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“Ante la crisis: Makipurarishpa (1) salimos adelante” Por Marymar Vargas

Campaña “La humanidad somos todes”

¿Cómo vivimos las mujeres migrantes esta pandemia? ¿Qué hacemos para salir adelante en este momento tan difícil?

A simple vista las respuestas parecerían ser simples u obvias, pero en la práctica no lo son, pues para responder primero debemos comprender qué significa ser Mujer Migrante en Chile y conocer los matices que tenemos, pues se suele generalizar y estandarizar a las mujeres en estereotipos cruzados por el sexismo, el racismo y el clasismo, más aún cuando somos migrantes residentes en el país. Estos estereotipos no solo nos afectan a quienes migran sino a muchos grupos marginados de la sociedad, sin embargo es notorio la apertura que tienen los medios de comunicación o la opinión pública hacia los discursos de odio contra quienes migran.

Ser mujer no es fácil, ni aquí ni en muchos otros lugares del mundo; implica tener que luchar día a día por ganarte el respeto de tus pares, de tus superiores, de quienes sin conocerte te juzgan por tu apariencia, por tu lugar de origen o tu etnia, por tu apellido o por simplemente aparecer como “distinta” al resto.

Las mujeres, sin distinción alguna, tenemos una enorme capacidad de sobreponernos a las adversidades. Podemos, incluso estando solas, sacar adelante a nuestras familias, caminar kilómetros en busca de mejores oportunidades de vida para los nuestros y nuestras, cruzar valles y desiertos huyendo de la violencia, escasez u otras circunstancias. Más aún cuando se es migrante, pues esta potencia suele aflorar con mayor vehemencia dada la imperiosa necesidad de sobrevivir, en especial en un país como Chile donde unos pocos criminalizan la migración, desconociendo su carácter de Derecho Humano y por tanto desconociendo aquellas Declaraciones y Convenciones Internacionales en las que se reconoce dicha categoría. Como consecuencia de este rechazo al migrante y desconocimiento del derecho a migrar, se hace manifiesto el poco acceso a información y servicios de salud, empleos precarios, la imposibilidad de acceder a vivienda, entre otros. Restricciones y precariedades que, en este tiempo de pandemia, se han acrecentado generando una especial condición de vulnerabilidad a la que las mujeres migrantes nos hemos venido exponiendo siempre y que desde las agrupaciones migrantes y pro migrantes hemos venido denunciando. Es importante señalar que muchas veces estas vulneraciones de derechos vienen de parte del Estado chileno y sus autoridades y que en este último tiempo se le ha sumado el lenguaje de criminalización mediática por parte del gobierno actual, al equiparar la irregularidad con la ilegalidad, reforzando un ambiente hostil que no es nuevo para las migrantes, el que muchas ya han padecido incluso con sus propias vidas.

Las mujeres migrantes hemos vivido esta pandemia de diversas maneras y con múltiples matices, tal como somos, unas con miedo, con ansiedad, con tristezas o depresiones; otras teniendo que exponerse al contagio por la necesidad de salir a buscar el sustento diario para sus familias; otras teniendo que reinventarse al haber perdido sus fuentes laborales; otras con hambre y sin nada que comer pues su condición de migrante irregular las hace invisibles ante el Estado que solo se acuerda de ellas para señalarlas como causantes de la pandemia o de hechos criminales que nada tienen que ver con su irregularidad, las que en ocasiones son producto de las mismas medidas estatales. En este sentido también aquí entra la idea de la necesidad de regularidad como un criterio de exclusión para los «beneficios sociales» o derechos sociales, pues muchas mujeres migrantes no han sido beneficiarias de las ayudas estatales para mitigar los estragos de esta pandemia dado que al carecer de un rut carecen obviamente de un Registro Social de Hogares, desapareciendo automáticamente de las listas de beneficiarios de estas ayudas. Todas estas circunstancias se ven multiplicadas por la violencia racista estructural y cotidiana que viven las mujeres migrantes.

El panorama se ve bastante desalentador para las mujeres migrantes y podría mermar sus fuerzas, pero no, todo lo contrario, ante estas circunstancias las mujeres migrantes enfrentamos esta crisis con berraquera, con Makipurarishpa, con newem y guaramo, pues juntas somos invencibles, porque todas somos comunidad, porque en cuarentena nadie está sola y porque aunque somos distintas, somos hermanas que nos ayudamos a salir adelante de esta y muchas otras más adversidades.

Nos hemos organizado a través de redes de apoyo solidario para llegar donde el Estado no puede o no quiere llegar, para abrazar (virtualmente) a aquella hermana que se siente sola y entristecida, para dar de comer a quien carece del alimento diario, hemos tejido redes de apoyo entre cosedoras y cocineras, quienes donando el trabajo de sus manos han acariciado a otras mujeres con mascarillas y sopaipillas.

Para quien migra, no ha sido fácil tener que enfrentar esta pandemia lejos de los suyos, temiendo por su futuro y el de quienes dejó en el otro lado de la frontera, a cientos o miles de kilómetros. No importa si son sus hijos, hijas, padres, tías o hermanos, pues todos ocupan en este momento un lugar en su pensar, más aún cuando se cierran fronteras y los gobiernos actúan con tozudez y arrogancia pues el panorama se vuelve más oscuro. No obstante, la fortaleza de la mujer migrante vuelve a florecer cual roble amarillo que muestra lo hermoso y colorido de sus flores, pero también la fortaleza de la madera que combinan su ser.

Las mujeres migrantes no le temen al abandono de los aparatos del Estado o al aprovechamiento político de la migración que algunos realizan, sino que se agrupa y se reinventa; se fortalece con la voz de aliento de su hermana y con el grito de aquella que se levanta y denuncia los abusos a los cuales les han sometido; se vuelve más creativa para sacar adelante sus sueños, para mostrar que la migración en un Derecho Humano y que ningún ser humano es ILEGAL. Porque sabemos que de esta crisis se podrá sacar lo mejor, donde hombres y mujeres trabajando juntos en igualdad de condiciones y derechos podamos construir un mundo más humano. Un mundo donde todos y todas podamos vivir en Paz.

1) Makipurarishpa: dándonos la mano (en lengua kichwa, pueblo otavaleño)

Marymar Emilia Vargas Palencia. Integrante de TRAMA, Tejido Migrante. Temuco (Wallmapu) y de la Red Nacional de Agrupaciones Migrantes y Pro Mig

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