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Apruebo filosofía. Por Javier Agüero Águila

Una filosofía que no se preocupe por el mundo, por sus temblores y sonidos, no tiene habla, ni escritura, menos un destino; si no se hace parte, de alguna forma, por intervenir, por volverse “concreta” ahí donde todo pasa, entonces no tenemos alternativa y la filosofía solo será un valor de cambio, una moneda arrojada a la intemperie de la desconexión sideral, destinada a habitar en la torre de marfil del/la filósofo/a que, a esta altura, no será más que el reflejo de su autorreferencia y del desatado carnaval de egos.

Es por esto que siempre he sospechado de las y los que practican la filosofía desde sus asépticas universidades dispensando textos y papers como si fueran máquinas programadas que, a punta de estandarizaciones y escritos poliédricos (según la geometría: “cuerpo geométrico cuyas caras son planas y encierran un volumen finito”), puso a la filosofía en una camisa de fuerza, asfixiándola, declarándola reo, condenada a la frenética búsqueda de la tristemente célebre “productividad” y de los “factores de impacto” (una vez le conté a un colega que me habían aceptado una publicación en una revista indexada, a lo que me respondió con una pregunta que me paralizó; “Ah, bien ¿pero Q1 o Q2?”). Todo esto produce filósofos/as estrellas que buscan estampar sus nombres en el firmamento de los ídolos sin darse cuenta de lo etéreo que es este naipe, de lo fugaz que será el paso de nuestros nombres por la ciénaga de las vanidades. Este ha sido, sino la tragedia del pensamiento, al menos el augurio de una desolación.

No me descarto de este “infierno de los filósofos”; en ningún caso soy la blanca paloma que, impoluta, viene a enrostrar verdades como si fueran revelaciones celestiales y yo mismo estuviera vaciado de todo mal. No. No soy ni un urdido de virtudes ni el cáliz de ningún vino redentor. También practico una filosofía institucional e igualmente debo “producir” papers y concursar a proyectos, mostrar mi trabajo en “instancias de divulgación científica” y entrar en el perímetro siempre vulgar de la exposición.

En este sentido la neoliberalización de la filosofía nos ha empujado a todas y todos a ser parte de este circuito vicioso de la producción en cadena –una filosofía fordista–, al interior de la cual la escritura y el decir propiamente filosófico ha desistido y no resistido, haciéndonos ingresar a un póker que muchas/os no quisiéramos jugar, pero en el que, obligados y obligadas, no nos queda otra más que blufear y penosamente competir; encorsetados/as al molde. En mi opinión el mercado ha bastardizado la filosofía, la ha transformado en mercancía y a nosotras/os en mercaderes; en creadores/as de prototipos y en los recaderos/as de un mensaje ominoso. Pero bueno, como cualquiera tenemos que pagar deudas, cuotas, (algunos) pensiones alimenticias, “la casa propia” (taxonomía y exigencia neoliberal que nos ha taladrado desde siempre). En fin, vivir y sobrevivir.

Y hablo aquí de las y los que tenemos la suerte de contar con un trabajo estable, sin referirme al enorme universo de colegas, mujeres y hombres, que deambulan por años –sino décadas– de universidad en universidad, “taxiando”, postulando a cuanto concurso para una planta a jornada completa se abre en las universidades. Para ellas y ellos mi más profunda admiración, porque hacen el aguante desde fuera de la órbita institucional pensando y creando, al margen, sin sueldos estables, sin salud, sin vejez, y en el páramo del “contrato a honorarios”; en la ansiolítica búsqueda de “un puesto”. De un tiempo a esta parte la filosofía, también, se ha transformado en el síntoma de una precariedad.

Pero no todo es superficialidad, no todo ocurre en la bolsa de valores de la filosofía, también tenemos nuestras revanchas, bellas revanchas que nos conectan, de nuevo, con un mundo que se mueve y que nos exige responder. Aquí está nuestra responsabilidad. Responder desde donde nos toca a un momento político y social que, en el caso de Chile, se encuentra al borde, en la frontera; en un espacio/tiempo que será decisivo. Y esta frontera nos une, de alguna manera nos vincula y nos permite construir comunidad, una, quizás, no tan evidente, pero comunidad al fin. Momento fronterizo que despeja la ruta para dejar de ser sujetos residuales, archipiélagos (como ha escrito la socióloga Kathy Araujo) y evitar entonces el naufragio en el mar del individualismo radical.

Por todas estas razones Apruebo. Porque creo en una filosofía comunitaria, solidaria y colectiva, que se recupere en el relato del otro y en la constatación siempre urgente de que nuestro oficio también es profundamente político, de cara a la época y sabiendo que nada puede ser más hermoso que la creación del pensamiento común y para los demás… al servicio de algo. Apruebo como filósofo de mi tiempo, de éste y no de otro, porque creo que solo en la indeterminada esperanza de una nueva Constitución “se abrirán las grandes alamedas por donde pase la mujer y el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

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Javier Agüero Águila es director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule

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