En kioscos: Abril 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

“Aferrarse al viento con los dientes” de Anna Bou Jorba

Poesía. Edición bilingüe catalán-castellano, Mutante Editores (Santiago de Chile, 2025)

Reseña de Ricardo Espinoza Lolas, filósofo

“Aferrarse al viento con los dientes”, de la poeta catalana Anna Bou Jorba. Inicio esta reseña por algo que no es menor para dar con lo esencial de este poemario, a saber, el apellido paterno de la propia poeta, pues el apellido “Bou” es fundamental para entender a la poeta y su escritura a nivel material, a saber, cómo construye sus versos. Se podría decir que este poemario trabaja desde la raíz indoeuropea gʷōu- (buey/vaca), que remite al buey, a la vaca, al toro y, de allí, al mítico toro blanco fundador de lo minoico, de lo micénico, de Europa misma. Es una raíz muy antigua, milenaria, que tiene entre seis mil y ocho mil años. Y este rasgo milenario de Bou está inscrito en su modo material de realizar su poesía que nos toca a nosotros desde nuestra propia materialidad y nos da un sostén para andar en la vida diaria que llevamos. Ese rasgo Bou de la poeta Anna Bou Jorba expresa al toro dionisíaco, esto es, al inicio mismo de lo que somos como humanos desde hace miles de años: vida-muerte, movimiento, ligereza.

La poesía de Anna Bou es una poesía eminentemente dionisíaca: retorna a la raíz, retorna al toro, retorna a la vida, a la animalidad, a la materia, a la tierra en sus detalles concretos, fugaces, accidentales, porosos, vulnerables. No es una poesía del futuro ni del pasado, sino algo que ocurre ahora, en nuestro cuerpo, nuestra vida que se nos actualiza en nuestro presente, en un presente eterno en su jovialidad, como una fulguración, un destello, un rayo, un faro.

Esta poesía es griega, en el sentido de su materialidad inicial, muy cercana al pensamiento poético de Nietzsche. La poesía de Bou retorna a lo que somos y nos actualiza en nuestra vida-muerte más concreta en toda su accidentalidad. Y, al mismo tiempo, es una poesía muy moderna, radicalmente moderna, y eso nos perfora ya en el modo escritural mismo, también en su declamación. ¿Y qué es lo moderno? No es lo nuevo, lo de moda, lo que todos quieren ser. Lo moderno, en este sentido, es una inscripción. La poesía de Anna Bou retoma lo moderno como inscripción material; su verso no representa ni imita lo real, sino que inscribe radicalmente; nos inscribe nuestro cuerpo. Es una inscripción material, fuerte, milenaria, que se inscribe en la piel del que lee el poemario, del que lo escucha. Y eso genera una transformación que nos hace bien, nos posibilita vivir y nos impele a seguir junto al otro, cualquier otro: sus versos son matices de formas de otro que nos tocan y conmueven y nos dan un piso para caminar.

Hay un debate que siempre retorna, esto es, sobre si el arte que realiza un artista concuerda de alguna manera con el propio autor, con su vida. Yo creo que sí hay vínculo real e inexorable, un vínculo absoluto, libre, como diría Rimbaud. En este caso, el de la poeta Bou, ese vínculo es claro y evidente: aunque no aparezcan fechas en los poemas (o datos materiales), se sabe que hay una inscripción existencial, biográfica, histórica, en el trazo mismo de cada uno de sus versos. Rimbaud decía, como todos saben: “Hay que ser absolutamente moderno”. Pero la pregunta es: ¿qué entendemos por moderno?

Yo voy a proponer que la poesía de Anna Bou Jorba es “absolutamente moderna” y que este poemario “Aferrase al viento con los dientes” lo muestra de forma explícita. Y ¿qué quiere decir absolutamente moderno? En primer lugar, el adverbio “absolutamente” no hay que entenderlo en el sentido de totalitariamente, sino en el sentido de lo libre, absuelto, de lo que no queda atrapado en nada fijo, ni cósico, ni determinado. Y, por otra parte, la inscripción “moderna” del verso de Bou siempre señala a lo abierto de eso no cósico, ni determinado: lo que no te amarra, no te condiciona, pero te deja una marca material, como un sello que siempre sigue supurando, dando de sí. El verso de ella te toca y sigue en ti. Es una poesía que no es mimética ni ideológica, ni de manual, sino que es una poesía de inscripción que te toca, te abre y te deja resonando, como una campanada en que habita tu cuerpo. Los versos de este libro son destellos, campanadas. Te tocan y te obligan a volver a leerlos y en ello te transforman.

El arte, por lo general, llega tarde a la vida en su inmediatez que nos urge, y los poetas, al parecer, en especial, su trabajo poético no tiene nada que ver con el día a día de la vorágine capitalista en la que estamos sumergidos: las artes llegan tarde, los poetas llegan tarde. Siempre llegamos tarde por medio de los artistas y sus obras, pero de algún modo llegamos a ese día a día, pero siempre tarde. Y, sin embargo, aparece algo en el poema que empieza a transformarnos a cada uno, incluso desde lejos. Hay un poema muy querido de Hölderlin en su gran elegía Brot und Wein, Pan y vino, en cuya primera edición, de 1801, aparece ese verso famosísimo que se repite una y otra vez: “¿Para qué poetas en tiempos de miseria?”. Pero ese verso no está solo, no vuela en el vacío, sino que se acompaña de otros y de unos iniciales que son maravillosos.

Si uno va al comienzo de la estrofa, aparece algo aún más esplendente en el modo mismo de señalarlo. Hölderlin dice, en alemán: Aber, Freund, wir kommen zu spät. “Pero, amigo, hemos llegado tarde”. Ese verso es una inscripción total en cada uno de nosotros y en cualquier tiempo venidero. Amigos, hemos llegado demasiado tarde. Y, sin embargo, el poema continúa y dice: Zwar leben die Götter, “pero aún viven los dioses”. Ese verso inaugura una cierta modernidad, antes de Baudelaire y Rimbaud. ¿Qué quiere decir este verso? Que vivimos siempre como por fuera de nuestra propia vida. Vivimos en la maquinaria del capital, reproduciendo deuda: deuda moral, deuda ética, deuda política, deuda económica. Siempre estamos pagando algo. Siempre estamos en un “sí, pero no”. Es la ética, pero no es la ética. Es la política, pero no es la política. Es el amor de mi vida, pero no es el amor de mi vida. Es el poema perfecto, pero no es el perfecto poema. Vivimos atrapados en ese “sí, pero no tan propio de estos tiempos”.

Eso es la neurosis de nuestros tiempos. La neurosis nos perfora, nos constituye, nos atraviesa. Y en esa perforación radical, que incluso nos puede llevar a la psicosis, aparece lo dionisíaco para darnos un modo sano de estar en el mundo. Nietzsche lo dice claramente: en el movimiento de lo dionisíaco, en el vino de lo dionisíaco, se produce una sutura de esa herida neurótica. Y ¿cómo se sutura la escisión? Cuando aparece el poema dionisíaco, como es un poema de Bou. Lo estético del verso material nos eleva y uno dice: “¿Qué importa mi vida?, ¿qué importa mi miseria?, ¿qué importa no tener dinero?, ¿qué importa la tontería política de turno?”. La poesía te eleva, te transforma y te construye una barca para navegar en tiempos de penuria. Los poemas de “Aferrarse al viento con los dientes” realizan este rasgo dionisíaco en cada uno de nosotros. Los poemas, aunque lleguen tarde, construyen una barca. Te sacan de la neurosis de la inmediatez de la vida. Te permite habitar el mundo de otro modo. A través de los detalles, de un poema en relación a un pueblo, de la imagen mínima que te puede causar un árbol, por medio de la fugacidad que expresa el paso del tiempo, la caída de un imperio, de una hoja, una oreja de una perra que no está bien puesta en su cabeza, así se construye una forma de vida dionisíaca. En esa pequeñez, en ese casi, en ese matiz, empieza a aparecer algo que te transforma, pues la poesía de este libro tiene un trato muy fino con la terapia de Freud y, al mismo tiempo, una cercanía crítica con el pensamiento de Heidegger. Es una poesía no ontológica, ni quiere serlo nunca. Sus versos demuestran que hay sutura posible, que hay textos que nos acompañan, que hacen que la soledad no sea tan sola, que la neurosis se empiece a dinamizar, a bailar y que la materialidad de los versos vuelva a construir en medio de la soledad una embarcación que nos permite navegar sin zozobrar.

Un rasgo fundamental de la poesía moderna es que cuando aparece la imagen, su carácter narrativo ya no es externo ni vacío, sino representativo. Es una imagen con alta precisión en el uso del lenguaje. Hay una precisión extrema en la composición del verso, pero no es una poesía formalista en el sentido clásico, ni de cosas. Es una poesía con ritmo, con movimiento, con un tipo de aceleración, nunca circular ni de relojero, casi nunca con rima explícita. No es una poesía de TikTok, no es una poesía vacía, facilona para agradar, para generar un efecto inmediato en quien lee. Es una poesía que construye su poesía, su barca contigo que la lees, que es performativa, que termina contigo o, dicho de otra forma, inicia contigo; y, por tanto, te eleva. Otro rasgo fundamental de la poesía de Bou es la iteración que se manifiesta en ese uso de versos que retornan de alguna forma en el poema. La poeta repite un verso, a veces lo desplaza, otras lo desbroza, lo vuelve a repetir, cambia una coma, un punto, algo se da en su gramática y semántica, y en ese juego, la poeta va construyendo una imagen narrativa de altísima precisión que nos perturba, nos estremece, nos invita a navegar con la poesía. No hay esencia fija en el verso ni en el poema mismo: todo está en movimiento y siendo desplazado. Es un movimiento, es un baile al que nos invita la poeta. Aquí uno puede pensar en Pina Bausch, en el teatro-danza de Wuppertal. Pina Bausch no representaba tal o cual baile: inscribía el baile en un tipo de teatro que acontecía con cada uno de sus espectadores. El cuerpo, al desplazarse con otro cuerpo, consigo mismo, con el espacio, iba construyendo una narrativa sin esencia, danza dionisíaca del verso. Ese juego de iteración lo vemos también en la música: en Philip Glass, en la música “religiosa” de John Tavener. Son iteraciones que te giran la cabeza, que te desplazan, que te van tocando por dentro de ti mismo. Anna Bou hace eso con el lenguaje. Por ejemplo, la “boca pequeña”, el detalle mínimo, se repite y se desplaza, y en ese movimiento aparece algo enorme en su poema Quasi.

R. M. Rilke es otro poeta que nos permite expresar el poemario “Aferrarse al viento con los dientes” y que es muy importante para entender este tipo de inscripción moderna del arte poético. “El libro de las horas” (publicado a comienzos del siglo XX, pero cuyos textos vienen de fines del siglo XIX) es un libro que ha sido muy trabajado e interpretado, a menudo desde lecturas filosóficas que tienden a ontologizarlo, a convertirlo en una especie de poeta metafísico, casi abstracto. Pero cuando uno conoce la vida de Rilke y sigue sus desplazamientos —con un mapa, viendo dónde está de viaje en una semana y dónde está la siguiente—, se da cuenta de que se mueve incluso mucho más que Nietzsche: cartas, viajes, poemas se articulan entre sí. Rilke escribe desde una inscripción material, corporal, amorosa y siempre en movimiento. Y ahí aparece Lou Salomé en su vida. Muchos de los textos más intensos de Rilke, incluso los que parecen dirigidos a Dios, en esta etapa de su vida, son en realidad textos dirigidos a Lou, inspirados por ella, escritos para ella, con ella.

Hay una inscripción corporal, amorosa, erótica, que atraviesa esos versos. Y cuando uno lee con atención, se da cuenta de que ese Dios es profundamente material, por eso, es de los enfermos, de los muertos, de los que sufren. Esos famosos versos que dicen “cúbreme los ojos y seguiré viéndote, ciérrame los oídos y seguiré oyéndote, arráncame los brazos y te abrazaré con el corazón” son una carta única de amor por Lou. No es una abstracción metafísica como lo pretenden mostrar los heideggerianos y pensadores y poetas de lo sublime. Es una inscripción amorosa la que realiza Rilke. Y esto es clave para entender la poesía moderna y la poesía de Bou. Lou decía algo muy bello y verdadero: que había que lavarse las manos antes de escribir, porque los poemas dejan marcas, porque escribir es una inscripción material. El poema construye un océano de significación. Por tanto, cuando ustedes ven un verso que aparentemente parece vacío, detrás hay una intensidad corporal, amorosa, tremenda por descubrir, no de modo racional, sino como la huella que deja en uno cuando lee y tiene experiencia de ese verso. Esto mismo pasa en los poemas de “Aferrarse al viento con los dientes”, que ustedes pueden leer con calma una y otra vez sin cansarse y siempre descubriendo algo nuevo que los captura. Y aparentemente hay versos sobrios, mínimos, casi silenciosos, pero con una intensidad excesiva, grandes, parlanchines. El lector se dará cuenta cuando los lea.

Hay dos rasgos más fundamentales de la poesía moderna: uno es la visibilidad de lo invisible. El arte no reproduce lo visible: hace visible lo invisible (esto lo piensa de modo explícito la poeta). La armonía oculta es más fuerte que la armonía manifiesta. Eso ya lo decía Heráclito y Nietzsche lo retoma para su obra. Y Anna Bou Jorba posee una máquina magistral y muy precisa para construir invisibilidad visible con cada uno de sus versos. Un gesto mínimo, un detalle, y aparece algo enorme que no se veía. Y dos, el otro rasgo de la poesía moderna es el detalle. El poeta moderno es obsesivo con los detalles, porque en el detalle está el mundo, no solo de modo simbólico, sino que se construye realmente. Y este libro está lleno de detalles; es impresionante: huellas, gestos mínimos, cosas que no se dicen, ausencias, silencios, insinuaciones. El detalle crece, se expande y termina construyendo un mundo entero que nos invita a conocerlo. Estamos ante una poesía llena de caminos, de pisadas, de restos, de lo que no está, lo que ya no existe, lo que dejó de ser, de ciertas nostalgias que no son melancólicas, porque nos impelen a movernos y a pensar y sonreír. Por ejemplo, la Venus de Milo sin brazos en el poema Memento: lo que la hace bella es la ausencia, pues uno imagina lo que falta. Eso es potencia poética, eso es el arte de Bou Jorba. Muchos de estos poemas están atravesados por la experiencia de la pandemia, eso se puede intuir, sin que se diga de forma explícita: el silencio, el encierro, la sensación de no existir en el mundo, la fugacidad, la pérdida, lo incierto, una muerte que ronda, un modo de escapar a ella. Y, sin embargo, esta poesía agradece al mundo por existir, una y otra vez de forma afirmativa. Esa tensión poética en los versos está todo el tiempo presente en el libro y es parte del dinamismo que el texto posibilita con el lector.

Detalle y “contradetalle” son como se esculpen los versos de Bou. La poeta va al detalle y luego lo desarma, lo desarticula, lo disuelve, lo disemina. Y ahí nos percatamos de que su escritura va siempre a la contra, pero esto es así: es una escritura doble, dionisíaca, vida-muerte, porque va a la contra de lo inmediato de un decir, de una vida simple e inmediata. Y esto ocurre, en la escritura de la poeta, no por capricho ni por provocación vacía, sino porque ir a la contra es una forma de pensamiento, de mostrar que siempre hay otra posibilidad. Esta forma de escribir-pensar ya estaba en Heráclito, en el siglo V a.C. Heráclito es el gran padre del pensamiento de Nietzsche, de Hegel, incluso de Marx. Heráclito siempre iba a la contra en su vida-pensamiento: padre de la dialéctica e hijo del dios Diónysos. No olvidemos que cuando dice, por ejemplo, “el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo”, deja a todo el mundo desconcertado y ese efecto escritural retorna de forma juguetona en la obra de Bou. Aristóteles no sabe qué hacer con Heráclito, no entiende ni al otro gran dionisíaco que es Sófocles. Los filósofos no saben qué hacer con los poetas ni con los pensadores dionisíacos, a muchos les pasará lo mismo con Bou Jorba. Y los que quieren explicar al pensador griego empiezan a domesticar su pensamiento, argumentando que “lo que quiso decir es que hay dos direcciones”. Pero Heráclito no dice eso. Lo que él señala es que es el mismo camino. Su prosa es tensa, dionisíaca, poética. No es analítica. Por eso Platón y Aristóteles tienen que inventar categorías, unidades, oposiciones, para que el mundo sea comprensible. Así nace una filosofía que se separa de la poesía. Nietzsche vuelve contra esto mil veces. Y Anna Bou, sin saberlo teóricamente, quizás, pero sabiéndolo poéticamente, hace lo mismo. Su poesía va a la contra e incómoda, no al lector, sino a otros poetas que no son dionisíacos, que no tienen nada de toro blanco mítico. Si lees un poema de Bou, creerás que va a terminar de cierta manera y termina de otra: te quedas perplejo, pensativo, con una mueca sonriente en la boca. Siempre a la contra es como escribe la poeta catalana. Eso hace que el poema sea performativo, que te muevas, que te desplaces. Por eso el poema no se cierra nunca, no podría acabar de forma explícita. Por eso no sabes nunca exactamente cómo va a terminar el poema, hasta el final, y cuando termina, tampoco ha terminado; te sorprende. Por tanto, te obliga a volver atrás. Te obliga a releer el poema. Y ahí se produce la transformación que te vuelve ligero, alegre.

Para terminar, hay tres rasgos fundamentales de lo dionisíaco, que tienen miles de años y que están presentes en este libro: distancia, movimiento y ligereza. Distancia, porque no estamos unidos a nosotros mismos de forma inmediata ni a nada. Hay una distancia que nos constituye. Yo estoy escribiendo; ustedes están leyendo esta reseña acerca de un poemario de Bou Jorba; y se produce un segundo momento, el movimiento. Y en ese movimiento la neurosis empieza a aflojar; nos deja en paz. El movimiento nos libera, porque nada está fijo ni nosotros mismos. El poema se mueve, el lector se mueve, el pensamiento se mueve. No hay esencia cerrada de ninguna especie. Todo está en tránsito. Y, el tercer momento es la ligereza. La ligereza no es superficialidad. La ligereza es Diónysos mismo, incluso en el dolor. Estos rasgos estaban en Sófocles, en Heráclito, en Antígona, en Esquilo, en Shakespeare, en Hamlet, en Beethoven. Pero también, en Paul Celan, cuando escribe La rosa de nadie en 1963, en ese dolor extremo se producen distancia, movimiento y, sorprendentemente, ligereza que nos trae algo de aire fresco para proseguir en la vida: en esa “Nada / fuimos, somos, seremos / floreciendo”. La poesía de Bou es una poesía que te vuelve liviano en tiempos de tanta pesadez contemporánea, una pesadez que nos hunde en el narcisismo más estúpido y nihilista.

“Aferrarse al viento con los dientes” es un acto de vida. Un acto de resistencia. Un acto de amor. Y el amor, en este libro, no es romántico: es maravillosamente tremendo (dionisíaco). Por eso es un amor que hace vivir y nos sana.

Compartir este artículo