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Antropoceno del Sur[1] Por José Pérez de Arce A.

Se conoce como Antropoceno la actual época geológica que sucede al Holoceno en la historia terrestre. Siendo un término planetario, resulta contradictorio hablar de “Antropoceno del Sur”. Lo hago porque está ocurriendo, insensiblemente, una inversión de polaridades en que la balanza mundial cambia su peso, y el Sur Global debe dejar de ser la rémora del Norte Global, para encontrar un equilibrio. La actual crisis planetario se puede pensar así, como un desequilibrio que está buscando el modo de volver a un nuevo equilibrio. Pero, a diferencia de las anteriores eras geológicas, en el Antropoceno somos los humanos parte importante de esta búsqueda. Las respuestas a ese equilibrio las debemos encontrar en conjunto, pero pareciera que las más esperanzadoras se están gestando en ese Sur Global, golpeado hasta ahora por la dependencia. Antropoceno viene del griego anthropos (ser humano) y kainos, (nuevo) y alude al impacto global que las actividades humanas han tenido sobre los ecosistemas planetarios, y también alude al origen greco-europeo con que la comunidad científica concibe el mundo. De modo que Antropoceno define un reciente período planetario, caracterizado por la presencia humana, visto desde una plataforma cognitiva eurocéntrica. Es un período diferente a todo lo que conocemos, un período que está en pleno desarrollo, del cual conocemos apenas el inicio.

Lo que sigue es mi percepción de este panorama, observado desde Chile, al sur de ese Sur Global. En Chile hemos vivido los últimos meses la violencia del estallido social, el inédito acuerdo por cambiar la Constitución, la violencia del coronavirus, el inédito confinamiento mundial, y todo eso bajo el telón de fondo continuo de crisis, cambio y reacciones planetarias que van marcando la cotidianeidad de éste nuestro tiempo. He intentado ordenar lo que sabemos del Antropoceno, teniendo como telón de fondo el desafío que se plantea Chile de redactar una nueva Constitucion, en torno a tres ejes; cambio, crisis y oportunidad.

EL ANTROPOCENO COMO CAMBIO

El Antropoceno ha sido una época de enormes cambios a todo nivel, desde la vida diaria hasta los niveles macroeconómicos, políticos y ambientales que se han visto transformados por tecnologías y sistemas sociales nuevos. Al estar inmersos en él, y poseer poca perspectiva histórica para observarlo, nuestra visión del cambio que supone el Antropoceno es necesariamente parcial y sesgada. Voy a proponer cinco ejes para analizar estos cambios; 1) la Tecnocultura, quizá su aspecto más evidente a nivel de la vida diaria, 2) la Globalización, en cuanto el proceso que ha posibilitado la comunicación humana a nivel planetario, 3) el Capitalismo como método asociado al funcionamiento del intercambio social y 4) el Antropocentrismo como paradigma sobre el cual se basa todo lo anterior. 5) el tema de la naturaleza, que aparece desligado de los anteriores, por cuanto no pertenece a lo que concebimos como “humano”, siendo justamente este hecho el que le otorga, en mi opinión, la mayor relevancia frente a todos los temas anteriores.

 

1.- LA TECNOCULTURA

 

La Tecnocultura define la actual situación en que el hombre ha incrementado su poder de modificar el entorno a través de nuevas herramientas tecnológicas. Si bien la tecnología acompaña al hombre desde un inicio, la revolución industrial del siglo XIX inició un proceso nuevo, que luego se intensificó y masificó de modo exponencial a partir del uso de la electricidad y el desarrollo de la informática. Se habla de una “cuarta revolución industrial”, en que convergen la robótica, la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de información y comunicación, la computación cuántica, la inteligencia artificial, las cadenas de bloque y otras, con un aumento de manejo masivo de datos y el acceso a escalas extremas (desde lo nanométrico al planeta en su conjunto). Este proceso aumenta exponencialmente la descontextualización del conocimiento del usuario respecto a la máquina; la mayoría de nosotros no sabe como funciona un celular, e incluso un especialista depende de conocimientos y partes que no maneja, que conocen otros especialistas. La cadena lógica que antes unía al artesano con el artefacto y el usuario se ha extendido y fragmentado, haciéndose infinitamente compleja y dispersa. La comprensión de los artefactos es cada vez más parcial, incompleta, parcialmente ciega. Conocemos retazos útiles de una cadena y seguimos operando como si ese conocimiento fuera total, sin darnos cuenta de lo que ignoramos, hasta que se hace presente, por ejemplo, en una cadena de errores acumulativos.

Se inaugura así una fórmula que separa nuestra experiencia de uso de la tecnología que lo produce, disminuyendo nuestra comprensión, ya no por ignorancia que pudiéramos subsanar aprendiendo, sino por la estructura lógica del sistema tecnológico industrial. Aún recuerdo mi primer encuentro con un computador, que me produjo una enorme angustia, al no tener cómo saber que estaba operando allí, hasta que logré normalizar esa duda, no intentar resolverla, sino integrarla a mi visión de mundo, y lo recuerdo como un proceso nuevo para mi. El sistema de promoción alienta esta descontextualización; no es necesario conocer como funciona una tecnología, lo que importa es lo que es capaz de hacer; la novedad es su norma y su requisito. Todos los días aparecen nuevos “modelos”, lo que obliga a estar continuamente migrando hacia las últimas tecnologías para no “quedarse atrás”. El proceso de “novedad” constante empuja a la sociedad en su conjunto a adquirir el último modelo (por status, o porque lo antiguo queda obsoleto e inservible). Se trata de una carrera permanente, que va generando brechas generacionales entre quienes han crecido aprendiendo el uso de aparatos y lógicas de última generación y los adultos que no logran adaptarse con igual rapidez. El sistema de mercado anima a la sociedad a mantener este estado de brecha entre los usuarios “de última generación” cada vez más acotados, y el resto. El resultado de esto es una sociedad fragmentada por capas de conocimientos parciales, ciegos al proceso que se maneja, que va parcelando el conocimiento por expertos, por nuevas generaciones habituadas desde su niñez a estas nuevas lógicas de uso. El conocimiento se descontextualiza en profundidad (se pierde la comprensión holística por el detalle de uso) y se disgrega en nuevas asociaciones de expertos y usuarios unidos por la tecnología, y por ignorantes que no acceden a su uso, o lo hacen deficientemente, fragmentando el entramado social de una forma no conocida antes, y cuya evidencia mayor es etaria, síntoma de lo novedoso de este cambio.

Por ahora, la Tecnocultura aparece como un sistema en continuo crecimiento, enfocado en mejorar su propia eficiencia. Socialmente se retroalimenta a si misma mediante comunicaciones electrónicas (televisión, internet, radio), que difunden las novedades tecnológicas, sus beneficios y avances, impulsando su mercado. La aceleración y penetración del sistema tecnológico a nivel planetario no tiene antecedentes; hoy podemos viajar por el mundo, recorrer los lugares más remotos y encontrar celulares, radios, ampolletas, motores, cocinas, autos. Este avance vertiginoso transforma la Tecnocultura en el fenómeno más explosivo, de rápida difusión y de mayor cobertura que ha conocido la humanidad. La Tecnocultura se ha vuelto parte del paisaje; cada vez que grabo sonidos en lugares remotos de la montaña, de la selva, del desierto, sin excepción capto el ruido de algún motor. A su vez, cada día somos más dependientes; cuando mi padre nació, la electricidad era una opción, hoy es primera necesidad. Cuando yo nací, no había ni televisión, ni celulares ni internet, sin los cuales un urbano actual no concibe la vida. Esta dependencia es la que mantiene el éxito del sistema, que opera como una adicción; una vez que la pruebas, no puedes dejarla, y entras a la cadena sin fin de su consumo.

En países como Chile, esta dependencia se alimenta de la cadena que une a los individuos en con los proveedores de las industrias del Norte. La Tecnocultura implica la aceptación de la ciencia y la tecnología como modalidades culturales, lo cual implica una cadena de dependencias globales. Como resultado, en Santiago de Chile pensamos que el futuro de la humanidad depende del desarrollo tecnológico. Eso es lo que nos ofrecen; una biología sintética, un mejoramiento genético, una vida robótica y una inteligencia artificial.

La novedad de este sistema tecnocultural proviene de una búsqueda que ha sido constante en la región de Europa y el mediterráneo por siglos. Desde la Grecia clásica en adelante, las regiones islámicas y católicas iniciarían una búsqueda de logros “artificiales”, en el sentido de construir realidades diferentes a las que produce la naturaleza[2]. Con el tiempo esta diferencia se fue concibiendo como un atributo superior del hombre, que lo diferencia de los animales, y permitió a la ciencia diferenciar entre “natural” y “artificial” para concebir la naturaleza como máquina, y distinguir el “incivilizado” del “civilizado”. Hoy en dia se nos dice que este modo de pensar es de sentido común, pertenece a “la humanidad”, y su mejor expreesión es la ciudad, el espacio artificial por excelencia, utilizado para separar y proteger al hombre de la “naturaleza” (lluvia, calor, animales, alimañas, plagas). Incluso las acotadas “áreas verdes” dentro de la ciudad están pensadas para que funcionen gracias a la tecnología (riego, luces, mantención). A medida que el grueso de la población mundial se va concentrando en las ciudades, nos vamos habituando a este nicho, concibiéndolo como nuestro hábitat “natural”, al tiempo que se va generando un proceso de alejamiento, una suerte de “amnesia de la naturaleza”. El medioambiente se percibe como una “cosa” ajena, que sirve para ciertas cosas (clima, alimentos, vacaciones). Cuando el público urbano se percata de la acumulación de efectos negativos que han provocado tecnologías cada vez más poderosas, eficientes y agresivas en lugares lejanos, como ocurre con la percepción del cambio climático, por ejemplo, piensa que eso se puede resolver con más tecnología, tal como le han inculcado. Los gobiernos, atenazados por la creciente deuda externa y la creciente necesidad interna, delega en burocracias especializadas el definir como se va a ejercer el control de la producción y de la destrucción simultáneamente.

Nosotros, en Chile, ubicados al sur del Sur Global, observamos la Tecnocultura como un eslabón más de un colonialismo que nos obliga a importar y depender de las tendencias que entrega el Norte Global. En las ciudades, la población se siente cosmopolita, y siente esa dependencia como natural, producto de la Globalización, alentando la idea que todo tiene solución tecnológica, solo hay que esperar que nos llegue. Las empresas transnacionales prometen soluciones tecnológicas constantemente renovadas que resolverán nuestros problemas ambientales, climáticos y de salud, en una cadena de interdependencia entre capitalismo, ciencia y tecnología cada vez más estrecha, con la correspondiente sofisticación de las instituciones encargadas de su control. Esto les permite a estas empresas transnacionales acumular tecnologías de punta y concentrar “propiedad intelectual” sobre ideas, cosas e incluso seres vivos, mientras su modelo de producción fragmentada en varios países le otorga un carácter supranacional, cuyo poder va superando a los gobiernos. La tecnocracia va organizando el nuevo orden mundial en torno a los intereses corporativos, cuyo objetivo es incrementar su control.

Asistimos así a una Tecnocultura alentada por un objetivo teleológico, determinado por un crecimiento sin fin del control, capaz de modificar el entorno a su favor. Ese objetivo determina su aceleración constante, su crecimiento en cantidad, capacidad de control e inseminación dentro de todos los nichos posibles del planeta. Esos rasgos son comparables a los de una especie biológica agresiva en su proceso de colonización. La diferencia radica en como ambos procesos se integran al sistema ecológico mayor. La especie biológica s halla constreñida y apoyada a la vez por todas las otras especies y todos los procesos geológicos que hacen posible la vida, cuyo resultado es lo que llamamos equilibrio ecológico. Se trata de un equilibrio inestable, porque depende de la existencia de muchos procesos diferentes, contradictorios incluso (como el carnívoro que elimina al herbívoro), pero todos unidos por una cierta causalidad complementaria. Ese equilibrio inestable es capaz de contraponerse a la ley de entropía, gracias a que la integra en la forma de la muerte de cada uno de sus componentes, que siguen un ciclo de vida (nacimiento, crecimiento, madurez, muerte), reintegrándose así al sistema mayor. La Tecnocultura, en cambio, no obedece a esa lógica, sino a la contraria, cual es superar las capacidades de los seres biológicos en múltiples dimensiones (rapidez, volumen sonoro, resistencia, poder, etc.). Por eso mismo, la Tecnocultura no contempla su entropía, porque los aparatos se plantean mas resistentes, pero su rápida obsolescencia genera cadáveres que se acumulan sin reintegrarse al medioambiente, generando una polución creciente que afecta todos los ecosistemas. Podemos observar la irrupción de la Tecnocultura en el ecosistema planetario como la introducción de una nueva clase de organismos que no provienen de la génesis natural, de padre a hijo, sino de la génesis industrial, y cuyo objetivo no es la continuidad de la vida, sino la satisfacción de deseos humanos.

 

2.- EL PROCESO DE GLOBALIZACIÓN

 

La Globalización, entendida como el proceso de interconexión a nivel planetario, gracias a la Tecnocultura de la información, se ha hecho una realidad cotidiana. La cobertura total es su signo. La Globalización permite que nos comportemos en el planeta entero como un solo sistema-especie humana y que reaccionemos como tal[3]. La muestra más patente la tenemos con la pandemia del coronavirus, originado en China y que ha sido capaz, en pocas semanas, de paralizar el planeta entero.

Pero la Globalización no descansa en procesos de comunicación neutra u horizontal. Ella se asocia a una modernidad impuesta colonialmente al mundo, en base a un eurocentrismo concebido como universal. El signo de esa Globalización es la monocultura, durante siglos basada en el Dios único y actualmente basada en el Dinero único. La cultura occidental es un caso particular dentro de las cosmologias que existen a nivel mundial, y su principal diferencia es el haberse atribuido a si misma el valor de standard con el cual juzgar al resto de las civilizaciones. Esta postura se logró en base a la antigua imagen del “buen pastor”, como ideal de un soberano que guia e interviene el destino del colectivo. Esa actitud intervencionista no está presente en otros lugares del mundo.

Como resultado, la Globalización la podemos observar como una “megamáquina” opresora por medio de su entramado de estructuras políticas y económicas que nos agobian y acorralan, o la podemos observar como un sistema de alta complejidad, que obedece a las características de este tipo de sistemas, cuya perpetuación radica en la posibilidad de poder controlar el equilibrio total mediante mecanismos holísticos de tipo ecológico. Como la Tecnocultura no funciona como un mecanismo de tipo ecológico, y siendo ella el sostén comunicativo de la Globalización, es esperable que esté generando un desequilibrio acumulativo.

Nuestra visión de la Globalización desde este Sur del Sur Global, en Chile, nos resulta natural, siendo que nuestra ubicación austral nos ha confinado siempre a recibir del norte las novedades culturales, ya sean norteamericanas, o antes españolas, incaicas, tiwanacotas, o de los primeros recolectores-cazadores. 

 

3.- EL METODO DEL CAPITALISMO

 

El capitalismo, entendido como la forma predominante de relaciones económicas globales, es con frecuencia asociado al Antropoceno. El concepto de capital como valor fundamental de la sociedad, y la acumulación de capital como método de acrecentar ese valor cimientan las lógicas del “crecimiento económico” y del “desarrollo”, un crecimiento continuado de exportaciones e inversiones, donde el bienestar humano se mide por el consumo material[4]. Esta lógica se formalizó en los 1940s, cuando Estados Unidos la presentó como el futuro común, en que el estimular la producción y el consumo permitiría a los países “subdesarrollados” a convertirse en “desarrollados”. Chile, junto a los países tercermundistas, está permanentemente intentando dar ese paso, sin lograrlo porque el ‘desarrollo’ está basado en la competencia, donde otros ganan y nosotros perdemos, y eso se hereda. La trampa está en que quienes controlan el ‘desarrollo’ también controlan la competencia, de modo de mantener la distancia necesaria para la dependencia, porque de ella vive el sistema. Esa competencia, presentada como democracia, hace circular los grandes capitales en un frenesí que vuelve atrasados, indolentes y perezosos a todos los que no lo alcanzan. Esa competencia está regulada por el mercado, cuyos especialistas cuidan de mantener esa asimetría inicial entre una gran concentración de medios de producción en pocas manos y una gran masa de población que trabaja para producirlos.

El capitalismo se presenta como un sistema económico lógico y serio, pero se basa en el supuesto de que es capaz de hacer crecer al mundo de un modo infinito, lo cual es una completa insensatez. Eso lo advierte hasta un niño, y el Papa Francisco advirtió que esto era una mentira hecha para permitir “estrujar” al planeta hasta el límite. Pero esa no es la única insensatez de la economía; ella se basa en el “dinero”, que no son los billetes ni los números de las cuentas, sino los acuerdos acerca del valor otorgado a todo eso. El valor del dinero sólo existe en la mente de quienes lo valoran. La economía consiste en proyectar el comportamiento de ese “dinero” a futuro, es decir, se basa en una especulación en torno a un acuerdo social acerca de su gasto (por lo cual, en rigor, la economía” debiera llamarse “gasto”). Aún más; la economía mundial crece en base a créditos, los que deben ser devuelto con intereses, aumentando el “capital” sin que se haya producido nada excepto una especulación legalizada. El capitalismo no es, entonces, sino una creencia colectiva que se basa en su propia credibilidad, y que beneficia a quienes la manejan. Por cierto, el capitalismo no se presenta de un modo tan frágil e insensato, sino como una promesa de futuro exitoso. Para lograr esto, utiliza la Tecnocultura para mantener entretenida a la gente a consumir en un aceleramiento constante. Además, la tecnología brinda soportes digitales para la circulación de criptomonedas, en base a cadenas de transacciones (blockchains), generando una mayor descontextualización entre el usuario común y los sistemas financieros.

Pero no todo es teoría y creencia en la economía, sino que hay un flujo necesario de materias primas para mantener el crecimiento económico. Ese flujo se basa en sistemas extractivistas, apoyados en tecnologías cada vez más poderosas y eficientes. La minería es el mejor ejemplo de esta actividad que permite “explotar” la naturaleza lejos de las urbes, en “zonas de sacrificio” lejanas, donde se transforman paisajes completos, destruyendo ecosistemas y comunidades humanas, siguiendo una lógica de competencia, dominación y violencia. El agotamiento de los recursos naturales obliga a ampliar el rango de esas “zonas de sacrificio”, mientras en paralelo las nuevas tecnologías requieren de metales raros y escasos, aumentando exponencialmente la extracción. La agroindustria, mientras tanto, va expandiéndose mediante la transformación de ecosistemas en monocultivos artificiales, cuyo crecimiento acelerado se basa en nuevas biotecnologías de alto riesgo y agrotóxicos cada vez más poderosos, necesarios para combatir la entropía a gran escala. El extractivismo se expande también a plantas, animales, peces, bosques, incluso paisajes (mediante el turismo), mediante proyectos hidroeléctricos, carreteras y deshechos contaminantes. El capitalismo basa su fortaleza en la aceleración constante de flujos monetarios aportados por cada uno de estos procesos, porque la lógica de la acumulación obliga a crecer continuamente.

En Chile, al igual que los países vecinos, el gobierno protege el capital y el sistema que lo produce, porque ese es el único medio que poseen de satisfacer el aumento creciente de necesidades y de deudas. Los países que intentan salirse de esta órbita de dependencias crecientes son sometidos a presiones internacionales de todo tipo, castigados o simplemente intervenidos, cambiando su gobierno por otro más dócil al sistema de dependencia. Los tratados internacionales blindan esos procesos de dependencia protegiendo los intereses de las megaempresas transnacionales por encima de los gobiernos y de las leyes locales. La Tecnocultura mantiene una dependencia activa, renovada y creciente, mediante el “monopolio radical” que excluye la competición de producciones locales. La extraordinaria eficiencia de este sistema se demuestra con la globalización del capitalismo. 

El capitalismo, visto como un método para llevar adelante la Globalización, se basa en una lógica de acumulación, que va hermanada de una lógica de codicia, que es el deseo de acumular para sí, sin importar el colectivo. El rol de la codicia no es habitualmente comentado, porque se lo considera feo e inmoral, pero es sin duda uno de los incentivos importantes del proceso de acumulación capitalista, y de la aceleración del crecimiento de riqueza en los pocos súper-ricos del planeta, en desmedro de las inmensas mayorías. La codicia no es un valor ecológico, porque no promueve la relación dinámica sino el acaparar unidireccional, y ese factor de entropía que habita al interior del sistema capitalista es lo que estamos viendo emerger en diferentes puntos del planeta. El capitalismo no es necesario para perpetuar la humanidad y muy bien puede dar lugar a otro mecanismo de relaciones de intercambio, basado en valores diferentes al dinero. El rol central que cumple el capitalismo en el proceso de globalización es muy diferente al rol que cumple en el ecosistema planetario.

 

4.- EL CONCEPTO DE ANTROPOCENTRISMO

 

El Antropocentrismo, que le da el nombre al período Antropoceno, consiste en una actitud que considera al hombre como el centro del mundo, donde la naturaleza existe para satisfacer sus necesidades. Es una forma de entender el mundo que corresponde a una antigua cosmología europea y de medio oriente, que la encontramos escrita en la Biblia[5] y en la Grecia clásica, que cree que el hombre es un ser superior frente al resto de los seres de la naturaleza, debido fundamentalmente a su inteligencia (y a poseer alma u otras características, según las creencias locales). Esta cosmovisión se fue fortaleciendo en Europa con sucesivos aportes teóricos durante el Renacimiento[6], los que dieron pie a los procesos expansivos que llevaron a las naciones de Europa del siglo XVI justificar el dominio de otros pueblos y de la naturaleza. También fomentaron los avances de la ciencia mediante la verdad lógica, racionalista, cartesiana, objetivista o mecanicista que permitió investigar toda realidad no-humana como materia sin vida. Sobre este sustrato conceptual, que liberaba el pensamiento de todo escrúpulo frente a las consecuencias de su actuar respecto al “otro”, se produjo un avance impresionante en todas las esferas del pensamiento y del actuar, llevando la expansión de esta cosmovisión a nivel planetario. Así, la Globalización aparece como su corolario inevitable en términos de dominio del mundo, y la Tecnocultura como su corolario inevitable en términos de control del mundo[7]. La fértil retroalimentación que se produce entre los logros teóricos y tecnológicos se toman a su vez como prueba de la superioridad de esta cosmovisión a nivel de humanidad, lo que llega a su clímax con el nazismo, que se propone eliminar a los “otros” para lograr la “pureza de la raza”. A partir de ahí se ha producido una creciente crítica a este paradigma de superioridad humana, cuyos antecedentes son muy anteriores, con figuras como Francisco de Asís por ejemplo, y se continúan hasta el presente, como Fritjop Capra o el Papa Francisco, que alertan sobre lo arbitrario de separar naturaleza y cultura.

Pero las cosmologías no se cambian teóricamente, sino mediante vivencias, y la “amnesia de la naturaleza” provocada por las ciudades promueve la descontextualización entre hombre y mundo exterior, entre hombre y naturaleza[8]. Esa descontextualización ha permitido el crecimiento acelerado de la Tecnocultura, en paralelo con la devastación del mundo. La expansión de la globalización ha continuado basándose en esa antigua cosmovisión, que conjuga una serie de paradigmas, como el patriarcado, el individualismo y el concepto de “uni-verso”

El patriarcado se refiere al “Dios Padre” como figura emblemática. La cultura patriarcal valora aquellos rasgos propios del capitalismo, la ciencia y la Tecnocultura como la competencia, las jerarquías, el poder, el crecimiento, la dominación, la apropiación de recursos, la justificación racional de las causas y el análisis basado en la fragmentación de la realidad. Promueve el control, y con ello fomenta la manipulación para someter al otro, donde alianzas y abusos mutuos se consideran parte del juego, lo que genera desconfianza. La potencia de este paradigma se observa en su crítica, bajo la forma de feminismo, que es uno de los procesos sociales más interesantes del Antropoceno, por su rápida expansión a nivel global, llegando a copar la agenda noticiosa e intelectual en pocas décadas. La complejidad de esta postura la he podido observar en el campo de las músicas étnicas, principalmente aymara y quechua del altiplano boliviano y peruano, donde durante siglos se ejecutan orquestas de flautas exclusivamente masculinas. Una de esas orquestas, la sikuriada, se ha introducido a las ciudades, donde las mujeres comenzaron a integrarse, interpretando la exclusividad masculina como expresión de patriarcado. Lo interesante es que esos grupos urbanos se caracterizan por su enrome respeto hacia las culturas altiplánicas de donde proviene la tradición, pese a lo cual esta posición feminista ha logrado imponerse, pese al rechazo total que en un principio presentaron las comunidades aymara y quechua, hasta que hoy incluso esas comunidades han integrado mujeres en sus sikuriadas. El mismo fenómeno ocurrió en paralelo en los bailes chinos del valle del Aconcagua, en Chile, sin conexión con el movimiento anterior. En ambos casos, desde la perspectiva indígena, nada diferencia este proceso de todos los procesos colonialistas impuestos desde la metrópolis, desde la colonia hasta ahora. Desde la perspectiva feminista, se trata de un triunfo sobre el patriarcado eurocéntrico, sin percatarse que las orquestas de flautas exclusivamente masculinas ocurren en toda América, en Asia, Oceanía y África, sin conexión con la tradición eurocéntrica. La aparición reciente de este fenómeno en lugares inconexos, y su fuerza arrolladora, se explican como una emergencia propia del sistema Antropoceno, que combate uno de los pilares del antropocentrismo.

El individualismo es otro paradigma del antropocentrismo. Supone un individuo separado de su comunidad por su ambición de poseer y dominar, y separado de la naturaleza por su capacidad de razonar. En la historia de Europa se considera el individualismo como una ‘superación’ de la etapa anterior de colectividad. En el siglo XX se enfrentó la teoría del individualismo con la del comunismo, siendo esta última “derrotada” respecto al control global. Sin embargo, ambas son vertientes de la misma visión antropocéntrica del mundo.

El concepto de “uni-verso”, en el sentido de una realidad única, que no admite opciones, una monocultura basada en un dios, y una forma de concebir el mundo ha sido uno de los rasgos imperiales de occidente. Este rasgo empapa la cultura, desde la “Universidad” como recinto del conocimiento único, hasta el monocultivo y la globalización. Esta atracción hacia lo “universal” obedece a una de las grandes habilidades desarrollada por occidente, por sus lenguas y por su estructura pensante, que consiste en generar conceptos abstractos, que poseen una acepción precisa. Ese rasgo de pensar conceptos unívocos se manifiesta de muchas maneras; una de ellas es crear diccionarios, algo inusual en otras lenguas, otra es la tendencia homogeneizadora hacia el monismo; el monoteísmo, la monarquía, la monoproducción, el monismo jurídico y el monopolio del poder. Todo eso lleva a la utopía de la Globalización como un crisol que diluye las diferencias por el mestizaje, acompañado del imperialismo que impone su hegemonía mediante la colonización del mundo.

En Chile el antropocentrismo eurocéntrico se exhibe en nuestra historia oficial, en nuestro sistema legal y político, en nuestro lema patrio (“Por la Razón o la Fuerza”), y en los sistemas de enseñanza y escolarización. Sin embargo, aquí, como en todos los países latinoamericanos, esa historia oficial no es la historia de sus habitantes, gran parte de los cuales hasta hace poco no sabía leer ni escribir, ni comparte la cosmología del antropocentrismo, o lo hace de formas mixtas, poco ortodoxas. Una enorme masa de campesinos, pescadores, mineros, arrieros, comparten ideas contrarias al antropocentrismo, más cercanas a las de los pueblos originarios, para las cuales el antropocentrismo es un absurdo; "¿cómo intentar comprar o vender el cielo, o el calor de la tierra? La idea nos resulta extraña” escribía el jefe Seattle al presidente de Estados Unidos en 1855. En Chile esa otra lógica es desconocida para los gobiernos y sus sectores asociados al poder, quienes nunca se han planteado siquiera su existencia, conduciendo el país de espaldas a ese sentir. Por eso, esa otra lógica aflora en tiempos de crisis, cuando la población requiere ser escuchada, y sólo la violencia les permite lograrlo. Así, en pleno Antropoceno, asistimos al enfrentamiento entre dos lógicas, la una liderada por la vieja cosmología europea basada en el antropocentrismo, incluyendo el patriarcado, el individualismo y la noción de “universo”, apoyado por el capitalismo y la Tecnocultura, cuyo éxito y capacidad de desarrollo y adaptabilidad la han mantenido a la cabeza de los gobiernos, y esa otra lógica que se expresa en sistemas de vida, en modos de hacer, como me toca observar en las músicas rurales, campesinas, semiurbanas en todo el territorio. Son lógicas que ocupan diversas lenguas, culturas y sensibilidades, y están asociadas a una inmensa variabilidad de especies animales, vegetales, de paisajes y de ecosistemas. Se trata, en definitiva, de una postura que se autodefine como “uni-versal” y muchas posturas que persiguen lo diverso. No cabe diálogo entre ambas, porque una de ellas se ha arrogado la cualidad de no-comparable. La actual crisis obedece a una postura antropocéntrica triunfalista que se instala en la cima en base a la competencia, lo que implica la eliminación o anulación del oponente, provocando un desequilibrio que destruye la variabilidad necesaria para un equilibrio ecosistémico. A eso se opone en todo el mundo una la enorme variabilidad de pensamientos, sensibilidades, conocimientos, lenguas, músicas, artes, que se oponen a la monocultura, y que exigen respeto y dignidad.

 

5.- LA NATURALEZA

 

El pensamiento moderno se jactó de haber expulsado a la naturaleza de la historia, como un logro único de entre todas las sociedades humanas. Esa expulsión fue lo que permitió considerar la naturaleza como “cosa”, que el Capitalismo lo considerara “recurso” y la Tecnocultura la considerara “superada”. El resultado de esa expulsión fue que disparó las posibilidades de crecimiento, la acumulación del capitalismo en base al extractivismo, la capacidad de control en base a la Tecnocultura, todo lo cual genera lo que llamamos Antropoceno. Esa expulsión significó la disociación entre el ser humano y la naturaleza, que la ciudad apoyó con amnesia, y con el mito de que la tecnología nos protege de un entorno hostil. Esa amnesia impide percibir la acelerada destrucción de los ecosistemas, como lo decía Godofredo Stutzin en 1984; “El desarrollo hipertrófico de la tecnosfera provoca la separación material y el alejamiento mental y espiritual de la esfera de vida natural”. La naturaleza “reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad de sus criminales” (Galeano 2008). Los conglomerados económicos y grupos de interés van alegremente patentando sistemas, seres vivos, conocimientos, en la competencia por el poder, mientras extraen y acumulan objetos y conocimientos. La Tecnocultura alienta a seguir controlando, mediante sistemas cada vez más poderosos, invasivos y globales con nuevas ingenierías (de ecosistemas, de climas, de ciclos ecológicos, de procesos biológicos, de procesos evolutivos, etc.). Las visiones futuristas prometen sobrepasar la biología, acrecentar trillones de veces su poder, alcanzar niveles de inteligencia inimaginables, progreso material, derrotar las enfermedades, la polución, incluso de muerte[9].

Ante la crisis de los ecosistemas, el capitalismo tiende a desentenderse, alegando noticias falsas. La crisis es liderada por los más ignorantes, ajenos a la vida de quien entiende la naturaleza, porque viven directamente de ella. Su capacidad de solucionar el calentamiento global es nula, como ha quedado en evidencia los últimos 50 años, desde que se comienza a alertar de la crisis. Ellos protegen el control que han conseguido mediante la Tecnocultura, a través de una competencia despiadada que les impide bajar la guardia. Por mientras, quienes conocen y viven la naturaleza, y observan su devastación acelerada, no tienen voz ni voto. Ese sector social quedó fuera de la Globalización junto con la expulsión de la naturaleza. El resultado es que quienes conocen la naturaleza no poseen poder, mientras el liderazgo del cambio está en manos de los ignorantes.

Pero hay otra variante ecosistémica más profunda en el proceso del Antropoceno, que coloca a la especie humana en una singularidad evolutiva. En efecto, gracias al proceso de la Globalización, el pool genético de la especie humana quedó definitivamente interconectado a nivel planetario, y eso impedirá que a futuro se generen poblaciones aisladas, capaces de mutar independientemente su código genético hasta el punto de hacerse incompatibles (no pueden procrear machos y hembras de ambas poblaciones). Al estar toda su variedad genética interconectada, esa diferenciación es imposible[10]. Esto fue percibido por el antropólogo y filósofo francés Pierre Teilhard de Chardin (1955), quien hizo notar que esto impedirá que se formen diferentes especies humanas. Esto va en contra de la evolución biológica, que consiste en la especiación. El proceso de especiación ha dado origen a toda la diversidad biológica del planeta, y la excepción humana se opone a ese proceso. Eso implica que, a diferencia del resto de los seres vivos, la especie humana va a evolucionar desde ahora en adelante como un todo, va a mutar como un todo y va a adaptarse al medio como un todo. Las consecuencias políticas, sociales y medioambientales de esto aún están por verse, pero algo es claro; nuestras decisiones están todas conectadas, influyen en todo el espectro de las sociedades humanas y de los ecosistemas, y por lo tanto debemos hacernos responsables de nuestro actuar. Nuestro actuar debe ser ecosistémico, de acuerdo con el nuevo rol que, como especie, inauguramos en el ecosistema mayor.

EL ANTROPOCENO COMO CRISIS

Para una gran mayoría, el hablar de crisis ambiental, cambio climático y Antropoceno son equivalentes. “El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los bosques naturales, se derriten los polos, el aire se hace irrespirable y el agua intomable, se plastifican las flores y la comida, y el cielo y la tierra se vuelven locos de remate” (Galeano 2008). El telón de fondo del Antropoceno es la crisis del ambiente, de la naturaleza, de los ecosistemas. “Desastres ambientales aparentemente ‘locales’ se unirán pronto para convertirse en un daño global irreversible” escribía Lutz en 1975; hoy, a pocas décadas, eso es una realidad. “La Madre Tierra esta dando señales inequívocas de estar extenuada y doliente”, dice Boff (2017), y Macy añade que hoy nos estamos acostumbrando a esas señales de sufrimiento. Asistimos a múltiples crisis, derivadas de la intervención en los ciclos ecosistémicos, el crecimiento acelerado de la extracción de materias primas, asociado a deshechos igualmente crecientes en cantidad y toxicidad, a problemas sociales (tasas de natalidad crecientes, tasas de sobrevida crecientes, ciudades ocupando suelos fértiles, mayor dependencia, desplazamientos forzados, deterioro masivo de las condiciones de vida). Asistimos a extinciones masivas de ecosistemas y comunidades humanas, de culturas ancestrales[11]. Todo ello está interconectado por el espacio-tiempo del Antropoceno[12].

Los sistemas artificiales, creados sin tomar en cuenta los ecosistemas en que se insertan, comienzan a generar problemas cada vez más evidentes. Uno de ellos es la Tecnobasura, un subproducto no previsto del “desarrollo”, que comienza a inundar el paisaje, incapaz de reintegrarse a un ecosistema al cual no pertenece. Los artefactos artificiales combaten la entropía mediante materiales que no se degradan (plásticos, metales), los cuales, al no reintegrarse al ciclo natural, van generando cadáveres que no se descomponen, que se acumulan exponencialmente con efectos contaminantes de larga duración. A su vez la economía empuja a desechar lo antes posible un producto, para remplazarlo por uno nuevo, lo que acelera la producción de tecnobasura. Tanto la Tecnocultura como el Capitalismo deben controlar su entropía inyectando velocidad y crecimiento constante a sus productos, sus procesos y sus mecanismos. Mientras la tecnología amplía la oferta de artefactos que inundan los hogares, las industrias, los ecosistemas, la atmósfera, el espectro electromagnético, el micromundo, los genomas, las cadenas reproductivas, las plataformas digitales[13], la macroeconomía va sometiendo países mediante “tratados bilaterales”, forzánndolos mediante la “deuda”, todo ello para poder impulsar su crecimiento indefinido.

Se trata de un sistema inviable, que lleva a un callejón sin salida en todo sentido, por la extracción que agota los insumos, la producción acelerada que copa los mercados, los deshechos que polucionan aceleradamente el medioambiente. Hace tiempo ya que la magnitud del daño supera las posibilidades de recuperación de los ambientes naturales. Pero la mirada segmentada de los especialistas y la ignorancia de los gobernantes les impide ver esa realidad, mientras la sociedad urbana anestesiada es incapaz de reaccionar ante un deterioro lejano. No es que se desconozca, como es evidente desde el informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts en 1972, ratificado por la carta firmada en 2017 por 15 mil científicos. Antes de eso se conocían los deterioros provocados por los monocultivos azúcar, de caucho, de café y otros desde el siglo XVI. No es sólo ignorancia: se trata de una dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y para crecer necesita destruir las bases naturales que la hacen posible.

El Antropoceno, como evento catastrófico en la historia del planeta, es causado por el ser humano. No se trata de que la especie humana sea la causante de la crisis planetaria, sino una de las muchas posturas que esa especie ha adoptado a lo largo de su historia. Las necesidades extractivistas del capitalismo, ayudadas por el control multiplicado por nuevas tecnologías, y manejado desde la impunidad de quien se concibe como superior, se transforman en una máquina perfecta de destrucción masiva. Ya lo decía Galeano (2008) “desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la Civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio”. Se trata de un modelo de sociedad europeo exportado al mundo como modernidad, cuya cosmología incluye el antropocentrismo, y cuya superioridad auto-otorgada incluye el progreso civilizatorio como método de colonialización. Se trata de un régimen patriarcal que elimina de su interés a la Madre Tierra, transformándola en fuente de recursos.

Debido a esto, muchas voces aluden a que la crisis de la era moderna es una crisis de la civilización (aludiendo a la occidental). Podemos entender esto como el antropocentrismo que entra en crisis al quedar en evidencia durante su propia era, el Antropoceno. Esta visión se enfoca en la pérdida, y por lo tanto conlleva una gran dosis de pesimismo, describiendo una “obstinada e inexorable marcha hacia el suicidio colectivo mediante la destrucción de la vida”, incluso el fin de “la aventura misma de la vida en la Tierra”. También hay posturas que abogan por que la solución proviene de desacelerar los procesos.

EL ANTROPOCENO COMO OPORTUNIDAD

Toda crisis encierra una oportunidad, enseña el viejo libro de los cambios chinos, el I Ching. Frente a la vision del Antropoceno como una crisis civilizatoria que enfrenta el Norte Global, existe otra mirada que propone un panorama diferente a todo lo expuesto hasta aquí, y que corresponde a la mayoría de habitantes del mundo. En efecto, el modelo de sociedad europeo exportado al mundo como modernidad, con su cosmología a cuestas, no representa a la gran mayoría de habitantes del mundo. Se trata de un sistema impuesto por una minoría a una gran mayoría. Esto se hace evidente en los casos en que se ha preguntado a la gente, como ocurrió en Colombia con las consultas populares realizadas en torno a la instalación de megaindustrias mineras. La oposición alcanza un rechazo total, en múltiples zonas, sin bajar del 96%. En Chile, donde no existen esas consultas, el rechazo es evidente en cada pueblo, valle o comunidad amenazada por proyectos similares, como se comprueba en las redes sociales y en las carreteras. Para mantener su supremacía, los megaproyectos deben recurrir cada vez más a la intimidación y al asesinato de los oponentes[14]. Este actuar señala claramente la crisis terminal de un sistema que sólo se mantiene por la fuerza. Esa fuerza mantiene la superioridad tecnológica y económica, pero sus oponentes mantienen la diversidad de la vida. Una gran masa de población es forzada a entrar en un juego que no desean, que no necesitan, y que les obliga a renunciar a sus modos de pensar, sus instituciones y sus lazos sociales en pos de un ‘desarrollo’ que nunca llega. Las críticas comienzan a escucharse en la medida que más voces acceden al discurso global, manifestando su desacuerdo. Los signos de agotamiento de este sistema comienzan a manifestarse en épocas de crisis, como ocurrió con el estallido social chileno en octubre de 2019, develando las grietas del modelo de desarrollo extractivista y primario exportador.

En general los territorios sometidos a largos procesos de colonialidad van generando anticuerpos contra un modelo que no los representa, y eso produce la pérdida de credibilidad en las instituciones (Iglesia, Policía, Justicia, Gobiernos, clase política). Los pueblos originarios son quienes más han trabajado en mantener, conservar y adaptar su cosmovisión ante aparatos políticos hechos para defender la cosmología antropocéntrica. Ellos conocen una larga historia de engaños y aprovechamientos, que les alerta la desconfianza.

Este pensamiento latente, que viene pensando las alternativas al antropocentrismo y sus derivados desde hace 500 años, nos provee de soluciones basadas en otras cosmologías. Hay muchas propuestas para frenar la crisis que proponen alternativas de “desarrollo” (desarrollo a escala humana, desarrollo sustentable, ecodesarrollo, etc.), o sistemas para detener la aceleración (decrecimiento), o las fórmulas económicas para obviar la responsabilidad del deterioro del clima (los “bonos de carbono”), los planes de ayuda, etc. pero ninguna de cuales toca el problema de fondo, que consiste en cambiar el paradigma antropocéntrico que lleva a esas soluciones. Las propuestas surgidas de América Latina proponen imaginar un mundo basado en otras cosmologías como las que han estado vivas los últimos 500 años. Ecuador y Bolivia recogen esa tarea, de imaginar un cambio radical de paradigmas que han estado presente hace siglos entre indígenas, campesinos y afrodescendientes. En sus constituciones estos dos países han presentado un programa político, suma kawsay (quechua) o suma qamaña (aymara), traducido como “buen vivir”, que propone alternativas basadas en el respeto a la naturaleza mediante el reconocimiento de los Derechos de la Madre Tierra. Ese reconocimiento ha causado críticas, las cuales se entienden como una resistencia a perder los beneficios del método extractivista, pero sin fundamentos legales ni jurídicos. El considerar a la naturaleza como sujeto de derechos es extraño a una jurisprudencia que, sin embargo, otorga derechos a un banco o una empresa. Lo difícil aquí no es encontrar el modo de producir este cambio, sino romper la resistencia que posee un paradigma incrustado en una cosmogonía particular. Quizá esto no sea más difícil de lo que fue en el pasado el trastocar la esclavitud, férreamente defendidas por el capitalismo emergente, y luego aceptar los Derechos Humanos, que obligó a los países a ponerse de acuerdo para acoger sus leyes a ese mandato, y más recientemente los acuerdos de paridad de género que buscan terminar con un paternalismo incrustado en la sociedad. Los Derechos de la Madre Tierra van ganando terreno internacional de forma paulatina, de modo tan lento como lo fue el proceso de los Derechos Humanos. En este sentido, Chile es uno de los países más atrasados, con una de las legislaciones más escuálidas respecto al medio ambiente y a las culturas ancestrales.

Si observamos las opciones de oportunidad que ofrece el Antropoceno a partir por el concepto de ecosistema, que comprende la Tierra y todos sus componentes, lo primero que eess evidente es que la salud del sistema depende de la canntidad y variedad de componentes. La actual crisis no representa el término de ese ecosistema planetario, que buscara un nuevo equilibrio, independiente de lo que hagan o puedan hacer los seres humanos. Si seguimos ignorando la crisis, el nuevo equilibrio podrá alcanzarse sin nuestra presencia en el planeta. Si reaccionamos a tiempo, podemos participar de ese nuevo equilibrio, entrar dentro de ese proceso y tener la chance de sobrevivir. De nosotros depende el seguir remando contra la corriente, o seguir la deriva natural que va guiando el proceso, que a partir del Antropoceno incluye nuestra participación consciente.

Carecemos de experiencia al respecto, poseemos una inercia enorme contraria a responsabilizarnos por la crisis, y además poseemos un poder gigantesco que podemos canalizar a nuestro antojo. La deriva natural incluye el “cierre operativo” ocurrido en la especie humana como sistema, cerrándole la posibilidad de especiarse, obligándola a reaccionar como especie, pero diferenciada culturalmente.

Esa deriva natural también participa activamente, y hemos podido observar como, de la noche a la mañana la pandemia del coronavirus detuvo la velocidad desbocada del progreso, frenó su aceleración insensata, algo que hace poco parecía del todo imposible. No estamos solos en esto, y la figura de la Madre Tierra ayuda a comprender su rol como ecosistema planetario que nos acoge. La pandemia del coronavirus nos ha enseñado que para que se produzca el gran cambio no basta nuestro esfuerzo, ni menos el los gobiernos del mundo, incapaces de ponerse de acuerdo respecto a medidas para combatir el calentamiento global, que es sólo uno de los aspectos de la crisis. Debemos volver a confiar en la naturaleza, y la Madre Tierra es un modo de pensar esa confianza. Pensar en la Madre Tierra nos permite tener la confianza para dejar que una parte del proceso esté en sus manos, como siempre ha sido, pero como hemos querido negarlo.

Dentro del ecosistema planetario hay varias particularidades que distinguen el Antropoceno de períodos anteriores. El más importante es que él depende directamente de nuestras decisiones. El enorme poder alcanzado por la Tecnocultura nos obliga a ser muy cuidadosos con su rol ecosistémico. Esta es un área nueva, que probablemente ya tiene resultados locales, que pueden haber rvertido las características no biológicas que compiten por los mismos nichos ecológicos que especies vivas, y que han logrado revertir el objetivo teleológico de la tecnocultura, el crecimiento infinito. Cambiar ese objetivo teleológico es relativamente fácil: basta que la Tecnocultura sea ocupada por otras sociedades, con otros objetivos, basados en otras cosmovisiones, lo cual está ya ocurriendo todos los días. No se trata de “buenos” o “malos” objetivos, se trata de hallar muchos modos diferentes de insertar la Tecnocultura en la trama ecosistémica planetaria, de integrarla a su diversidad. En el futuro deberemos saber como regular los problemas de exceso de poder asociado a la tecnología moderna y solucionar la ausencia de muerte y reintegración de sus productos al ecosistema. Este cambio, que aparece utópico, parece fácil si observamos lo reciente que es el fenómeno de la tecnocultura, y por lo tanto, lo fácilmente reversible que es como proceso.

En cambio, la hegemonía de la cosmovisión eurocéntrica, basada en su propia autodefinición de única y superior, implica abandonar esa creencia, renunciar a su viejo sueño de dominar el mundo. Quien se siente superior no puede dialogar de verdad sino bajando de su pedestal, mientras que el dominado sólo tiene que volver a sentir que posee dignidad. Quien se considera poseedor de la verdad no es capaz de advertir la diversidad, no son comparables, porque el primero se arroga el derecho a no ser comparable. Se trata de una diferencia entre un absoluto y un relativo, en que el primero es incapaz de ver al otro como opción, mientras el segundo puede ver al primero como parte de su diversidad. Si logramos revertir el antropocentrismo, que sólo pertenece a un sector de la población mundial, podemos dar cabida a otros muchos mundos humanos y no humanos en armonía. Esa armonía no es ausencia de conflictos, sino que es equilibrio ecosistémico inestable y dinámico.

Este cambio no obedece a decretos o tratados, sino a cambios ontológicos masivos, que modifique la forma en que cada uno de nosotros se relaciona con el resto. Nuevamente aquí se revela un resultado inesperado de la pandemia del coronavirus, que obligó a todas las personas del mundo a permanecer en sus casas y repensar sus vidas, abriendo la posibilidad de un cambio ontológico a nivel masivo. El sólo pensar con humildad que no somos dueños del futuro es ya un gran paso para una civilización que se decía dueña del futuro. Tal vez ese cambio ontológico logre reemplazar un modelo basado en la codicia por otro basado en incentivos compartidos. La Globalización debe dar lugar a un sistema cultural ecológicamente relacionado, donde la diferencia es la estructura, y la complementación es el método. Ese sistema lo he llamado Metacultura, un espacio de diálogo entre iguales en cuanto voces, entre diferentes en cuanto cultura, y entre complementarios en cuanto a relaciones. El respeto a la dignidad del otro es su signo, y la diferenciación infinita, en contacto, renovándose continuamente, es su sistema. La mayor diversidad posible es su garantía de estabilidad como ecosistema, y esa diversidad incluye culturas humanas, seres animales, vegetales, montañas, ríos, estrellas, geografía y ciclos de energía.

En el Sur Global poseemos innumerables ontologías que perciben la relación con la naturaleza como un diálogo constante, en que se está atento a lo que ella tenga que “decir” o de hacer. La noción de intercambio, de relaciones recíprocas, complementarias, necesarias para ambas partes, necesaria para lograr un equilibrio horizontal entre iguales que se complementan por su diferencia, es parte de estos hábitos milenarios. Esos mundos no se construyen en base a certezas, sino sobre flujos y procesos que se van construyendo con la vida, en donde la ambigüedad, la incertidumbre forman parte de la realidad.

Ya no dependemos de una variabilidad biológica, como el resto de las especies animales, sino cultural. Es nuestra diversidad de lenguas la que nos dará estabilidad sistémica. Esto nos alerta contra la mayor crisis del presente; el 96% del total de idiomas del mundo está desapareciendo o extinto actualmente, sin que eso preocupe mayormente a la opinión publica o a los gobiernos. Esa crisis afecta directamente nuestra estabilidad como especie, cuyo equilibrio depende de su variedad cultural. La relatividad lingüística nos enseña que lenguas con orígenes distantes producen conceptos de mundos muy diferentes. Esa variedad de mundos equivale a nuestro pool genético, necesario para la continuidad de la especie, mientras la pérdida de lenguas equivale a la endogamia y su proceso de entropía acelerada. Las diferentes culturas complementarias entre sí, mediante miradas diversas acerca de las cosas, diferentes idiomas, métodos, conocimientos, temores y esperanzas, diversas músicas, danzas y teorías, y de sus relaciones y convivencia nacerá un nuevo equilibrio. El gran cambio que introduce el Antropoceno es que nos obliga a cuidar este equilibrio que depende de nuestra riqueza lingüística, el mayor tesoro de la especie para enfrentar el futuro.

José Pérez de Arce A.

jperezdearcea@gmail.com

Las canteras de Colina

15/05/2020


[1] He eliminado todas las referencias bibliográficas para facilitar la lectura del texto. Una versión con todas las referencias se puede ver en: https://www.joseperezdearcea.cl/2020

 

[2] En la Antigüedad, la actitud prometeica buscaba alcanzar efectos extraños al curso normal de la naturaleza, lo que con el tiempo daría nacimiento a la ciencia experimental. El origen europeo de la tecnocultura se asocia con el paso de “natural” a “artificial”, que fue muy importante al pensamiento europeo para diferenciar al “civilizado” del “incivilizado” primero, y del “occidental” del “no-occidental” luego.

[3] Por cierto, esto no contempla poblaciones en distintos grados de aislamiento en todo el planeta, sino se refiere a una realidad nueva, que afecta a la mayoría, con consecuencias para la totalidad de los seres humanos.

[4] La esencia del crecimiento económico se entiende habitualmente como el aumento del Producto Interior Bruto (PIB) de un país, estandarizado desde 1940 por la ONU.

[5] En la Biblia está escrito que Dios le dijo al hombre “creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1.26).

[6] Grandes pensadores como Bacon (1561-1626), Descartes (1596-1650), Kepler (1571-1630), Galileo (1571-1630) e Isaac Newton (1642-1727) reforzaron esta visión con nuevos argumentos.

[7] La excepcionalidad de esta cosmovisión europea se resume en el dualismo que opone el individuo y el mundo, el cuerpo y el alma, que concibe cosas gobernadas por leyes y por pensamientos que las organizan, que clasifica las entidades y establece jeraquias y discontinuidades. Al hacerlo, descontextualiza las entidades de la naturaleza, liberando a los humanos de la matriz de su relación con el resto del universo, algo excepcional en la historia de la humanidad.

[8] Esta separación, según Descola (2013) se comienza a producir en Europa a partir del renacimiento, entre los estudiosos que comenzaron a transformar la naturaleza en objetos para desarrollar arbitrariamente el pensamiento científico.

[9] Ray Kurzweil, ver http://www.singularity.com/

[10] Es posible que este fenómeno sea extensivo a otras especies, como fruto de la Globalización sostenida en el tiempo.

[11] Las culturas ancestrales son absorbidas mediante proceso muy complejos, como los que relata la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica respecto a pueblos amazónicos atraído por un trabajo, quedando atrapados en lógicas de consumo que desconocen. En el norte de Chile, el despojo del agua en territorios desérticos colapsó culturas milenarias.

[12] Se calcula que hoy el 81% de los conflictos del planeta derivan de problemas ambientales.

[13] Illich (2015) propone contrarrestar el poder de la Tecnocultura con herramientas que puedan ser utilizables con un mínimo de aprendizaje, lo que facilita el uso. Pero eso no resuelve el problema de fondo, que es el reemplazo de la vida por soluciones artificiales incompatibles con los ecosistemas.

[14] América latina alcanza cifras récord a nivel mundial de asesinato de ambientalistas que se oponen a megaproyectos, según cifras de ONU y Global Witness. Esto no es casual; como dice Acosta (2019) “La violencia no es consecuencia, sino condición necesaria para la minería”.

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