeros vacíos. A pesar de la borradura del streaming, el "retorno de lo trágico" ha persistido contra las "operaciones de olvido", emplazando la producción de nuevos consensos. Cabe señalar que la búsqueda de acuerdos, con sus estéticas anestésicas y las sofisticadas formas de estabilizar un relato hegemónico, pujan y avanzan, pero siempre cuelgan de las cornisas. Una memoria oficial representa el riesgo de reactivar inéditos "programas de impunidad".

Sin perjuicio de lo anterior, no es posible agotar el debate en la pulsión "depresivo-testimonial" -por muy relevante que nos resulte-. No basta con exaltar el estado de pureza, donde la comunión y la santidad de los pasivos exacerba el discurso único de las víctimas y ello supone una exención frente a todo tipo de violencia. Tal perspectiva podría implicar un "dispositivo confesional" que se presta para la espectacularización de la memoria. Los sucesos del pasado/presente deberían ser escrutados cruzando la frontera para una interrogación posible a la simbolicidad de los oprimidos, descifrando las retóricas totalizantes de la verdad y la lozanía.

Pero el largo historial debería estar situado en mapas contextuales y clivajes históricos que fortalezcan la formación de ciudadanía ("mínimos cívicos" al decir de un liberal). Ello implica asimilar los avances de garantías político-jurídicas, en tanto deber ético, que tiende a lo universal. Tales mínimos resultan infranqueables para un nuevo "reparto de lo común". Con todo, aún se mantiene el litigio entre memorias singulares (resistenciales) y aquellas que persisten en "el régimen de lo múltiple". A no dudar, el pavoroso negacionismo de la sociedad chilena representa un retroceso respecto al año 2013.

En suma, las operaciones de memoria –sea el testimonio, la literatura, el arte, los medios de comunicación- no deberían descansar en la holgura ad eternum de las "nobles causas", sin abrir una interrogación acerca de modalidades y sentidos. Aquí se entrecruzan componentes discursivos, éticos y estéticos que la izquierda chilena debería abrazar para dotar de "imaginación crítica" el campo del testimonio y la confesión. En suma, cabría admitir el desorden de imágenes, la latencia de los recuerdos, las temporalidades complejas, el fragmento de los relatos, la yuxtaposición de voces, para evitar la sutura -memoria monumental, estable u oficial- en un corpus “representativo” y contractual de cara a los 50 años del golpe de Estado.

Todo indica que nuestra familiaridad con la muerte, esa excesiva contigüidad con el Chile de huachos, que hunde sus raíces en nuestra reciente historia, explica la latencia de un desgarro que no puede ser superado sin avatares, a saber, matanzas de La carne en 1905, de Plaza Colón en 1906, Santa María de Iquique en 1907, Forrahue en 1912, La Coruña en 1925, Ranquil en 1934 y el Seguro Obrero en 1938. La lista abunda en gladiolos que, quizá, nunca fueron entregados a sus deudos. A la sazón, tampoco hemos avanzado en un proceso de genuina des-pinochetización. En esta "zona estructural", lo intersticial de una contra-memoria no resulta una cuestión evidente. Toda la literatura del Centenario confirma la abundancia de vejaciones y ausencia de derechos sociales.

Hay que valorar todas las operaciones analíticas y conceptuales del péndulo universitario -y su curatorial kantiana- más aún, si ellas están desprendidas de "grupos de presión". Pero la matriz chilena mantiene encarnada una admiración tanática por figuras despóticas, o bien, goces insospechados ante autoritarismos de intrincados eslabones con el mundo popular. En suma, la pregunta por "los mínimos" (y no por los acuerdos) se torna brumosa.

Narrar el mal. Lo indecible.

Los significantes "guerra civil" y "golpe de Estado" son la consagración exultante de la memoria oligárquica en Chile. Aquella zona que debe ser condenada colectivamente. En ambos casos tenemos escenarios de muerte. El horno de Placillas (1891) fue un golpe de memorias que inscribió ante el "futuro abstracto" un semáforo de la historia. Un aviso en medio del descampado nocturno que dictaminó la ‘prevalente feudal’. Un parpadeo de imágenes intemporales de los cuerpos usurpados, intempestivos e indómitos. Llenos de rubor. Ni que hablar de los 50 años del golpe militar donde el horror se torna innombrable. Los “fragmentos [de memoria] sin pertenencia, desconciliados, "...vagan en las orillas de las recomposiciones lineales del pasado, no deben responder a la "data censal" del experto indiferente que invoca el cambio generacional. El Balmacedismo fue una pancarta del polo democrático/reformista, casi en la década del 30 (Siglo XX). No hubo relaciones secuenciales entre Placilla (1891) y la inscripción del balmacedismo en el programa laico/reformista, (cuatro décadas después). 
Lo último concierne a nuestro ensayismo oligarquíco En los cadalsos del parlamentarismo (1891, 1905, 1925, 1938 o 1973) quedó encarnada una espectralidad con distintas intensidades que cada tanto implican el retorno de lo reprimido. Pulsión o huella que centellea -silencio zumbante- con las multitudes de la cuestión social, sea en 1920 o 1973. Abismosidad del Portalianismo que estampó la fórmula palo y bizcochuelo para que la bastardía terrateniente nunca pueda abrigarnos. Portales en sus Cartas a Cea, nos dice que La Constitución es, ante todo «una señora» que hay que «violar» cuando las circunstancias son extremas. Y es que, esa señora, que debe ser violada si las circunstancias lo ameritan es en realidad una parvulita por su propia inutilidad. La violación es una figura necesaria, remedial, tal cual como lo puede ser un golpe de Estado (y las operaciones de borradura).

La necropolítica de las batallas se explicaría porque los Bárbaros son inútiles ante todo proceso de modernización y, quizá sí, debían morir en Placilla, Concón, Santa María de Iquique, Bajo Ibañez, Gonzáles Videla o Pinochet. Tal es nuestro Auschwitz”. Placilla -engloba océanos de cuerpos mutilados- es un momento zigzagueante. En sus devenires, desnudó una profecía feudalesca -vulgar y autocumplida- que el régimen parlamentario debió gestionar en los años 20’. En medio de la contienda los halcones de John North (Hawker Hunter) abjuraron de implementar reformas de inclusión para peones, proletas y muchedumbres parias. Y así, la dominante hacendal se restó a anudar modernización y subjetividad popular.

Nuestras oligarquías extractivistas, -patrimoniales y patronales- destilan un desprecio hacia el juego democrático. Luego los goces por el inquilinaje arrumbando cerros de húmeros para buitres. De allí la necesidad de implementar un campo de reformas que excedan la prevalente hacendal que posteriormente sucumbió al estallido de las multitudes de la segunda década del XX. Contra lo último, abjurar de las reformas y despreciar el teatro democrático, trazó las huellas de la cuestión social y forjó la sala de parto de las izquierdas con su acervo de memorias persistentes, tenues y dislocadas. La solución liberal (nacional-reformista-letrada) a la guerra civil de 1891, ofrecía sedimentos y una fractura consensuada que abrazaba un rumbo intensamente más prometedor para levantar elites industriosas. Este fue un tiempo puerco donde la hegemonía mercantil, se diluyó en la pérdida de toda ética empresarial.

La refractaria oligárquica del 91’ también se hizo sentir en 1973. Atrincherada, rompió todo pacto social con la «Justicia distributiva» y la producción de sentido desde el binarismo Civilización o Barbarie. No solo nombramos la tragedia de Balmaceda con mesocracias y mundo popular, sino la hegemonía (neo) colonial que perpetró el “desarrollo del subdesarrollo". De un lado, el suicidio en la legación argentina -decadas mas en tarde en 1973- y, de otro, el desfonde irreversible entre hacienda, modernización y campo popular.

Citas secretas entre temporalidades disruptivas. A las retículas balmacedistas, las intensidades allendistas. ¿Y hasta qué punto los Balmadecismos agenciaron condiciones de posibilidad para los Allendismos? En suma, bajo estos gravámenes de memoria y sentido -décadas más tardes- el socialismo chileno se empeñara en “des-fetichizar la piochas del bronce republicano” y promoverá una concepción de Estado que emplazará las modernizaciones pastorales.

Placilla fue una hendidura que comenzó a hablar 30 años más tarde. A propósito de la guerra civil (1891), Bernardo Subercaseaux y Manuel Vicuña, han narrado desde diversas perspectivas, los veloces armisticios entre élites feudatarias a fines del siglo XIX. La conflictividad intraelitaria fue una fuerza que activó imaginarios de derechos y pancartas de la reforma que han impugnado -flujos indómitos- al colonialismo ancestral. Una alteridad respecto a las tecnologías de la memoria. Con todo, la hiedra hacendal nos legó una herida que no cesa de sangrar. Seguimos rehenes de los acuerdos juristocráticos (1833 y 1980). En suma, el recuerdo del horror no perderá su verdor de negatividad refractante, en medio de tanto monopolio mediático ávido de "verdad bruta" y "arribos corporativos". Con todo, y por el bien de tal empresa, los intentos de reconstrucción de una memoria pública, nos enseñan que toda narrativa institucional estará tensionada (mediada) por disputas de sentido entre lo global y lo particular.

Y así, no hay cruz para que los sujetos pasivos (trauma) impongan una sola agenda. Pensamos que el libro de Daniel Mansuy sobre Salvador Allende (Taurus, 2023) y el texto de Rodrigo Karmy (UFRO, Agosto, 2023), podrían constituir un panorama de antagonismos, y quizá una forma de iluminar fricciones para afinar un nuevo campo de ficciones democráticas. La tarea no será fácil, estará llena de embustes, incordios y diferendos inerradicables, pero es inevitable avanzar en los "mínimos caminos posibles".

En suma, ambos trabajos, de una u otra manera, son parte de una memoria dinámica e inconclusa que tendrá su lugar en una memoria futura que responderá a nuevas mediaciones de sentido. Con todo, abrir la memoria a lo que Nelly Richard, ha nombrado como "lo plural-discordante" (2002), no implica el incesto de la distribución culpogena (nivelación aritmética de culpas). Trascender los patrimonios morales, al estilo de "todo o nada", no implica equiparar -compensaciones- que vengan a homologar daños, estandarizar relaciones de poder, o alisar violencias estructurales.

Finalmente, cabe revisar nuevas intersecciones de sentido. Memoria crítica y crítica a la memoria. Solo un paréntesis, hay que evitar como nunca aquel incesto que, por la vía de una entidad abstracta, sugiere mitigar (nivelar/aplanar) lo innombrable, a saber, la condena radical de la sociedad chilena al golpe de Estado.

Mauro Salazar J.
Carlos del Valle R.
Doctorado en Comunicación
Universidad de la Frontera.

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