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Abuela María. Por Ricardo Espinoza Lolas

Una vez lo conté on line, fue en el primer programa del NosOtros, Sueños (por Yoica), a mi amigo psicoanalista Jorge Alemán, en plena pandemia, como en noviembre de 2020, que a veces sueño con mi abuelita María (la madre de mi madre) y es un sueño recurrente, siempre el mismo o, muy semejante, solamente cambian detalles mínimos. El sueño es que la siento que viene hacia mí, mientras duermo en una cama, en alguna parte; esto es lo que cambia, puede ser, mi habitación de cuando era niño o, en un hotel o, en alguna de mis habitaciones que he tenido a lo largo de mi vida o, durmiendo solo o con alguna pareja. Y digo “siento venir a mi abuela”, porque literalmente la siento y la escucho venir hacia donde duermo. Ella usaba bastones para caminar, por un accidente que tuvo cuando joven (se cayó del techo de su casa y se fracturó las caderas, estuvo meses en el hospital y la operaron varias veces y quedó mal para siempre), pero ya estaba casada con mi abuelo Raúl Lolas, y tenía a sus hijos, pero yo siempre la conocí con bastones y con un zapato grande ortopédico, de 10 centímetros o más, no estoy seguro. Mi abuela era con ese conjunto, es decir, con su zapato gigante y sus bastones (yo jugaba con ellos). Y ese caminar con ese zapato y esos bastones es lo que siento, ese sonido, es lo que escucho que se me acerca inexorablemente mientras duermo en la noche. A veces, sé que estoy durmiendo (sueño dentro del sueño) y me digo que es un sueño y despertaré, otras veces, la mayoría, siento realmente que mi abuela viene hacia mí y se apoya en el borde de la cama, siento que ella, su presencia real, está sentada en mi cama (por lo general, en el borde izquierdo de la cama), nunca me da miedo y, a veces, me despierto, en el sueño (mientras sigo durmiendo), y la veo sentada tranquila y me mira con mucho cariño. No recuerdo que me hable o diga algo, solamente que me mira y es este gesto el que me acompaña en la noche. Al despertar del sueño, en la mañana, despierto tranquilo y mi vida prosigue. Por lo general, me doy cuenta de que este sueño reiterativo es cuando estoy muy estresado o, peor aún, angustiado.

Mi abuela María González Días nació el 10 de agosto de 1910 en San Felipe, la recuerdo más alta que mi abuelo y creo que era mayor que él por varios años; mi abuelo al enamorarse de una chilena no lo pasó bien y al parecer los palestinos de la zona nunca la quisieron y él se alejó de ellos: su amor fue un gesto de valentía y madurez de mi abuelo en una sociedad patriarcal palestina sanfelipeña (pero quedó excluido de ellos). Yo los vi siempre muy enamorados: tal para cual. Y este recuerdo siempre se me viene a la cabeza. Ellos sabían amarse. Mi abuela era costurera y nos hizo a mi hermano y a mí alguna ropa, desde unos calzoncillos de lana para el invierno y así no pasáramos frío (yo soy muy friolento o friolero, me carga pasar frío, tengo una maldita tos que así lo atestigua, como mi padre) a bufandas. La recuerdo en San Felipe y nosotros con mi hermano pasábamos las vacaciones a su lado: éramos pequeños. La experiencia de estar con los abuelos era como una aventura, desde viajar solos desde Valparaíso a San Felipe (un viaje muy largo en esa época, por lo menos unas tres horas), a comer su rica comida (entre chilena y árabe), era muy buena cocinera y, en especial, no puedo olvidar estar con los abuelos haciendo mil cosas divertidas, leer libros e historietas, jugar debajo de unas parras perdidas en el campo. Mi abuelo Raúl vendía cosas, como buen árabe, desde nueces a otros productos y lo acompañábamos a todas partes, tenía un jeep, muy viejo: íbamos al río, a la plaza, a tomar helado, a comer mote con huesillo; era una vida entre rural y urbana de lo mejor que he tenido en mi vida. Fui realmente feliz con ellos y, además, con mi hermano Julio nos sentíamos también muy cuidados y seguros.

Mi abuela era una abuela realmente genial y única (la más bella, cariñosa y elegante). Me gustaba dormir siesta a su lado, ella se echaba en las tardes y yo muy mimoso me acostaba con ella y la abrazaba fuerte. Mis abuelos perdieron todo lo material, en momentos complejos para Chile, y se fueron a vivir a mi casa en Playa Ancha, eso lo tengo grabado con fuego en mí. No podían seguir solos en San Felipe: estaban muy vulnerables. Mi padre quería muchos a mis abuelos, eran como sus padres. No tenía mucho dinero, ser carnicero y en la dictadura era ganar muy poco dinero y, además, era otro explotado chileno para sobrevivir con muy poco dinero, pero igual se pudo llevar a mis abuelos a vivir con nosotros y les construyó una habitación grande para que estuvieran lo más a gusto posible (la casa y esa habitación se hizo con un maestro “chasquilla”, con mi propio padre y con el trabajo de mi hermano y el mío: hacíamos de todo, desde acarrear arena a escoger los huevillos para la construcción). Mi abuelo muy enfermo, como mil problemas al corazón e hipertensión y gota (como yo ahora) y hospitales públicos chilenos vergonzoso, para pobres, obviamente, duró poco, muy poco (recuerdo todo lo que hizo mi madre por salvar a mi abuelo llevándolo de un lugar a otro y cómo mi padre con el poco dinero que ganaba se usaba para ayudar a mi abuelo). Se murió un 18 de septiembre de 1981 (de allí que no me guste el 18 y no celebro casi nunca: no hay nada que celebrar). Y mi abuela que lo adoraba, literalmente, no duró mucho sin él y se murió el año siguiente el 2 de noviembre de 1982. Mis abuelos murieron muy jóvenes, típico de la naturalización de lo sanitario en países como Chile (en instituciones de mierda la gente pobre materialmente dura muy poco).

Lo más cercano a lo que entiendo por amor (y lo que he buscado toda mi vida), se lo debo a mis padres y, en especial, a mis abuelos. Por ejemplo, ver a mis abuelos enfermos y pobres en nuestra casa, que, además, era de suyo muy pobre, me daba tristeza, pero no podía hacer nada, era un niño, pero, a la vez, me daba una alegría enorme estar viviendo con ellos; vivía feliz junto a ellos: jugando, haciendo mis deberes, comiendo un pan con mantequilla que poníamos en una estufa antigua, viendo tejer a mi abuela, los acompañaba a ver sus teleseries, pero en especial me gustaba verlos a ellos mismos, siempre estaban juntos, tomaban sol en el patio, se hacían cariño, se tomaban de la mano, se susurraban cosas al oído, les gustaba hacerse caricias: se amaban y cuidaban. Mi abuelo era muy fino en el detalle hacia ella y mi abuela lo quería mucho, se le notaba tanto en su trato e intentaba que él estuviera a gusto. No eran efusivos en palabrerías, sino en gestos y miradas. A veces yo acompañaba a mi abuelo a caminar, tenía que hacerlo diariamente con cuidado por su dañado corazón y me hacía reír mucho, me contaba historias y le costaba mucho caminar en las subidas y yo lo empujaba: lo remolcaba. Y así subía las cuestas con gran dificultad. Mi abuela se reía mucho cuando llegábamos de nuestros paseos matutinos.

Hay muchas versiones de la muerte de mi abuela. Yo tengo la mía y es triste, no sé si contarla, incluso no sé si es real o no, pero para mí sí lo es. La habitación de los abuelos tiene un desnivel, así quedó hecho supongo para ahorrar costos y para entrar en ella hay que bajar un peldaño. Yo siempre me encargaba de ayudarla, ella con sus bastones le costaba bajar ese desnivel: era grande para mi abuela. Ese día no quise hacerlo, porque estaba jugando en el patio. Ella se cayó y para mí ese fue el final. No recuerdo casi nada después. Escuché un grito. Mi madre preocupada, mi hermano mayor lo mismo. Mi padre siempre trabajando en la carnicería, apatronado, llegaba muy tarde, como a las 22.00 h, y yo veía que todo pasaba tan rápido ante mí y no entendía mucho: veía a mi abuelita en la cama con cara triste, pero también tranquila. Y de repente mi madre nos dice que murió…

Mi abuela María me acompaña todos los días, lo mismo que mi abuelo Raúl, pero de otra forma. Ella me daba una tranquilidad enorme. Y todavía hoy cuando sueño con ella o dicho de otra forma, cuando me viene a ver y a sentarse a alguna cama en donde estoy durmiendo, la escucho venir, luego se sienta, me mira y así puedo descansar. En su silencio de no decirme nada, en ese sonido de su bastón y zapato ortopédico, en su sentarse en la cama y sentir su presión en ella, en su mirada dulce, la más dulce de todas las personas que he conocido en mi vida, me da fuerza para seguir a pesar de tanta estupidez de estos tiempos. Y, de este modo, me dibuja una sonrisa y me vuelvo bailarín.

Viña del Mar, 21 de septiembre de 2023

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