Este libro de Dauno Tótoro Navarro, Manuel Castillo Lagos, y Roberto Ortiz Leal, con ilustraciones de Carlos Henríquez Sepúlveda, se configura como un recorrido oscuro y descarnado por los inicios de la historia republicana chilena, donde crimen, violencia y exclusión aparecen no como anomalías, sino como parte constitutiva del proceso histórico.
Desde la contratapa, la idea de los “Malditos y condenados”, deja resonando el “Amalditados”, que funciona como un hilo conductor que atraviesa todos los relatos. No se trata solo de criminales en el sentido jurídico, sino de sujetos atrapados por circunstancias sociales, políticas y culturales que los empujan a la violencia o los convierten en chivos expiatorios de un orden profundamente desigual. El recurso de anteceder cada historia con citas de la prensa de la época —principalmente del diario El Ferrocarril— refuerza esa lectura: la prensa no solo informa, sino que construye climas morales, legitima castigos y revela prejuicios. En el primer relato, la cita es del archivo judicial de Linares, y esa referencia dialoga directamente con los hechos narrados. En el resto de las historias, las referencias funcionan como un telón de fondo que sitúa al lector en una mentalidad decimonónica marcada por el racismo, el machismo y la violencia institucional.
Cabe señalar que el tono y los mensajes de cada uno de los relatos, se ven reforzados no solo por las mencionadas citas de El Ferrocarril, sino también por las excelentes ilustraciones de Carlos Henríquez Sepúlveda.
“El descenso a la maldición de Cruz Quilodrán” abre el volumen con una inmersión brutal en los albores de la república, en este caso Linares. Se relatan las acciones de montoneras de alzados realistas (la más conocida de ella, la de los hermanos Pincheira), mostrando las alianzas de esos grupos con algunos pueblos originarios, aprovechando las disputas entre pehuenches, huilliches y ranqueles. Muestra un mundo de violencia, con ataques a pueblos, asesinatos de autoridades, violaciones, supervivencia en base al saqueo, “sálvese quien pueda” y justicia por mano propia.
“La zozobra del Pinto” traslada esa sensación de fatalidad al mar. El Presidente Pinto es presentado como un barco maldito desde su origen, condenado a la desdicha. Motines, asesinatos, desapariciones y fugas van erosionando el ánimo de la tripulación, mientras el océano se convierte en un espacio de amenaza constante. El relato dialoga con la tradición del navío condenado, pero anclado en una sensibilidad local y en la crudeza del trabajo marítimo del siglo XIX.
En “Duqueco 1882”, la violencia se desplaza al espacio rural y fronterizo. Belarmino y sus hermanos, perseguidos tras un asesinato en Los Ángeles, encarnan la figura del bandolero que huye, sin que el texto entregue certezas absolutas sobre su culpabilidad. Esa ambigüedad atraviesa varios relatos del libro, reforzando la idea de que la verdad judicial suele ser fragmentaria y sesgada.
“Cazadores de última esperanza” expone de manera frontal el racismo estructural de la época. A través del diálogo entre un capitán y un procurador, se revela cómo la persecución de indígenas responde más a órdenes políticas que a una investigación real. El capitán culpa al procurador de mano blanda con los indios, en particular algunos que supuestamente habrían atacado la casa de Antonio Teigelacke (existe evidencia de un caso real de un colono alemán con ese nombre), quien permaneció desparecido por un tiempo y luego fue encontrado muerto en un rio. Los tres indígenas detenidos, incapaces de defenderse por no hablar español, simbolizan la indefensión absoluta frente a un Estado que ya ha decidido a sus culpables. La historia resuena con fuerza al mostrar cómo la violencia institucional se justifica en nombre del orden. “Matrimonio en Caldera”, construido casi íntegramente a partir de diálogos, adopta la forma de una escaleta teatral para narrar un secuestro y una violación. La crudeza del tema se ve reforzada por la frialdad del formato, donde la violencia contra Rufina Ahumada se normaliza a través del discurso de su agresor, que anuncia su supuesto futuro matrimonio con la víctima, a modo de coartada social, mientras pasea de un lado a otro con su hermano y con la joven.
“Criminal 12” funciona como un golpe seco: un cuento breve que revela un crimen intrafamiliar motivado por la infidelidad, sin concesiones ni explicaciones morales, subrayando la sordidez del acto.
En “Afrenta pública”, el foco se desplaza del crimen al debate social que lo rodea. Joaquín Carbacho es un celópata que asesina a su esposa, Francisca Valenzuela, pero el interés del relato está más centrado en cómo la prensa (el periódico El Ferrocarril) y la opinión pública —incluidos intelectuales y figuras políticas, como Benjamín Vicuña Mackenna— tienden a justificar al asesino, en base a las infundadas sospechas de infidelidad. El machismo estructural queda expuesto en las defensas públicas de Carbacho.
“Little Jimmy” introduce la figura del delincuente extranjero. James Miller, personaje histórico real, que es retratado como un criminal ingenioso y brutal, cuyas aparatosas fugas —incluida la automutilación— evidencian tanto su desesperación como las falencias del sistema carcelario. Su condición de herrero, que le permite abrir cerraduras, es un detalle que refuerza el tono casi legendario del relato.
“El último custodio” ofrece una mirada desde el lado indígena en el avance de la frontera hacia La Araucanía. El cacique, testigo y actor de la violencia, comprende finalmente que ha sido instrumentalizado por los bandos winka en pugna. La frase “nosotros no ganamos nada” sintetiza el despojo y la inutilidad de la violencia para quienes quedan fuera del proyecto republicano.
“El preso y el mar” adopta un tono introspectivo. El relato sigue el día a día de un condenado a muerte, con una atención minuciosa a sus rutinas, visitas y pensamientos, hasta revelar al final que se trata de un personaje histórico, reforzando el cruce constante entre ficción y documentación. “El trapiche” denuncia la explotación minera en el Chile post independencia. Un grupo de ingleses vinculados a una empresa minera de ese país, visitan una zona minera, y se sumergen en el mundo de la explotación inhumana de los pirquineros, sometidos a condiciones de semi esclavitud en complicidad de sus patrones con la justicia. Un grupo de estos hombres explotados deciden poner término a ese estado de cosas. El relato pone en cuestión la idea de progreso asociada a la minería.
“Kayarka” funciona como una coda dolorosa de “Cazadores de última esperanza”. El indígena liberado tras años de cárcel regresa a un territorio vacío: su tribu ha desaparecido. La violencia aquí no es espectacular, sino silenciosa y definitiva.
“Dubois” recupera la figura de Emilio Dubois Morales, personaje real y criminal notorio de inicios del siglo XX, cuya inclusión rompe levemente el marco temporal (el resto de las historias son del siglo XIX como indica el título del libro), pero refuerza la continuidad de ciertos patrones: crimen, espectacularidad mediática y condena pública.
Finalmente, la “Semblanza de Federico Acuña” cierra el libro con la figura del bandido convertido en leyenda. Su supuesto aprendizaje de “magias” entre los indígenas durante una permanencia con ellos en el sur, contribuye al mito. Su frase final —“Todos son hijos de esta patria que tan mal nos pare, y que tan mal fue parida”— funciona como una síntesis amarga del volumen: una patria violenta, excluyente y mal parida, que engendra a sus propios amalditados.
En conjunto, el libro no busca redimir a sus personajes, sino comprenderlos como productos de su tiempo. El libro construye una galería de figuras marginales que, más que excepciones, revelan las grietas fundacionales de la sociedad chilena del siglo XIX. Unas grietas de delitos, crímenes, y respuestas autoritarias de violencia institucional, que continuamos viviendo en el siglo XXI, como bien lo prueban la existencia de más de una docena de organizaciones criminales operando en Chile, y el casi medio millar de víctimas de trauma ocular por la represión policial de los años 2019 y 2020, que en lugar de dirigirse hacia a esas bandas, castigó a las y los ciudadanos que se manifestaban en las calles.
Amalditados. Narraciones criminales del siglo XIX.
Dauno Tótoro Navarro, Manuel Castillo Lagos, y Roberto Ortiz Leal.
Ilustraciones de Carlos Henríquez Sepúlveda
CEIBO ediciones. 2025
206 páginas.
