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«Abrir las alamedas», promesa cumplida. Por Ricardo Parvex

El viernes pasado, después de tanto tiempo, las calles volvieron a llenarse de un entusiasmo y una especie de júbilo colectivo que no había visto desde la época del presidente Allende. La principal avenida de Santiago estaba llena de gente que saludaba a la comitiva oficial que llevaba al nuevo presidente al Palacio de la Moneda. En la multitud había una felicidad impalpable y sencilla, casi infantil, que a veces me parecía de una inmensa inocencia y una ingenuidad casi poética. La alegría compartida parecía ignorar los muchos escollos que podrían impedir que nuestros sueños se hagan realidad y empañar nuestras ilusiones, no importaba, ese día éramos felices.

Es cierto que mi opinión es sobre todo emocional y sentimental, llena de recuerdos y nostalgia, pero la vida está llena de este tipo de «subjetividad» que haríamos mal en ignorar.

Como dice Miguel Lawner (antiguo compañero de prisión), ¡qué privilegio es experimentar esa misma sensación de plenitud 52 años después! Pero eso fue después de casi medio siglo de horror y abuso durante el cual un puñado de matones con traje y corbata se apoderó del país. Sergio, no tu no vas a ver esto, ni Diana, ni tú Juan, ni Pity ni Paine ni el «Cura» Cortés**... ¡son tantos! Los ausentes son tan numerosos que podrían llenar las amplias avenidas que el espíritu previsor y profético del compañero Allende ya había adivinado hace tanto tiempo.

El fenómeno más extraordinario es que en las familias, en los barrios o en los pueblos, durante las misas y los oficios religiosos, en los partidos de fútbol, tomando una copa en el bar local o alrededor de una fogata, la gente ha conservado el recuerdo de lo que vivió de joven, cuando en un país mucho más pobre, la educación era gratuita, la salud estaba en gran parte a cargo del Estado y siempre existía la posibilidad de obtener una vivienda digna, aunque a menudo se tardara años.

Así que los jóvenes de los barrios marginales, los temporeros, los adolescentes sin educación, sin cualificación ni perspectivas, las mujeres solas, todos ellos sabían en algún lugar que otro mundo había sido posible porque eso era lo que les decían los viejos padres y abuelos. Esto es lo que podríamos llamar, fuego bajo las cenizas. Estos recuerdos permanecieron en silencio, aplastados por el terror y la barbarie, pero nunca se extinguieron.

Qué larga y leal es la memoria del pueblo*. Al decir esto, pienso en la tradición de lucha que fue capaz de renacer, reproducirse y emerger de nuevo casi cinco décadas después. Esperando su momento, ha dormido en el fogón, como las brasas que permanecen invisibles cuando las llamas ya no están, transmitidas por los ancianos que han hecho pasar nuestras esperanzas y sueños de generación en generación.

Conozco a un hombre muy mayor que, antes de morir, pidió reunir a todos sus nietos para contarles su historia, una historia que no había contado durante los años de la dictadura y la posdictadura por miedo a las represalias. Cuando terminó de contarles su historia, justo antes de irse, les dijo que la vida que les había tocado vivir no había sido siempre así y que estaba seguro de que podría ser diferente porque alguna vez había sido posible. Hablaba de su juventud en la época de Allende. Sus últimas palabras fueron, hijos míos, de vosotros depende que cambie... y partió sintiendo que había cumplido con su deber... los nietos también están cumpliendo con su deber.

*. Cuando digo «el pueblo» me refiero“a los del montón», a los hijos de vecino a esa masa mayoritaria de personas que son hijos de don nadie, y que a su vez han hecho o harán pequeños hijitos de don nadie que perpetuarán la división de clases necesaria para la conservación del «orden».

**Algunos de mis compañeros y amigos, asesinados por la dictadura

Ricardo Parvex

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