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Antoni Torres Campà o, simplemente, Toni. Por Ricardo Espinoza Lolas

Escribir sobre un amigo que recién ha muerto a veces se vuelve complejo, porque se nos dice que no se tiene una “distancia” del todo para poder verlo de un modo más “objetivo”, pero por lo mismo siento que es necesario ahora escribir “acerca” de él, y no meramente “sobre” él de modo “objetivo”, puesto que tal objetividad es una mera construcción de una neutralidad que no existe y, además, está, por lo general, diseñada por una ideología determinada (el sentido común no tiene nada de común, sino que es testimonio de una ideología naturalizada). Es mejor escribir “acerca” de Toni (junto a él, con él) en este instante preciso, porque Toni no podría ser descrito en objetividad alguna ya por el mismo modo de ser de él (nunca domable ni clasificable), ya por su obra pictórica que no se deja atrapar ni representar en algún discurso de buena crianza o de formal amistad en la distancia objetiva para decir que su obra es “bella”, adjetivo que de suyo no puede dar con el arte de Torres Campà ni en lo más mínimo, sino todo lo contrario, lo encubre radicalmente de lo que es. Y ¿qué es? Es una obra que muestra a Toni y en ello mismo nos indica lo humano en toda su “expresión” cromática y dureza material más allá de cualquier arte de lo “bello” y del gusto popular construido por la oficialidad de siempre que lo único que busca es vender arte como si fuera algún tipo de mercancía.

Todo lo que podría escribir para Toni, incluyendo su obra, debiera escribirlo en catalán, pero como no lo puedo escribir bien, como él se merece (tenía su “genio” el amigo), lo haré en castellano; pero debiera escribirlo en catalán, por una razón fundamental, porque él vivía y acontecía y pintaba desde Cataluña y, a lo mejor, para ella misma; aunque estuviera muy molesto de cómo había, por ejemplo, devenido Barcelona en la actualidad, de cómo se había traicionado a sí misma, por tantas políticas capitalistas y centralistas, amaba su ciudad como si ella fuera un gran amor complejo y así lo mostraba en el día a día en el Bar El Lobo.

Toni siempre acontecía, como lo hacen sus colores, sus formas, por medio de una conversación rápida, a borbotones, con chispa, “mala leche” y, a la vez, profunda e interiorizada mientras leía La Vanguardia en el mismo lugar que se sentaba todos los días. Cuando lo conocí, pues siempre tomo desayuno en El Lobo de El Raval, pensé que era un filósofo ya retirado de la Universidad, porque tenía ese “maldito” punto de ser iconoclasta del establishment (de cualquiera tipo) y, a una, de ser un erudito, muy fino y de alta precisión (sabía de todo, pero realmente de todo). Era un humano que tanto como pensador y como pintor vivía de un modo intenso cada instante: pensar y pintar eran dos caras de lo mismo en él. Yo podría calificar nietzscheanamente a Toni como el “Matiz de lo Sutil”, esto es, un humano que vivía en su piel, en su superficie, en su textura por medio de gestos y miradas (recuerdo sus miradas y me estremecen todavía) y ese rasgo le daba ya su aurea de “Enfant terrible”, pues literalmente se volvía en un joven intempestivo y brillante que no dejaba títere con sombrero; me recordaba en parte a Godard por ese carácter telúrico. Él vivía en ese “matiz” de genialidad que a veces lo llevaba a algo sublime ya de la conversación, de la mirada cómplice, del gusto musical, de lo lúdico, de la risa contenida y otras veces lo hundía en el abismo del Etna (como a un Hölderlin), de la melancolía, del pensamiento, del cigarrillo uno tras otro, del no querer decir nada y alejarse de este mundo plano y aburrido que le causaba tanto dolor y rechazo. Toni era como el único habitante de un país ya en vías de extinción, todo lo mundanal y ruidoso lo detestaba; y así el enmudecía día a día. Y al ver sus cuadros podemos ver esto una y otra vez de modo obsesivo radical, a saber, un humano primigenio que saliendo de la foresta se abre a la sabana y no sabe allí qué hacer y por ello luego en un mundo frío se refugia en la caverna para sobrevivir: una de esas cavernas era su taller, el otro fueron los bares o cafeterías en donde se juntaba todas las mañanas a tomarse un café, como lo fue El Lobo, con sus amigos. Sus amigos debieron ser el refugio más intenso en donde se sintió a gusto y fue feliz, junto a alguna mujer que siempre amaba de forma radical y en la jovialidad del cuerpo mismo.

Después por medio de Toni fui conociendo a todos los lobos (Santi y Pilar, son una unidad en y por sí misma, Joaquim, Pep, Jaume, Joan, Enric y Roc Blanc, mi querido perro). Él fue quien, como un Hermes, me llevó al interior de “I Vitelloni”, los lobos que de “inútiles” no tienen nada, sino de unos buenos “holgazanes” que en su simple estar de unos con otros acontecen todos en un conjunto rico en diversidad y en permanente genialidad: somos como una comunidad de “puercos espines”. Y esto del dios Hermes indica un rasgo muy propio de la personalidad del pintor-pensador, él buscaba ser como un profesor, de los de antes (de esos films antiguos, al estilo de Kurosawa), que te toma, literalmente, de la mano con respeto y, a la vez, con fuerza, para introducirte en un mundo rico y único en conocimientos y radicalmente en experiencias. Las conversaciones son irrepetibles y acontecen como experimentos existenciales de lo humano. Y para estar ahí, en medio de ellas, se tenía que ser elegido por Toni: él tenía ese Ojo Avizor, como Atenea, para saber vernos a todos. Yo creo que él me eligió, aunque no sé cuál fue la razón de su elección por mí, pero de hecho fue así y me hizo ser parte de ellos. Y se lo agradeceré hasta el fin de mis días. Ya en medio de los lobos, durante tantas mañanas de 9 a 11, Toni se mostraba, a una, como un huraño y sensible que no solamente sabía de tal o cual cosa, sino que era formalmente un artista, con mayúsculas, un pintor que no quería y se resistía a dibujar (y así se alejaba de las determinaciones escolares del arte mercantil), sino expresar, por medio del color, lo humano por excelencia en su materialidad más física, corporal, mortal y allende a cualquier sentido trascendente.

Mi querido pintor filósofo fluía, más allá de su caminar algo torpe, en la lógica misma de la sensación; de esa que lo llevó a pintar, casi obsesivamente, y en eso era totalmente congruente, porque esa sensación se le imponía más allá de cualquier sentido burgués, cristiano o capitalista. Debe ser una de las personas más auténticas que he conocido y que disolvía todo laberinto que lo quisiera encerrar bajo una cierta totalidad, por eso huyó de toda forma de familia e institucionalidad: como buen catalán era del todo una anarca, de esos de antes, de esos necesarios, de esos incordiosos, de esos tábanos que nos remueven y nos hacen repensar una vida naturalizada y simplona en la que somos de modo inconsciente. Toni no dejaba que nada encerrara su libertad expresiva y eso queda evidente en su radical ateísmo y su modo “aristócrata” de estar por encima de tanta estupidez en estos tiempos de capitalismo en donde ya no hay tiempo para un NosOtros que acontece en cada uno.

Creo que Toni no soportaba más un mundo tan simplón y grotesco siendo él un bailarían del color, de la palabra, del pensamiento y, en especial, amor (era un humano que vivía y se desvivía por el amor). Su caminar fue el que él mismo realizó (nadie lo hizo por él) y supo vivir con determinación una vida única con ciertas personas a las que él amo. Para finalizar recuerdo estas palabras de nuestro querido pensador-pintor: “el HECHO EN SI Y PARA SI Y NO HAY MAS APARTE DE NOSOTROS”. Esto lo supo bien Toni y cuando se quería ir ya de este mundo supo que sus amigos de El Lobo estarían con él y seguirían estando con él, porque solamente nos queda ese NosOtros en estos tiempos en donde los relatos del sentido de la vida ya desaparecieron…

En este link pueden ver algunas de sus obras:

https://www.pinterest.fr/CatherinedeChamplain/antoni-torres-camp%C3%A0/

Viña del mar, 3 de mayo de 2023

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