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Ante el desastre ecológico global. Por Camilo Carrasco

Dedicado cariñosamente a la recuperación de Vaquita, perro callejero víctima de la violencia policial, y a los millones de animales muertxs en la tragedia australiana.

Como especie somos responsables del medio billón de víctimas animales de los incendios en Australia, así como somos responsables también de un genocidio sistematizado de animales amparado en el consumo y en el mercado.

Éste verano la magnitud de los incendios ha sido brutal y recuerda, tristemente, el verano del 2009, que son los más masivos de los últimos tiempos. Ésto no está aislado de los otros síntomas de un calentamiento global y cambio climático desmedidos. La sequía bastante aporta, generando condiciones ideales para la propagación del fuego en los inmensos bosques australianos, anteriorimente hogar de miles de animales que han escapado a las zonas urbanas, cuando han podido sobrevivir. En nuestro país la situación es parecida.

Chile lleva a cuestas una sequía propiciada por el tiránico código de aguas que permite el uso indiscriminado por parte de la agroindustria y de la minería, principales consumidores de agua y responsables de la devastación climática. Además, la industria forestal se ha encargado de poblar el suelo con especies de alto consumo de agua, brutalmente dañinas para la tierra y que actúan como eficientes combustibles para los incontrolables incendios que, además, muestran indicios de ser intencionales. Hay evidencias, incluso, que sugieren que éstos han sido generados por agentes del estado, lo cual demuestra la complicidad de éste con una industria criminal, y el nulo respeto por la tierra. Para los grandes capitales es muy conveniente que los terrenos sean “devastados” por el fuego, pues el estado correrá a subvencionar la reparación cuando son de su propiedad, y el mercado se encargará de devaluarlos cuando son especies nativas las que mueren. En los últimos años hemos sido testigos de brutales escenarios cuyas víctimas son las de siempre, las especies no humanas y les humanes pobres, como en Valparaíso, región azotada por incendios de evidente intencionalidad humana que destruyeron viviendas que no son precisamente de lujo ni de veraneo. O en la región del Bío-Bío, región saqueada por la industria forestal que ha enfermado a la tierra y a sus habitantes a cambio de la precaria oferta de trabajo con la que el estado ha justificado su permanencia ecocida a los territorios.

Chile debe mutar urgentemente su matriz productiva para no seguir dependiendo de la depredación del medio ambiente, en el ejercicio más flojo de todos, extraer lo que la tierra produce, no inyectarle trabajo ni manufactura y venderlo al precio más conveniente que dicte el dios mercado. Éste modelo es el que nos tiene con la minería y la industria forestal como los principales consumidores de agua mientras el ministro de medio ambiente, escoltado por una fuente de agua, instruye al pueblo de chile a ducharse en tres minutos sin tocar a la industria, una burla, considerando que el consumo domiciliario no supera el 5%. Un insulto cuando viene del propietario de Asesorías e Inversiones Antonio Walker Prieto E.I.R.L, matriz de Agropecuaria Walker Prieto, empresa establecida en la quinta región, dedicada al cultivo del oro verde que tiene a Petorca y Quillota destruídas.

Además, en los últimos años de difusión de propaganda vegan se ha publicado que es la ganadería una de las actividades más contaminantes a nivel mundial como evidencia la propia FAO en un desesperanzador informe del 2006 que, además, vaticina que el consumo se duplicará, de 229 millones de toneladas de carne en 2001 a 465 millones en 2050, y el consumo de leche de 580 a 1.043 millones de toneladas en el mismo período. Al parecer, la organización prevé un nulo aprendizaje respecto de la devastación que deja nuestro consumo especista. Además, el 20% de la biomasa animal de la tierra, perteneciente a animales destinados para consumo o explotación, son responsables de gran parte de la erosión del suelo, del consumo y contaminación de agua y de destrucción de arrecifes de coral. A todas luces, si queremos salvar el planeta y con él, a nosotres mismes, debemos dejar de consumir carne. No mucho diré respecto de la hipocresía que significa conmoverse con las koalas abrazando a sus cachorrxs con terror en sus rostros mientras se mastica el cadáver de un vacuno que sólo vió a su madre un par de minutos.

En la región del Bío-Bío, en los últimos días víctima de incendios forestales en Cañete, Laja y San Pedro de la paz (en terrenos donde se intenciona la construcción de una carretera, curiosamente), la ciudad de Concepción lleva días cubierta de humo arrastrado por el puelche hacia la costa, que avisa del dolor de la tierra hacia la cordillera. La gente, indolente, actúa como si aquello no estuviese pasando y hace una vida normal, como si pudiese adaptarse a que todo a su alrededor esté quemandose, tal vez en algo aportó la normalización del fuego y del humo de los últimos meses. Al parecer, podemos tolerar la destrucción de nuestro hábitat, así también argumentan los años de saqueo natural ante los cuales no nos hemos levantado en indignación. El escándalo de Quintero-Puchuncaví no avanzó de ser eso y el fiasco de la COP-25 evidenció un nulo entendimiento e interés de les gobernantes que, nos gusten o no, fueron electos por la ciudadanía.

La indolencia no puede seguir habitándonos, las crudas imágenes de animales escapando de los incendios sumadas a las brutales migraciones forzosas de aves de los epicentros de pirotecnia, éste año, al menos en el Bío-Bío, gestionada por el propio pueblo, no pueden repetirse. Debemos mutar a una sociedad sustentable donde no se generen las condiciones para incendios desmedidos. Si bien los incendios son un mecanismo de autoregulación de la naturaleza, para variar, la mano del hombre capitalista los empeoró y los convirtió en un peligro para toda la vida del planeta. Debemos entender que no podemos hablar de empatía mientras digerimos cadáveres, que no podemos hablar de sustentabilidad sosteniendo un modelo de desarrollo económico ecocida y que no podemos seguirnos entendiendo como entes aparte de la naturaleza, de mayor importancia que las aves y en poder de consumir a todas las especies que nuestro capricho capitalista nos permita. Deben ardernos en la piel las quemaduras de los canguros, deben reventar nuestros oídos con las detonaciones vulgares de pólvora y tinturas sintéticas, deben desorientarnos las construcciones monstruosas en las ciudades cuan aves de paso, deben rasgarnos la carne los dolores de los animales de consumo ganadero y deben ardernos las patas por los cojinetes de les perres callejeres de nuestras ciudades barnizadas en el cemento decadente del progreso noventero.

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