Frente a una ultraderecha que despliega un modelo de desregulación y precarización, la izquierda y la centroizquierda chilena no pueden limitarse solo a denunciar, reflexionar y administrar la derrota. Hoy, a más de cien días, es urgente ordenarse, reconectar con las mayorías y reconstruir un proyecto de país que recupere la defensa irrestricta de los derechos sociales.
La reciente instalación del gobierno de José Antonio Kast, sostenido por una coalición que ha desechado los antiguos complejos transicionales para abrazar una ortodoxia doctrinaria agresiva, marca un punto de inflexión crítico. No asistimos a una mera alternancia en el poder, sino al despliegue de un "Modelo 2.0" sustentado en la desregulación radical, el recorte fiscal y la precarización de las condiciones básicas; un proyecto que avanza hacia el desmantelamiento activo de los escasos soportes de certeza institucional. Si bien es innegable que la ascensión de la ultraderecha se inscribe en un ciclo global de reflujo conservador, atribuir esta dinámica exclusivamente a factores externos es una miopía estéril para el progresismo chileno. La victoria de Kast no debe leerse como un triunfo de superioridad intelectual o ideológica, sino como la cristalización de una crisis de representación profunda. El repliegue de nuestro sector hacia la hiper-institucionalización, el exceso de tecnocracia y la fragmentación identitaria ha terminado por vaciar nuestra agenda de una base material sólida. En este desplazamiento, hemos cedido —por omisión y, a veces, por desconexión— la médula social a una derecha conservadora que logró capitalizar, con mayor eficacia discursiva, el descontento estructural de las mayorías que hoy bajo su mandato abandona en nombre de la eficiencia fiscal y la gobernabilidad que busca para Chile.
Los efectos de esta administración recaen con severidad sobre la estructura social. La matriz programática de este gobierno no solo precariza las condiciones de existencia, sino que despoja al Estado de su rol garante, transformando los derechos sociales en bienes de consumo y profundizando la atomización individualista. Ante este escenario, nuestra batalla cultural exige una honestidad descarnada: politizar el malestar social es un imperativo ético, pero la mera denuncia o visibilización resulta insuficiente. Nuestro mayor déficit radica en la ausencia de una alternativa programática capaz de proyectar un futuro compartido. Donde es imperativo rescatar la narrativa que dio sentido histórico a la transformación de Chile, utilizando nuestra memoria colectiva no como nostalgia simbólica, sino como brújula material para la construcción de una nueva propuesta de país.
La reconstrucción de nuestra matriz programática exige resignificar la tradición Allendista y el diagnóstico de Tomic. Sin embargo, la invocación ritual no basta. Nuestra carencia no es de ideas, sino de capacidad de traducción: debemos hacer que estas tesis respondan a los desafíos de una sociedad que ya no se rige por los mismos códigos. Allende nos legó la soberanía económica, pero hoy esta debe disputarse en la economía de plataformas y la transición ecológica. Tomic, por su parte, nos dio el marco para desarticular la lógica atomizadora del capital, pero debemos aplicarlo para entender cómo el individualismo neoliberal ha mutado en esta era de hiperconectividad, inmediatez y malestar. Un problema de nuestro sector en los últimos tiempos ha sido petrificar estos legados en la retórica, convirtiéndolos en significantes vacíos que, al desvincularse de la realidad, perdieron su capacidad de sostener una base material sólida. Esta síntesis debe decantar en una configuración política distinta. Hemos cometido el error de confundir la construcción de una fuerza transformadora con la mera sumatoria aritmética electoral, muchas veces carente de fundamento y de capacidad para enfrentar la avasalladora ola ultraconservadora. Esa lógica, propia de una política transicional ya agotada, solo profundiza la desafección y la crisis de representación. Lo que debemos lograr hoy no es una ’unidad administrativa’ de cúpulas, sino la edificación de un bloque capaz de disputar la dirección del país desde una base histórica, pero, desde una óptica actualizada que devuelva la certezas a Chile desde la matriz de la justicia social, territorial y económica. La cohesión estratégica debe ser el resultado de un programa de transformaciones que actúe como un dique ante la arremetida de una política que instala la precarización y privatización como ejes centrales. Retomar la batalla cultural desde la izquierda exige, -nos exige- en última instancia, enraizar nuestra narrativa y proyecto en la médula del movimiento y el tejido social. Es momento de reconstruir la oposición desde un proyecto de futuro, devolviéndole a la política de izquierda su capacidad de ser, nuevamente, el instrumento de emancipación de las más amplias mayorías como acto de lealtad irrestricta con las familias de Chile que hoy sufren al alero de este gobierno.
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Corina Cáceres Licenciada en Comunicación Social - Postítulo en Gestión Pública. Universidad Diego Portales
