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Anomalía vital. Por Marcelo Saavedra P.

Al ver una imagen recientemente publicada por la NASA de la región del universo más antigua a la que el ser humano le echa un vistazo por primera vez, no puedo más que sorprenderme y asombrarme de dos cosas: por un lado, reconocerme parte de una entidad biológica autoconsciente de su entorno y de sí misma con un extraordinario potencial para alterar en su beneficio, para bien o para mal, el espacio que la rodea. Y, por otra parte, darme cuenta de que quizás somos una anomalía del universo tan rara y ocasional que, quizás, haya más probabilidad que nuestra especie desaparezca producto de la extinción de nuestro sol, que la probabilidad que tendremos alguna vez la oportunidad de encontrarnos con otra especie autoconsciente y equivalentemente tecnológica procedente de alguna de esas galaxias que observo en esa imagen que bien la pudo haber pintado Roberto Matta en algún atelier de París.

La anomalía de la vida autoconsciente en el universo de la cual somos protagonistas inconscientes es una paradoja que porfiada pero sostenidamente está llegando al borde de nuestra puerta evolutiva. Desde la eclosión de la revolución industrial, pasando por el triunfo del capitalismo como sistema económico-productivo dominante, con distorsiones propias de cualquier historia distópica de Philip K. Dick como lo es el sistema capitalista neoliberal, del cual nuestro país es el principal estandarte gracias al legado sangriento de economistas de la escuela de Chicago; hemos involucionado desde una condición de seres humanos gregarios hacia una variedad nociva de consumidores individualistas donde las únicas leyes que se respetan son las que madre Natura impone.

Los patrones de consumo desbocado junto con una relación patológica de nuestra especie con los sistemas naturales que la cobijan, así como una concepción de “desarrollo” propia de mentes esquizoides que promueven modelos de negocios que emulan a la siniestra industria armamentista cuyos productos de uso único y efímero pero de jugosas ganancias, permea los sueños húmedos de legiones de empresarios fabriles y rentistas alrededor del planeta y también en nuestra estrecha franja vital al borde del océano. Con el agravante adicional que por estos pagos los empresarios fabriles son “ave raris” en vías de extinción en medio de especuladores, rentistas, extractivistas de poca imaginación y mercaderes de distinto pelaje.

Así como en estos parajes sudamericanos la existencia de un modelo de desarrollo, donde el ser humano y la naturaleza representen el alfa y omega de su razón de ser, es un mito como las anheladas ciudades de El Dorado o Jauja; desde nuestra esquina impensada del planeta se está mostrando al mundo una perspectiva para ordenar la vida institucional como nunca en la historia de este paisito se había hecho antes en materia de la relación tortuosa entre nuestra especie provinciana y la naturaleza que nos cobija.

La propuesta constitucional que será sometida a votación popular en pocas semanas más aborda de una manera inédita, imaginativa y cargada de esperanza un nuevo pacto entre el Homo chilensis y la pródiga naturaleza que lo acoge. En 93 normas constitucionales y 16 normas transitorias la propuesta evacuada por la convención constitucional invita a dar un salto copernicano de los chilenos y chilenas, así como los miembros de pueblos originarios en su relación con la naturaleza, con el medio ambiente, con los recursos naturales y bienes comunes contenidos en el territorio comprendido entre Visviri e Isla Lennox y el Territorio Antártico.

Aberraciones como las zonas de sacrificio de Bahía Mejillones, Calama, Tocopilla, Chañaral, Huasco, Freirina, Quintero-Puchuncaví, Tiltil o Bahía Coronel podrán enfrentarse de una manera institucional integral orientada a la superación de la actual condición de “sacrificio” que padecen dichos territorios. Como botón de muestra, cuando la propuesta constitucional plantea el derecho de “niños, niñas y adolescentes a vivir en condiciones familiares y ambientales que permitan el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad” (Art.26, Inciso 3) no solo ofrece una puerta de salida institucional a los niños y niñas de dichos territorios, sino que también se propone una alternativa de mejor futuro para nuestra maltrecha sociedad.

Cuando se establece “la relación indisoluble del ser humano con la naturaleza” (Art.1, inciso 2), se reconoce finalmente algo que las ciencias ecológicas pregonan desde hace décadas. Y si a este axioma natural se complementa con la idea institucional donde el Estado “reconozca y promueva el buen vivir como una relación de equilibrio armónico entre las personas, la naturaleza y la organización de la sociedad” (Art.8) estamos frente a una declaración de principios humanistas que sobrepasan largamente el párrafo retórico, pero vacío e institucionalizado a sangre y fuego, que reza que la constitución del dictador asegura el “derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación y donde el Estado tiene el deber para que dicho derecho no sea afectado” (Art.8, Constitución 1980). Esta declaración vacua sobre el tema ambiental representa una de las dos únicas normas contenidas en TODA la Constitución actual donde se abordan temas vinculados a medio ambiente o naturaleza. En la segunda norma se delega en la Ley la potestad de restringir derechos específicos para proteger el medio ambiente (Art8, Constitución 1980). Así como en la actual Constitución estos temas representan palabras al viento, existen otros axiomas económicos constitucionales redactados con el patrocinio intelectual de la Escuela de Chicago, los cuales han gozado del beneplácito y promoción de viudos y viudas de la dictadura, así como insignes líderes de todo el espectro concertacionista, donde el Estado Militar y Neoliberal hizo vista gorda al Artículo 8 de la misma Constitución. Tal es el caso del axioma neoliberal que establece “el derecho de propiedad en sus diversas especies sobre toda clase de bienes corporales e incorporales“(Art. 24, Constitución 1980), precisando expresamente y de manera taxativa que “los derechos de los particulares sobre las aguas, reconocidos o constituidos en conformidad a la Ley, otorgarán a sus titulares la propiedad sobre ellos” (Art 24, Constitución 1980). Las consecuencias de este principio rector de la actual Constitución sobre esta materia se pueden encontrar en el interior de camiones aljibe que transportan agua para consumo humano en comunidades del valle central de la Región de Valparaíso que colindan con plantaciones de la agroindustria de paltas.

Cuando en la nueva propuesta constitucional se reconoce “titularidad de derechos a la Naturaleza, en aquellos que le sean aplicables” (Art.18, Inciso 3), se intenta avanzar en una senda desconocida para nuestra sociedad, acostumbrada a la vejación y expoliación de los recursos naturales, biodiversidad y servicios ambientales que Madre Natura contiene, donde junto con degradar de manera inmisericorde los sistemas naturales donde el Homo chilensis cohabita, una ínfima fracción de la elite económica y política usufructúa aplicando el lema de “beneficios privados, maleficios comunes”, el que bien podría corolar el escudo de armas de cualquiera de los grupos económicos más importantes del país.

Así las cosas, en materia ambiental no solamente hay una diferencia de 107 normas constitucionales y disposiciones transitorias entre la propuesta constitucional a ser votada en las postrimerías de un invierno institucional de 42 años con la actual Constitución que nos rige, sino que esa diferencia numérica se transforma en una diferencia cuántica entre una carta magna redactada por mentalidad militar y neoliberal, respecto de una partitura institucional elaborada por una cosmovisión ciudadana del S.XXI.

Convencido que las grandes historias se tejen a partir de millones de partículas dramáticas que ocurren a cada instante y simultáneamente en miles de lugares de este tercer planeta solitario en el océano de la vida estelar, la pequeña historia constitucional que se está hilvanando en el confín del Océano Pacífico a más de 4.600 millones de años de distancia de esa pléyade de galaxias que bien las pudo imaginar ese holandés pelirrojo en la pieza de su asilo en Saint-Rémis-de Provence, representa un tributo significativo a la anomalía de la vida y a la aun más rara anomalía del buen vivir. Creo que Vicente Van Gogh coincidiría conmigo en que bien valdría la pena arriesgarse a pintar el futuro con esperanza, alegría y en un espacio digno de una Copia Feliz del Edén.

Marcelo Saavedra P.

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