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Ansiedad social, antagonismo político y la promesa salvífica de la derecha radical en Chile. Por Fabián Bustamante Olguín

Esta columna propone dos ideas que deseo compartir con los lectores de Le Monde Diplomatique en el contexto de la segunda vuelta presidencial del próximo 14 de diciembre, en la que volverán a enfrentarse Jeannette Jara, por una parte, y José Antonio Kast, por otra. Se trata de reflexiones contingentes, surgidas al calor de un escenario político cambiante en el que, como sabemos, nada está asegurado para esa jornada. Para ordenar el planteamiento, presentaré ambas ideas como líneas complementarias de análisis. La primera se refiere al clima emocional que atraviesa este periodo histórico, caracterizado por redes sociales que aceleran la circulación informativa, por un cansancio de época que se ha vuelto casi atmosférico y por la instalación de un manto de desaliento. La literatura coincide en describir esta desafección hacia la política, la economía y, en rigor, hacia diversas esferas de la vida pública; no expresa un nihilismo pleno, sino una sensación difusa de que el porvenir se ha tornado incierto, amenazante y, para no pocas personas, incluso difícil de imaginar (como dijo Frederic Jameson: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”).

Ese desaliento, sin embargo, no se distribuye de manera homogénea entre las clases sociales. Más bien, observamos una asimetría evidente. Los sectores altos disponen de amortiguadores materiales, culturales y simbólicos que les permiten proyectar su futuro con serenidad. En el caso de José Antonio Kast y del núcleo duro que lo sostiene, esa proyección adopta incluso la forma de un futuro auspicioso, acorde con sus propios intereses. En cambio, entre los sectores populares y las clases medias, el horizonte se encuentra atravesado por la precariedad, el temor a la inmigración y a la delincuencia, la inestabilidad laboral y la experiencia persistente de una vulnerabilidad cotidiana. Para muchos, la vida parece una sucesión de contingencias capaces de deshacer, de un momento a otro, aquello que se ha construido con esfuerzo.

En este contexto, redes sociales como Instagram, TikTok, Facebook y otras funcionan como un amplificador afectivo que, mediante el uso de bots, exacerba temores, dramatiza pérdidas e incluso convierte el malestar en una forma de identidad. Las emociones negativas encuentran allí un pequeño “teatro” donde desplegarse sin contención alguna. Así, el desasosiego termina orientándose hacia discursos que prometen orden y certidumbre, y que tienen en las derechas más radicales —en particular Kast y Kaiser— a intérpretes especialmente eficaces. No extraña, por tanto, que el clima resultante sea más pesimista que analítico y más visceral que deliberativo. De ahí que, cuando se observan ciertas páginas de Instagram vinculadas a votantes de centroizquierda —o directamente al comando de Jara— se note un esfuerzo persistente por otorgar racionalidad a las decisiones del electorado de derecha radical, intentando demostrar que estaría equivocado o a punto de cometer un error mayúsculo. Sin embargo, la cuestión transita por otra vía: se trata de un fenómeno eminentemente emocional. La izquierda ha tendido a racionalizar este escenario, cuando en realidad el debate se desplaza hacia el terreno de las sensibilidades, donde el progresismo —por su carga normativa, como señala con agudeza Pablo Stefanoni [¿La Rebeldía se Volvió de Derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio)]— genera amplios rechazos. Mientras tanto, estas derechas radicales han logrado capitalizar la indignación mediante un discurso antiprogresista y anticorrección política que, paradójicamente, les ha permitido apropiarse de la rebeldía y del inconformismo social, atributos históricamente asociados a la izquierda. Por ende, intentar responder a estas disposiciones afectivas con argumentos puramente racionales suele resultar infructuoso, ya que la discusión se desarrolla en un registro distinto.

La segunda línea de esta columna se desprende naturalmente de la anterior. Ese pathos pesimista no permanece suspendido en el aire; busca figuras, causas y culpables imaginarios. Entre las clases medias y populares, la ansiedad adquiere una densidad corporal: miedo al descenso, aprensión ante perder lo poco que se ha conseguido, inquietud frente a un futuro que no termina de estabilizarse. Al no dirigirse hacia una crítica estructural del orden económico, del sistema jerárquico o de los privilegios históricos del país, esa ansiedad se desplaza hacia blancos más visibles y políticamente más disponibles, entre ellos el gobierno de Gabriel Boric. De allí emerge un antiquerdismo feroz, casi performativo, que funciona como refugio afectivo y como síntesis emocional del malestar.

En esta línea resulta iluminador el análisis de Margarita Palacios en Fantasy and Political Violence: The Meaning of Anti-Communism in Chile. En su estudio sobre el periodo 1970-1973 muestra cómo un discurso dirigido inicialmente contra un programa de gobierno terminó por condensar un conjunto de angustias, temores y fantasías sobre la viabilidad de la vida social en su totalidad. Algo semejante sucede hoy: el antiquerdismo y el antiprogresismo operan como expresiones condensadas de una ansiedad generalizada, más fáciles de dirigir hacia un adversario político que hacia las estructuras que producen la desigualdad (el capitalismo chileno de amigos y de “pitutos”).

Ahora bien, ¿por qué sucede esto? En parte porque persiste en Chile la idea —más bien mítica— de que el bienestar de los empresarios terminará derramándose sobre el resto de la sociedad: si hay crecimiento, habrá empleo; y si hay empleo, habrá estabilidad. No considero que quienes optan por Kast estén equivocados ni atrapados en una “falsa conciencia”. Hay agencia, decisiones y razonamientos propios detrás de ese voto. Pese a ello, esa orientación política se vuelve comprensible cuando observamos que no existe un relato alternativo robusto que dispute el sentido común construido en torno a este capitalismo de amigos, de redes informales y de “pitutos” que aún organiza buena parte de la vida económica del país.

La figura de José Antonio Kast adquiere, en este marco, un carácter casi redentor. Me refiero a lo que la historiografía chilena —particularmente en autores como Luis Corvalán [Chile al Desnudo: La historia del Chile contemporáneo y los antecedentes del estallido social de octubre de 2019]— ha denominado “personalidad salvífica”, concepto proveniente de la tradición historiográfica conservadora que describe a líderes capaces de prometer orden en momentos percibidos como caóticos o de presunta decadencia nacional. En su caso, dicha promesa se articula mediante una teología política del retorno: seguridad reforzada, fronteras controladas, disciplina frente al crimen organizado y la restauración imaginaria de un país supuestamente extraviado por el gobierno de Gabriel Boric, el llamado “marxismo cultural” y un conjunto heterogéneo de expresiones progresistas. Sus ofrecimientos no transforman necesariamente la realidad, pero sí configuran una narrativa que, para ciertos sectores, alivia la inquietud y otorga sentido en medio de la incertidumbre; algo que, por lo demás, vemos replicado en diversos partidos de derecha radical en el mundo, especialmente en Europa occidental, donde la promesa de certidumbre opera como respuesta a cambios acelerados y a un escenario repleto de enemigos difusos.

En suma, esta columna ha intentado ofrecer una lectura del momento actual como la convergencia entre un malestar emocional ampliamente extendido y su traducción política en un antagonismo bien delimitado. Tal como señala la socióloga española Paloma Pizarro, las imágenes y concepciones del mundo —aquello que creemos saber y la forma en que interpretamos la realidad— no constituyen verdades absolutas, sino configuraciones contingentes, relativas a nuestro punto de vista, siempre incompletas y sostenidas más en nuestros propios marcos de referencia que en una supuesta objetividad. Esto es apenas una interpretación contingente. Desde esta perspectiva, Chile atraviesa un momento decisivo, aunque no del todo novedoso: la clase alta mantiene una proyección optimista y ve con buenos ojos la posibilidad de un gobierno de Kast; el empresariado orgánico y corporativo, sin duda, celebraría un triunfo suyo. En contraste, las clases medias y populares viven bajo la sombra de un mañana incierto, y es justamente allí donde las derechas radicales —encarnadas por José Antonio Kast y el Partido Republicano— han encontrado un terreno fértil para desplegar sus promesas de orden y salvación. Ello ocurre a pesar de que nada garantiza que tales promesas vayan realmente dirigidas a mejorar las condiciones de vida de esos sectores, pues su orientación histórica ha favorecido principalmente a grupos empresariales y a las élites económicas, cuyo interés central es capturar el Estado para dirigirlo hacia grandes conglomerados, reforzando su influencia política. Por lo mismo, aún no sabemos con claridad qué implicaría, por ejemplo, la idea de un “gobierno de emergencia”, noción que ha sido insinuada por Kast y que acaso podría acercarse a gobernar mediante decretos, reduciendo la intervención del Congreso y concentrando competencias en el Ejecutivo. Dicha inclinación coincide con rasgos típicos de la derecha radical contemporánea: acceder al poder por vía democrática para, posteriormente, restringir contrapesos institucionales, marginar la deliberación parlamentaria y adoptar estrategias de control inspiradas en líderes controvertidos cercanos al ideario republicano, como Javier Milei, Nayib Bukele o Viktor Orbán.

Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte (Coquimbo)

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