Chile envejece a un ritmo implacable: más de 300 mil personas viven hoy con demencia y, de no mediar cambios profundos, esta cifra podría duplicarse hacia 2050. Nuestro sistema de salud, ya desbordado por la demanda actual, difícilmente podrá responder a lo que viene. En este contexto, los avances biomédicos y psicológicos no son un lujo académico, sino una urgencia de salud pública que exige respuestas integrales y oportunas.
En la última década, el desarrollo de biomarcadores ha transformado de manera radical la forma en que comprendemos y diagnosticamos la enfermedad de Alzheimer (EA). Innovaciones como la imagen retiniana —un método no invasivo, accesible y en expansión— permiten detectar alteraciones biológicas incluso en fases preclínicas, mucho antes de que los síntomas cognitivos se manifiesten de manera evidente (3).
Estos avances ofrecen una promesa innegable: identificar tempranamente a quienes están en riesgo, abrir la puerta a intervenciones preventivas y facilitar la investigación clínica de nuevas terapias. Sin embargo, junto con este progreso emerge un vacío preocupante en la dimensión psicológica: ¿está la psicología avanzando al mismo ritmo para acompañar el impacto emocional y social que conlleva recibir estos hallazgos?
La evidencia disponible muestra un panorama ambivalente. Para algunos pacientes, conocer resultados positivos en biomarcadores trae consigo una validación de síntomas incipientes y la posibilidad de planificar la vida con mayor claridad. Werner et al. (1) encontraron que el diagnóstico temprano puede disminuir la ansiedad derivada de la incertidumbre, al dar nombre y explicación a experiencias de deterioro percibido.
No obstante, para otros, la noticia genera ansiedad anticipatoria, temor a la dependencia futura e incluso síntomas depresivos leves. Grill et al. (2) documentaron que la revelación de biomarcadores asociados a riesgo de Alzheimer puede intensificar la angustia, especialmente en ausencia de un acompañamiento psicológico adecuado. Este efecto se agrava por la dificultad de explicar que la presencia de un biomarcador no implica necesariamente un destino inevitable, sino un incremento probabilístico.
En el plano positivo, la comunicación de resultados puede incentivar cambios conductuales saludables y decisiones anticipadas en lo personal, familiar y financiero. Robillard et al. (4) han demostrado que la entrega de información sobre biomarcadores puede tener efectos mixtos: desde promover conductas preventivas hasta generar vulnerabilidad emocional si no está acompañada de apoyo psicológico.
El reto, entonces, es doble. Por un lado, la neurociencia y la biomedicina avanzan hacia la sofisticación y validación de marcadores cada vez más precisos. Por otro, la psicología parece moverse a un ritmo más lento en la generación de protocolos sistemáticos de consejería, acompañamiento y cuidado emocional para quienes reciben resultados. Si este desfase persiste, corremos el riesgo de que los biomarcadores, en lugar de ser una herramienta de empoderamiento, se conviertan en una fuente de angustia innecesaria y de estigmatización interna.
La Alzheimer’s Association ha señalado la necesidad de integrar la comunicación de biomarcadores en un modelo de atención integral, que contemple tanto la dimensión médica como el soporte psicológico (3). El desafío para la psicología es acelerar el desarrollo de marcos teóricos y prácticos que permitan responder a esta urgencia, incorporando investigación aplicada, formación clínica y políticas públicas sensibles al impacto emocional de la ciencia.
En definitiva, si la retina está revelando los primeros signos biológicos de la enfermedad, la psicología debe ser capaz de ofrecer una mirada igualmente temprana sobre el bienestar emocional, asegurando que cada nuevo hallazgo biomédico venga acompañado de cuidado humano. Solo así podremos garantizar que el progreso científico no se traduzca en nuevas formas de vulnerabilidad, sino en un horizonte más digno y esperanzador para los pacientes y sus familias.
Referencias
1. Werner P, Goldstein D, Karpas DS, Chan L, Lai C. Help-seeking for dementia: a systematic review of the literature. Alzheimer Dis Assoc Disord. 2014;28(4):299–310. doi:10.1097/WAD.0000000000000065. Disponible en: https://doi.org/10.1097/WAD.0000000000000065
2. Grill JD, Apostolova LG, Bullain S, Burns JM, Cox CG, Dickerson B, et al. Communicating mild cognitive impairment diagnoses with and without amyloid imaging. Alzheimers Res Ther. 2017;9(1):35. doi:10.1186/s13195-017-0261-y. Disponible en: https://doi.org/10.1186/s13195-017-0261-y
3. Snyder PJ, Alber J, Alt C, Bain LJ, Bouma BE, Bouwman FH, et al. Retinal imaging in Alzheimer’s and neurodegenerative diseases. Alzheimers Dement. 2021;17(1):103–11. doi:10.1002/alz.12179. Disponible en: https://doi.org/10.1002/alz.12179
4. Robillard JM, Lee LM, Lu K, Song L, Cole A, Illes J. Impact of disclosing Alzheimer’s disease biomarker results on healthy adults at risk: findings from a mixed-methods study. Alzheimers Dement Transl Res Clin Interv. 2024;10(1):e12483. doi:10.1002/trc2.12483. Disponible en: https://doi.org/10.1002/trc2.12483 ‘
Roberto Polanco-Carrasco
Editor científico
Cuadernos de Neuropsicología - Panamerican Journal of Neuropsychology
