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A propósito de una columna. por Alfonso Madrid Echeverria

A propósito de la columna “Más allá de la minería: la necesidad de pensar críticamente a Antofagasta” de Alejandro Cataldo Díaz

Señor Director:

Desde Lo Hermida, territorio popular de la comuna de Peñalolén, queremos expresar nuestro reconocimiento a la columna de Alejandro Cataldo Díaz, “Más allá de la minería: la necesidad de pensar críticamente a Antofagasta”.

https://www.lemondediplomatique.cl/mas-alla-de-la-mineria-la-necesidad-de-pensar-criticamente-a-antofagasta-por.html

Consideramos que su reflexión constituye una contribución significativa a un debate que resulta urgente para el norte de Chile y para el conjunto de los territorios de Abya Yala.

El autor plantea una cuestión fundamental: Antofagasta no puede seguir siendo comprendida exclusivamente a partir de la riqueza derivada de la extracción de recursos naturales. Durante décadas, la región ha sido presentada como uno de los principales motores económicos del país, asociada al cobre y, más recientemente, al litio y a los llamados minerales críticos. Sin embargo, tal como han argumentado diversos pensadores de la ecología política en Abya Yala, los territorios no pueden reducirse a su función económica dentro de los circuitos globales de acumulación.

La riqueza material generada por el extractivismo no agota el significado histórico, cultural y humano de una región. Como han señalado Horacio Machado Aráoz, Maristella Svampa, Renán Vega Cantor y Jason W. Moore, la expansión del capitalismo moderno ha descansado en procesos continuos de apropiación de la naturaleza, del trabajo humano y de los conocimientos colectivos. Desde esta perspectiva, Antofagasta representa mucho más que una plataforma minera: es un espacio de memoria, conocimiento, diversidad biocultural y creatividad social construido durante milenios por pueblos y comunidades que habitaron y continúan habitando el desierto más árido del planeta.

La reflexión propuesta por Cataldo Díaz adquiere una relevancia aún mayor si se observa desde los debates contemporáneos sobre el Antropoceno y el Capitaloceno. Mientras algunos autores sostienen que hemos ingresado en una nueva época geológica marcada por el impacto de la humanidad sobre el sistema terrestre, otros, entre ellos Jason W. Moore y Renán Vega Cantor, han insistido en que la crisis actual no puede atribuirse genéricamente a la especie humana, sino a un modelo histórico específico de organización económica y política basado en la expansión ilimitada del capital.

Desde esta perspectiva, Antofagasta constituye uno de los territorios emblemáticos para comprender las contradicciones del Capitaloceno. La región aporta minerales considerados estratégicos para la transición energética global, pero al mismo tiempo enfrenta interrogantes fundamentales sobre justicia territorial, sustentabilidad ecológica, derechos humanos, acceso al agua, preservación de ecosistemas altoandinos y distribución de los beneficios generados por la explotación de dichos recursos. Por ello, pensar críticamente Antofagasta implica también preguntarse qué futuro desean construir sus habitantes y cuáles son los límites éticos, ecológicos y culturales de un modelo basado principalmente en la extracción.

La reflexión de Cataldo Díaz también permite observar una cuestión menos visible, pero igualmente importante: cierta indiferencia institucional —o quizás temor a cuestionar los consensos establecidos— que parece persistir en algunos ámbitos académicos y políticos de la región. Paradójicamente, mientras se insiste en la necesidad de producir conocimiento para enfrentar los desafíos del futuro, numerosas instituciones dedicadas precisamente a pensar el territorio continúan funcionando con recursos insuficientes.

Resulta difícil comprender, por ejemplo, que iniciativas como el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Antofagasta y su museo asociado no dispongan de mayores capacidades para convertirse en verdaderos centros de pensamiento regional. Una región que aspira a liderar debates globales sobre transición energética, minería y sustentabilidad requiere igualmente fortalecer las humanidades, las ciencias sociales, la arqueología, la antropología y los estudios patrimoniales.

En este contexto, el Primer Congreso de Salares y Ecosistemas Altoandinos, realizado en Calama entre el 4 y el 6 de noviembre de 2025 y auspiciado por la Universidad de Antofagasta, constituye un ejemplo digno de reflexión. La realización del evento fue una iniciativa relevante y necesaria. Sin embargo, también puso de manifiesto algunas debilidades organizacionales que debieran ser objeto de evaluación crítica y aprendizaje institucional.

Desde distintos espacios académicos se percibió una limitada estrategia de internacionalización y vinculación científica. Resultó llamativo que un encuentro dedicado a una temática de relevancia mundial, como los salares y ecosistemas altoandinos, no lograra motivar ni atraer adecuadamente a investigadores europeos ni a especialistas provenientes de países vecinos con reconocida trayectoria en estudios andinos, arqueológicos y ambientales. Del mismo modo, consultas básicas realizadas por potenciales participantes demoraron excesivamente en ser respondidas. Entre ellas, aspectos elementales relacionados con la participación del profesor Agustín Llagostera, cuya clase magistral inaugural había sido anunciada anticipadamente.

No se trata de formular reproches retrospectivos, sino de reconocer una oportunidad de aprendizaje. Si la región aspira a convertirse en un referente internacional en materias relacionadas con los salares, el litio y los ecosistemas altoandinos, será indispensable fortalecer las capacidades organizativas, la cooperación internacional y la construcción de redes académicas amplias y diversas. La generación de conocimiento exige apertura, diálogo y capacidad de convocar a quienes, desde distintos lugares del mundo, pueden contribuir a pensar críticamente el futuro de estos territorios.

En este sentido, compartimos plenamente la valoración que hace Alejandro Cataldo Díaz respecto al papel de la academia. Las universidades son mucho más que espacios de producción de información. Son, o deberían ser, centros de pensamiento capaces de formular preguntas incómodas, abrir horizontes de futuro y contribuir a la construcción de sabiduría colectiva.

Porque el conocimiento puede transmitirse, pero la sabiduría debe aprenderse. Y una de las enseñanzas más profundas que nos legan los pueblos de Abya Yala es que la sabiduría consiste en saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio, pero también en actuar responsablemente frente a aquello que sabemos.

La pregunta que emerge entonces es simple y profunda a la vez: ¿cómo vivir y actuar como seres humanos con todo lo que sabemos sobre nuestros territorios, nuestros ecosistemas y nuestras responsabilidades históricas?

Por ello valoramos especialmente la contribución de Alejandro Cataldo Díaz. Su reflexión expresa una corriente de pensamiento cada vez más necesaria en los territorios del norte de Chile: aquella que busca ir más allá de las promesas del mercado para pensar en comunidades, memorias, culturas y futuros posibles.

Somos muchas y muchos quienes agradecemos esta generosidad intelectual. Pensamientos como este ayudan a reconstruir la vitalidad, el compromiso y la capacidad innovadora que requieren nuestros territorios, inspirando a nuevas generaciones de investigadoras e investigadores de Abya Yala a imaginar formas más justas, responsables y sostenibles de habitar el mundo. Atentamente,

Alfonso Madrid Echeverria
Antropólogo, divulgador cientifico
Corporacion Escuela Horizonte de Pensamiento Popular
Peñalolén, Santiago de Chile

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