Una noche de julio, en las calles arboladas de Vitacura, un hombre persiguió con su camioneta a un grupo de nueve adolescentes, de entre 14 y 15 años, que jugaban a tocar el timbre y salir corriendo. No fue una discusión que se le fue de las manos: según la querella presentada por doce apoderados, el hombre, gerente general de la empresa Restomarket y exreservista del Ejército— alcanzó a los menores, golpeó a varios de ellos, y obligó por la fuerza a siete a subir a su camioneta, donde los mantuvo cerca de cuarenta minutos amenazándolos de muerte con una pistola. Los propios familiares, en su testimonio a T13, describieron lo ocurrido como una verdadera "cacería": una madre relató que el hombre amenazó con llevarlos a una carretera cercana para conducir a 200 kilómetros por hora hasta que cayeran del vehículo y se “reventaran la cabeza”. Hoy Arrieta permanece en prisión preventiva, formalizado por sustracción de menores, lesiones y amenazas. La causa que lo motivó fue el "rin raja", esa travesura tanto o más antigua que el propio agresor.
Cuesta entender cómo una persona con estudios, viviendo en una de las comunas de mayores ingresos del país, pudo reaccionar así frente a un juego de niños. Y sin embargo el caso, con todo lo perturbador que resulta, sirve para desmitificar algo de partida: la violencia no habita únicamente en los sectores más deprivados, social, económica o culturalmente, de Chile. Nunca ha sido así. En mi época de estudiante de psicología participé en un estudio sobre maltrato infantil en colegios de Santiago —particulares, subvencionados y públicos—, y los resultados no dejaban de sorprender. El maltrato físico proveniente de figuras parentales era, en efecto, más frecuente en las clases media-baja y baja; pero en las clases media-alta, alta y muy alta, la violencia psicológica igualaba y a veces superaba los niveles de maltrato de los estratos más pobres. Hay algo que deberíamos recordar cada vez que hablamos de violencia: la pobreza puede ser un contexto de riesgo, pero no es una explicación moral de la violencia. La violencia cambia de rostro según la clase social, pero no de domicilio.
El segundo mito por desarmar es que la violencia sería una novedad. No lo es a nivel social, familiar, histórico y simbólico, la violencia ha sido una compañera persistente de nuestra historia, materia suficiente para más de una tesis de doctorado. La pregunta pertinente, entonces, no es si hay violencia, sino qué está pasando ahora con ella.
Mi impresión es la siguiente. Antes la violencia aparecía asociada, casi por reflejo, a la delincuencia, al consumo de drogas, al alcoholismo. Tenía un rostro que creíamos reconocer. Hoy ese rostro se ha vuelto indistinguible, y peligrosamente cotidiano: acontece sin mucha sorpresa ni espanto por parte de quienes la ejercen, la sufren o la observan. Ya no son solo los "delincuentes", los "adictos" o los "desalmados" quienes cometen actos de violencia. Son personas comunes y corrientes, muchas de ellas de buen nivel educacional, cultural o económico.
Es el empresario de Vitacura. Es el gerente comercial chileno, quien en un vuelo de Latam entre São Paulo y Fráncfort insultó a un tripulante de cabina brasileño llamándolo "mono", imitando los gestos de un simio y sumando injurias racistas y homofóbicas, hasta terminar detenido por la justicia brasileña. Es la niña de trece años que apuñaló nueve veces, en el baño de una escuela de La Granja, a una compañera de siete años de nacionalidad dominicana. Son los alumnos del colegio Saint George que fabricaron con inteligencia artificial imágenes desnudas de siete de sus compañeras y las hicieron circular. Es la influencer que filma a su perro comiendo wasabi para entretener a sus seguidores, indiferente al malestar evidente del animal. Son los asesores del Partido Nacional Libertario (PNL) que hicieron chistes sobre abuso sexual, pedofilia y niños con autismo en una celebración privada, una mezcla de elementos tan repulsivos que cuesta creer que puedan ser objeto de risa. Son los niveles crecientes de acoso escolar en colegios de todas las clases sociales. Son los roces cotidianos en calles saturadas de ciclistas y automóviles, o los empujones e insultos del metro en hora punta. Es, también, una industria televisiva que convierte la violencia en espectáculo de rating, sin cuestionamiento crítico, sin altura de miras, sin propuesta integradora alguna.
Es cierto que la televisión está para informar. Pero también es cierto que los contenidos que hoy exhiben los noticiarios son tan sostenidamente negativos que la investigación lo confirma: un estudio clásico de los psicólogos Wendy Johnston y Graham Davey, publicado en el British Journal of Psychology en 1997, mostró que quienes veían un boletín de noticias editado para acentuar su contenido negativo experimentaban un aumento medible de ansiedad y tristeza, y una mayor tendencia a catastrofizar sus propias preocupaciones personales. Y el cuerpo no queda al margen de ese malestar: el estrés sostenido eleva el cortisol, y el cortisol, en niveles altos y prolongados, puede debilitar la capacidad del sistema inmunológico. La violencia, cuando se vuelve paisaje, no solo deja de indignarnos: nos enferma un poco, cada día, sin que lo notemos.
En el año 2001, la artista mexicana Teresa Margolles realizó una de las instalaciones más perturbadoras del arte contemporáneo latinoamericano. Se titulaba Vaporización. El visitante ingresaba a una sala tomada por una densa niebla, un vapor tibio que se colaba en la piel y en los pulmones con cada respiración. Solo después, o quizá nunca, descubría el origen de esa bruma: el agua evaporada era la misma que se había usado para lavar cadáveres en la morgue, muchos de ellos víctimas de la violencia. Margolles no inventaba esa realidad: desde 1990 trabajó como voluntaria en una casa de post mortem en Ciudad de México, donde veía a diario cadáveres —en su mayoría anónimos, víctimas de crímenes violentos— y, años más tarde, cuando la violencia arreció en el espacio público, comenzó a recoger en las calles los materiales con los que antes trabajaba en la morgue. Marcada por esa realidad, construyó una experiencia tan abyecta como conmovedora. La violencia se disipaba allí como una niebla que lo cubre todo y a todos, y que respiramos sin advertirlo.
Cuando conocí esa obra, hace ya varios años, jamás pensé que aquella realidad —la de una de las ciudades más violentas del mundo— pudiera aterrizar también en Chile. Y sin embargo lo hizo, de la mano de factores más complejos y entrelazados que el solo crimen organizado, que ha impuesto entre nosotros una estética de la muerte hasta hace poco desconocida: cuerpos degollados, secuestros, personas enterradas vivas o quemadas. Nadie podría decir que esto no es parte del problema. Pero tampoco es el problema. Es su síntoma más espectacular, no su raíz.
Freud sostenía que el ser humano debe hacer frente a dos fuerzas fundamentales: Eros —la pulsión de vida, que incluye la sexualidad— y la pulsión de muerte, que se vuelca hacia afuera como agresión y destrucción. En El malestar en la cultura nos dice algo incómodo: lo que llamamos progreso —social, moral, económico— no es el resultado de habernos vuelto seres más racionales, más conscientes o más integrados con las necesidades del otro. La cultura es, ante todo, el resultado de perfeccionar nuestros mecanismos de represión de lo instintivo y lo pulsional. Y cuando esos mecanismos se aflojan, lo reprimido regresa. ¿Qué está pasando, entonces, en el mundo? ¿Cómo hemos llegado a mirar la violencia, la destrucción, incluso el genocidio que una comisión independiente de Naciones Unidas concluyó en 2025 que se ha cometido contra la población palestina de Gaza —una calificación que Israel rechaza, pero que también ha hecho suya la Corte Internacional de Justicia al ordenar medidas cautelares en el proceso abierto por Sudáfrica— con una mezcla de pasmo y resignación, impensable para quienes creíamos consolidada una arquitectura mundial de derechos humanos? Es como si alguien hubiera soltado a todos los demonios, reales e imaginarios, y les hubiera dado carta blanca para corromper, confundir, sobornar, embaucar y fomentar la violencia desde una pérdida total del sentido común. Y no son solo los outsiders morales de la sociedad: son quienes gobiernan, quienes dirigen empresas, quienes conducen un vehículo, quienes tienen a su cuidado a niños desprotegidos, quienes ejercen el oficio de la fe, la salud o la educación.
En octubre de 1981, en medio de una de las mayores crisis sociales de la Gran Bretaña de Thatcher, Queen y David Bowie dejaron para la historia una canción: Under Pressure. Mercury y Bowie repiten la palabra "amor" como un ruego, y luego llega un verso en el clímax del tema: el amor, cantan, por qué se ha vuelto una palabra pasada de moda!? — y sin embargo todavía nos desafía a preocuparnos por quienes están al borde de la noche, a cambiar nuestra manera de cuidarnos a nosotros mismos…Y luego nos preguntan: ¿Podemos darle al amor una oportunidad más? La canción tiene algo casi desesperado. Como si preguntar por el amor fuera ya una forma de resistencia social o cultural.
Cuarenta y cinco años después, creo que vale la pena volver a formular la pregunta. ¿Es el amor una palabra pasada de moda? Viendo el contexto nacional y mundial, por momentos pareciera que sí. Si en algún momento el amor fue tema de la religión, de la música, de las artes y de los poetas, ¿cómo es que no aprendimos de ellos que el amor no era una cuestión de ideales, sino algo fundamental de la existencia misma? Eugen Fink, fenomenólogo cercano a Heidegger, ubicó el Eros entre los cinco fenómenos fundamentales de la existencia humana, junto al trabajo, el dominio, el juego y la muerte. Para Fink, el eros no es simplemente una emoción privada que ocurre entre dos individuos. Forma parte de las experiencias fundamentales mediante las cuales el ser humano se relaciona con el mundo, con los otros y con su propia condición mortal. El amor nos saca de la clausura de nosotros mismos. Nos obliga a reconocer que nuestra existencia no se basta a sí misma. El otro aparece. Y el otro importa.
¿Cómo hemos creado una cultura que manosea y desangra la palabra "amor" hasta convertirla en un sinsentido? ¿Cómo puede ser que sepamos tan poco del amor, que reflexionemos tan poco sobre él en nuestra vida de pareja, de familia, en nuestros colegios y universidades? Porque el amor puede significar muchas cosas y desplegarse en dominios amplios, pero también muy concretos, y conviene no dejarlo circular solo en la esfera idealizada y romantizada de la pareja.
Rollo May, en su libro Love and Will, distinguía cuatro formas del amor heredadas de la tradición occidental. Está el sexo, el deseo físico que empuja hacia el otro cuerpo. Está el eros, que para May no se agota en lo sexual: es el impulso que busca una unión duradera con la persona amada y que, con el tiempo, se profundiza en un cuidado psicológico del otro. Está la philia, la amistad, esa intimidad no sexual en la que basta con descansar en la presencia del otro, sin exigirle nada más que su compañía. Y está el ágape, quizás el más exigente de los cuatro: la estima por el otro, la preocupación por su bienestar más allá de cualquier ganancia que podamos obtener de ello, un amor desinteresado. Reducir el amor a uno solo de estos registros —casi siempre el romántico— es empobrecerlo, y quizás también empobrecernos.
El arte de amar, de Erich Fromm, se transformó en un superventas precisamente porque sostenía que amar no es un don que se posee, sino un arte que se practica. El amor, en Fromm, no es una emoción que simplemente nos sucede. Es un arte. Y como todo arte, necesita aprendizaje. Necesita práctica. Necesita disciplina. Quizás por eso el amor puede ser una categoría política mucho más seria de lo que estamos acostumbrados a pensar. Porque una sociedad que no aprende a cuidar, respetar, conocer y responder por los demás tiene enormes dificultades para producir convivencia.
Y El Principito, de Saint-Exupéry, lleva la pregunta del amor a su forma más desnuda: la del vínculo, la de aquello que domesticamos y por lo que nos volvemos responsables para siempre del otro. La importancia del lazo, en definitiva.
En este punto, le propongo al lector de esta columna un ejercicio: que piense cuándo fue la última vez que reflexionó sobre el sentido del amor en su vida cotidiana, sin sentir que hablar de ello era "cursi", "innecesario", “naif” o "pueril". En mi experiencia de psicólogo he visto muchas veces a parejas que optan por la separación, paradójicamente, no por falta de amor, sino porque sus formas expresivas —sus caminos, sus lenguajes— parecen no coincidir, o porque no logran entender el amor del otro, desde la perspectiva del otro.
En Chile existe, desde hace más de una década, un marco legal que obliga a los colegios a contar con un Plan de Sexualidad, Afectividad y Género. Sobre el papel, la palabra "afectividad" está ahí. Pero quienes han revisado esos planes coinciden en algo: su centro de gravedad sigue siendo biológico y preventivo —la prevención del embarazo adolescente, de las infecciones de transmisión sexual, del abuso—, y rara vez se convierte en una verdadera reflexión sobre el amor como experiencia humana. Ni en el colegio ni en la universidad —ni siquiera en carreras humanistas o sociales— existe algo así como una psicología o una sociología del amor. Se educa en sexualidad, es cierto. Pero nadie educa en amor, como si ambas fueran esferas separadas de la existencia humana, cuando en realidad son inseparables: por eso quienes trabajamos en el tema prefieren hablar de sexoafectividad responsable y consciente, un término que intenta nombrar justamente lo que nuestra cultura insiste en desunir.
Cuánto podrían enriquecerse nuestras vidas, como antídoto a la violencia creciente, si comprendiéramos que lo que hicieron artistas, profetas y poetas fue sostener, con el lenguaje del que disponían, la necesidad de colocar el amor como eje de la vida —humana y no humana— sobre este planeta. Y cuánto necesitamos expandir esa reflexión a la ciencia, la economía, la política, la biología y, sobre todo, a la vida de todos los días.
Cuánta falta nos hace saber que el amor tiene expresiones distintas, y que nuestras maneras de darlo y recibirlo siguen caminos singulares, que es preciso explorar con el respeto y la dedicación con que se roza el misterio de las cosas más importantes de la existencia. Cuánta falta nos hace saber que el amor se trabaja, se cultiva y se alimenta del entendimiento, la empatía y la compasión, y que todos esos aspectos se pueden enseñar y se pueden aprender. Un físico místico diría que es por amor que las partículas, los átomos y las moléculas se unen; que hay una energía que recorre la materia y le permite tomar formas singulares, únicas, definidas, de lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño. Que el amor es aquello que impide que seamos un conjunto infinito de puntos flotando en una nada nebulosa, sin identidad, sin conciencia, sin capacidad de crear nuevos sentidos mediante la palabra.
En El Hobbit, la trilogía que Peter Jackson construyó sobre la obra de Tolkien, hay un diálogo que condensa toda una ética. Galadriel, la más sabia y luminosa de los elfos, le pregunta a Gandalf por qué escogió a Bilbo Baggins —un hobbit pequeño, ingenuo, sin fuerza ni experiencia guerrera— para una misión que parecía exigir a alguien poderoso. El mago responde, con humildad, que no lo sabe del todo; que Saruman, el más sabio de su orden, cree que solo un gran poder es capaz de mantener el mal a raya, pero que él ha aprendido otra cosa: que son los actos cotidianos de la gente corriente, los pequeños gestos de bondad y de amor, los que en verdad contienen la oscuridad. Y añade que quizás eligió a Bilbo porque él mismo tiene miedo, y el hobbit le infunde coraje.
No tengo cómo asegurar que volver a colocar el amor en el centro de la vida cotidiana vaya a disminuir los homicidios, el crimen organizado, el bullying o la violencia política. Sería ingenuo decirlo. Pero sí creo que puedo afirmar que ninguna sociedad puede sostener indefinidamente sus instituciones si los vínculos humanos se deterioran por la violencia. El amor no reemplaza la justicia. No reemplaza la política. No reemplaza la educación. No reemplaza la seguridad. No reemplaza las leyes. Pero quizás existe una relación más íntima entre todas ellas de lo que hemos querido reconocer. Porque una ley sin respeto puede convertirse en mera coerción. Una educación sin vínculo puede convertirse en adiestramiento. Una política sin empatía puede convertirse en lucha por el poder. Una economía sin cuidado puede convertir a las personas en recursos. Una familia sin escucha puede transformarse en una estructura de obediencia. Y una sociedad sin amor puede terminar administrando con extraordinaria eficiencia su propia deshumanización.
Quizás necesitamos volver a tomar en serio esa palabra que hemos convertido tantas veces en cliché. Amor. No el amor edulcorado de las frases motivacionales. No el amor como sentimentalismo. No el amor como obligación de sonreír frente al sufrimiento. El amor, simple y esencialmente como la más alta expresión de la sabiduría y la finalidad última de nuestra existencia humana sobre este planeta.
Dr. Pedro J. Salinas-Quintana / @ps.pedrosalinasquintana Académico Escuela de Psicología Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM)
