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«América en peligro»: los desafíos de la democracia. Por Lucia Picarella y Alex Ibarra

«América en peligro» es una frase que retomamos de Francisco Bilbao. Esta frase contiene un diagnóstico de la situación, pero también constituye un llamado de alerta frente a esos ataques permanentes del poder hacia los ciudadanos, sobre todo a las clases más subalternizadas. No es un misterio la violencia que sufren aquellas personas abusadas por las clases privilegiadas protegidas por las fuerzas armadas que custodian estos intereses.

Las poblaciones americanas, como tantas veces se encuentran atacadas por el poder de las clases privilegiadas que han procurado una relevante militarización. En los últimos meses hemos visto la violencia racial en los Estados Unidos; en Colombia la violencia del Estado no ha disimulado su brutalidad; apenas hace unos días en Buenos Aires la policía bonaerense hizo un acto radical de violencia rodeando la residencia presidencial de Olivos, enviando una señal política de amenaza a la representación de la democracia popular; sobre la violencia ejercida al movimiento social chileno del 11 de octubre del año pasado las imágenes y testimonios han dado la vuelta al mundo llegándose a la gravedad del «toque de queda», además de la militarización del Walmapu por los gobiernos de las posdictadura; en Bolivia aún siguen en ejercicio del poder aquellos que dudosamente se instalaron iniciando una persecusión política a los líderes anteriores. Hoy 11 de septiembre se cumplen 50 años de una de las acciones más violentas en contra de la democracia: el golpe de Estado al gobierno popular en Chile.

Las fuerzas políticas e ideológicas que atentan contra la igualdad no cesan, de ahí que tengamos que seguir insistiendo en que no podemos dejar de estar unidos, a pesar del obligado confinamiento, nuestra gran fortaleza es la unidad. Son tiempos en que el apoyo solidario transnacional debe quedar manifiesto para seguir soñando en la reconstrucción de nuestras sociedades que anhelan mayor justicia social. La reconstrucción de nuestros movimientos sociales no puede ser vencida en época de confinamiento pandémico, el pensar colectivo debe seguir su primavera donándonos sus brotes que renuevan la utopía. El profundo proceso de redefinición de los pilares del modelo liberal-representativo, cuya crisis se puede sintetizar en la disyunción entre institucionalidad y sociedad civil, acentúa la importancia de estimular la acción colectiva. Evidentemente, para que este pensar plural pueda reflorecer, necesitamos hoy más que nunca de una ciudadanía consciente y activa.

Frente al estallido de la violencia y a las degeneraciones autoritarias, se vuelve necesaria la reflexión sobre la legitimidad de la resistencia a los abusos y excesos del poder. Desde el famoso Sic semper tyrannis, pronunciado en nombre y en defensa de la República de Roma, nos hemos enfrentado con la sutil línea que separa las palabras, flexibles y matizadas, propias del vocabulario político. Pero, bien es cierto, el pensamiento político clásico fundamenta la teorización del derecho de resistencia en un principio muy claro y mucho más profundo, es decir, la resistencia como un mecanismo ‘antibiótico’ frente a la opresión, pero, simultáneamente, funcional a la recomposición de un equilibrio, sino el riesgo es caer en otra forma de opresión.

En el momento en que se utiliza el poder para erosionar las libertades junto a los derechos, la igualdad, la justicia, el bien común y el interés del pueblo, este mismo poder se despoja de cada vinculo, volviéndose indebido. A este poder hay que resistir, oponiendo al abuso la construcción de un nuevo poder, anclado a la reconstrucción de un nuevo pacto social, al cual, por supuesto, se somete. Sin dudas, la fractura registrada entre dimensión procedimental y dimensión sustancial, ha destacado la presencia de democracias ‘mínimas’, es decir incapaces de brindar respuestas a las nuevas demandas sociales y asfixiadas en su tradicional articulación política e institucional. De hecho, la fatal fusión entre degeneraciones de nivel institucional - como las dinámicas de personalización de la política y de hiperpresidencialismo, la verticalización de la colegialidad y las tendencias de presidencialización, la superposición entre justicia politizada y política judicializada, la corrupción-, con las desviaciones del ámbito político - cuales apatía, crisis de la ideología y deslegitimación de los partidos políticos, fragmentación y extrema polarización, adoctrinamientos y bajos niveles de participación ciudadana -, y, por fin, con las problemáticas estructurales y sistémicas -como amplias tijeras en términos de pobreza y desigualdad social, marginalización y exclusión, contextos violentos, explotaciones medioambientales-, el todo mezclado, además, con la eliminación del pensamiento crítico y alternativo en favor de la homologación uniformante, hija de las aclamadas teorías capitalistas de la globalización cultural-económica, han puesto en jaque nuestros sistemas políticos, desatando el estallido participativo que se tomó las calles latinoamericanas (y no solo) a final del año pasado.

Este destello, impulsado por estagnación económica y desigualdades sociales, alimentado por la deslegitimación de los tradicionales canales político-institucionales silentes en términos de respuestas contundentes a las necesidades colectivas de sociedades cada vez más heterogéneas, ha subrayado las disfuncionalidades del circuito democrático, y, justamente, la necesidad de nuevas modalidades de acción, capaces de avivar la delicada correlación entre participación, representación, conflicto, ampliación democrática. Si consideramos la democracia como reivindicación efectiva de participación, elemento este último que conforma uno de los pilares del ideal democrático, se puede afirmar que la reactivación que la dinámica circular necesita, in primis, un enfoque sobre el funcionamiento de la relación representación/participación, y, luego, una armonización de esta relación a nivel nacional, subnacional y supraestatal. Por lo tanto, de manera más sencilla, el problema principal se destaca en la dificultad de canalizar la voz de los ciudadanos en acciones políticas e institucionales, capaces de colocar en la base de los sistemas políticos un principio de ciudadanía activo.

El logro de este objetivo, tendiente evidentemente a una reorganización de la arquitectura democrática que sea real expresión de la voluntad general, basada sobre una necesaria ampliación de la participación, se conecta tanto al reconocimiento de la acción popular por parte de la institucionalidad, así como a la re-educación de la ciudadanía a la participación democrática, y, por fin, a la predisposición por parte del Estado de oportunos mecanismos para el crecimiento de los niveles de sofisticación política y de participación responsable.

Sin embargo, el comienzo de la pandemia ha parado este momento de efervescencia transformadora, contribuyendo a la inversa a exacerbar las disfunciones multifactoriales en precedencia mencionadas, pero, simultáneamente, ha destacado la urgencia de repensarnos y renacer: la piedra millar de este repensarnos será representada por la creación de un nuevo humanismo, reto del ‘renacimiento’ de las democracias. Para tal fin, será vital el florecer de una fuerte resistencia democrática, ya que inteligencia colectiva, solidaridad e inclusión potencian el camino de resiliencia y de activismo. En una visión radical-subalterna, la reconstrucción del paradigma democrático radica en el prerrequisito de la apertura como elemento cardinal de la democracia. En este sentido, será nuclear la acción de las fuerzas sociales, porque se necesita seguir democratizando la sociedad a través de una incesante acción de socialización de la resiliencia y de radicalización de los valores.

La acción colectiva, será necesaria para la afirmación de la justicia social-ambiental, para retomar solidaridad, para intercambiar conocimientos y experiencias, para fundamentar el diálogo, para abrir nuevos espacios de decisión democrática, ya que frente a la insuficiencia del Estado y del mercado, los movimientos sociales son los únicos capaces de implementar resiliencia mediante la solidaridad, recreando y multiplicando ligámenes sociales, además, de construir esferas públicas alternativas, elaborando propuestas que a la teoría juntan la experiencia de los ciudadanos. La recomposición de la acción ciudadana, permitiría contrarrestar los riesgos de una instrumentalización de la crisis que estamos viviendo, pero, el humus que permitirá empujar hacia una forma de constante democratización y de empowerment bottom-up, es representado de manera incontestable por la educación. Evidentemente, mayores condiciones de libertad, de inclusión, de igualdad no se pueden alcanzar sin la participación de una ciudadanía consciente, ya que justamente la resistencia social deberá plasmar los elementos del nuevo pacto, y sustentará esta resistencia propiamente la educación, que será el pegamento entre la acción social y la socialización de los ideales del cambio.

Lucia Picarella.
Dra. en Teoría de las Instituciones políticas comparadas.

Alex Ibarra Peña.
Dr en Estudios Americanos.

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