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Alfredo Valenzuela Puelma: Una aventura lírica. Por Jorge Leal Labrin

Si la pintura chilena ha contado con notables figuras como El Mulato Gil de Castro, junto a aquellas influencias determinantes del francés Raimundo Monvoisin y del alemán Rugendas, el aporte que hace Alfredo Valenzuela Puelma a la historia de la pintura chilena no es en nada inferior y se destaca por su actitud moderna en cuanto a resolver los problemas de la pintura. Por fortuna nuestra pintura tuvo entre los suyos a una personalidad muy singular, atrevida e inquieta como la de este avezado pintor porteño nacido en 1856 quien, siendo un artista de gran rigor y oficio, no siguió la escuela tradicional, ni en el tratamiento ni en la temática. Más bien Valenzuela Puelma optó por distanciarse de las soluciones puramente académicas, dándole a su pintura definiciones más informales.

Dejando de manifiesto su rechazo a la austeridad clásica, Puelma imprime a la pintura una gama de frescura que otorga vida a sus desnudos o retratos. Su abordaje muy singular es logrado a través de un trabajo fecundo y del interés marcado que tiene por las nuevas corrientes y movimientos europeos. Se dice de este pintor que fue un observador agudo del Arte del Oriente, de todo ese exotismo peculiar, el que sin duda, atrajo mucho a los artistas franceses. Serán los variados aires de aquello que sucedía tanto en ese Antiguo Oriente como en la atrayente Europa del Siglo XIX, que invadirán el espíritu y la sensibilidad de este destacado pintor.

Su interés por el gran formato (como ¨La Perla del Mercader¨ *) vendrá de su primer viaje a Europa. Gracias a la beca que le fue otorgada por la Academia de Arte, tendrá su primera estadía en París, Francia. En aquel entonces vivir en este lugar era obligatorio para cualquier artista de ¨métier¨, y en el caso de Puelma, fue particularmente provechoso.

A su regreso a Santiago en 1885, sus inquietudes se verán acrecentadas, sobre todo desde el punto de vista teórico. Inicia apasionadas discusiones con miembros de jurados y artistas nacionales. Su vida será también más intensa desde el punto de vista de la bohemia.

Una predilección por el desnudo deja traslucir su inclinación por el Romanticismo, lo que queda de manifiesto en su obra de gran sensualidad, ¨La Ninfa de las Cerezas¨ **, donde un tratamiento muy suelto y espontáneo de la pincelada crea un ambiente de cierta tensión dramática. Este cuadro fue premiado en el Salón Madrileño y atrajo la atención de muchos pintores españoles.

Valenzuela Puelma será becado a Europa por segunda vez en 1887, por disposición del propio Presidente Balmaceda (1), quien era un ferviente admirador del artista. Este segundo período fuera de Chile será para él un momento de definiciones en relación a su pintura, en el que ciertamente tomará una postura frente a la ¨vida moderna¨. Además de ser un virtuoso pintor descubrirá su ¨vena de polemista¨.

Si existe algo que lo diferencia de otros artistas de su generación, es que Puelma fundará su imaginario a partir de la fusión de la poesía y la pintura. Esto gracias a que fue un gran lector de Emile Zola, León Tolstoi, Máximo Gorki como también del pensador libertario y anarquista Bakunin. Su interés por la literatura lo llevará a iniciarse en el ocultismo y es bien probable que haya frecuentado algunos de los grupos, lo que era común, dada la sensibilidad en Europa a partir de 1800 por indagar en mundos interiores.

Su estado emocional será otro a su regreso a Chile en 1890. Algo más impetuoso y fervoroso, apasionado por las nuevas ideas políticas y atraído por un nuevo sentimiento revolucionario, que surge a partir de la «Comuna de París». Esto le ofrecerá nuevas motivaciones sociales y, desde entonces, él ocupará gran parte de su tiempo a la polémica y a la divulgación de sus ideas. Valenzuela Puelma será ciertamente incomprendido por el ambiente cultural de la época, en gran medida conservador. Se sucederán dos hechos que van a marcar su carácter y que terminarán por afectar su salud, provocando en él un profundo abatimiento, la muerte de su amigo el presidente Balmaceda (quien se suicida en un gesto desesperado) y de su maestro en pintura, el italiano Mochi.

La variedad en este artista está en este rasgo de su personalidad, un poco Dandi y amante de la aventura, que lo hace poseedor de un encanto y de un elemento justo y sensible; él se permite tratar de una manera distinta el cuerpo femenino. Este artista de ninfas y quimeras, de pinceladas que provocan la ilusión (esta fantasía necesaria que aumenta el misterio de las pieles nacaradas), es diestro en crear esa impresión de distracción que sugieren sus mujeres desnudas; lo que da cuenta de su frenesí y pasión por ellas.

Queda claro que la sensualidad está presente en cada cuadro de Valenzuela Puelma. Lo que nos hace pensar en su contemporáneo francés Augusto Renoir, por esa afinidad en el tratamiento de los cuerpos que exhalan la fragancia de la carne, viva y lozana, casi transparente. En ambos artistas, las siluetas se marcan en curvas y juegan armoniosamente en un ritmo que expresa la alegría de vivir. Tal vez, es aquello lo que hace que Valenzuela Puelma fije su atención en el Impresionismo. Sin aplicar al pie de la letra la manera impresionista, se deja seducir sin embargo por esa instantaneidad con la que se pinta la realidad exterior.

Es evidente que Puelma no sigue el Impresionismo, ya que en su pintura encontramos una preeminencia del sujeto, y no prima en él una preocupación meramente cromática, ni la intención de captar la fugacidad de la luz y el color. Las afinidades con la época serán otras. Tienen que ver más con la manera de vivir. En este sentido es fuertemente posible que por la complicidad temática, haya visto la pintura de Gustave Moreau (2), la cual, a través de sus famosas ninfas, nos evoca esos misterios en que participa el ¨espíritu de la naturaleza¨; algo común que ha estado siempre vivo y latente en la personalidad de nuestro artista nacional que profundizó en esos secretos que alimentaron su sensibilidad y su enorme pasión; la misma que terminará por minar su frágil equilibrio emocional, el que se verá dañado progresivamente al final de su vida.

Este hombre considerado por muchos excéntrico, culto y muy elegante, recorría la vida cultural de Santiago, donde hacía amigos y enemigos; estos últimos contribuyeron a aumentar notoriamente en él un fuerte delirio de persecución. Eran también las críticas de una sociedad muy conservadora, extremadamente moralista, que se sentía provocada por las ideas de Puelma, quien lograba posicionar el desnudo como encantamiento superior de la belleza, una temática nueva para la pintura chilena.

La muerte lo sorprendió fuera de Chile, en el hospital psiquiátrico de Villejuif (París), sintiéndose abandonado, sin sus amigos, su mujer y sus hijos, solitario... su mente ya apagada, sin ese encanto y esa lucidez que lo caracterizaban. Alfredo Valenzuela Puelma fallece un 27 de octubre de 1909, dejando con su obra un valioso legado que se encuentra en el Museo de Bellas Artes y en diversas colecciones privadas. Su pintura exhala sensibilidad y frescura en el corazón de aquellos que contemplan su arte.

*Obra presentada en el Salón de París en 1885 y elogiada por el jurado Hoy parte de las colecciones de pintura chilena del Museo de Bellas Artes

**Hoy parte de las colecciones de pintura chilena del Museo de Bellas Artes

(1) Balmaceda (1840-1891) : Presidente de Chile desde 1886 hasta su suicidio en 1891

(2) Gustave Moreau: 1826-1898 Pintor simbolista francés.

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