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Adiós Carlo Ginzburg. Más allá del queso y los gusanos, una lección de historia. Por Álvaro Vogel Vallespir

Acerca de Carlo

lamentablemente, en el primer semestre de este año han ocurrido algunos decesos que han entristecido a la comunidad mundial. El 14 de marzo falleció el pensador alemán Jürgen Habermas. Este filósofo, ad portas de cumplir una centuria, nos legó la teoría comunicativa, que ha brindado en la práctica un nuevo balón de oxígeno a la democracia social que por de pronto es socavada con amenazas no tradicionales. Dos meses después, el filósofo francés Edgar Morin —el gran retórico del pensamiento complejo— nos dejaba a la avanzada edad de 104 años. Hace algo más de un mes, el historiador italiano Carlo Ginzburg se sumó a este triunvirato de ilustres pérdidas. Estos tres enormes intelectuales siguieron vigentes en la producción cultural hasta el final de sus vidas. El legado de Ginzburg es más que relevante, ya que dio un nuevo giro a la metodología de la historia, al tratamiento de las fuentes, a la representación de la microhistoria como propuesta reveladora frente a lo establecido y a la visión de la «historia desde abajo». La vida cotidiana pasó a ser su principal centro de gravedad junto a los herejes, brujas y los más desvalidos.

Carlo nació en medio de una época convulsa, marcada una segunda guerra total, la espeluznante guerra civil española de la época de Franco e ideologías totalitarias excluyentes. Sin embargo, el seno familiar en el que comenzó a desarrollarse como intelectual (vaya que lo es) fue muy estimulante. Sus progenitores eran destacados humanistas en los círculos del pensamiento italiano; por lo tanto, convivir con libros y fuentes, además de escuchar ricas tertulias, pasó a ser un elemento natural de su vida cotidiana. La muerte prematura de su padre, Leone, no era más que un recordatorio de los oscuros tiempos que corrían en Europa. Leone se negó a jurar lealtad al régimen fascista italiano, perdió su plaza de profesor universitario, fue arrestado en múltiples oportunidades y finalmente murió el 5 de febrero de 1944 en la prisión de Regina Coeli, en Roma, tras ser torturado por pensar distinto.

Su madre, fue una destacada activista política, escritora y dramaturga. En la última etapa de su vida llegó a ser miembro del Parlamento italiano. La pluma de Natalie no posee sentimentalismos y expresó, sin contemplaciones, la realidad y la crisis italiana ocasionada por el fascismo sobre todo en la juventud de la península de la bota. En consecuencia, durante sus primeros años se dejó plasmar por diversas obras en distintos ámbitos, bajo la tutela de profesores determinantes estudiando en centros de formación cultural que lo acompañaran en toda su vida, cuando enseño en diversos países. Aun así, no fue moldeado por completo, ya que su gran aporte y singularidad consistieron en buscar su propio camino en la investigación. Por ende, su aporte a la historiografía fue un baño de frescura y vitalidad.

La contribución de Ginzburg fue la ética del rigor. No es algo nuevo, ya que para los historiadores es natural trabajar con una metodología y navegar entre las fuentes; sin embargo, Carlo mostró una nueva forma de ejercer ese rigor en la lectura de la información: no dar nada por sentado, estudiar el detalle, leer lo que no se ve a simple vista, comprender entre líneas y, por, sobre todo, ir más allá de la historia oficial para llegar al corazón de la humanidad mediante el rescate de las personas ignoradas, sencillas y del campesino rudimentario que tanto investigó hasta elevarlos al protagonismo.

El inicio de todo: El queso y los gusanos. El cosmos de un molinero del siglo XVI La obra magna de Ginzburg ha sido traducida a una veintena de idiomas, está presente en todos los continentes y constituye una lectura obligatoria para cualquier estudiante serio de historia y por su puesto para los profesionales de las ciencias sociales.

La revolución cultural del 68 en Francia, y luego en otras latitudes, propició en las nuevas generaciones de estudiantes una actitud más abierta hacia las propuestas que irían germinando en las facultadas y centros educativos. El libro de Carlo aterrizó en un ambiente intelectual preparado para su comprensión, en una etapa en la que los nuevos aportes e interpretaciones impulsaban un renovado dinamismo cultural. Carlo sabía que era el momento adecuado para presentar la microhistoria como nuevo método de investigación focalizado y en suma como alternativa a los Annales para contar la historia.

La vida de Domenico Scandella —un molinero apodado Menocchio por el propio Carlo— se sustentó en la existencia de quien debió sortear dos autos de fe que la Inquisición prolongó durante quince años. Lo que podría haber sido un detalle más de la religiosidad medieval terminó siendo toda una revelación, pues representa y aporta un nuevo modelo para investigar la historia crítica, donde se acentúan los devenires de las personas corrientes. La historia de Menocchio es justamente eso: la historia vista desde abajo, alejada de la tradicional historia interpretativa asociada a los protagonistas políticos. Al centrar su obra maestra en rescatar del anonimato a un campesino de siglos atrás, Ginzburg hace justicia y nos propone extraer de las sombras a una clase social completa. La negación de Dios como creador del mundo, el cuestionamiento del dogma y otros asuntos que pregonaba Menocchio, dentro de su genuina ignorancia, mostraban las enormes brechas existentes en una sociedad estamental. Carlo desnudó, mediante esta microhistoria, un amplio escenario de la historia cultural del bajo pueblo.

El queso y los gusanos dio una proyección internacional a esta nueva forma de entender la historicidad y a otros historiadores italianos de izquierda. El eco de este libro en la comunidad intelectual es meritorio por dos motivos: constituye una crítica real a la manera en que se venía escribiendo la historia y, por otro lado, plantea una solución —a modo de propuesta— sobre cómo analizar y leer una fuente para reescribir e interpretar la historia. Al final, los historiadores somos compiladores del pasado desde las necesidades del presente.

La escuela de los Annales contaba, en paralelo, con destacados medievalistas y una producción historiográfica de primer nivel. Entonces, ¿cuál sería el aporte de Carlo al insistir en temas medievales? Sin duda, su singularidad radica en abordar un mismo período con un énfasis distinto y novedoso, pero no por ello menos importante. Deja de lado los nombres más repetidos, las luchas, las batallas, los papados convulsos y las querellas para centrarse en la mínima expresión: la sencillez de la cultura popular. Al final, este caso de la Inquisición fue observado desde la perspectiva de los vencidos, enseñando una forma diferente de analizar la historia cotidiana y, en ocasiones, la historia local.

¿Qué es la microhistoria?

La microhistoria es, en esencia, un contra paradigma frente a los modelos vigentes de hacer historia a partir de la década de los setenta del siglo pasado.

Esta forma de hacer historia, desde sus inicios, no fue considerada una escuela de pensamiento ni una corriente. En ese sentido, difiere de los Annales franceses. Llamémosla, entonces, una tendencia que generó un debate epistemológico hacia el último cuarto del siglo pasado. La microhistoria constituye una apuesta por convertirse en una alternativa a los paradigmas históricos dominantes de la época: el materialismo y el estructuralismo marxista. Era, en definitiva, una muestra de inconformidad frente a la historia social dominante.

Si bien el aporte de los Annales es incuestionable, su revisionismo era más amplio y no llegaba al individuo en su problema específico (Menocchio y su universo). La historia era masiva en su objeto de estudio; en cambio, Ginzburg se centra en la sencillez del detalle y en lo que ocurría en las mentes anónimas, construyendo una historia más pequeña, sin ínfulas imperialistas ni pretensiones de grandeza. Lo que hacen Carlo y los especialistas de esta nueva tendencia es ofrecer una alternativa a la historia total, constituyendo una vía intermedia.

En El queso y los gusanos queda de manifiesto un proceso de construcción en la investigación de las fuentes para acceder al conocimiento científico. La microhistoria, en su metodología, adquiere una dimensión teórica propia y específica. Asimismo, centra su objeto de estudio no como una realidad a priori, sino como una investigación específica (por ejemplo, el pensamiento del molinero y no el de la Inquisición o la Iglesia). Además, el trabajo de campo obliga al historiador a ser más observador y analítico. Finalmente, da como resultado una historiografía en la que abundan las metáforas y las citas.

En términos más sencillos, la microhistoria no aspira a convertirse en una larga monografía; por consiguiente, apuesta por la reducción de la escala de observación, lo que repercute en la investigación final. Con todo, la microhistoria no desconoce la historia general: parte de lo particular, pero decanta en aspectos generales. Por eso esta historiografía resulta más novedosa, ya que el lector que se anima a estudiar estas obras encuentra datos más refinados e inéditos. La gran pregunta que terminará dando lugar a debates legítimos es: ¿cómo un caso tan particular puede ilustrarnos sobre la historia oficial? O, dicho de otro modo, ¿es representativo un caso singular para comprender un proceso histórico?

Palabras finales

El 17 de junio pasado, por causas naturales (según su familia), partió Carlo. El cuerpo físico descansó y se unirá a los gusanos que tanto amó; no obstante, sus ideas perdurarán como las de Plutarco o Heródoto, constituyendo un rico legado para las ciencias sociales. Su paso por Chile fue toda una euforia en los círculos de la enseñanza.

No nos legó una escuela ni, menos aún, un dogma. Sencillamente, nos enseñó en vida una lección de historia: nos convocó a leer con una metodología distinta, motivó la perspicacia para seguir las pistas y mirar con agudeza las fuentes. Además, quién iba a pensar que las vicisitudes de la vida de un molinero que nadie habría conocido jamás hoy son estudiadas en más de veinte idiomas.

Pasar de la historia gruesa, grande y cosmopolita a la pequeña y anónima fue su gran táctica para abarcar el conocimiento. Sería injusto recordarlo solamente por su famoso libro. Carlo fue mucho más que eso. Llegó al meollo del asunto: fue un observador cercano y detallista que visibilizó las falencias que ocultaba la historia oficial y política. Sus socios fueron los de abajo: los herejes, los acusados, los labriegos, los brujos y los plebeyos que tenían en común una fuerte cultura popular.

Si bien fue un opositor al relato oficial, grande y pomposo, a cambio se transformó en un historiador minucioso, completo y estudioso. Su cercanía con las novelas y la literatura le hacen honor a su madre escritora. La prosa no lo fastidiaba; era un arma para comprender el conocimiento humano. Los libros, en su amplio sentido, fueron los adornos de su casa: en cada rincón los había. Eran sus instrumentos de uso cotidiano; en cada historia contenida dentro de sus páginas existía un mundo lleno de vida.

Álvaro Vogel Vallespir
Historiador y profesor.

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